Archivo para Juan Vucetich

José Sarukhán: las musas de Darwin

Posted in Esto es todo, amigos with tags , , , , , , , on 4 febrero, 2012 by Claudia Gilman

En Las musas de Darwin (claro y generosamente disponible a la lectura de quien lo desee, como debe ser y ya dejo puesto el enlace que lleva hasta allí) José Sarukhán despliega una historia de cómo las ideas de los hombres han contribuido a comprender el mundo y transformarlo, ocupándose de practicar la selección artificial, incluso antes de conocer la “selección natural”. No sólo puede uno subrayar lo mucho que debe a América el resto del mundo, que será tema de reflexión futura, sino de interrogarse en qué medida el tipo de selección realizado por el homo sapiens, en particular mediante la domesticación, conduce o no a alguna clase de evolución. Tal vez la evolución sea, como otras ventajas, privativas de algunos. No sabemos si a los perros les importa haber sido domesticados pero queda claro que las nuevas leyes que desde hace muy poco establecen la igualdad de derechos entre hombres y mujeres, no la hacen efectiva. La domesticación de la mujer, que ha sido ejercida de manera sistemática y regular por culturas diversas, alejadas en tiempo y espacio, puede que no redunde en beneficio de la especie. Y no importa cuán domesticado u obligado a acatar mandos se encuentre un varón “oprimido”: siempre tendrá la posibilidad de continuar domesticando perros y mujeres. Las leyes no prohíben matar ni robar: sólo castigan, en algunos casos, a los reos que encuentra culpables. Es decir que para ejercer un derecho que no se otorga, no hay otro expediente que ir a reclamarlo. Y, todo el mundo lo sabe o lo sospecha, no es sencillo.

Copio un fragmento particularmente significativo del libro que recomiendo, aclarando que nada tiene que ver con los llamados de atención precedentes.  Una vez más, el “caso” Semmelweis proporciona indicios estructuralmente reveladores de cómo funciona el animal humano. Mi propósito es, al mismo tiempo subrayar esta regularidad y asentar una melancólica posibilidad: que las condiciones actuales del “pensamiento” por el que se otorgan títulos con incumbencias profesionales, esté alejando toda posibilidad de oír alguna musa de aquí en más.

A continuación, textuales, las palabras del doctor Sarukhán:

“Para muchos, la ciencia está constituida por la acumulación de descubrimientos o “inventos”, ya que ésta es la manera en que, a través de diversos medios, recibe la información de su desarrollo. Aun en los reconocimientos científicos más importantes, como el premio Nobel, el énfasis está en sólo una parte de la creación científica: la de los aspectos utilitarios. La imagen de la ciencia como una simple acumulación de hechos y datos es distorsionada e incompleta, ya que hace caso omiso de la forma en que se originan los conceptos y las ideas, o se mejoran los ya existentes, lo cual es básico para la generación de los “productos terminados” de la ciencia. El entendimiento del mundo que nos rodea se logra mejor mediante grandes avances conceptuales que por la simple acumulación de hechos y datos.

Einstein, como cualquier otro científico, no habría podido elaborar la teoría de la relatividad si hubiera estado aislado del pensamiento de sus colegas físicos, tanto sus contemporáneos corno los que le precedieron. Los elementos que empleó para desarrollar la teoría general de la relatividad se originaron en el conocimiento de sus colegas, gran parte del cual tenía varios años de haberse producido.

Las ideas y los conceptos que constituyen el cuerpo medular del conocimiento científico de la humanidad se desarrollan poco a poco, en un lento proceso de comparación, de selección de la información disponible, de evaluación de datos e ideas y, finalmente, de su incorporación a dicho cuerpo de conocimientos. Sin embargo, en muchas ocasiones el progreso en la ciencia ocurre por medio de abruptos y dramáticos cambios. Cambios que pueden iluminar de golpe el escenario de la fenomenología natural, o bien romper el “equilibrio del conocimiento” de la humanidad, estableciendo un continuo proceso de construcción, crisis, demolición y reconstrucción de las ideas en una nueva síntesis, a partir de la cual se renueva el ciclo.

Lo anterior define el avance de la ciencia como un proceso poco predecible, un tanto aleatorio; pero el avance sigue y tiende a volverse menos impredecible y aleatorio en la medida en que se entienden mejor los fenómenos de la naturaleza y se intuye más el derrotero que el conocimiento puede seguir.

Es indudable que la evolución de las ideas puede recorrer caminos equivocados y llegar a callejones sin salida, y que la diversificación de las ideas tiene periodos de crisis, de gran actividad y de estabilización. Por ello, la historia del pensamiento científico está caracterizada por un desarrollo discontinuo, no solamente en orientación, sino también en intensidad.

Las síntesis innovadoras en la ciencia tienen origen en la conjunción de ideas que previamente aparecen inconexas. Esta síntesis es generadora de grandes cambios en la historia de la ciencia cuando dos disciplinas que se habían desarrollado independientemente confluyen y generan un nuevo orden, dando unidad a lo que parecía ser improbable. Sin embargo, este proceso de “hibridación”, ya sea entre ideas aisladas o entre disciplinas diferentes, no es sencillo, ya que produce una interferencia mutua y un intercambio de características, cuyo resultado es una transformación entre los dos componentes.

La reinterpretación de las ideas existentes y del conocimiento previo ha desempeñado un papel central en el desarrollo de la ciencia. Esto no implica que la adquisición de información y datos nuevos tenga importancia secundaria, ya que el valor de la experimentación y la observación empírica es capital. Sin embargo, la colección de datos y hechos fuera de una matriz selectiva de pensamiento, es decir de una teoría, sí puede resultar irrelevante. Thomas H. Huxley, de quien haré referencia con mayor detalle más adelante, comentaba que aquellos que en la ciencia insisten en no ir más allá de los hechos rara vez llegan a ellos, y que la ciencia está hecha de hipótesis que aunque después han sido comprobadas, tenían muy poco fundamento en el momento de su proposición. El físico Sir Lawrence Braggs, ganador del premio Nobel por descubrir estructuras cristalinas mediante la utilización de rayos X, propone que la esencia del quehacer científico reside no tanto en el descubrimiento de nuevos hechos, sino en encontrar formas nuevas y originales de interpretarlos. Baste recordar que Copérnico revolucionó la manera de pensar de la humanidad acerca del movimiento planetario antes de la invención del telescopio, el instrumento que más ha ayudado a los astrónomos a lograr nuevos hallazgos acerca del universo en que vivimos. Los hechos en que se basó para explicar el movimiento de los planetas eran conocidos por todos, y sin embargo nadie los había interpretado como lo hizo Copérnico.

La información, los datos y las cifras representan las pequeñas piezas necesarias para construir un mosaico; sin embargo, la manera de combinar y colocar las piezas es lo que logra los diseños con significado y lo que crea las nuevas formas. Existen en la estructura de la ciencia fuerzas internas que la sostienen pero que en ocasiones actúan como poderosas barreras contra el avance del conocimiento. Estas fuerzas constituyen lo que podríamos llamar el “establecimiento científico”, esto es, organizaciones tales como los centros de investigación, las sociedades científicas, los mecanismos de difusión del conocimiento original, entre los que se encuentran las revistas científicas, etc. Al igual que toda organización humana, adolecen de males como los intereses de grupo o de individuos. Sin embargo, en estricto honor a la verdad, aunque tales estructuras hayan bloqueado algunas ideas innovadoras, al final de cuentas la verdad termina por imponerse a los intentos para preservar el statu quo en una disciplina. No obstante, estos brotes de conservadurismo dejan víctimas, en ocasiones en forma dramática. Un ejemplo tristemente célebre es el de Ignaz Philipp Semmelweis, joven médico húngaro que trabajaba en la primera clínica obstétrica en Viena alrededor de 1845. En ese tiempo no era raro que las madres contrajesen una infección —frecuentemente mortal— inmediatamente después del parto. La mortalidad por fiebre puerperal, que es el nombre de esa enfermedad, podía alcanzar hasta 25% de los casos. Semmelweis se interesó especialmente en estudiar las causas de esa infección y la razón de por qué su incidencia era muchísimo mayor en los hospitales que en los hogares, donde algunas mujeres atendían su parto. Como consecuencia de la muerte de un muy buen amigo suyo que era patólogo y que contrajo la infección al analizar el cadáver de una mujer que había fallecido de fiebre puerperal, Semmelweis llegó a la conclusión de que el portador de la infección era el personal que atendía a las parturientas, en especial los estudiantes de medicina y sus profesores, ya que las atendían después de practicar autopsias y operaciones en cuerpos infectados. De inmediato, Semmelweis organizó un experimento para probar su hipótesis, para lo cual ordenó que en un ala de la clínica todos los estudiantes se lavaran concienzudamente las manos con agua, jabón e hipoclorito de calcio; en la otra ala, atendida normalmente por parteras que no tenían contacto con otros enfermos y donde las muertes por fiebre puerperal eran más bajas que en la sección atendida por los estudiantes, las parteras no se lavarían las manos como aquéllos.

Los resultados fueron contundentes. La mortalidad en el ala donde los estudiantes tenían que lavarse las manos al salir de las salas de operaciones y de autopsias antes de atender a las madres parturientas cayó muy por debajo de la registrada en el ala que había servido como “testigo” del experimento. La aplicación de esta sencilla regla de higiene redujo la mortalidad en las mujeres parturientas a menos de 1%. Sin embargo, el jefe de la clínica, Johann Klein, reaccionó prohibiendo la práctica, porque se salía de la ortodoxia impuesta por la costumbre médica de la época y destituyó a Semmelweis, arruinándole su reputación, a tal grado que ni en su país logró que se impusieran las prácticas de asepsia que había recomendado para reducir el riesgo de fiebre puerperal. La frustración de Semmelweis ante las miles de muertes que nunca debieron haber ocurrido fue de tal magnitud que acabó sus días recluido en un hospital para enfermos mentales, donde murió, ignorado en su tiempo a pesar del avance que había logrado, pero conocido en nuestros días como un mártir de la ciencia. Desgraciadamente no conocemos los casos de aquellos que, a lo largo de la historia, han sufrido una suerte similar y que son desconocidos, ya que sus actores no fueron tan notables como Semmelweis.

Ningún dato, ningún experimento proveen a su autor, o a otros científicos, de verdades y certezas absolutas. Por lo general, cada dato y cada resultado de un experimento pueden ser interpretados en más de una forma. La ciencia no busca certezas absolutas, sino que acepta grados de probabilidad en la interpretación correcta de un fenómeno. Algunos cambios en la ciencia ocurren solamente por la acumulación del peso de las pruebas; en otros casos la fusión de dos o más teorías de apariencia original contrapuesta, provee el mecanismo para su avance y para la generación de nuevos conceptos. Cabe aclarar que los conceptos no son elementos exclusivos de la ciencia, pues constituyen parte esencial de cualquier acto de la creatividad humana; el arte, la filosofía y la historia, por ejemplo, requieren para producir innovaciones y progreso, del desarrollo y la mejoría de conceptos que les son propios.

Los conceptos desempeñan un papel muy importante en las ciencias biológicas, ya que los biólogos expresan usualmente sus generalizaciones en forma de conceptos más que de leyes. Por lo tanto, el progreso de la biología depende en gran medida del desarrollo de dichos conceptos o principios. ¿Cómo influyen los conceptos de un campo del conocimiento en quienes se adentran en él y cómo las personas afectan a su vez dichos conceptos? ¿Cómo incide el ambiente social y cultural en un campo del conocimiento y en quienes se esfuerzan en avanzar las fronteras de dicho campo? No creo que haya respuesta sencilla a estas interrogantes. Lo cierto es que existen corrientes opcionales, a manera de movimientos pendulares que determinan en ocasiones que los factores sociales y culturales dominen sobre un campo del conocimiento, y que en otras, un nuevo conocimiento en un campo crucial de la ciencia influya.” determinantemente en dichos factores. ”

Hay quienes conjeturan que el desinterés por los descubrimientos irrefutables de Semmelweis se agravó por dos causas: morían mujeres, en cumplimiento de la orden de parir con dolor o más, y los médicos consideraban ofensivo la insinuación de que eran sucios..

Anuncios

Cuento policial y policías. Culpables, científicos y resentidos

Posted in Esto es todo, amigos, Peer Review with tags , , , , , , , , , on 26 octubre, 2011 by Claudia Gilman

En 1841 Edgar Allan Poe inventó el cuento policial. Cuarenta años después, en la Argentina, Juan Vucetich, desarrolló y patentó  el método dactiloscópico gracias a la primera huella digital que permitió establecer una culpabilidad en un crimen, nada menos que un filicidio. Nacido en Dalmacia, Juan Vucetich fue uno de los  muchísimos que llegaron a América en busca de vidas mejores, alentados por la política del criadero que se practicó de Norte a Sur y las duras condiciones de vida en las tierras que dejaban atrás los más de cincuenta millones de europeos que protagonizaron, entre 1800 y 1930, el fenómeno demográfico llamado Gran Emigración.  Irónicamente aunque en diverso grado, sufrieron todos:  los hijos asesinados, la culpable  Francisca Rojas, Medea bonaerense,  y el propio Vucetich, que no conoció en vida la gloria del reconocimiento al deber cumplido.

No hay un lugar particular para la periferia y el centro en el Universo. Hay quien emancipa su inteligencia y quien la embrutece. Hay Ignaz Semmelweis y hay detractores de todo.  Hay quienes producen una gran obra en mediocres arrabales sudamericanos, como Jorge Luis Borges, que además de reivindicar todas las tradiciones para la literatura argentina, ha leído autores de todas las literaturas y todas las épocas pero básicamente ha leído la literatura argentina (la rioplatense, para ser más precisos) como pocos autores argentinos. Más bien como ninguno. Hay investigadores que han obtenido incluso el Premio Nobel haciendo ciencia en la “periferia”. Hay hasta tres argentinos que han obtenido el Premio Nobel haciendo ciencia, como subraya, sorprendido, el historiador Eric Hobsbawm cuando menciona los tres galardonados argentinos: Bernardo Houssay, Luis Federico Leloir, César Milstein. Hay científicos como Carlos Monge Medrano, capaces de refutar científicamente las supuestas bases científicas que justificarían la inferioridad mental y fisiológica de los pobladores de las regiones andinas, resultado,  según el fisiólogo Joseph Barcroft, por la relación entre la altura y el déficit de oxígeno.

Describe, con amargura, Vucetich, cómo, en lugar de agradecer sus esfuerzos, se topó con la “periférica” resistencia epistemológica y moral que se alzó contra sus descubrimientos e investigaciones.  Sin embargo, lo peor de esa resistencia no fue tener que obligarse, para perfeccionar su sistema,  a “erogaciones que comprometían de una manera irreparable el mezquino emolumento de que gozaba.  Lo peor fue que sentí que en torno mío se sembraban espinas; y la murmuración implacable, prohijadora de la hipócrita calumnia, infundía sospechas respecto a mí y a mis trabajos, no economizándoseme ni la colérica burla ni el petulante agravio. Máxime cuando en 1893 la Superioridad dispuso la supresión de dicho servicio por considerarlo inútil; el que fue rehabilitado pocos meses después, siendo Jefe de Policía don Francisco P. Lozano.” Siempre las mismas periféricas razones: “Cuando puse de manifiesto dice por primera vez en el mundo los errores capitales e irremediables a que podía dar y daba margen el bertillonaje, y la perfección puesta a cubierto de toda duda que ofrecía el sistema dactiloscópico, mi afirmación dió motivo para que se me tachara de temerario y arrogante, porque me atrevía a lo que antes que yo no se habían atrevido otros”. Cuenta un biógrafo cuyo nombre no aparece en el sitio web del Gobierno de la Provincia de Buenos Aires, que “en vez de obtener apoyo y protección para sus trabajos, a causa de la sorda hostilidad que promovían contra él sus enemigos de su acción renovadora, se le restringían hasta los materiales de la oficina. Tenía pues, que costearse los diversos y costosos libros que necesitaba para sus estudios y los materiales para los experimentos. Cuando concibió la construcción del armario casillero como base necesaria de la aplicación de su sistema, para archivar las fichas clasificadas, tuvo que adquirir de su peculio los armarios usados, en una antigua casa de modas, y hacerlos transformar en casilleros para adaptarlos al nuevo uso a que estaban destinados”.

seudociencias

Posted in Peer Review with tags , , , , , , , on 4 octubre, 2011 by Claudia Gilman

mono con razor

Posted in Jorge Luis Borges con y sin máscaras with tags , , , , , , , , on 29 septiembre, 2011 by Claudia Gilman

Jorge Luis Borges: risa solitaria, fraudes parciales

Posted in Jorge Luis Borges con y sin máscaras with tags , , , , , , , , , , , , , , , , on 25 septiembre, 2011 by Claudia Gilman

“A mode of truth, not of truth coherent and central, but angular and splintered”.

Para los lectores encariñados con Buenos Aires, afirma Borges, ha agregado algunos capítulos suplementarios a Evaristo Carriego en la edición de su Obra Completa emprendida en 1969. Esa versión es la misma que entrega en 1955. Uno puede creer que está leyendo algo sobre el tango, el culto del coraje, los cuchillos y hasta una historia más de compadres y forajidos en escenarios rurales.  Sin embargo, invisible y suntuaria, se nos ofrece una reflexión sobre la obra completa de Richard Wagner, el leit motiv que debe servir de fondo musical a la indagación borgeana.  De los maestros cantores y la primitiva orquesta de flautas, violines y bandoneones, para la historia de Wenceslao Suárez ya debemos imaginar la atronadora cabalgata de las walkirias.

Como siempre, Borges avisa. Será tímido y, a diferencia de los extraviados hermanitos Hänsel und Gretel,  no pasará de las migas a las piedras pero avisa. Muchas son las referencias, algunas ya socorridas. Es casi seguro que no imagina el autor que se le dispensará otro trato después de años de acumular modos parciales de la verdad en todas las literaturas de todos los tiempos : los ríos, el Marne – y no el Rin–, Schopenhauer, Wilde, los wagnerianos, Hegel y el Estado, las herejías nacionalistas, la alusión y explicación del significado de Bildungsroman, la fe expresada por Sigmund (“creo en mi fuerza”), los lobos, los comentarios sobre resurrecciones de mitos heroicos, los nombres y sus cifras, las espadas, las sumas de las épicas, los deslindes entre las culturas agrícolas de latinos y griegos y las de los caballos y el culto del coraje, la dilatada espera entre afrenta y venganza, la historia de amor entre Brunilda y el niño cuyo destino protegió y que será quien la despierte, bastante luego.

Ya en 1922 se sorprendía Borges de la capitulación de la curiosidad de los lectores, que atribuía a una holgazana incapacidad para tantear las pruebas que el escritor aduce y también la muestra de borrosa confianza e la honradez del mismo. Lo escribió en un libro que no quiso reeditar. Presumo que en esos libros Borges todavía confiaba en soliviantar esa  supersticiosa ética de lectura, que sin dudas no compartía.

El lance de Wenceslao traspone muy cómicamente la historia del welsungo  Siegmund, cuya casa es incendiada, su madre asesinada y su hermana raptada por forajidos de otros clanes y designios de dioses. Hay una espada fabulosa que nadie ha podido arrancar del tronco del árbol donde la clavó un forastero. Está reservada a Sigmund. La historia requiere la inexistencia de espejos. El encuentro fraterno es primero enamoramiento a primera vista entre los mellizos que, tiempo ha pasado, no se reconocen. De ese amor sólo importará el fruto, el niño Siegfrid, aunque no ya para este drama cuyos protagonistas serán Wotan y su hija y que se cierra con la pérdida de la inmortalidad de Brunilda, sumida en largo sueño.

Como siempre, en los capítulos que no se  le olvida incluir en su Carriego y en los que contrabandea el excursus wagneriano, es significativo lo que manda a leer.  En este caso y entre otras lecturas, Dante, Inferno, XXVI.

Borges nos conduce, a través de Dante, al lugar donde se castiga a los fraudulentos. Precisamente allí  encontramos a Ulises, entre otras cosas, por una historia de engaño con caballos. No estaban advertidos los troyanos sobre limosnas grandes y desconfianzas de santos. Pese a lo inverosímil de la impostura, los troyanos se mantuvieron fieles al mandamiento que prohíbe revisar los dientes a caballos regalados.

De la lectura del florentino podríamos sacar más conclusiones. Ni Dante ni Virgilio conocían “La Odisea”. Fue más bien conjetural pero varia la imaginación que se consagró a imaginar posibles destinos para el astuto Ulises. Sabemos que a Roma le interesó más consagrarse a Troya. Al menos fue el caso de Virgilio, que encuentra allí el pasado legendario de Eneas necesario para la Roma imperial que construye, en calidad de poeta oficial y contemporáneo de la leyenda local.  Sobre el tema, escribirá un artículo en una revista uruguaya titulado “El enigma de Ulises”.

Arrabalero estoico que cita a Epicteto a Marco Aurelio y a Boecio, Borges comparte la espada de Cervantes, la de la risa, como explica Juan Montalvo, irreconocible como John Vincent Moon, que lejos de ocultar la marca de la espada, la ostenta en el más que climático desenlace.  Se rió, Borges, eterna e infinitamente de todos nosotros.  La cicatriz es la señal de Odiseo: podemos fingir que todavía no se había patentado en la Argentina la dactiloscopia. En feliz correspondencia, la marca también ingresa a la biografía de uno de sus personajes y autores citados: Sir Thomas Francis Browne. Más que el tosco realismo literario aburre a Borges la insípida biografía de sus contemporáneos: mucho más deslucida la transposición de historias pedestres en libros prescindibles. Borges nos recuerda, para bien, el tamaño de nuestra ignorancia, con la indicación de que podríamos esforzarnos por corresponderlo a la manera simbolista, con el tamaño de alguna esperanza. Nos recuerda que a menos que averigüemos, no sabemos nada de Juan Vucetich ni de Francisca Rojas, infame filicida de la patria, Medea de los pagos de Quequén.  De hecho, el Ulises dantesco no merece la espera de Penélope: sediento de aventura, ya no procura regresar a Itaca después de su demora con la maga Circe.

¿No hay regreso, no hay Itaca? Sin borrar del mapa ese deseo de regreso a la patria natal, Kavafis advierte en su bello y sabio poema que conviene no darse prisa en regresar, que lo que cuenta es el viaje. Tal vez lo que no hay, por suerte, es detectives astutos en mediocres arrabales sudamericanos. Invito a leer y releer todas las parciales magias: descubrir dónde se relata la historia del Santo Sepulcro, con Salomón y David, donde, por los siglos de los siglos, Cristo es hijo de Dios. En fin, nos basta con leer que Tarik es hijo de Zaid. Es fácil reconocer las sombras vivas de personajes, traductores, vidas inventadas y “vividas” de esa galería que parece de infames sólo muy exteriormente. En esas historias se duplican Santos Chocanos, pandilleros neoyorquinos, escritores, personajes de esos escritores, amigos, colegas, filósofos y, con harta frecuencia, hombres que fueron atravesados por alguna revelación religiosa y emprendieron alguna misión espiritual a partir de esas experiencias donde se constata, para algunos pocos, que la vida se juega en un instante. Que para muchos, existe realmente ese instante definitivo. Ramón Lull, León Bloy, Miguel de Cervantes, el General Quiroga, Marco Aurelio, Boecio, Godofredo Leibniz, entre otros, forman parte de esa romería de fieras, que Borges encuentra en la cultura con la misma facilidad que Roberto Arlt en los cafés de Buenos Aires. Inverosímiles impostores que vieron a la partera, se impusieron la vilificación de lo blanco o se desgraciaron en un lance. Si tuviera que elegir qué imágenes perdidas me gustaría rescatar del olvido, como un Fausto parcial al que se le concede un deseo, creo que le pediría a ese Dios, del que alguna vez Borges dijo que le rezaba, aun presuponiéndolo inexistente, ver a Borges jugar al truco.  Merece el Gran Premio en una final ganada por muchísimas cabezas.