Archivo para Havana

Casa de las Américas:

Posted in Esto es todo, amigos with tags , , , , , , , , , , , on 9 febrero, 2012 by Claudia Gilman

Casa de las Américas entre 1960 y 1971. Un esplendor en dos tiempos”

Revista bimestral aparecida en julio de 1960, Casa de las Américas, (1960- ) es el órgano de la institución cultural del mismo nombre, creada en 1959 y dirigida por Haydée Santamaría, esposa del Ministro de Educación, Armando Hart, heroína del Moncada y fidelista ferviente hasta su muerte. Actualmente y desde 1986, la dirige Roberto Fernández Retamar,  quien salvo un brevísimo período fue, desde 1965, también director de la revista.

La saludable existencia de que gozan institución, revista y premio (ver más adelante) impide una valoración o descripción definitiva. No sólo por la ley que impone la inconclusión de lo todavía vivo sino, muy especialmente, por la enorme cantidad de correspondencia aun inédita conservada en los archivos de la institución. Como los vínculos de muchos intelectuales entre sí y con la Casa de las Américas se tramitaron de manera epistolar y privada, será muy interesante el día que se conozca, como lo demuestran los casos en que la revista dio a conocer algunos fragmentos.

La institución Casa de las Américas surgió como una necesidad cultural de intercambio con los gobiernos de América Latina. Debido a que casi todos los gobiernos del continente habían roto relaciones diplomáticas con Cuba, la institución tuvo que crear los mecanismos para seguir existiendo pese al aislamiento. Debe reconocerse la velocidad de reflejos y la identificación de los intelectuales y artistas como interlocutores ideales (mucho mejores que los gobiernos) como promotores sinceros de lo que fue la Revolución Cubana en su momento.

Tanto la revista como el premio fueron extraordinarias armas contra el bloqueo: no sólo lo neutralizaron desde el punto de vista cultural; lo convirtieron en un argumento de legitimación para reclutar letrados con aspiraciones revolucionarias. Fue el más sonoro llamado de reunión para los intelectuales en un período en que éstos se consideraron actores principales de la política.

En ese contexto la institución convocó, en octubre de 1959, su primer concurso literario anual. Y la revista y el premio fueron realimentándose mutuamente. La casa como “sede” se fabricaba en el día a día del encuentro intelectual en La Habana, en la circulación de discursos diversos y en el entusiasmo que contagiaba a los presentes, que a su vez ampliaban ese entusiasmo por medio de artículos y arengas. Y desde la sede, por medio de la palabra de sus miembros dispersos, se configuraron las Américas que dan sentido al título.

La Casa de las Américas fue un centro gravitatorio crucial para la generación y consolidación de la red letrada latinoamericana de los años sesenta y setenta. El viaje a La Habana para participar como jurado del concurso trenzó fuertes relaciones entre los intelectuales invitados a la isla; soldó alianzas, discursos, programas y configuró un “nosotros” que transformó gradualmente la revista al tiempo que contribuyó a transformar, en un proceso dialéctico, la misma red que se constituía a partir de la sociabilidad y los encuentros en Cuba. Conforme se extendía el número de visitantes, invitados de invitados, Casa de las Américas fue convirtiéndose en una revista político-cultural modelo, por su mensaje revolucionario innovador, la modernidad de su diseño, el prestigio de sus colaboradores.

La mayoría de los autores que escribieron en un comienzo en Casa de las Américas procedían de las revistas Ciclón y Lunes de Revolución, suplemento semanal del diario Revolución, fundado por Carlos Franqui en 1959 y que dejaría de salir, no sin discusiones, en noviembre de 1961.  Las firmas más habituales de esa época eran  entre otras,  las de Antón Arrufat, José Triana, Calvert Casey, Pablo Armando Fernández, Virgilio Piñera, Edmundo Desnoes, Ambrosio Fornet, Rogelio Llopis.

En los comienzos, la revista no tenía, no lograba o no quería expresar un programa claro. Esa reticencia era lógica, teniendo en cuenta los vaivenes políticos del proceso revolucionario, en esa etapa inicial, de tanteo, de optimismo, en una coyuntura delicada, difícil y convulsa: la invasión a Bahía de Cochinos, la asunción del marxismo-leninismo como doctrina de gobierno, la crisis de los misiles, la crítica al sectarismo, los debates entre intelectuales y políticos, el primer congreso de escritores y artistas, entre otras vicisitudes. En la memoria reciente de Casa de las Américas, pesaba también el temor por el pésimo final de la relación entre artistas y gobiernos en los países socialistas. El optimismo era directamente proporcional a la incertidumbre de cómo se lograrían otros resultados: “Los cambios que la Revolución ha llevado a cabo en nuestra vida social y personal encontrarán en una forma u otra expresión a través de todo artista genuino: esperamos que nuestros creadores tengan la profundidad y la vitalidad de nuestra revolución. No sé cómo se expresará la Revolución: pero se expresará”. El tono era unánime aunque esta vez firmaba Edmundo Desnoes (136).

Por su mayor visibilidad, muchos estudiosos tienden a considerar a Casa de las Américas como representante de un discurso cultural cubano que sería “homogéneo”. Lejos de eso, Casa de las Américas es uno de los muchos actores y no la representación de su conjunto, por otra parte, nada armónico. Como explica Luisa Campuzano (2001: 39) la multiplicación de revistas y magazines literarios que se produce en Cuba durante los primeros años de la Revolución y el clima polémico, en gran medida heredado de polarizaciones y tomas de posición previas a 1959, en que se somete a revisión la cultura nacional prerrevolucionaria, la relación del escritor y el artista con la sociedad, las distintas corrientes del pensamiento marxista, arrastran a Casa de las Américas, en sus primeros números, a participar en el debate.

Casa de las Américas se esforzó por no ser oficial mientras pudo. Lo que la hizo tan atractiva no fue que canalizara el discurso revolucionario estatal (la revista oficial de expresión cultural de la dirigencia en la voz de los intelectuales fue La Gaceta de Cuba) sino que no lo hiciera en términos estatales o que durante buena parte de su existencia lo que la caracterizó fueron resistencias para hacerlo. Para decirlo de manera algo brutal: lo que parecía ser, más allá de las necesidades del gobierno, la razón de ser de Casa de las Américas era opuesta a la de muchos que, desde el gobierno o fuera de él, preferían que el estado se ocupara totalmente del arte.

Como un actor específico, se opuso a otros actores e instituciones del universo cultural estrictamente cubano que no lograron, a diferencia de Casa de las Américas, la adhesión generalizada de los intelectuales que despertarían el entusiasmo de la crítica y el público en el continente. Su posición puede resumirse en la defensa del arte moderno, la cualidad epistemológica de la crítica, la no necesariedad de vincular la posición revolucionaria con una determinada temática o técnica compositiva, el valor de un arte innovador y especialmente, su temor a que en Cuba se repitiera la historia del arte soviético.

La sede de la Casa fue escenario de la primera gran discusión sobre arte y revolución entre grupos antagónicos. Allí debatieron inicialmente los representantes de Lunes de Revolución y los del Instituto Cubano del Arte e Industria Cinematográficos (ICAIC). El ICAIC, que controlaba la exhibición de películas, incluso en las salas no pertenecientes al Estado, negó el permiso de exhibición al cortometraje P. M., (un ejercicio de free cinema que mostraba la noche habanera mientras Cuba se defendía de la invasión norteamericana) y las protestas por esa negativa condujeron a una reunión en la Casa de las Américas en la cual se enfrentaron ambos bandos. Tan difícil de dirimir se hizo la cuestión que terminó por recabar el juicio de las más altas autoridades políticas y la cita fue trasladada a la Biblioteca Nacional.

La revista no batalló de manera intolerante. Muchas veces encontró suficiente espacio como para transcribir opiniones con las que el lector deduce que no está de acuerdo, como el texto completo del discurso pronunciado por Nicolás Guillén en el Primer Congreso de Escritores, de clara impronta comunista, donde se sugiere que para escribir hay que ver y vivir “en una granja del pueblo, una cooperativa de consumo” o “tocar con nuestras manos la piel sudorosa de los trabajadores de las minas”.

La extrema amplitud temática de las primeras entregas también testimonia de su vocación mediadora: Thoreau, Cervantes, Shakespeare, Benjamin Péret, Esteban Echeverría, Ionesco, Macedonio Fernández, Shakespeare, Edward Albee, Scott Fitzgerald son autores que poco tienen que ver con su objetivo manifiesto en la contratapa del número 4 de “servir a todos los pueblos del continente en su lucha por la libertad”.

De buena voluntad parece ser su ambición de recuperar para lo americano autores, temas, obras y problemas de la América del Norte (la poesía beatnik, los novelistas, los negros, los escritores negros) y tal vez estratégica su decisión de que no era obligatorio responder a lo “actual”, excepto cuando los acontecimientos lo exigían (el número 6 estuvo dedicado completamente a la invasión norteamericana en Playa Girón, el número 8 al Congreso de Escritores y Artistas, por ejemplo). Estratégicos también pudieron ser sus silencios: en la nota panorámica sobre el cine realizada en 1961, no se menciona ni siquiera la existencia de P.M., la “peliculita culpable”, como llamó Cabrera Infante (1992a: 62) al corto que codirigió su hermano.

En ese contexto no debió ser fácil hacer prosperar una publicación cuyo propósito era representar, en el interior del mundo letrado nacional, una tendencia a favor de la autonomía del arte y los artistas y, hacia afuera, un discurso que mostrara lo que la mayoría de los intelectuales deseaba encontrar en una revista cubana.

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Fraude y propagación del error con fondos públicos: el CONICET ¿no debería cumplir con su deber?

Posted in Esto es todo, amigos with tags , , , , , , , , , , , on 9 febrero, 2012 by Claudia Gilman

El “Centro de Redes Intelectuales Latinoamericanas”, en su sitio web Etopías, proclama con orgullo que se trata de un proyecto “financiado por  CONICET”  Lamentablemente, sus responsables no pueden ampararse en la ignorancia de lo todavía no conocido. Muy por el contrario, insisten en utilizar, con deliberación y mala fe, la patente de corso con la que se amparan gracias a los contralores deficientes. Tampoco pueden alegar ignorancia, puesto que copian (mal) trabajos preexistentes y los atribuyen a una extensa red que poco tiene de intelectual, salvo que el término señale algo totalmente opuesto a la definición del diccionario.

Dado que vengo trabajando desde 1988 en los temas en los que dicho centro y varios de sus integrantes se adjudican la autoría de los resultados publicados, conocidos y citados por la comunidad académica internacional y con gran pena constato que ni siquiera saben leer lo que presumen haber “descubierto”, me veo en la obligación de advertir que ni son autores ni especialistas en dichos temas, ni saben copiar correctamente lo que correctamente ha sido expuesto, lo que conduce a creer que es cierto lo que cuenta con el aval de un organismo científico. Sin embargo, no aportan nada a lo mucho que falta conocer y destruyen lo conocido. Las citas a mi trabajo son totalmente sacadas de contexto mientras que casi todo el resto, sin su lógica ni sus razonamientos, están calcados casi palabra por palabra.

Remito al enlace y advierto a quienes de buena fe entienden que Conicet cumple con sus deberes como manda a que otros los cumplan que el trabajo en donde se utilizan mis aportes de manera arbitraria, antojadiza y banal, está plagado de toda clase de errores cuya propagación debería evitarse como la automedicación, el incumplimiento de las normas de tránsito y la idea de que existe un día en particular, que el Doctor Maíz anunciará auspiciado quién sabe por qué institución, en el que todos los delitos podrán cometerse impunemente.

http://etopias.com.ar/index.php?option=com_contact&view=contact&id=1&Itemid=182

Laura E. Jara perpetra allí un artículo titulado “La construcción de la cultura de izquierda en Latinoamérica 1959 – 1971”

Afirma que: “La creación de casa de las Américas, en 1959, constituye el momento a partir del cual Cuba construye la institución faro para el desenvolvimiento de la cultura en América Latina. La cultura es tomada como producción de fenómenos que contribuyen, mediante la representación o reelaboración simbólica de las estructuras materiales a comprender, reproducir o transformar el sistema social. La revista institucional promovió  y difundió el nuevo ideario de la clase política dirigente así como diferentes expresiones artísticas: la literatura, el teatro, la música, la pintura, constituyeron como prácticas culturales, los puntos centrales del medio. Con la dirección de Haydeé Santamaría hasta 1965, la Casa de las Américas reunió y comprometió a las figuras de la cultura latinoamericana, cristalizando así la relación entre política y cultura. El móvil fundacional de la casa fue situar en y desde Cuba la unidad latinoamericana, abocándose a la tarea de promover y conseguir la ansiada unión de los pueblos oprimidos, con el objetivo de encender la llama revolucionaria en el continente. Al menos así lo expresa su número inicial:    Esta revista cree, tal vez ingenuamente, en la existencia de una concepción de vida hispanoamericana. Esta revista es una esperanza, incierta y riesgosa de la posibilidad  de cambiar la realidad. [2] La revista cumplió la función de vocero de la revolución, al mismo tiempo que legitimó la conformación de un campo intelectual relativamente autónomo dotado de una estructura y lógica específicas, por un lado, y la constitución  de un público atento a  las nuevas producciones de los escritores consagrados, así como también de los nuevos, por otro. En este sentido,  escritores y lectores conocieron, las expresiones artísticas a las que antes  no tenían acceso, además de los lúcidos  ensayos políticos del momento. No solo la revista institucional fue parte de una política cultural cubana, encuentros de escritores y congresos también fueron los elementos para el surgimiento  del campo intelectual. La  pertenencia de intelectuales  a este campo está dada en principio por un  mismo ideal asociativo: la revolución socialista, no obstante con el transcurrir de la década, las líneas de  fuerza dentro del campo cambian y se oponen en relación con la coyuntura. En 1961 se realizó en La Habana el Primer Congreso Nacional de Escritores y Artistas Cubanos (UNEAC) donde se reconoció la necesidad de intercambio, contacto y cooperación  entre los intelectuales y artistas cubanos con los de Latinoamérica y demás países del mundo, Nicolás Guillén  y Alejo Carpentier fueron los representantes más destacados del encuentro.

La autora, ansiosa de sumar encuentro tras encuentro como si todo fuera lo mismo y la misma agua llenara su molino, las razones por las que se convoca a ese encuentro, el hecho de que Cuba ha sido invadida en Playa Girón, expulsada de la OEA y que la revolución, que había alentado las expectativas de muchos militantes de izquierda “no comunistas” (y le recuerdo que “comunismo” no es el peligro rojo sino el claro conocimiento que la autora no tiene pero los contemporáneos de 1959 sí, de las historias del estalinismo y las clarísimas desilusiones que pese al llamado deshielo no sirvieron para sacar de la heladera a Kafka,  Joyce y a otros artistas “decadentes” o “degenerados”). No era lo mismo invocar a Martí que a Stalin ni a Jruschev. De modo que ese congreso que la autora pasa al libro del Haber, tan contenta, fue para muchos una decepción bastante grande.

Parece la autora ignorar también (pese a la bibliografía que podía y debía haber leído, ya que la cita), lo que los mismos colaboradores de Casa de las Américas dicen respecto de las políticas y los premios de la misma institución. Del mismo modo, podría comprender que los esfuerzos de los “intelectuales” y “artistas” por evitar verse obligados a practicar el “realismo socialista” y otros requisitos del arte dirigido, estaban siendo cuestionados. ¿Cree por ventura la autora que el proceso al sectarismo, el juicio a Escalante, los conflictos entre el movimiento 26 de julio y el PSP no significaron nada para la vida cubana? ¿Ignora que Angel Rama fue uno de los principales hacedores de la primera época de la Revista Casa de las Américas, como reconoce el propio Fernández Retamar, que se haría cargo en 1965? ¿Que el número donde le parece ver a los principales novelistas como colaboradores es obra precisamente de Rama?

Ásí nomás, tan tranquila en la idea de que le toca ahora proceder a sumar encuentro tras encuentro, no le interesa saber a qué obedeció tal encuentro. De la lectura que habrá hecho, imagino, de las revistas cubanas, de las que Casa de las Américas es simplemente una más y que, como no sabía antes y supe después y lo escribí, fue más una creación de Angel Rama que el centro gravitatorio que la especialista infiere. ¿Le suena en algo el nombre del suplemento Lunes de Revolución? ¿Ha leído acaso las notas del propio Angel Rama sobre la revolución cubana en esos años? ¿Acaso conoce la posición de  Carlos Quijano, director del semanario uruguayo  Marcha, en relación con su decepción sobre el giro tercermundista, no alineado, que tanto anhelaba y que conectaba la revolución de Castro no con Marx ni con Stalin sino con José Martí?

Es evidente que no ha leído un sólo número de las publicaciones que cita. Y dado que una de las autoridades a las que recurre es Germán Alburquerque Fuschini, quien la ha antecedido en la práctica de la investigación “ficcional”, afirmando y conjeturando premisas e hipótesis inverosímiles y contrarias a la verdad establecida, es natural que se equivoque. Que carezca de curiosidad y más hoy por hoy, cuando a diferencia de hace veinte años, las publicaciones están relativamente disponibles, que la avale un investigador que se supone competente y una institución aun más responsable es asombroso.

Por muy modernos que seamos, la “historia fáctica” no sólo es un baúl pesado de fechas y datos: pero ¿no saber en qué año murió el Che Guevara no es demasiado?

En el resto de su trabajo, resuenan palabras que escribí hace tiempo, atadas con otros nudos y tras asegurar que había fundamentos y proporcionarlos. No tiene desperdicio la tesis doctoral aprobada en la universidad de Alberta, si mal no recuerdo: pero no la pagamos nosotros de nuestros bolsillos. La pagamos de otros modos.

Escriban resúmenes Lerú: véndanlos a los estudiantes de secundaria. No le pidan a un organismo dedicado a las ciencias que les de dinero. !!!Salgan a robar a los caminos!!!