Archivo para Walt Whitman

réplicas a luc durtain

Posted in Jorge Luis Borges con y sin máscaras with tags , , , , , , , , on 4 octubre, 2011 by Claudia Gilman

– ¿Qué oyes Walt Whitman?

– Oigo a Luc Durtain

Como nota Borges, Whitman precisa inventar tanto una máscara para hablar (un yo) como una relación personal con cada futuro lector. Se confunde con él y dialoga con el otro, que es su nombre: “¿Qué oyes, Walt Whitman?” puede preguntar(se).

Jules Romains (1885-1972), seudónimo de Louis Farigoule, lideró el movimiento unanimista, inspirado en Whitman y en la nostalgia del poeta colectivo. Es verdad que Whitman escribe para quienes todavía no saben leer o al menos sugiere que su público está esforzándose por alfabetizarse masivamente.

“Have you reckon’d a thousand acres much? have you reckon’d the earth much?
 Have you practis’d so long to learn to read?
 Have you felt so proud to get at the meaning of poems?
 Stop this day and night with me and you shall possess the origin of
    all poems,
You shall possess the good of the earth and sun, (there are millions
   of suns left,)
You shall no longer take things at second or third hand, nor look through
   the eyes of the dead, nor feed on the spectres in books,
You shall not look through my eyes either, nor take things from me,
You shall listen to all  sides and filter them from your self.

No sucedía lo mismo en Francia. Después de todo, en EEUU ni siquiera los gobernantes supieron siempre leer y escribir, cosa que no sucedía en Europa hacía cierto tiempo.

Emerson y Whitman eran unos granos de arena en un desierto y estaban en plan de reclutar lectores, no acólitos ni súbditos de palacios como los que inauguraría Breton en calidad de propietario y guardián de entradas y salidas. El unanimismo de Romains, explicado en el género vanguardista por antonomasia, el manifiesto, señala un estado del arte en que se pregona por escrito lo que tiempo atrás requería caminatas y prédicas.

Los manifiestos fueron análogos a las divisas que permitían reconocer a amigos de enemigos en las batallas de a caballo que todavía tenían lugar en el sur americano. Por estas zonas, las guerras literarias infinitas reemplazarían a las de los caudillos o facciones rivales, con igual énfasis.

Como sea, el credo postulado por Romains en La Vie unanime, de 1908, y Manuel de déification, de 1910, interesó a Charles Vildrac, Georges Chennevière, Henri-Martin Barzun, Alexandre Mercereau, Georges Duhamel, René Arco y Luc Durtain.

Comparando los autores de ese período con los precedentes, se intuye que la causa de su olvido masivo fue directamente proporcional a su cantidad: no se puede ser poeta nacional ni regional con tanta competencia. Los artistas se unen sólo en casos de extrema necesidad y, en general, contra otros.

El reconocimiento de los pares casi siempre llega con la muerte. La biografía de un artista (y casi toda biografía, en general) empieza con la necrológica de quien fuera en vida Fulano de Tal o Mengano de TalporCual, si llegó a ameritarla.

André Chamson, celebérrimo escritor francés de su época, sucesor de Paul Valéry en la Academia francesa es hoy un liceo, una plaza, una calle pero no más su literatura. Al menos por ahora. Los fenómenos de consagraciones, vituperios, posteridades y duraciones sólo se dirimen en el tiempo.

Remember Aristóteles: la mano del odiado moro contra el que combatieron Cervantes y hasta Otelo trajo de regreso al Estagirita. Entre los unanimistas anduvo un tiempo Pierre-Jean Jouve, autor de versos alejandrinos, que renegó luego del unanimismo. En 1928 repudia oficialmente, en el posfacio de la antología Noces su obra anterior a 1925 alegando que “pour le principe de la poésie, le poète est obligé de renier son premier ouvrage”. (Lo mismo hará Borges, por razones no sólo vinculadas con el principio poético).

Luc Durtain también conoció la fama en los primeros años del siglo: lo recuerda José Carlos Mariátegui en 1929, al comentar la novela L’Autre Europe. En junio de 1935 se documenta su importante presencia en el Congrès des Ecrivains pour la Défense de la Culture, donde entre otras celebrities intelectuales se apiñan Pablo Neruda, Andre Gide y otros que luego llevarán a España en el corazón.

Lo recuerda incluso Walter Benjamin en “La obra de arte en la era de la reproductibilidad técnica” cuando menciona las analogías que Durtain, que además era también médico,  postula entre las audacias de que son capaces  las cámara fotográfica y las sutiles acrobacias musculares del cirujano.

El unanimismo intentó ser un puente entre simbolismo y surrealismo. Sus integrantes recibieron también el nombre de Groupe de L’Abbaye, porque solían reunirse en la Abadía de Créteil.  Duhamel y Vidrac fundaron allí una comunidad de artistas. Estos hippies pioneros vivieron allí un otoño de 1906, en un cover vital y muy cervantino de la Abadía de Thelema que describe François Rabelais en su Gargantua.

En la lírica, los unanimistas cuestionaron la nadería de la personalidad, callejón sin salida del simbolismo y, en la prosa, el psicologismo de la narrativa realista del XIX.  La mística del “yo” colectivo (eso que es Menard) debería ser capaz de hacer accesible a los legos la fuerza interior que late en cada hombre, haciéndoles descubrir la fraternidad que los une e invitándolos a una cruzada humanitaria no desatenta a las pequeñas cosas de todos los días, desde las hojas de hierba a los rieles de los ferrocarriles.

Max Aub, un amigo de lo apócrifo, simpatizó con las propuestas de Romains, a quien conoció en Gerona, España, en 1921. Otro que compartió algunos ideales fue César Vallejo, quien  tuvo oportunidad  de departir con Georges Duhamel y Luc Durtain en su viaje por Rusia.

Conocido también en América, la revista montevideana La Pluma, dirigida por Alberto Zum Felde, recoge, en su índice analítico la entrada EL ARTE y la cuestión social. Encuesta internacional de  “Monde” con respuestas de, entre otros, André Breton, Jean Cocteau, Waldo Frank, Miguel de Unamuno y nuestro amigo Durtain. (La Pluma, Montevideo, 3 (10): 131-136, feb. 1929).  Durtain se llamaba André Nepveu y fue un polígrafo de amplio espectro temático y genérico. Compuso la comedia en tres actos basada en  «El curioso impertinente»  de Cervantes, que se representó en París  en 1937. (Cf. Marietta Gargatagli, “Borges: de la traducción a la ironía”. donde además refuta con argumentos válidos socorridas hipótesis sobre Borges y la traducción. La señora o señorita Gargatagli, miembro del  Departamento de Filología Española de la Universitat Autònoma de Barcelona también integra un extraordinario Grupo de Investigación consagrado a problemas de traducción cuyos trabajos recomiendo vivamente  consultar para la cabal comprensión de muchísimos errores en torno a Borges y, especialmente, a Don Miguel de Cervantes.

Claudia Gilman and Maude N. Mc’Gill (Ph.D)

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La sottise, l’erreur, le péché, la lésine,

Posted in Jorge Luis Borges con y sin máscaras with tags , , , , , , , on 3 octubre, 2011 by Claudia Gilman

A ZENON, EL PASEADOR DE TORTUGAS

Bouvard y Pécuchet aprendían a fracasar en casi todas las disciplinas y saberes de su tiempo gracias al conocimiento de los libros que los resumían. Requisitoria contra la estupidez humana, las enciclopedias y las buenas intenciones, Flaubert no insinúa la posibilidad de que sus personajes hayan leído los libros incorrectos. Esos manuales y tratados son la suma de un saber que testimonia el triunfo de científicos y emprendedores, que los han hecho posibles y asegura el de quienes los sucederán, que habrán encontrado en esos libros el conocimiento necesario para aplicarlo o refutarlo. Bouvard y Pécuchet son contemporáneos de una cultura de lo impreso mediante la cual se establecen los estados de las cuestiones sobre los saberes y oficios más diversos. Destinados a durar, como habían durado en su momento las teorías científicas de Aristóteles, esas bibliotecas  que Flaubert les hace leer para que no entiendan, son el ejemplo de lo que hoy se denominaría el “estado de la cuestión.”

Reediciones y traducciones son la medida de esa pertinencia y garantía de su no arbitrariedad. A su manera, obran como la selección natural postulada por Darwin. Presuponen una biblioteca no infinita y un bibliotecario capaz de abarcarla tanto física como intelectivamente. La lista de los libros “equivocados” y las teorías “derrotadas” se recorta nítidamente de la que compone, como lo llamaría Thomas Khun, un “paradigma” científico. Contemporánea de Bouvard y Pécuchet es la difusión de las premisas del silogismo para un público culto de lengua castellana de la que se un divulgador montevideano a mediados de siglo XIX, contemporáneo de Flaubert.

Emma Bovary convierte en veneno la anestesia que proporciona la lectura. Su idealismo es de una naturaleza tan radical que desprecia el idealismo “burgués” al que se acusará de usar la cultura como consuelo para soportar y admitir lo existente,  como hará  Marcuse en su requisitoria contra la totalidad de la cultura, seguramente a causa de la guerra y no en la década del 30, que es un señalamiento que no representa lo que debe representar.

Bouvard y Pécuchet revisan TODOS los libros que traen indicaciones sobre hacer. Emma Bovary se equivoca al persistir en un único género que le inocula más insatisfacción y descontento porque cataloga sentimientos deseables pero improbables.  Deseables por improbables y viceversa: cualquier otredad puede ser más tolerable que la banalidad de una vida y, a veces, los pocos que no tienen tiempo de pensar tanto, tal vez dedican un segundo a desear una vida banal.

Marcel Proust destruirá sistemáticamente las ilusiones de Emma cuando revele los caminos del tiempo por el que una lejana y perfecta duquesa de Guermantes pueda reencarnar en una plebeya cursi como Madame de Verdurin. Haciendo de necesidad virtud, Emerson funda los comienzos de una literatura nacional en las ventajas de carecer de tradiciones de obligado respeto. La poesía de Walt Whitman se sirve de esa libertad. La literatura de Poe, que viene del monárquico Sur, no ignora tradiciones aunque carece de complejo ante todas aquellas de las que dispone. Se da el lujo de escribir una filosofía de la composición. Moby Dick, antes de ser la gran novela del gran autor Herman Melville, que había tenido su pequeño minuto casi desaparece de la consideración del público: la novela figuraba en  la sección sobre cetáceos de una biblioteca. Emily Dickinson ni siquiera se esforzó por ser autora édita.  Jorge Luis Borges fue muy pródigo recomendando a los jóvenes seguir su ejemplo y  abstenerse de publicar.

Con innecesaria opinión, T. S. Eliot, capta los beneficios de no estar en las redes de los cogollitos: “Hawthorne, Poe and Whitman are all pathetic creatures; they are none of them so great as they might have been. But the lack of intelligent literary society is not responsible for their shortcomings; it is much more certainly responsible for some of their merits. The originality, if not the full mental capability, of these men was brought out, forced out, by the starved environment. The originality gives them a distinction which some heavier-weight authors do not obtain.”

La inexistencia de cogollitos, capillas literarias, “campos intelectuales” o cosas parecidas, esos autores desconocieron la gloria y, en buena parte, la envidia y los juicios lapidarios de sus contemporáneos. William Faulkner, como casi todos los escritores estadounidenses que vivían de la venta de sus cuentos en revistas, se encontró inverosímilmente famoso en Francia. Charlotte Perkins Gilman, autora de cientos de relatos, poemas y lúcida cuestionadora del androcentrismo fundado en argumentaciones racionales y apoyos de teorías científicas, fue totalmente desconocida durante cien años, razón por la cual su obra completa y “visible” representa un porcentaje muy bajo de lo que de ella se ha perdido, por ahora.

Todos pertenecen al brevísimo período de la historia en que alguien pudo pensar que el mundo estaba  hecho para culminar en un libro, como postularía Mallarmé, cuando los libros existentes eran relativamente amables en cantidad con la conciencia de finitud de la vida humana. Las mujeres, los niños y los obreros que se alfabetizaron en el siglo XIX murieron sin saber ni imaginar que los libros competirían apenas unos años más tarde, con medios como el cine y la radio. Es difícil imaginar algunos estados irrevocables del silencio aunque recordar que esos estados existieron y fueron la norma y no la excepción es obligatorio para este cada vez más perezoso presente que tiende a dar el pasado por sentado cuanto más se aleja de él. Acá se cita lo último pero nunca se ha leído lo primero. D’Alembert et Cia no pueden haber pensado que pasarían a la historia como los enciclopedistas. Jesús murió ignorando que habría tras él algo llamado católico, apostólico y romano.