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¿Frío?¿Post? Revisen el diccionario (I)

Posted in Esto es todo, amigos, Historia Universal with tags , , , , on 10 febrero, 2012 by Claudia Gilman

Corea  Korea

El paralelo 38 sigue siendo una línea divisoria: ¿no es señal de que lo que damos por terminado sigue sin terminar?

Cogito ergo sum ¿por qué era? o Nuevos combates por la historia

Posted in Esto es todo, amigos, Peer Review, Un cacho de cultura with tags , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , on 9 febrero, 2012 by Claudia Gilman

 

La conclusión de Descartes, igual que la línea final de la demostración de un teorema, no lleva consigo los razonamientos cuyo resultado se expresa con tamaña parquedad. Dado que se ha establecido un “conocimiento común” que, sin embargo, otros patentan con su nombre, sin aclarar ni cómo han unido los argumentos ni de dónde han obtenido los datos que, agradezco la confianza, no han intentado corroborar, intentaré reponer de una vez las premisas y faltantes, con el propósito de evitar que tantos esfuerzos terminen sepultados por la lava de la pereza mental y la mala fe de algunos colegas, especialmente los más cercanos y que no pueden alegar desconocimiento. A los otros, que han comprendido las secuencias y potenciado los aportes, gracias.  Es increíble lo mucho que uno puede pensar y avanzar cuando otras cabezas hacen sinergia con la propia. Lo contrario es penoso, no sólo para el que piensa e investiga sino para el que cree estar aprendiendo algo, ahí hundido en el último rincón de la caverna de Platón.

Sobre escritores y revolución en los años sesenta y setenta (fragmentos)

¿Cómo se llegó a la conformación de un frente tan poderoso? Como resultado de las innumerables coincidencias en torno a cuestiones estéticas e ideológicas, uno de los fenómenos más importantes del período fue la constitución de un campo intelectual latinoamericano, que atravesó las fronteras de la nacionalidad y que encontró en la revolución cubana un horizonte de aperturas y pertenencia. Me centraré, en lo que sigue, a analizar cómo, cuándo y en torno de qué se constituyó la ciudad letrada latinoamericana de este período, concentrándome en analizar lo que Zygmunt Bauman denomina, en Legisladores e intérpretes, el “toque de reunión”: la constitución deliberada, compleja y voluntariosa de una corporación o frente intelectual, en este caso latinoamericana, hacia comienzos de la década del sesenta. La convicción de una identidad común basada en América Latina fue correlativa de la constitución de un campo empírico de intervención a partir de la sociabilidad, sociabilidad concebida como parte operativa de la voluntad de transformar el mundo.

En el proceso mediante el cual el toque de reunión fue convocando un núcleo de intelectuales que se sintieron por él interpelados, se operó una dialéctica que al tiempo que constataba la existencia de vacíos, iba llenándolos, dado que parte de la agenda cultural suponía superar el desconocimiento recíproco entre los intelectuales latinoamericanos y por lo tanto, la creación e institucionalización de una comunidad intelectual.

Benedict Anderson define lo que une a los miembros de una nación como una comunidad creada en base a la imaginación (23-24). Los miembros de esa comunidad no se conocen entre sí pero en cada uno de ellos está presente la imagen de su comunión. Dado que se trata de desarrollar los fundamentos que hacen a una cohesión grupal de individuos cuya cantidad excede las posibilidades de conocimiento y vínculo personal (no tanto, claro, como la de la comunidad imaginada sobre la que se basa la nacionalidad), el concepto de “comunidad imaginada” parece acercarse a la imagen de la comunidad intelectual latinoamericana de los años sesenta y setenta. Pero también hay que destacar que la dinámica que se estableció entre las revistas culturales latinoamericanas y los encuentros personales entre críticos y escritores que colaboraban en ellas permite postular tanto la existencia de una comunidad intelectual que se operó sobre la base “imaginada” creando un sentimiento de pertenencia y afinidad, como la importancia de la comunidad más estrecha, surgida del contacto personal, que reforzó y objetivizó el carácter comunitario.

Se podría hablar incluso de una familia intelectual latinoamericana. El término “familia” está lejos de ser inapropiado. Recuérdese el título que puso Primera Plana a su nota sobre el premio que recibiera el novelista venezolano González León: no sólo usó la palabra familia sino que exageró los rasgos del campo de palabras (para no repetir aquí la “familia de palabras”) asociado: “Otro pariente para la familia”. De ese modo pretendo evitar el uso incorrecto de la noción de “campo intelectual” formulada por Pierre Bourdieu y que sólo es posible aplicar dentro de los límites de los estados nacionales: el campo intelectual no es una metáfora cualquiera, a menos que uno pretenda hablar “en difícil” sin decir nada. Se trata, según el sociólogo francés, de una fracción dominada de la clase dominante. Como veremos, las coyunturas que se desarrollarán, hacen más imprecisa la aplicación mecánica. La “familia” remite a los lazos de sociabilidad empíricos y llenos de consecuencias patrimoniales, matrimoniales y de filiación en general. Han pasado años y me he dado cuenta de que hubiera sido más correcto utilizar “cofradía”, “fratría” o “germanía”. Mujeres, no hay. O son lo que ha desaparecido de esta historia donde la vir y el heroísmo parecen predominar por sobre la de la existencia de no pocas mujeres valientes, escritoras, artistas y científicas. Errare humanum est. Más extraño es que otros reproduzcan errores ajenos y no citen siquiera las fuentes que los guiaron con impericia y que ni se detengan a pensar por qué razón (pese a que la explico) prefiero utilizar una palabra del vocabulario compartido a una que es de reciente “adquisición”. La idea de una “república de las letras” es peor metáfora: ¿cuál es su constitución? ¿quiénes sus representantes? El diccionario merece cierto cuidado. Otra cosa muy distinta es clasificar los elementos químicos en la tabla periódica.

Ese hallazgo da cuenta, en los mismos términos en que voy a  exponerlo, de la conformación de una comunidad vinculada por lazos casi filiales entre los escritores. Es cierto que también se habló de amiguismo y mafia, poniendo acentos críticos y negativos para caracterizar el poder de la trama de relaciones personales para fabricar inclusiones y exclusiones en el campo literario. El crítico venezolano Manuel Pedro González comentaba negativamente que los editores, narradores y críticos formaban una especie de “mafia” o alianza tácita para fomentar un cierto tipo de estética (36). Lo que me interesa, sin embargo, es la fuerte decisión de todos los miembros de ese campo por establecer relaciones institucionales a lo largo de la época.

Desde 1960 en adelante existieron varios intentos por organizar e institucionalizar una comunidad intelectual latinoamericana, en un sentido a la vez gremial y político. Desde el encuentro de escritores de América en Concepción,  Chile, 1960, pasando por el encuentro de Génova, en 1965, el proyecto de comunidad latinoamericana de escritores promulgado en el Primer Congreso Latinoamericano de escritores, en Arica, Chile, 1966, el Segundo Congreso Latinoamericano de escritores, en México, 1967, el XIII Congreso Interamericano de Literatura, Caracas, 1967, hasta las múltiples reuniones y encuentros en La Habana.

La comunidad intelectual se caracterizó por anudar una fuerte trama de relaciones personales entre escritores y críticos del continente, trama lo suficientemente poderosa como para producir efectos tanto sobre las modalidades de la crítica profesional como sobre las alianzas y divergencias e incluso consagraciones literarias. Algo comenta Rodríguez Monegal en su momento, sin sacar conclusiones muy significativas: “Las dos estrellas de la novela García Márquez y Vargas Llosa aún no se conocían pero se intercambiaban cartas. Mario ha sido uno de los promotores más constantes de Cien años” (1967:36).

Carlos Fuentes en un reportaje recordaba que “había ocurrido algo extraordinario en la vida de la literatura hispanoamericana: todas las personas prominentes del boom eran amigas entre sí” (en Macadam y Ruas: 134). No lo desmiente tampoco María Pilar, esposa de José Donoso, quien acentúa el perfil familiar al llamar a su evocación “doméstica”: “Sí, éramos todos muy amigos, realmente como primos, incluso los niños”. (1983:106).

Nuevas solidaridades y rechazos fundados además, en una posición donde la lógica de la amistad o de la intimidad se complementan con el crecimiento de la importancia institucional de la figura del escritor.

Las revistas subrayaron circuitos que estaban ya presentes en los libros y arraigados en el conocimiento personal: Carlos Fuentes dedicó a Wright Mills La muerte de Artemio Cruz, Cambio de piel a Cortázar y Aurora Bernárdez, a García Márquez su relato “Fortuna lo que ha querido” en la Revista de la Universidad de México. García Márquez sin duda agradeció los muchos favores recibidos por medio de las menciones a colegas y personajes de sus colegas que pueden leerse en Cien años de soledad. Benedetti dedicó su poema “Habanera” a Retamar; Donoso, El lugar sin límites a Rita y Carlos Fuentes; René Depestre sus “Memorias del geolibertinaje”- capítulo de Autobiografía en el Caribe– a Debray, David Viñas a Vargas Llosa, a Walsh y a del Peral sus Hombres de a caballo;  Gregorio Selser a Carlos Fuentes su libro sobre la Alianza para el Progreso como desagravio a uno de los primeros promotores del “partido cubano” a quien por entonces se le negó visado para entrar en los EE.UU. [1]Un encuentro profundamente emblemático ocurrió en París, en 1960, cuando se conocieron Carlos Quijano y Roberto Fernández Retamar. El ya sexagenario director de Marcha pasaba algo así como una antorcha olímpica al joven profesor cubano que muy pronto habría de convertirse en uno de los voceros principales de la familia intelectual. Rememorando ese encuentro Retamar subraya que fueron Quijano y su revista los destinatarios de la carta del Che conocida como “El socialismo y el hombre en Cuba” (en Sarusky: 140).


[1] Fuentes logró atravesar la frontera ya que asistió a las reuniones del PEN Club en 1966.

Que lo que el toque de reunión (con un faro indiscutible en la revolución cubana y otras que sobrevendrían) configuraba una preocupación de primer orden para la política norteamericana lo revela la preocupación que en su momento manifestara el Congreso por la Libertad de la Cultura, una institución surgida de la guerra fría, fundada en 1950 como un frente intelectual de apoyo a la política norteamericana y clara y definitivamente anticomunista. Los representantes de las Asociaciones Iberoamericanas de dicho Congreso se reunieron en París, los días 14, 15 y 16 de diciembre de ese año de 1960 para evaluar los potenciales peligros de la politización de los intelectuales del continente. También debatieron el “problema” cubano, presentado como el de una nueva amenaza “totalitaria” por parte de la revista Cuadernos, órgano del Congreso para América Latina.

La reunión parisina “fue dedicada esencialmente al examen de las diversas situaciones nacionales y al estudio de la evolución general del continente, en lo que se refiere a los derechos cívicos y al ejercicio de las libertades fundamentales” (“Suplemento” del Nº 47 de Cuadernos, marzo-abril de 1961). Rápidamente se buscó convencer a los intelectuales y  “poner a disposición de todos los sectores de la opinión informaciones objetivas” que evitaran el entusiasmo que la revolución había creado en las filas intelectuales. De las diversas deliberaciones y declaraciones, la elección del documento publicado como addenda al número mencionado de Cuadernos recayó, nada sorprendentemente, en el texto producido en torno a Cuba, único documento que la dirección de Cuadernos publicó en ese suplemento. En líneas generales, la llamada “Declaración sobre Cuba” deploraba que al año y medio de la victoria contra Batista, el anhelo de que el pueblo cubano estableciera el imperio de la ley y diera cima a la creación de una sociedad libre y democrática, no se viera satisfecho. Naturalmente, se informaba que Cuba se había convertido en satélite de la Rusia soviética y de la China roja y lo que era aún más preocupante, que se proponía lograr iguales propósitos en el resto de América Latina en donde, según los declarantes,  muchos se aferraban todavía “a la creencia de que el régimen castrista es sólo un nacionalismo más o menos radical que se encamina mediante reformas económicas y sociales profundas, a una eventual restauración democrática”.

En nombre de los intelectuales libres, los miembros de las asociaciones iberoamericanas del Congreso por la Libertad de la Cultura se dirigían a los hombres libres del mundo y en particular a los intelectuales para que movilizaran todas sus actitudes críticas para el examen serio y objetivo del hecho cubano, al cual en ningún momento se le daba el nombre de Revolución. Que la política pronorteamericana y promotora de lo que entonces se llamó diálogo o coexistencia pacífica no era del agrado de la mayoría de los miembros de la nueva familia intelectual latinoamericana queda probado por el hecho de que Cuadernos feneciera en junio de 1965 sin penas ni glorias. Basta observar los nombres de Cuadernos para obtener un álbum de familia fantasmática: ninguno de los nombres de sus colaboradores era ni volvería a verse en los años siguientes en ninguna posición importante. La revista pertenecía a la vieja guardia liberal y no tenía público ni buena reputación (Mudrovcic: 21).

Julián Gorkin, director de Cuadernos desde 1953 a 1963,  explicaba las razones por las que la empresa se había vuelto imposible y sostenía que la única manera de producir una revista intelectual confiable sería atacando constantemente a los Estados Unidos y cantando interminables loas a Sartre o a Pablo Neruda (Coleman:85). Además de apreciar la ironía, puede agregarse que las revistas “confiables” latinoamericanas dedicaron efectivamente espacios significativos a la persona y el pensamiento de Jean Paul Sartre (lo cual no implica que le cantaran interminables loas).  En cambio, la presencia de Neruda no fue ni tan frecuente ni tan querida. Gorkin no se habría imaginado los cuestionamientos que iría a tolerar el poeta chileno de parte de miembros de su propia “familia” en 1966, a raíz de su paso por el Perú de Belaúnde Terry y su presencia en los EE.UU.

El 17 de enero de 1960 se realizó el Primer encuentro de escritores americanos en Concepción, cuya Universidad aglutinó a la nueva izquierda chilena. En el artículo escrito para el suplemento literario del diario Clarín, el 14 de febrero de 1960, Ernesto Sábato, uno de los asistentes al encuentro, comentó la politización generalizada que animaba a los latinoamericanos: “la gran mayoría de los latinoamericanos se pronunciaban, en análisis teóricos, por una literatura comprometida, y en casi todos ellos, por una literatura comprometida en el sentido más estrictamente social y político”. Los pocos que defendieron lo que por entonces se daba en llamar arte puro (entre los cuales se destacó Enrique Anderson Imbert), se encontraron refutados con violencia por la gran mayoría. La particularidad del encuentro fue su tonalidad latinoamericana y la “intensa pasión que estaba mostrando a las claras que este inmenso continente de países hermanos tiene hoy una realidad urgente que los escritores no pueden ni deben olvidar”. La visita que los escritores presentes realizaron a las minas de Lota pareció constituirse en el símbolo de esa “patética unidad del continente, en aquellos seres que surgían de las entrañas de la tierra americana, en aquellos hombres embadurnados de negro como trágicos disfrazados, ante los ojos entristecidos de los escritores latinoamericanos, parecía verse a los testigos -es decir a los mártires- de este continente dominado por la mísera explotación”. Esa visión del panorama social del continente hizo que en el Encuentro se planteara, insistentemente, la tesis de que no se podía escribir nada importante si no era desde el lado de los escarnecidos y desamparados, como escribió Sábato. El escritor peruano Sebastián Salazar Bondy se preguntó incluso si no era más digno dejar de escribir poemas o novelas para lisa y llanamente unirse a la lucha por la liberación de la América Latina en una tarea militante.  Constátese que estas dudas preceden a la polémica entre Sartre y Claude Simon a propósito de la misma cuestión y escanden, a lo largo de toda la historia de los intelectuales, los ritmos de un movimiento pendular que reivindica o pone fuertemente en cuestión el oficio específico de la escritura (o cualquier otro) a partir del cual el oficiante se ubica en posición de intelectual. La autobiografía Las palabras revela una crisis de duda en Sartre que supone también una puesta en cuestión de la literatura. En sendos reportajes había afirmado que el escritor debía ponerse del lado de los hambrientos y escribir para ellos o dejar de escribir. Las posiciones de Sartre fueron atacadas por Jacques Houbart,Yves Berger y Claude Simon en L’Express.

En América Latina, Lucien Mercier hizo un sagaz análisis del debate para el público de Marcha: veía que Sartre cuestionaba no sólo la literatura en general sino también la literatura comprometida y concluía que una obra literaria no podía –y no debía pedírsele que lo hiciera– “contribuir  al progreso de la causa revolucionaria en el plano práctico”. Ello no desvirtuaba la necesidad moral de que el escritor, cuya tarea era luchar por la liberación de las conciencias, se comprometiera con su obra (1964,“Ser Mallarmé o Lenin”).

Por su parte, también Vargas Llosa opinó sobre el tema, afirmando que las opiniones de Sartre revelaban su alta noción de la responsabilidad histórica aunque el peruano no le daba la razón ya que creía que finalmente, aun convencido de la utilidad de la literatura, Sartre seguiría escribiendo (“Los otros contra Sartre”).

Un episodio regional del mismo tenor enfrentó a David Viñas con Noé Jitrik. El primero, en consonancia con Sartre había proclamado la necesidad de abandonar la literatura si se quería llevar a términos de acción los proyectos que habían dado lugar, justamente, a una obra literaria encarada en cierta dirección. Noé Jitrik expresó su disconformidad frente a esas posiciones afirmando que

(…) lo revolucionario de un escritor consiste en la iluminación crítica que del mundo hace mediante la palabra y no en el sistema de declaraciones que inventa para protegerse del aislamiento o de la falta de esperanzas en la revolución. Un escritor de izquierda que proyecte ante sí con fuerza una tarea marcada por estos imperativos, un escritor que confíe en su poder de acción específico, podrá resistir el presente (1966).

El escritor uruguayo Carlos Martínez Moreno, quien también estuvo presente en el encuentro de Chile al que asistió Ernesto Sábato,  comentó que aquella reunión había estado dominada por la insistente queja de los asistentes por la falta de conocimiento mutuo entre los escritores latinoamericanos, situación que ese tipo cada vez más frecuente de encuentros se estaba ocupando de revertir. Martínez Moreno coincidía con Sábato en la afirmación de que la reunión había estado dominada por la temática de la relación entre el arte y lo social, el compromiso en la literatura y los deberes del escritor en cuanto miembro de la sociedad (“Escritores de América en Concepción”,1960).

A finales de ese mismo año tuvo lugar en Buenos Aires un coloquio sobre la novela hispanoamericana, en donde se encontraron Ángel Rama, Carlos Real de Azúa, Miguel Ángel Asturias, Ciro Alegría, Augusto Roa Bastos, Bernardo Verbitsky  y Ernesto Sábato. Allí también se habló de la desconexión entre los autores latinoamericanos, pero pese a cierto pesimismo, se abría una esperanza de un porvenir diferente en el que también contaba la asistencia al coloquio de un público numeroso y entusiasta, que presagiaba la aparición de un nuevo público lector, que ese año de 1960 había respondido con interés al crecimiento de la producción editorial nacional, en casi todos los países del continente.

La queja por el desconocimiento mutuo entre autores y productos artísticos del continente obró como un llamamiento para que esa situación se revirtiera, fue el repique de la campana que llamaba al toque de reunión, que canalizaba la voluntad de un ideal asociativo. Tanto las revistas como el proyecto de creación de una sociedad latinoamericana de escritores hicieron posible la desaparición de las razones que motivaban ese lamento.

La frecuencia de los encuentros de escritores en innumerables coloquios, congresos, jornadas y conferencias permite comprender la importancia que se dio a la discusión, a la difusión y a la posibilidad de alcanzar consensos sobre aquellas cuestiones planteadas en torno a las obligaciones de los escritores para con la sociedad. La eficacia convocante del toque de reunión resulta afirmada por las palabras que no muchos años más tarde, anotara el escritor y diplomático chileno Jorge Edwards: “Los escritores, sobre todo en América Latina, formamos una especie de familia que se conoce de un país a otro” (1982:349).

Mientras el tópico del desconocimiento recíproco seguía desgranándose en múltiples quejas, la constelación familiar propiciada por los encuentros contribuía a ponerlo por escrito pero también a hacerlo menos verdadero. Poco a poco empezaban a conocerse. Entre el 15 y el 27 de enero de 1962 la Universidad de Concepción organizó en Chile el Congreso de Intelectuales, que formó parte del Ciclo “Imagen del hombre en América Latina”, realizado en el marco de la VII Escuela Internacional de Verano dirigida por Gonzalo Rojas.

Participaron, entre otros, Pablo Neruda, Arguedas, Roa Bastos, Carlos Fuentes, Claribel Alegría, Alejo Carpentier, José Miguel Oviedo, José Bianco, Emir Rodríguez Monegal, Roberto Fernández Retamar, Thiago de Mello, Gerardo Molina, Mario Benedetti, Héctor P. Agosti y Augusto Roa Bastos. José Donoso lo recuerda como “muy internacional y moderno –con intérpretes simultáneos y todo–, una especie de gran carnaval de intelectuales, con picnics, baños de mar, exposiciones, flirts y comida.” (1989:35).

En su conferencia Carlos Fuentes reivindicó el derecho de los escritores a intervenir en política, presentó en público un principio de fe tercermundista, refiriéndose a los intereses comunes entre los continentes de Asia, América y África y ratificó el principio de autodeterminación de los Estados, en clara referencia a Cuba (1962:4-8). Roa Bastos solicitó que se enviara el texto pronunciado por Fuentes a Punta del Este (donde se estaba llevando a cabo la conferencia de la Organización de los Estados Americanos –OEA-, de la que Cuba había sido expulsada) como manifiesto de los intelectuales americanos. De ese mismo congreso derivaron además, firmes amistades personales y admiraciones literarias. Allí tomaron contacto por primera vez  Fuentes y el crítico uruguayo Emir Rodríguez Monegal, como lo recordarían más tarde ambos en la primera entrega de la polémica revista Mundo Nuevo.

De los posibles deslizamientos de la memoria y los fraudes del recuerdo, una afirmación de Donoso parece atravesar incólume todos los datos de archivos y fuentes. Es la referencia a la relación entre la comunidad intelectual y la causa cubana. Cuenta Donoso que fueron Pablo Neruda y Carlos Fuentes los que le dieron el tono histórico al Congreso, por el modo ferviente en que concientizaron a los presentes y los ganaron para la revolución cubana (46). Lo cierto es que en ese congreso, un “torneo de envergadura”, como lo llamó Ariel Dorfman “quedó patente la necesidad de repetir ese tipo de reuniones”(201).

No tardó tanto en concretarse un nuevo encuentro. Entre el 21 y el 30 de enero de 1965, se realizó en Génova un coloquio auspiciado por el Columbianum, organismo cultural con sede en esa ciudad, que, preocupado por cuestiones latinoamericanas y producto del aggiornamiento eclesiástico, combinaba el cristianismo con la cuestión social. Rama describió el encuentro como un diálogo pluriideológico entre marxistas, católicos, conservadores e independientes de izquierda (con la ausencia de representantes de la derecha liberal). En la “Declaración de Génova” — publicada por Casa de las Américas Nº 30– se proclamó la existencia de América Latina como unidad más allá de la diversidad y se consideró la revolución cubana como el acontecimiento central de los tiempos. El manifiesto “Nuestra América”, emanado del encuentro, afirmaba que el intelectual latinoamericano había hecho suya, como “conciencia moral”, la posición antiimperialista (Rama, 1965a).

Los acuerdos de Génova, mediante los cuales se dio por creada la Asociación de Escritores Latinoamericanos (presidida por el poeta mexicano Carlos Pellicer) propulsaron un proyecto de unión más ambicioso: la Comunidad Latinoamericana de Escritores, cuyos estatutos se promulgarían en un siguiente encuentro, a realizarse en México. Refiriéndose a la reunión de Génova, Dorfman sostenía:

(…) lo que surgió en Génova no ha sido la conciencia latinoamericana ni la visión o el conocimiento de nuestra propia realidad. Eso existía antes y seguirá existiendo con o sin congresos de escritores. La novedad consiste en haber dado forma permanente e institucional a ese deseo de los autores del continente de actuar conjuntamente (210).

Ya no importaba que se declamara el propósito de crear la comunidad latinoamericana de escritores. De hecho, estaba funcionando a pleno. Y una de sus sedes neurálgicas era La Habana.

Cuba, la “Roma antillana”, como la denominó Halperín Donghi, fue el epicentro de la formación de la familia intelectual latinoamericana de los años 60, lo que dio sentimiento de unidad a la familia intelectual: la Isla, fue la gran anfitriona del mundo letrado. Cuba cumplió, además, una función de referencia obligada en las intervenciones de muchos intelectuales. No hay que olvidar que se convirtió también en el escenario aglutinante (imaginario y real) de gran cantidad de intelectuales que vivieron en Cuba, siguiendo el ejemplo del Che. Entre muchísimos otros, el uruguayo Mario Benedetti, el haitiano René Depestre, el salvadoreño Roque Dalton, el peruano Javier Heraud, el chileno Enrique Lihn.

Una razón político-cultural para el ritual del viaje a La Habana, viaje emblemático de la época, era la que llevaba a muchos a participar como jurados de los premios Casa de las Américas, el premio más prestigioso del continente. Tanto la participación en calidad de jurado como la recepción del premio (que en general servía también de prerrequisito para integrar un jurado en la siguiente edición) fortalecieron los vínculos de los visitantes con las instituciones culturales cubanas y con la defensa política de la revolución.

La intensa sociabilidad cuya sede fue La Habana produjo amistades y textos. Roberto Fernández Retamar, una personalidad cuyo peso para la historia intelectual del período es incalculable, contribuyó sin duda al forjamiento de la sociabilidad. El futuro director de Casa de las Américas había recibido en La Habana, en 1959, a Miguel Ángel Asturias. En 1960 conoció en París a Octavio Paz y a Pablo Neruda, a quien volvió a encontrar en La Habana a finales de 1960 y principios de 1962, volvió a encontrarse con ellos y conoció nuevos “parientes” en Génova. Antes de hacerse cargo de la revista, ya había anudado lazos (también en París, en 1965) con Cortázar y Debray.  Retamar fecha en La Habana, marzo-abril de 1962, tres poemas-cartas o cartas-poemas (que personalmente denomina “cartas”, haciendo fuerte referencia al género íntimo que se hace posible a partir de las relaciones personales de afecto). Una de ellas está dedicada a Juan Gelman “en Buenos Aires” y lleva un epígrafe de un poema de Gelman dedicado a Retamar: “¿alguien se llama juan? ¿quién se llama roberto todavía?”. Otra carta-poema está dedicada a su compatriota Fayad Jamís y otra al salvadoreño Roque Dalton, gran animador de la vida cubana de esos años y estrecho colaborador de Casa de las Américas. Gelman por su parte también escribe un poema-carta dedicado a “Fernández Retamar” y publicado en el mismo número junto con “Habana revisited”. (27-30)

A su paso por La Habana Ángel Rama organizó prácticamente toda la entrega 26 de la revista Casa de las Américas, dedicado a la nueva novela latinoamericana. Emmanuel Carballo (una de las voces más prestigiosas de la crítica mexicana, desde el suplemento de Siempre!), fechó en La Habana-México, febrero y marzo de 1963 su texto “Del costumbrismo al realismo crítico” que publicara Casa de las Américas número 19, de julio-agosto de 1963. Ese mismo año también estuvo en Cuba Julio Cortázar y allí pronunció una conferencia. El chileno Jorge Edwards, amigo del peruano Westphalen, director de Amaru, se encargaba de llevar a Cuba ejemplares de la revista peruana y por su intermedio Enrique Lihn enviaba saludos a Retamar, a Padilla y a Pablo Armando Fernández. El corno emplumado, la revista bilingüe editada en México por Margaret Randall, Sergio Mondragón y Harvey Wolin, se preocupaba especialmente por la acogida que pudiese tener en la Isla. Junto a la casi obligada antología de poesía cubana que todas las revistas del continente publicaron, El corno emplumado incluyó en su entrega de julio de 1963 un fragmento del discurso de Fidel Castro “Palabras a los intelectuales” y en su sección “Cartas letters cartas letters” publicó una de Marco Antonio Flores, fechada en “La Habana, Territorio Libre de América, Día Internacional del Trabajo”, en donde éste decía:  “respecto al trabajo del Corno, no te preocupes, todo va viento en popa, ha sido recibido con entusiasmo. Cada día hay más gente que pregunta y quiere colaborar, tengo cuentos y poemas que me han entregado…” (169).

Por otra parte, además de la intensa vida literaria que se desarrolló en Cuba, hubo una serie de importantes encuentros tercermundistas en la Isla. En su último viaje oficial a Africa el Che Guevara había obtenido apoyo para ampliar la Organización de solidaridad de los pueblos afroasiáticos e integrar a América Latina. Como resultado de ese intento, tuvo lugar la conferencia Tricontinental, que se reunió por primera vez en enero de 1966 en La Habana. Asistieron representantes de estados de filiación socialista, de movimientos de liberación como los de las colonias portuguesas de África,  miembros de las guerrillas de Venezuela y Guatemala y líderes del Frente de Liberación Nacional vietnamita. A instancias de esa conferencias se creó la  Organización de Solidaridad para Africa, Asia y América Latina (OSPAAL) cuya sede estaba en la Habana y un órgano bimensual, Tricontinental.

Pero no sólo asistieron delegaciones políticas, como lo prueba la cobertura de la conferencia realizada simultáneamente para Casa de las Américas y Marcha. Uno de los ejes de discusión que excedía las cuestiones de táctica y estrategia y se vinculaba más estrechamente con la problemática de los escritores, fue la definición de la función social de los intelectuales, más específicamente, su papel en las luchas de liberación nacional (Núñez, 196 ) LOS SOLICITOS SOCIOS PAISES ALIADOS DEL ESTE, NO ESTABAN DISPUESTOS A APOYAR LAS INICIATIVAS CUBANAS. EL “NO” A UNA NUEVA CUBA UNIA PARADOJICAMENTE A LAS DOS POTENCIAS QUE SE REPARTIAN EL MUNDO. UNA PROFETIZABA QUE EL CAPITALISMO SE CAERIA SOLO Y QUE EL DEBER DEL BUEN SOCIALISTA ERA NO HACER NADA. LA OTRA, IMPEDIRIA POR TODOS LOS MEDIOS ALGO PARECIDO: LOS INTELECTUALES, LAS REVISTAS Y LA NEUTRALIZACION NUNCA IMPIDIERON NI IMPEDIRIAN LA INTERVENCION DIRECTA Y SIN ANESTESIA, COMO LO DEMOSTRARON ANTES Y DESPUES. LO QUE QUEDA CLARO ES QUE LA CAUSA POR LA QUE LOS INTELECTUALES SE TORNAN IMPORTANTES EN TORNO A LA DEFENSA DE CUBA Y LA REVOLUCION ES PORQUE SUS GOBIERNOS OBEDECEN SERVILMENTE LAS ORDENES DE LOS PODERES ESTABLECIDOS Y LOS PARTIDOS TRADICIONALES DE IZQUIERDA SE HACEN ECO DEL DEBER DE COEXISTIR PACIFICAMENTE. EN OTRO SITIO SE ACLARA QUE EL “CAMPO SOCIALISTA” NO HA RESUELTO TAMPOCO SUS DIFERENCIAS. EL CONFLICTO CHINO-SOVIETICO MOSTRARIA QUE EL MARXISMO TAL COMO LO ENTENDIAN LOS JERARCAS, SE HABIA DESENTENDIDO DE UNA DE SUS PRINCIPALES DEFINICIONES ESENCIALES: EL INTERNACIONALISMO. SE TRATABA DE COLONIZAR EL CIELO, CON YURI GAGARIN, LA PERRA LAIKA Y LOS MISILES CAPACES DE RECORRER LAS MAYORES DISTANCIAS POSIBLES.

Entre el 5 y el 8 de enero de 1967 se llevó a cabo la primera reunión del comité de colaboración de Casa de las Américas, integrado por Emmanuel Carballo, Cortázar, Roque Dalton, René Depestre, Desnoes, Fernández Retamar, Manuel Galich, Lisandro Otero, Ambrosio Fornet, Graziela Pogolotti, Vargas Llosa, Angel Rama, David Viñas, Jorge Zalamea. De allí surgió la primera declaración de dicho comité, que por su importancia publicaron Casa de las Américas, Marcha y Siempre! (“Los escritores asumen su responsabilidad”).

BREVE EXCURSUS: LA IMPORTANCIA DE LA EDICION Y LA ACTIVIDAD CULTURAL MEXICANA PARECE NO TENERSE NUNCA EN CUENTA. Y SIN EMBARGO, ES UNO DE LOS PUNTALES IMPRESCINDIBLES DEL FENOMENO DE LA SOCIABILIDAD EMPIRICA Y DE LA IMAGINARIA. SIN LOS CONTACTOS ENTRE CARLOS FUENTES, JULIO CORTAZAR, MARIO VARGAS LLOSA Y GABRIEL GARCIA MARQUEZ, EN MUTUA COLABORACION QUE A LO MEJOR LOS CRITICOS E HISTORIADORES SUBESTIMAN, LA LLEGADA DE LOS MANUSCRITOS A LAS IMPRENTAS, LAS TRADUCCIONES, LAS EDITORIALES Y LOS PREMIOS, NO HABRIA TENIDO LUGAR.

Pocos días más tarde, entre el 16 y el 22 de enero 67 se realizó el  “Encuentro con Rubén Darío”, homenaje en el centenario de su nacimiento, al que asistieron Jean Cassou, Lumir Cvirny, Carlos Pellicer, Jaime Torres Bodet, Enrique Lihn, Ángel Rama, Manuel Pedro González, Ernesto Mejía Sánchez, José Portuondo, Rene Depestre, Mario Benedetti, Eliseo Diego. En la entrega número 42, mayo-junio 1967 de Casa de las Américas se publicaron poemas dedicados al modernista nicaragüense de Nicolás Guillén, Pita Rodríguez, Lezama Lima, Blas de Otero, Gonzalo Rojas, César Fernández Moreno, Benedetti, Eliseo Diego, Idea Vilariño, Ida Vitale, René Depestre, Pablo Armando Fernández, Roberto Fernández Retamar, Fayad Jamís, Paco Urondo, Heberto Padilla, Roque Dalton, Victor García Robles, Noé Jitrik, Margaret Randall, muchos de los cuales también asistieron al encuentro.

Se sugirió entonces que los presentes firmaran la declaración del comité de colaboración de la revista Casa de las Américas, que hacía eje sobre la problemática del intelectual y su inserción en la sociedad, siguiendo el hilo de una preocupación que ya había sido esbozada en la encuesta realizada a los intelectuales presentes en la Tricontinental. La evaluación de que era preciso y urgente redefinir la tarea intelectual también formó parte de las conclusiones del encuentro en homenaje a Darío realizado en Cuba, puesto que allí se decidió, entre otras cosas, convocar una conferencia de todos los intelectuales del continente. Por otra parte, de la Conferencia Tricontinental había surgido la idea de constituir, con las veintisiete delegaciones de América Latina una organización propia, la Organización Latinoamericana de Solidaridad (OLAS). Los cubanos estaban decepcionados por los resultados prácticos a largo plazo de esa tentativa de cooperación a escala de varios continentes y renunciaron, de hecho, al proyecto de una segunda conferencia de este tipo. Preferían concentrarse en los problemas de América Latina y atribuían, por tanto, una importancia incomparablemente más grande a la conferencia de la OLAS (Karol, nota 54: 397-398 y Tuttino, 1968a: 385,388).

Entre el 31 de julio y el 10 de agosto de 1967 tuvo lugar la Reunión de la Organización Latinoamericana de Solidaridad, presidida por Haydee Santamaría. El presidente Dorticós abrió formalmente la conferencia el 31 de julio de 1967 con un discurso de apertura. Como emblema de la conferencia, la frase “¿Qué es la historia de Cuba sino la historia de América Latina?” estaba escrita en letras luminosas sobre un inmenso cartel con los retratos de Bolívar, Máximo Gómez, Martí y el Che. Los documentos públicos de la polémica reunión establecieron dos puntos centrales de la agenda: primero, que la lucha armada era la única vía de la revolución y segundo, que Cuba debía considerarse vanguardia de la revolución latinoamericana. Así lo expresaba el punto 14 de la declaración general, afirmando que “la revolución cubana como símbolo del triunfo del movimiento revolucionario armado, constituye la vanguardia del movimiento antimperialista latinoamericano” (Karol: 399-423, Tuttino, 1968a: 403-408)

La conferencia de la OLAS fue contemporánea de otro gran evento organizado en Cuba y los actuales habitués a congresos hacen mal en equiparar el encuentro a sus regulares citas académicas: había un proyecto político, no un reparto de diplomas, que la justificaba. Fue el intento de Cuba de autonomizar su proyecto político y vigorizar la revolución continental prescindiendo y hasta contrariando la reverencia usual de los comités partidarios que funcionaban como sucursales “menores” del PCUS. Nada menos que el General Enrique Líster, el del Quinto Regimiento de la efímera República española comenta que las “revelaciones” sobre el personalismo de Stalin tuvieron lugar en ámbitos donde no todos los “iguales” tenían el mismo acceso. Además, para conmemorar el aniversario del 26 de julio, en el año 1967 se realizaron esplendorosas fiestas en las cuales se trasladó a La Habana el Salón de Mayo 67 de París, al que asistieron ciento cincuenta pintores, escultores, intelectuales, escritores y periodistas europeos. Se organizó también un encuentro de pintores cubanos y europeos, una reunión de la canción de protesta en Varadero. Noventa artistas y escritores pintaron un mural gigante titulado “Cuba colectiva”. La intensidad de la vida cultural llevó a afirmar que a pesar del bloqueo y del aislamiento, Cuba era entonces uno de los centros culturales más vivos y originales del mundo (“Cultura y revolución en Cuba”).

De toda esa efervescencia política y cultural da cuenta la creación, en diciembre de 1967, del Centro de Investigaciones Literarias, cuyo primer director fue Mario Benedetti, quien residía por entonces en Cuba.

En suma, a partir de esos encuentros y a raíz de nuevas coyunturas que se analizarán luego, buena parte de la familia intelectual latinoamericana, ya bastante sólidamente constituida, con los cubanos a la cabeza, decidió organizar un congreso internacional de reunión de intelectuales. La convocatoria a dicho congreso fue aprobada y firmada por los militantes, artistas e intelectuales europeos que asistieron a las fiestas del 26 de julio en La Habana y al congreso de la OLAS. Con la participación de casi quinientos intelectuales de América Latina, Asia y África, se realizó, entre el 5 y el 12 de enero de 1968 el Congreso Cultural de La Habana. Se intentaba romper el aislamiento al que estaban condenados los intelectuales cubanos y ponerlos en contacto con las corrientes de pensamiento más radicales del mundo y de las principales corrientes culturales de vanguardia. Desde el punto de vista ideológico, se trataba tejer relaciones entre los intelectuales extranjeros (en particular con los europeos) y el extraordinario radicalismo de la revolución cubana y para que informen de su existencia en sus países de origen. Desde el punto de vista político, se trataba de reunir, por primera vez desde 1936, un congreso mundial de intelectuales, apelando a todas las formas posibles de lucha contra el imperialismo, el colonialismo y el neocolonialismo. Después de la Tricontinental y la OLAS, el Congreso Cultural marcaba la tercera etapa de una acción a largo plazo para constituir un “frente mundial contra el imperialismo”. El temario del congreso subrayaba la pregunta implícita en la encuesta de Núñez, a propósito del papel de los intelectuales, pero también incluyó cuestiones relativas a las tradiciones estéticas, a la vanguardia y al arte revolucionario. En su discurso de clausura, Fidel Castro expresaba a los intelectuales allí presentes su confianza en las posibilidades de acción revolucionaria que podían ejercer, en carácter de vanguardia, manifestando también, tácitamente, su desaliento a raíz de las discusiones con partidos y organizaciones marxistas del continente, que no apoyaban con el debido entusiasmo la lucha armada. El Congreso coincidió además, con la novena entrega del premio Casa de las Américas. Todos esos acontecimientos motivaron una excepcional afluencia de intelectuales latinoamericanos y del mundo entero.

Para aprovechar la convergencia de esas figuras, se realizó, entre el 16 de enero y el 18 de febrero de 1968, un ciclo sobre literatura latinoamericana en el que veinticuatro críticos y escritores correspondientes a diecisiete países expusieron sus pareceres sobre el estado de la producción literaria en cada uno de sus países. Por Ecuador, Jorge Enrique Adoum, por Venezuela, Edmundo Aray, por Perú, José María Arguedas y Alejandro Romualdo, por México, Max Aub (que, aunque nacido en París, vivía en México desde 1942), José Revueltas y Emmanuel Carballo, por Panamá, Carlos Wong Broce, por Guatemala, Manuel Galich y Arqueles Morales, por Colombia, Jorge Zalamea, por El Salvador, Alvaro Menén Desleal, por Argentina, Rodolfo Walsh, Juan Carlos Portantiero y Francisco Urondo, por Uruguay, Mario Benedetti, por Chile, Jorge Edwards y Enrique Lihn, por Nicaragua, Edelberto Torres, por Brasil, Carlos Heitor Cony, por Cuba, Roberto Fernández Retamar, por Haití, René Depestre. También hablaron José María Castellet, crítico español y el francés Claude Couffon, grandes difusores de la literatura latinoamericana. Las conferencias fueron reunidas en el volumen Panorama de la actual literatura latinoamericana, editado por el Centro de investigaciones literarias Casa de las Américas, La Habana, 1968.

En síntesis, a lo largo de menos de una década, la isla se convirtió en el escenario de recepción y reclutamiento masivo de artistas e intelectuales, afianzando los vínculos comunitarios en torno a la defensa de la revolución y a la discusión sobre los modos de intervención intelectuales y estéticos adecuados para extender las posibilidades revolucionarias en todo el continente.

Fragmentos de Claudia Gilman: “Historias de familia” Tesis doctoral, capítulo 4, defendida en 1999 y dada a conocer a alumnos y colegas  a lo largo de años de asistencia a jornadas, congresos y coloquios. También, parcialmente en “El intelectual como problema”, Prismas, Revista de historia Intelectual, UNQUI, 1999. También en Entre la pluma y el fusil, Buenos Aires, Siglo XXI, 2003, pp. 106-120.

 

Fraude y propagación del error con fondos públicos: el CONICET ¿no debería cumplir con su deber?

Posted in Esto es todo, amigos with tags , , , , , , , , , , , on 9 febrero, 2012 by Claudia Gilman

El “Centro de Redes Intelectuales Latinoamericanas”, en su sitio web Etopías, proclama con orgullo que se trata de un proyecto “financiado por  CONICET”  Lamentablemente, sus responsables no pueden ampararse en la ignorancia de lo todavía no conocido. Muy por el contrario, insisten en utilizar, con deliberación y mala fe, la patente de corso con la que se amparan gracias a los contralores deficientes. Tampoco pueden alegar ignorancia, puesto que copian (mal) trabajos preexistentes y los atribuyen a una extensa red que poco tiene de intelectual, salvo que el término señale algo totalmente opuesto a la definición del diccionario.

Dado que vengo trabajando desde 1988 en los temas en los que dicho centro y varios de sus integrantes se adjudican la autoría de los resultados publicados, conocidos y citados por la comunidad académica internacional y con gran pena constato que ni siquiera saben leer lo que presumen haber “descubierto”, me veo en la obligación de advertir que ni son autores ni especialistas en dichos temas, ni saben copiar correctamente lo que correctamente ha sido expuesto, lo que conduce a creer que es cierto lo que cuenta con el aval de un organismo científico. Sin embargo, no aportan nada a lo mucho que falta conocer y destruyen lo conocido. Las citas a mi trabajo son totalmente sacadas de contexto mientras que casi todo el resto, sin su lógica ni sus razonamientos, están calcados casi palabra por palabra.

Remito al enlace y advierto a quienes de buena fe entienden que Conicet cumple con sus deberes como manda a que otros los cumplan que el trabajo en donde se utilizan mis aportes de manera arbitraria, antojadiza y banal, está plagado de toda clase de errores cuya propagación debería evitarse como la automedicación, el incumplimiento de las normas de tránsito y la idea de que existe un día en particular, que el Doctor Maíz anunciará auspiciado quién sabe por qué institución, en el que todos los delitos podrán cometerse impunemente.

http://etopias.com.ar/index.php?option=com_contact&view=contact&id=1&Itemid=182

Laura E. Jara perpetra allí un artículo titulado “La construcción de la cultura de izquierda en Latinoamérica 1959 – 1971”

Afirma que: “La creación de casa de las Américas, en 1959, constituye el momento a partir del cual Cuba construye la institución faro para el desenvolvimiento de la cultura en América Latina. La cultura es tomada como producción de fenómenos que contribuyen, mediante la representación o reelaboración simbólica de las estructuras materiales a comprender, reproducir o transformar el sistema social. La revista institucional promovió  y difundió el nuevo ideario de la clase política dirigente así como diferentes expresiones artísticas: la literatura, el teatro, la música, la pintura, constituyeron como prácticas culturales, los puntos centrales del medio. Con la dirección de Haydeé Santamaría hasta 1965, la Casa de las Américas reunió y comprometió a las figuras de la cultura latinoamericana, cristalizando así la relación entre política y cultura. El móvil fundacional de la casa fue situar en y desde Cuba la unidad latinoamericana, abocándose a la tarea de promover y conseguir la ansiada unión de los pueblos oprimidos, con el objetivo de encender la llama revolucionaria en el continente. Al menos así lo expresa su número inicial:    Esta revista cree, tal vez ingenuamente, en la existencia de una concepción de vida hispanoamericana. Esta revista es una esperanza, incierta y riesgosa de la posibilidad  de cambiar la realidad. [2] La revista cumplió la función de vocero de la revolución, al mismo tiempo que legitimó la conformación de un campo intelectual relativamente autónomo dotado de una estructura y lógica específicas, por un lado, y la constitución  de un público atento a  las nuevas producciones de los escritores consagrados, así como también de los nuevos, por otro. En este sentido,  escritores y lectores conocieron, las expresiones artísticas a las que antes  no tenían acceso, además de los lúcidos  ensayos políticos del momento. No solo la revista institucional fue parte de una política cultural cubana, encuentros de escritores y congresos también fueron los elementos para el surgimiento  del campo intelectual. La  pertenencia de intelectuales  a este campo está dada en principio por un  mismo ideal asociativo: la revolución socialista, no obstante con el transcurrir de la década, las líneas de  fuerza dentro del campo cambian y se oponen en relación con la coyuntura. En 1961 se realizó en La Habana el Primer Congreso Nacional de Escritores y Artistas Cubanos (UNEAC) donde se reconoció la necesidad de intercambio, contacto y cooperación  entre los intelectuales y artistas cubanos con los de Latinoamérica y demás países del mundo, Nicolás Guillén  y Alejo Carpentier fueron los representantes más destacados del encuentro.

La autora, ansiosa de sumar encuentro tras encuentro como si todo fuera lo mismo y la misma agua llenara su molino, las razones por las que se convoca a ese encuentro, el hecho de que Cuba ha sido invadida en Playa Girón, expulsada de la OEA y que la revolución, que había alentado las expectativas de muchos militantes de izquierda “no comunistas” (y le recuerdo que “comunismo” no es el peligro rojo sino el claro conocimiento que la autora no tiene pero los contemporáneos de 1959 sí, de las historias del estalinismo y las clarísimas desilusiones que pese al llamado deshielo no sirvieron para sacar de la heladera a Kafka,  Joyce y a otros artistas “decadentes” o “degenerados”). No era lo mismo invocar a Martí que a Stalin ni a Jruschev. De modo que ese congreso que la autora pasa al libro del Haber, tan contenta, fue para muchos una decepción bastante grande.

Parece la autora ignorar también (pese a la bibliografía que podía y debía haber leído, ya que la cita), lo que los mismos colaboradores de Casa de las Américas dicen respecto de las políticas y los premios de la misma institución. Del mismo modo, podría comprender que los esfuerzos de los “intelectuales” y “artistas” por evitar verse obligados a practicar el “realismo socialista” y otros requisitos del arte dirigido, estaban siendo cuestionados. ¿Cree por ventura la autora que el proceso al sectarismo, el juicio a Escalante, los conflictos entre el movimiento 26 de julio y el PSP no significaron nada para la vida cubana? ¿Ignora que Angel Rama fue uno de los principales hacedores de la primera época de la Revista Casa de las Américas, como reconoce el propio Fernández Retamar, que se haría cargo en 1965? ¿Que el número donde le parece ver a los principales novelistas como colaboradores es obra precisamente de Rama?

Ásí nomás, tan tranquila en la idea de que le toca ahora proceder a sumar encuentro tras encuentro, no le interesa saber a qué obedeció tal encuentro. De la lectura que habrá hecho, imagino, de las revistas cubanas, de las que Casa de las Américas es simplemente una más y que, como no sabía antes y supe después y lo escribí, fue más una creación de Angel Rama que el centro gravitatorio que la especialista infiere. ¿Le suena en algo el nombre del suplemento Lunes de Revolución? ¿Ha leído acaso las notas del propio Angel Rama sobre la revolución cubana en esos años? ¿Acaso conoce la posición de  Carlos Quijano, director del semanario uruguayo  Marcha, en relación con su decepción sobre el giro tercermundista, no alineado, que tanto anhelaba y que conectaba la revolución de Castro no con Marx ni con Stalin sino con José Martí?

Es evidente que no ha leído un sólo número de las publicaciones que cita. Y dado que una de las autoridades a las que recurre es Germán Alburquerque Fuschini, quien la ha antecedido en la práctica de la investigación “ficcional”, afirmando y conjeturando premisas e hipótesis inverosímiles y contrarias a la verdad establecida, es natural que se equivoque. Que carezca de curiosidad y más hoy por hoy, cuando a diferencia de hace veinte años, las publicaciones están relativamente disponibles, que la avale un investigador que se supone competente y una institución aun más responsable es asombroso.

Por muy modernos que seamos, la “historia fáctica” no sólo es un baúl pesado de fechas y datos: pero ¿no saber en qué año murió el Che Guevara no es demasiado?

En el resto de su trabajo, resuenan palabras que escribí hace tiempo, atadas con otros nudos y tras asegurar que había fundamentos y proporcionarlos. No tiene desperdicio la tesis doctoral aprobada en la universidad de Alberta, si mal no recuerdo: pero no la pagamos nosotros de nuestros bolsillos. La pagamos de otros modos.

Escriban resúmenes Lerú: véndanlos a los estudiantes de secundaria. No le pidan a un organismo dedicado a las ciencias que les de dinero. !!!Salgan a robar a los caminos!!!

José Sarukhán: las musas de Darwin

Posted in Esto es todo, amigos with tags , , , , , , , on 4 febrero, 2012 by Claudia Gilman

En Las musas de Darwin (claro y generosamente disponible a la lectura de quien lo desee, como debe ser y ya dejo puesto el enlace que lleva hasta allí) José Sarukhán despliega una historia de cómo las ideas de los hombres han contribuido a comprender el mundo y transformarlo, ocupándose de practicar la selección artificial, incluso antes de conocer la “selección natural”. No sólo puede uno subrayar lo mucho que debe a América el resto del mundo, que será tema de reflexión futura, sino de interrogarse en qué medida el tipo de selección realizado por el homo sapiens, en particular mediante la domesticación, conduce o no a alguna clase de evolución. Tal vez la evolución sea, como otras ventajas, privativas de algunos. No sabemos si a los perros les importa haber sido domesticados pero queda claro que las nuevas leyes que desde hace muy poco establecen la igualdad de derechos entre hombres y mujeres, no la hacen efectiva. La domesticación de la mujer, que ha sido ejercida de manera sistemática y regular por culturas diversas, alejadas en tiempo y espacio, puede que no redunde en beneficio de la especie. Y no importa cuán domesticado u obligado a acatar mandos se encuentre un varón “oprimido”: siempre tendrá la posibilidad de continuar domesticando perros y mujeres. Las leyes no prohíben matar ni robar: sólo castigan, en algunos casos, a los reos que encuentra culpables. Es decir que para ejercer un derecho que no se otorga, no hay otro expediente que ir a reclamarlo. Y, todo el mundo lo sabe o lo sospecha, no es sencillo.

Copio un fragmento particularmente significativo del libro que recomiendo, aclarando que nada tiene que ver con los llamados de atención precedentes.  Una vez más, el “caso” Semmelweis proporciona indicios estructuralmente reveladores de cómo funciona el animal humano. Mi propósito es, al mismo tiempo subrayar esta regularidad y asentar una melancólica posibilidad: que las condiciones actuales del “pensamiento” por el que se otorgan títulos con incumbencias profesionales, esté alejando toda posibilidad de oír alguna musa de aquí en más.

A continuación, textuales, las palabras del doctor Sarukhán:

“Para muchos, la ciencia está constituida por la acumulación de descubrimientos o “inventos”, ya que ésta es la manera en que, a través de diversos medios, recibe la información de su desarrollo. Aun en los reconocimientos científicos más importantes, como el premio Nobel, el énfasis está en sólo una parte de la creación científica: la de los aspectos utilitarios. La imagen de la ciencia como una simple acumulación de hechos y datos es distorsionada e incompleta, ya que hace caso omiso de la forma en que se originan los conceptos y las ideas, o se mejoran los ya existentes, lo cual es básico para la generación de los “productos terminados” de la ciencia. El entendimiento del mundo que nos rodea se logra mejor mediante grandes avances conceptuales que por la simple acumulación de hechos y datos.

Einstein, como cualquier otro científico, no habría podido elaborar la teoría de la relatividad si hubiera estado aislado del pensamiento de sus colegas físicos, tanto sus contemporáneos corno los que le precedieron. Los elementos que empleó para desarrollar la teoría general de la relatividad se originaron en el conocimiento de sus colegas, gran parte del cual tenía varios años de haberse producido.

Las ideas y los conceptos que constituyen el cuerpo medular del conocimiento científico de la humanidad se desarrollan poco a poco, en un lento proceso de comparación, de selección de la información disponible, de evaluación de datos e ideas y, finalmente, de su incorporación a dicho cuerpo de conocimientos. Sin embargo, en muchas ocasiones el progreso en la ciencia ocurre por medio de abruptos y dramáticos cambios. Cambios que pueden iluminar de golpe el escenario de la fenomenología natural, o bien romper el “equilibrio del conocimiento” de la humanidad, estableciendo un continuo proceso de construcción, crisis, demolición y reconstrucción de las ideas en una nueva síntesis, a partir de la cual se renueva el ciclo.

Lo anterior define el avance de la ciencia como un proceso poco predecible, un tanto aleatorio; pero el avance sigue y tiende a volverse menos impredecible y aleatorio en la medida en que se entienden mejor los fenómenos de la naturaleza y se intuye más el derrotero que el conocimiento puede seguir.

Es indudable que la evolución de las ideas puede recorrer caminos equivocados y llegar a callejones sin salida, y que la diversificación de las ideas tiene periodos de crisis, de gran actividad y de estabilización. Por ello, la historia del pensamiento científico está caracterizada por un desarrollo discontinuo, no solamente en orientación, sino también en intensidad.

Las síntesis innovadoras en la ciencia tienen origen en la conjunción de ideas que previamente aparecen inconexas. Esta síntesis es generadora de grandes cambios en la historia de la ciencia cuando dos disciplinas que se habían desarrollado independientemente confluyen y generan un nuevo orden, dando unidad a lo que parecía ser improbable. Sin embargo, este proceso de “hibridación”, ya sea entre ideas aisladas o entre disciplinas diferentes, no es sencillo, ya que produce una interferencia mutua y un intercambio de características, cuyo resultado es una transformación entre los dos componentes.

La reinterpretación de las ideas existentes y del conocimiento previo ha desempeñado un papel central en el desarrollo de la ciencia. Esto no implica que la adquisición de información y datos nuevos tenga importancia secundaria, ya que el valor de la experimentación y la observación empírica es capital. Sin embargo, la colección de datos y hechos fuera de una matriz selectiva de pensamiento, es decir de una teoría, sí puede resultar irrelevante. Thomas H. Huxley, de quien haré referencia con mayor detalle más adelante, comentaba que aquellos que en la ciencia insisten en no ir más allá de los hechos rara vez llegan a ellos, y que la ciencia está hecha de hipótesis que aunque después han sido comprobadas, tenían muy poco fundamento en el momento de su proposición. El físico Sir Lawrence Braggs, ganador del premio Nobel por descubrir estructuras cristalinas mediante la utilización de rayos X, propone que la esencia del quehacer científico reside no tanto en el descubrimiento de nuevos hechos, sino en encontrar formas nuevas y originales de interpretarlos. Baste recordar que Copérnico revolucionó la manera de pensar de la humanidad acerca del movimiento planetario antes de la invención del telescopio, el instrumento que más ha ayudado a los astrónomos a lograr nuevos hallazgos acerca del universo en que vivimos. Los hechos en que se basó para explicar el movimiento de los planetas eran conocidos por todos, y sin embargo nadie los había interpretado como lo hizo Copérnico.

La información, los datos y las cifras representan las pequeñas piezas necesarias para construir un mosaico; sin embargo, la manera de combinar y colocar las piezas es lo que logra los diseños con significado y lo que crea las nuevas formas. Existen en la estructura de la ciencia fuerzas internas que la sostienen pero que en ocasiones actúan como poderosas barreras contra el avance del conocimiento. Estas fuerzas constituyen lo que podríamos llamar el “establecimiento científico”, esto es, organizaciones tales como los centros de investigación, las sociedades científicas, los mecanismos de difusión del conocimiento original, entre los que se encuentran las revistas científicas, etc. Al igual que toda organización humana, adolecen de males como los intereses de grupo o de individuos. Sin embargo, en estricto honor a la verdad, aunque tales estructuras hayan bloqueado algunas ideas innovadoras, al final de cuentas la verdad termina por imponerse a los intentos para preservar el statu quo en una disciplina. No obstante, estos brotes de conservadurismo dejan víctimas, en ocasiones en forma dramática. Un ejemplo tristemente célebre es el de Ignaz Philipp Semmelweis, joven médico húngaro que trabajaba en la primera clínica obstétrica en Viena alrededor de 1845. En ese tiempo no era raro que las madres contrajesen una infección —frecuentemente mortal— inmediatamente después del parto. La mortalidad por fiebre puerperal, que es el nombre de esa enfermedad, podía alcanzar hasta 25% de los casos. Semmelweis se interesó especialmente en estudiar las causas de esa infección y la razón de por qué su incidencia era muchísimo mayor en los hospitales que en los hogares, donde algunas mujeres atendían su parto. Como consecuencia de la muerte de un muy buen amigo suyo que era patólogo y que contrajo la infección al analizar el cadáver de una mujer que había fallecido de fiebre puerperal, Semmelweis llegó a la conclusión de que el portador de la infección era el personal que atendía a las parturientas, en especial los estudiantes de medicina y sus profesores, ya que las atendían después de practicar autopsias y operaciones en cuerpos infectados. De inmediato, Semmelweis organizó un experimento para probar su hipótesis, para lo cual ordenó que en un ala de la clínica todos los estudiantes se lavaran concienzudamente las manos con agua, jabón e hipoclorito de calcio; en la otra ala, atendida normalmente por parteras que no tenían contacto con otros enfermos y donde las muertes por fiebre puerperal eran más bajas que en la sección atendida por los estudiantes, las parteras no se lavarían las manos como aquéllos.

Los resultados fueron contundentes. La mortalidad en el ala donde los estudiantes tenían que lavarse las manos al salir de las salas de operaciones y de autopsias antes de atender a las madres parturientas cayó muy por debajo de la registrada en el ala que había servido como “testigo” del experimento. La aplicación de esta sencilla regla de higiene redujo la mortalidad en las mujeres parturientas a menos de 1%. Sin embargo, el jefe de la clínica, Johann Klein, reaccionó prohibiendo la práctica, porque se salía de la ortodoxia impuesta por la costumbre médica de la época y destituyó a Semmelweis, arruinándole su reputación, a tal grado que ni en su país logró que se impusieran las prácticas de asepsia que había recomendado para reducir el riesgo de fiebre puerperal. La frustración de Semmelweis ante las miles de muertes que nunca debieron haber ocurrido fue de tal magnitud que acabó sus días recluido en un hospital para enfermos mentales, donde murió, ignorado en su tiempo a pesar del avance que había logrado, pero conocido en nuestros días como un mártir de la ciencia. Desgraciadamente no conocemos los casos de aquellos que, a lo largo de la historia, han sufrido una suerte similar y que son desconocidos, ya que sus actores no fueron tan notables como Semmelweis.

Ningún dato, ningún experimento proveen a su autor, o a otros científicos, de verdades y certezas absolutas. Por lo general, cada dato y cada resultado de un experimento pueden ser interpretados en más de una forma. La ciencia no busca certezas absolutas, sino que acepta grados de probabilidad en la interpretación correcta de un fenómeno. Algunos cambios en la ciencia ocurren solamente por la acumulación del peso de las pruebas; en otros casos la fusión de dos o más teorías de apariencia original contrapuesta, provee el mecanismo para su avance y para la generación de nuevos conceptos. Cabe aclarar que los conceptos no son elementos exclusivos de la ciencia, pues constituyen parte esencial de cualquier acto de la creatividad humana; el arte, la filosofía y la historia, por ejemplo, requieren para producir innovaciones y progreso, del desarrollo y la mejoría de conceptos que les son propios.

Los conceptos desempeñan un papel muy importante en las ciencias biológicas, ya que los biólogos expresan usualmente sus generalizaciones en forma de conceptos más que de leyes. Por lo tanto, el progreso de la biología depende en gran medida del desarrollo de dichos conceptos o principios. ¿Cómo influyen los conceptos de un campo del conocimiento en quienes se adentran en él y cómo las personas afectan a su vez dichos conceptos? ¿Cómo incide el ambiente social y cultural en un campo del conocimiento y en quienes se esfuerzan en avanzar las fronteras de dicho campo? No creo que haya respuesta sencilla a estas interrogantes. Lo cierto es que existen corrientes opcionales, a manera de movimientos pendulares que determinan en ocasiones que los factores sociales y culturales dominen sobre un campo del conocimiento, y que en otras, un nuevo conocimiento en un campo crucial de la ciencia influya.” determinantemente en dichos factores. ”

Hay quienes conjeturan que el desinterés por los descubrimientos irrefutables de Semmelweis se agravó por dos causas: morían mujeres, en cumplimiento de la orden de parir con dolor o más, y los médicos consideraban ofensivo la insinuación de que eran sucios..

¿Periferia o fraude?

Posted in Peer Review with tags , , , , on 19 enero, 2012 by Claudia Gilman

Antes de entregar una colaboración en un libro, por el que no ganaré ningún dinero y del que, en el mejor de los casos, mi participación me hará acreedora a un ejemplar, me comprometo por contrato a ser la autora original del trabajo que, además, debe ser inédito. Curiosamente y sin mérito que lo justifique, las revistas con referato, han sacado patente cienciométrica como portadoras de una “calidad” que nadie ha constatado fehacientemente. Se podría alegar, en contrario, que sí se ha podido corroborar el descuido, la irresponsable publicación de cualquier monstruo engendrado por la razón o el hurto malicioso de lo ajeno, sin importar si el material ya ha recorrido otras tipografías supuestamente tan exigentes, si es original, si además de original es relevante y si constituye algún aporte al conocimiento.

Hoy por hoy, cualquier universidad, facultad, unidad académica o asociación –lícita o ilícita– tiene el poder de gestionar un ISSN  e “indexar” algún parto de la malicia o la inteligencia. En ese consorcio donde lo principal es instaurar una cadena de favores para que no siempre el director de una revista publique en ella, lo que de todos modos es ya consuetudo que la elemental garantía de honestidad intelectual y moral debería prohibir, y entre directores y autoridades de unas y directores y autoridades de otras tenga lugar un ininterrumpido proliferar de colaboraciones. ¿No es curioso que el evaluador de una cometa idénticos errores que el evaluador de otra? ¿Que se reiteren incluso los errores ortográficos y sintácticos, en simultáneo con los horrores intelectivos? Es difícil que existan dos o más personas en este mundo tan casualmente inclinadas a pasar por alto groserías idénticas cuando su misión es impedir que mancillen las páginas de una publicación con pretensiones académicas. La conclusión es que nadie ha evaluado nada. El principio constitucional de presuposición de inocencia puede ser útil para confiar en que el autor del engendro, profesional regido por un código de ética y un respeto por su disciplina que se presume, más que la inocencia, sagrado, hace agua en el mar menos pensado. Estamos frente a la mala fe, a la deliberada reiteración de refritos propios con el único propósito de mantener actualizado el curriculum.

Que ese contraventor de la ciencia y la verdad se constituya en anfitrión de un encuentro internacionalísimo destinado a debatir en más de una decena de ponencias, las relaciones entre ciencia central y ciencia periférica, haciéndose olímpicamente el oso sobre la relación entre el fraude y la condición periférica a la que condena cualquier producción que su mera presencia degrada es ya el colmo de la tragedia nativa.

Algo falla en el contralor de quienes ponen a su alcance los recursos para estafar a sus pares y a la sociedad. ¿Con qué criterio CONICET autoriza el giro de recursos a un director de proyectos que solicita fondos para publicar un libro con resultados de investigaciones si, los libros no sirven para nada ante el valor de las publiaciones en revistas con referato y si, como es el caso, los resultados del trabajo del que solicita el dinero, ya han sido publicados con antelación al libro donde supuestamente piensa publicarlos?

¿Qué hace mientras tanto con los resultados de los otros integrantes, que sí entregan inéditos originales? ¿Distribuírlos para uso de conocidos, amigos, entenados? Sí. ¿Utilizarlos para sus propios fines? Sí. ¿Ignorarlos cuando menciona la inexistencia de trabajos sobre un cierto tema sobre el que, extrañamente, versan los que le han sido remitidos de buena fe por integrantes del proyecto que dirige?

El reglamento que establece los criterios por los que se otorgan subsidios menciona que valoran la “actividad intelectual original” pero no queda claro si existe, además de la mera rendición de cuentas, alguna instancia donde se evalúe el “libro” publicado con los fondos públicos: si ha habido actividad intelectual original, si se ha respetado la autoría de los miembros del equipo de investigación, entre otros detalles. ¿Si, como es el caso, el director del proyecto ha utilizado los fondos para hacer imprimir un libro, en el que publica un refrito muy anterior a la solicitud del subsidio, NO ESTÁ VIOLANDO NORMAS ELEMENTALES DE LA ACTIVIDAD INTELECTUAL Y MORAL? ¿Además de rendir cuentas “contables”, no se presume que deberá ser objeto de evaluación cuidadosa no sólo el uso de los fondos sino la pertinencia, calidad, responsabilidad, originalidad, del producto para el que fueron solicitados?

¿Qué sentido tiene elucidar qué periferia del espacio tiempo habita nuestra ciencia local si no se reflexiona primero y se obliga a hacerlo a quienes por propia decisión se colocan al margen de la ley? Más triste es tener que consignar que estos enjuagues, que podrían explicar, aunque no justificar, robos y espionajes entre laboratorios que custodian conocimientos “preñados” de promesas de ganancias económicas, provienen del área de las humanidades y de “doctores” que apenas saben escribir una oración correcta. Pensar, pensar, pensar… no: de eso nada. En próxima entrega se revelará a qué llaman estos sujetos “pensamiento”.

Mientras tanto: Insisto; lo digo a título personalísimo. Señores del CONICET; presten debida atención a los siguientes subsidios otorgados:

1) PIP 5954: “Redes culturales latinoamericanas. Formación y funciones  durante la modernidad (1900-1930 y la utopía revolucionaria (1960-1980)”. Director: Claudio Maíz.

2)  PIP 11220080101336: “Estudio histórico de las redes intelectuales-literarias en América Latina. Secuencias, contactos, configuraciones, religaciones transnacionales y el impacto en la producción letrada”. Director: Claudio Maíz.

¿secularización?

Posted in Esto es todo, amigos with tags , , , on 27 noviembre, 2011 by Claudia Gilman

Alguna vez alguien dirá: “bueno, esa teoría estuvo equivocada… veamos la realidad“. O no. La realidad no deja de existir, sin embargo.

Claudio Maíz: exceso o deficiencia de imaginación (o de referato)

Posted in Esto es todo, amigos, Peer Review with tags , , , , , on 1 noviembre, 2011 by Claudia Gilman

Claudio Maíz, Teoría y práctica de la ‘patria intelectual'”: la comunidad transatlántica en la conjunción de cartas, revistas y viajes en Claudia Wasserman y Eduardo Devés-Valdés,  Pensamento latino-americano. Além das fronteiras nacionais, URGSS editora, 2010, también en Revista Anos 90, Porto Alegre, volume 16, Número 29, julio 2009 y también en Revista Literatura y lingüística Nro 19 y tal vez también en otra parte..

por Maud N. Mc’Gill (PhD. Dresden University)

A confesión de parte relevo de pruebas, dicen abogados y en este caso el “paper” (?) vino con comentarios autorales que comparto: “falta la última puntada” y “todavía no me conforma”. Publicado no obstante y más de una vez corresponde dar por terminada la espera razonable de la puntada final faltante. Se abre el referato espontáneo con la pregunta “¿qué cobrás, referee?” mientras gritan muchos otros “es orsaí”, “es orsaí”.  Será nomás: de balon-pie no entiendo nada; transcribo aquí lo que se oye en el estadio.  Intenté excusarme de evaluar el “paper” (?)

Recomendación: No publicable.

Fundamentación:  Comienzo por lo más difícil, el comienzo. Espero que, como de costumbre, el espíritu de cooperación que anima a los lectores ayude a desentrañar el significado de este acelerado entimema que copio textualmente de las versiones recibida e impresas, dejando asentadas dudas sobre posible (pero imposible, lo estoy viendo más de una vez y sic sic sic) errata.

Cito el comienzo:   “Cuál es la incidencia que tienen las redes sobre la configuración de las comunidades imaginadas por los intelectuales. La pregunta es compleja puesto que envuelve otro problema, esto es, el magro intento de vincular las redes con la configuración de las comunidades imaginadas. Ahí habría una primera falencia que es preciso subsanar. Entre otras razones, porque mediante el entrecruzamiento de ambas dimensiones se obtienen, a nuestro juicio, novedosos frutos. El pensamiento relacional permite algunas revelaciones que, desde otras perspectivas, parecen poco satisfactorias.

Indagación: A ver si comprendemos. “Pregunta compleja”, “magro intento”, “vincular”.  Continuemos elucidando los términos:

la (A): incidencia que tienen

las (B): redes,

sobre la (C):  configuración

de las  ¿(D): comunidades?

o ¿(D y E): comunidades imaginadas –todo junto–

por los (F): los intelectuales.

Mmmmmmmmm. Ok. La era está pariendo una idea en indirecto libre. Un diálogo encriptado entre Sócrates y un interlocutor de cuyo nombre parecen no querer acordarse. Hay una falencia que hay que subsanar ¿dónde? ¿Por qué el intento es magro?

¿El autor escribe bajo amenaza y bajo protesta? ¿Cómo se definen los sustantivos que van de A a F? Y ¿dónde está X? ¿Cuál es la incógnita?

No puedo resolverlo. En cambio puedo entender con excelente voluntad que un poco después me aclaren D/E, en efecto, bien vislumbrado “comunidades imaginadas”, dado que luego, cito, dice: “La configuración de una comunidad imaginada alcanza dimensiones limitadas cuando se trata del paradigma nacional, en la línea de Benedict Anderson“. Benedict Anderson, ah… No figura en la bibliografía pero por suerte conozco su libro Comunidades imaginadas. Reflexiones sobre el origen y la difusión del nacionalismo, publicado en 1983 y revisado en la segunda edición de 1991 (versión castellana, México, Fondo de Cultura Económica) donde corrige algunos conceptos de la primera y que tiene como objeto definir operativamente el concepto de “nación” desde una perspectiva antropológica (del tipo “parentesco” o “religión”) antes que una política (del tipo “liberalismo” o “fascismo”).  La definición sería entonces: nación es una comunidad políticamente imaginada como inherentemente limitada y soberana. Es imaginada porque los miembros de la nación no conocen a la mayoría de sus compatriotas aunque en todos ellos existe una “representación” de su comunión. O sea, somos franceses, o somos argentinos, por ejemplo, aunque si soy de Santiago del Estero puede que nunca conozca a mi compatriota de La Pampa. O si soy de Marsella puede que nunca conozca a un bretón. O si soy catalán puede que nunca conozca a un vasco y sin embargo sepa que soy español. Y sin embargo sé dónde están las fronteras más allá de las cuales un alemán no es francés ni español.  Cuando juega la Copa del Mundo “nuestra” gloriosa selección de balon-pie todos festejamos cuando los de la camiseta tal hacen un gol. O todos nos entristecemos cuando nos hacen un gol y “nos” ponemos O-1. Claro, por una cuestión de tamaño de la naturaleza y finitud humana, “todas las comunidades mayores que las aldeas de contacto directo son imaginadas” (Anderson, p. 24). Las comunidades nacionales, me explica Anderson, a quien no veo alinearse con otro como para decir en qué línea debo pensar a Anderson o a los demás, me sugiere distinguir las comunidades  “por el estilo en que son imaginadas”. La abstracción “sociedad”, dice Anderson, puede que no sea obvia como tal vez no era obvia la de “aristocracia” o la de “monarca absoluto por derecho divino” o “régimen feudal” o “lacaniano-freudiano” o “socialismo real” o “ex marido” mientras todavía no se procesan esos conceptos en su desarrollo histórico para quienes sin embargo son los siervos de la gleba o los señores feudales o las ex esposas o los miembros de las asociaciones psicoanalíticas antes de acuñarse los conceptos o términos. La comunidad es limitada y no limitada porque de lo contrario no tendría nada en común entre sus miembros y nada que hiciera de los no miembros eventuales enemigos o vecinos o cualquier clase de otros no pertenecientes a nuestra comunidad. Se imagina soberana porque asume que desea ejercer su derecho a la autodeterminación si no le es dado: en ese sentido sería razonable afirmar que nación y Estado son categorías contemporáneas. “Nación, pueblos, lenguas” es el modo en que en el antiguo Testamento se convoca a todo el mundo a escuchar un mensaje. Equivale a vengan todos, agrupados según vuestras categorías vigentes cuando los llamo. Y, finalmente, la comunidad se imagina como comunidad y esto es lo central, porque pese a que en su interior los miembros se exploten unos a otros y reine entre ellos la más cruel desigualdad o la más salvaje indiferencia, se “aman” entre sí más de lo que aman a los extraños y, pese a todo, son en ese nosotros que imaginan, son iguales. El “pro patria mori” es un efecto de ese estilo de imaginación de conjunto. O sea que nuestro ejército es nuestro y podemos decir de otros que no están formados por miembros de una comunidad, por ejemplo, que son un ejército de mercenarios. Es decir que los soldados luchan a cambio de un pago. No luchan por amor a la patria. En definitiva: la comunidad imaginada, que simplemente vuelve operativo el concepto de nación que desarrollará Benedict Anderson y que no es el centro de su reflexión, como la manzana de Newton no lo era de la teoría de la gravedad, no puede ser pensada en una dimensión superior ni forma parte de diversos paradigmas, del cual uno sería el nacionalista y otro lo ignoro. Si fuera el internacionalista Anderson no se habría molestado tanto y lo llamaría clase o Estado o tories y whigs o vaya uno a saber. El modelo monárquico dinástico que precede al surgimiento de las naciones “modernas” impedía que uno fuera particularmente nacionalista si los mapas móviles y precarios definidos por las alianzas dinásticas entre casas reales de diversas familias, procedencias, creencias, rivalidades o amistades podía durar lo que duraban esas alianzas. Después de todo, Guillermo el Conquistador de Inglaterra (una entidad que no existía anteriormente) era normando y Napoleón, héroe de Francia, era corso. Y yendo para atrás, los españoles Séneca y Marcial habían llegado a Roma desde Hispania y sus antepasados habían combatido ferozmente y perdido contra los romanos en esa incansable usina transculturadora que llamamos historia. Y así comemos papa y tomate y tomamos café y en América hay vacas, caballos, gauchos y héroes y militares a montones y a montoneras y hasta malones y  cows boys y muchas veces parece que todo integra la “tradición” originaria porque se festejan las tradiciones de a caballo como si Colón y no los habitantes de las Indias Orientales (luego americanos) hubieran sido los centauros armados y no a la inversa. De modo que las preguntas que el autor del artículo se formulan a continuación ya tienen respuesta si es que pretendo utilizar la noción de “comunidad imaginada”, válida en este esquema sólo para el concepto de nación. Si, para trazar una analogía, me interesa la mermelada puedo discurrir sobre peras, pomelos y manzanas pero si me interesa la gravedad puedo prescindir de hacer distinciones entre frutas. Pensar el heliocentrismo en la línea de Ptolomeo no me será útil ni a corto ni a largo ni a mediano plazo.

El autor se formula las siguiente preguntas, que cito, que creo están respondidas en la explicación que acabo de proporcionar y que demuestran que dichas preguntas están mal formuladas o no son preguntas congruentes.

“¿La imaginación de una comunidad constituye un hecho aislado, individual, propio, o bien se forja en la intercomunicación con otros sujetos? La respuesta puede parecer obvia, sin embargo a poco de andar descubrimos que, pese a considerarse comunitaria, no hay análisis de la manera como la imaginación trabaja, en qué ámbitos se realiza y de qué medios se vale para tales fines y cuáles son los resultados. La configuración de una comunidad imaginada alcanza dimensiones limitadas cuando se trata del paradigma nacional, en la línea de Benedict Anderson, aunque también puede pensarse la comunidad imaginada en una dimensión superior, como la que presentan las elites intelectuales. ¿El sentido de pertenencia es siempre el mismo o varía de acuerdo a las redes y las condiciones en las que éstas se originan? Las redes intelectuales del siglo XIX, si se toma en cuenta la fuerte impronta política que anima a algunas de ellas, como por ejemplo la de los “proscriptos” durante el gobierno de Juan Manuel de Rosas en la Argentina, no parecen demasiado similares a las de comienzos del siglo XX, en momentos de la autonomía del arte, la especialización de la política y un intenso cosmopolitismo. Con todo, el principal punto común que poseen es haber trabajado por fuera de las fronteras nacionales”.

Sugiero se consulten los intentos fallidos por realizar un Congreso de Intelectuales Libres Hispanoamericanos y las polémicas suscitadas entonces, entre 1923 y 1925, aproximadamente. La muerte del principal promotor de la iniciativa, el peruano Edwin Elmer, asesinado por el intelectual José Santos Chocano en una pelea antecedida por una agria polémica que involucró también a José Vasconcelos y Leopoldo Lugones es clara ilustración de las discusiones sobre la cuestión “hispanoamericana”.

José Gervasio Artigas pensó “más allá” del Estado Nación. Lo hicieron muchos otros, como por ejemplo, todos aquellos que construyeron la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas, claro ejemplo de cómo los Estados no siempre son estados nacionales. La documentación sobre la historia de Yugoslavia, la entera historia de lo que alguna vez fue Yugoslavia  y ya no lo es más es ilustrativa de las muchas respuestas que pueden darse a la cuestión.  La americanidad de muchos americanos a comienzos del siglo XIX es menos patriótica que producto de la unión de factores contingentes y necesarios. Es complejo afirmar que Rubén Darío es nicaragüense cuando, básicamente, era más bien americano o, para los españoles, “indio divino”, incluso. La Argentina, si se estudia el caso, presenta algunos rasgos excepcionales en cuanto a la afirmación de su particularismo. La polémica en torno al meridiano intelectual de Madrid, de 1927, revela lo que está en juego y quiénes son principalmente los polemistas.  Es gracioso considerar también que para Ramón del Valle-Inclán, España ni siquiera forma parte de Europa (así lo afirma en 1926).

Estos errores de apreciación o productos del desconocimiento del tema que trata se comprenden todavía mejor en la siguiente afirmación. Cito: “Nuestra hipótesis de trabajo, en tal sentido, consiste en plantear que entre 1898-1920 aproximadamente se constituye una comunidad imaginada más allá de las fronteras nacionales de Hispanoamérica y más allá aun del obstáculo geográfico que representa el Océano Atlántico. Afirmamos que se trata de la primera comunidad imaginada intraamericana y trasatlántica con un fuerte anclaje en la lengua como nexo de unión y entendimiento. Este espacio ideal no está regimentado por una idea de unión continental hispanoamericana, cuyo origen se remonta a los tiempos de los libertadores (Simón Bolívar, el más destacado), y de los intelectuales republicanos (Andrés Bello, Simón Rodríguez), ni tampoco por un hispanismo hegemónico (con sentido regenerativo de una ideología monárquica y católica, como lo llegó a ser durante la era del franquismo). Tampoco se trata de acuerdos interestatales o acciones llevadas a cabo por actores de ese sector (económicos, diplomáticos, financieros, etc.), ni de clases, algo así  como una internacional hispana de obreros, campesinos o artesanos. Esta primera comunidad intelectual imaginada no fue sencillamente el resultado espontáneo de un conjunto de voluntades, sino la consecuencia de una labor precisa, como podrá observarse más adelante.”

Continúo: de modo que, puesto que la “comunidad” de la que habla no se construye sobre la base de la imaginación, no correspondería el uso de la categoría “comunidad imaginada”. Tampoco el de nación, que es la razón por la cual Anderson precisa crear esa noción.  De hecho, este error conceptual y categorial vuelve a hacerse visible en la siguiente afirmación del autor:

“Para hacer posible una comunidad intelectual de intereses y perspectivas comunes, de origen español e hispanoamericano, se contaba para la época con escasos recursos, si lo vemos desde nuestra propia contemporaneidad. Apenas la carta, los periódicos, las revistas y los libros. Medios que además presentaban enormes dificultades de circulación y distribución. A eso se debía sumar las distancias transatlánticas y también intracontinentales en Hispanoamérica, que dificultaban los viajes a punto de hacerlo una actividad excepcional. No obstante lo cual, los viajes existieron y contribuyeron al ensanchamiento imaginario. La comunidad, con todo, se hace realidad, gracias al uso intensivo de estos únicos recursos que tenía a mano.”

Como se ve, nada más alejado del concepto de “comunidad imaginada.”-

Sobre la base de esta incongruencia no es posible sugerir la reescritura del “paper” dado que es irreescribible.  Es que 2 más 2 es 4 y sigue siendo el estado de la cuestión. Si se alega que la suma debería dar 6 hace falta una metodología que lo demuestre.  Si, en cambio, lo que el autor busca es multiplicar y no sumar, se recomienda averiguar en qué consiste la operación y cómo son sus protocolos y métodos.

Sugerimos que los autores estudiados sean consultados en sus obras originales y no en antologías o compilaciones o reseñas de segunda o tercerísima mano.  Sugerimos que se incluyan en la bibliografía otros autores mencionados, como Benedict Anderson, por ejemplo. Las ausencias de las fuentes dificultan muchísimo las evaluaciones solicitadas. Se comprende que el colaborador rinda tributo a la obra de quien figura como uno de los “organizadores” del volumen en el que se incluye este “paper”. Sin embargo, no parece que Eduardo Devés-Valdés haya realizado aportes sustanciales (más bien es un gran autor de listados de nombres de autores y obras) con poca elaboración conceptual) y tal vez sea esa una causa de las deficiencias detectadas en varias colaboraciones incluidas en el volumen.

Resulta preocupante que el autor de este trabajo tan endeble dirija una revista académica indexada (Cuadernos del Cilha, UNCUYO).  La Argentina está condenándose a producir pensamiento y ciencia periféricas por su propia voluntad y desidia.

También hay críticas interesantes al concepto de comunidad imaginada en lo que concierne al tipo de comunidades indígenes que también fueron decisivas en la construcción de naciones en América del Sur, modelo sobre el cual se basa Anderson para la construcción de sus hipótesis sobre naciones y nacionalismos.  Véase el video sobre la Revolución mexicana a continuación: