Archivo para Montevideo

La banda oriental, el fútbol y la felicidad

Posted in Historia Universal, Peer Review with tags , , , , , , , , on 11 marzo, 2012 by Claudia Gilman

Antes de desgraciarse como potencia imperial, Gran Bretaña tuvo tiempo para exportar e imponer la pasión por el fútbol. La diplomacia internacionalista del deporte hizo de las divisas banderas para reconocer a los jugadores que representaban la patria, en su triunfo o su derrota. En 1930 tuvo lugar el primer campeonato mundial de fútbol. En meses Uruguay construyó el estadio Centenario (que cambió la postal urbana de allí al futuro) y además ganó la copa. La falta de la fecha no es un tema menor, como muchas otras disquisiciones inútiles: se cuenta a partir de hito y eso requiere consenso. No es inverosímil suponer que el Centenario (el estadio Centenario) y la copa mundial fueran el emblema de ese Uruguay moderno o feliz, de tan poca duración y que gracias al reemplazo de la camiseta de los seleccionados “nacionales” dirimió las viejas historias que explicaban mal la relación de la historia nacional con el prócer José Gervasio Artigas.

Banda Oriental, Provincia Cisplatina, República Oriental del Uruguay, en el fútbol se dirime y resuelve el problema del Uruguay moderno, que atraviesa procesos muy parecidos a los de otras naciones aunque logra hacer atravesar los viejos “partidos tradicionales” llamados incluso nuevametne “partidos tradicionales” del siglo XIX al siglo XX.

El imperialismo triunfa donde menos se lo espera para estar alerta. Uruguay venía de ganar olmpíadas y como anfitrión de la primera copa mundial de fútbol para la que en mese se construye el estadio Centenario, haciendo surgir en pocos meses un emblema de la modernidad y la nacionalidad, luego de vencer nada menos que a vecinos limítrofes en la final de 1930,  sucesivos lances olímpicos y del estilo. Ese puede ser muy bien el origen del Uruguay moderno de tan breve duración y que nadie postuló sino hasta que pareció aber entrado en crisis o tal vez se reveló como un espejismo y un mito que inicia en el continente el tópico que se haría un género “literario” conocido como ensayo de interpretación nacional.

Cuando llamó “naciones” al nada armónico consolidado de geografías cuyas fronteras móviles estaban determinadas por los cambios de estado civil y los azarosos nacimientos y defunciones entre la veintena de casas reales Adam Smith no se imaginó que inventaba un derecho que los estados considerarían inalienable en el futuro. El liberalismo y la fisiocracia engendraban así el atávico reclamo del Volks y de la Herrshaft.

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Como se sabe ¿Cómo se sabe?

Posted in Esto es todo, amigos, Peer Review with tags , , , , , , , on 30 enero, 2012 by Claudia Gilman
English: Isaac Newton: Principia Mathematica E...

Image via Wikipedia

Con la cómoda muletilla “como se sabe” suele apelarse al conocimiento considerado común. Sin embargo, “como se sabe”, los conocimientos considerados comunes están sujetos a modificaciones, a veces dramáticas. En ocasiones, quien perpetra un “como se sabe” de esa clase, pretende que se le de patente de corso para afirmar, contra lo que se sabe, estados graves de ignorancia, falsedades, invenciones o batiburrillos de ideas mal cosidas por quien cree que sabe algo y, por si fuera poco, pretende enseñar a los que “no saben”.

Ante el “como se sabe” habría que oponer al sabio la inmediata pregunta de quién lo sabe, cómo lo sabe y si ha revisado bien los fundamentos de ese saber tan extendido del que considera superfluo rendir alguna cuenta. Sucede en casos donde ese “como se sabe” esté en las antípodas de lo que realmente se sabe, propague errores de saberes no sometidos a discusión pero indemostrables y, peor, refutables.

“En un pueblo de literatos, no habría jamás una verdad reconocida sino un millón de verdades en discusión”. La frase pertenece al Cardenal Richelieu y la cita José Mármol, en el primer número del periódico La Semana, publicado en Montevideo, el 21 de abril de 1851. Los “literatos”, explica Mármol, se forman en Universidades y Academias y son lo opuestos a la figura del escritor público, tal como la define el propio Mármol, que en ella se incluye. Le dan la razón los redactores de La Mariposa (Número 3, Año I, 16 de marzo de 1851). Se acaba de fundar la Universidad de la República, uno de los “grandes progresos de la enseñanza que ha traído el sitio de Montevideo, ya por su duración, ya por los hombre ilustres que en el país han aparecido o ya por los acontecimientos estraordinarios que han tenido lugar”. Escriben los redactores, entonces: “Dejemos a los políticos y a los historiadores que narren sus acontecimientos; dejemos a los poetas que canten su heroísmo y su gloria; nosotros, como pobres escritores literarios más propiamente como estudiantes, tomaremos la parte que nos toca ocupándonos únicamente del impulso que ha recibido la enseñanza durante esta época distinguida”. No sería inconveniente pensar los límites de la Reforma Universitaria de 1918, proclamada como momento fundacional de la revolución americana, a partir de estos breves pero elocuentes llamados a considerar la complejidad de lo que “como se sabe” denominamos  “letrados”, sin que la categoría haga justicia a la analítica que proponen los mismos sujetos de quienes predicamos tantas muy sabidas cosas.
Existe, en ese “como se sabe” generalizador, una capitulación de la curiosidad, un deseo de deshacer la responsabilidad del saber en la comunidad de quienes deberían admitir que ese saber es, en efecto, sabido y el embrutecedor anhelo de no saber.

Comparto reflexiones y datos proporcionados por Alfonso Galindo Lucas en torno a algunos hábitos “científicos”.

El primer enemigo del avance científico es la ciencia misma, o por mejor decirlo, la comunidad científica. El saber adquirido aspira a reproducirse de manera endogámica y los especialistas constituyen un círculo muy reducido entretenido en una especie de monólogo interior satisfecho de los grandes logros alcanzados en el pasado.

Como cualquier otro fenómeno, la verdad no brota instantáneamente sino que es un proceso que tropieza con la inercia de quienes están apegados a los saberes momificados y decrépitos, a los tópicos, rumores y refranes de origen oscuro. La mayor parte de las resistencias provienen, pues, de ese cúmulo de conocimientos codificados que se resiste a desaparecer en forma de planes de estudio, manuales, diccionarios y enciclopedias. Sujeto a una sociedad competitiva, hoy el científico al uso tiene que buscar el aplauso de sus colegas, seguir la corriente. Tiene que denostar a los malditos y alabar a los consagrados.

A la comunidad científica sólo le interesa el progreso cuando son ellos mismos los que aparecen en los títulos de propiedad intelectual, adoptando las medidas a su alcance si esos mismos progresos provienen de la competencia. La codicia y el plagio son hoy condicionantes habituales del trabajo científico. La cita es otro de los exponentes de ese carácter repetitivo del conocimiento, que mira al pasado más que al futuro. Como mecanismo escolástico, las citas forman parte de las peores tradiciones de la economía del pensamiento, de un cierto tipo de método que no sólo no interroga al saber adquirido sino que pretende servirse de él. ¿Cómo es posible que la “comunidad científica” se pueda equivocar? La codificación del saber es imprescindible para su difusión y, al mismo tiempo, sus instrumentos son la expresión de la ideología dominante, una momia que se resiste a dejar paso a la innovación.

La ciencia no es un proceso acumulativo o lineal de conocimientos porque avanza como una crítica del saber establecido. La duda es su arma más afilada. La ciencia pone en marcha mecanismos infantiles que interrogan incansables por la razón última de las verdades que la “comunidad científica” cree firmemente establecidas. A su vez, la “comunidad científica” mira con desconfianza el futuro, las novedades. Las citas de un artículo innovador sólo pueden contener críticas, nunca apoyos, porque carece de referentes previos, no tiene pedigrí.
Más que los hechos, las investigaciones y las argumentaciones, lo que mejor respalda a una tesis científica es una documentación escrita. Ante las dudas que causan las novedades se ha convertido en un tópico preguntar por un cierto tipo de “respaldo” para determinadas tesis, que siempre conducen a los precedentes y a la existencia de previa documentación: ¿existe algún artículo publicado que avale la conclusión?

Uno de los índices más claros del declive actual de la ciencia es la omnipresencia de las revistas especializadas: sólo se considera como ciencia lo que aparece publicado -precisamente- en una revista, es decir, adaptado a determinados cánones que sólo existen en un artículo científico. La ciencia moderna se escribe en concisos telegramas; prefiere el formato de 40 líneas en el que se redactó el artículo de James  Watson y Francis Crick sobre la doble hélice que las 400 páginas de los Principia mathematica de Newton. En realidad la situación es mucho peor porque casi nadie se lee esos artículos, sino sólo el resumen que los encabeza porque no interesan los medios utilizados en la investigación sino sus resultados exclusivamente. Hoy la mayor parte del espacio tipográfico que ocupa un artículo científico se reserva para los numerosos firmantes del mismo. Es casi imposible encontrar un libro como referencia bibliográfica. Naturalmente que, en plena era digital, los demás medios de publicación tampoco se consideran aptos para transmitir conocimiento científico.
— En 1947 el argentino Meny Bergel con 22 años, siendo aún estudiante de medicina, expuso la teoría metabólica de la lepra, que chocó con la teoría infecciosa o bacteriana, vigente desde que la expuso Hansen en 1873, según la cual la lepra está causada por el denominado bacilo que lleva su nombre. Se inició así una sorda batalla que se prolonga desde hace sesenta años. En 2005 siete leprólogos de la Universidad de Madras (India) confirmaron la tesis de Bergel, aunque es dudoso que los defensores de la tesis dominante reconozcan un error tan prolongado sin quedar en evidencia.
— Cuando Theodore Maiman (1927-2007) fabricó el primer rayo láser en 1960, la revista Physical Review Letters rechazó publicar su descubrimiento y nunca recibió el Premio Nobel. Fue repudiado en Estados Unidos, pero reconocido en Europa y Japón, teniendo que marchar a Canadá a trabajar, donde narró su marginación científica en un libro titulado “La odisea del láser” (The laser odyssey).
— La publicación de la primera versión completa de la teoría de la simbiosis de Lynn Margulis (Origin of mitosis cells) fue rechazada por 15 revistas diferentes y el manuscrito original se perdió; no logró publicarlo hasta 1967 gracias a la intervención personal de James F. Danielli, editor de la revista Journal of Theoretical Biology. Le sucedió lo mismo con la publicación de su primer libro, que fue rechazado después de un año de silencio con una valoración “extremadamente negativa” de su contenido.
— En 1973 Nature rechazó la publicación del trabajo de Paul Lauterbur sobre la obtención de imágenes corporales por resonancia magnética. Hasta entonces esta técnica no se había aplicado a la fotografía del cuerpo. Treinta años después le concedieron el Premio Nobel por ello.
— Cuando los australianos J. Robin Warren y Barry J. Marshall publicaron en The Lancet en 1982 la vinculación entre la bacteria Helicobacter pylori y la úlcera gastroduodenal, hasta el momento considerada como una enfermedad crónica vinculada al proceso erosivo de la pared gástrica, la comida picante y al estrés, fueron ninguneados ya que la opinión dominante suponía que las bacterias no podían sobrevivir en el medio ácido del estómago. Warren y Marshall dedicaron dos décadas de su carrera a luchar contra un muro sordo. Marshall llegó a beber un cultivo de H. pylori, desarrollando una gastritis y recobrando la bacteria de su propio revestimiento estomacal. En 2005 les concedieron el Premio Nobel de Medicina.

Hoy Copérnico, Kepler, Galileo, Newton o Darwin también tendrían serias dificultades para publicar sus obras en revistas como Nature o Science porque algún censor escrupuloso haría un largo listado de sus errores para justificar su función. Sin embargo, Jan Hendrik Schön publicó quince artículos en Nature y Science que, a pesar de que fueron revisados por terceros, resultaron ser fraudulentos y fueron posteriormente retirados. La revisión no garantizó la veracidad, Schön quedó desacreditado, pero nunca se ha discutido la solvencia de aquellos revisores.