Archivo para Francisca Rojas

Cuento policial y policías. Culpables, científicos y resentidos

Posted in Esto es todo, amigos, Peer Review with tags , , , , , , , , , on 26 octubre, 2011 by Claudia Gilman

En 1841 Edgar Allan Poe inventó el cuento policial. Cuarenta años después, en la Argentina, Juan Vucetich, desarrolló y patentó  el método dactiloscópico gracias a la primera huella digital que permitió establecer una culpabilidad en un crimen, nada menos que un filicidio. Nacido en Dalmacia, Juan Vucetich fue uno de los  muchísimos que llegaron a América en busca de vidas mejores, alentados por la política del criadero que se practicó de Norte a Sur y las duras condiciones de vida en las tierras que dejaban atrás los más de cincuenta millones de europeos que protagonizaron, entre 1800 y 1930, el fenómeno demográfico llamado Gran Emigración.  Irónicamente aunque en diverso grado, sufrieron todos:  los hijos asesinados, la culpable  Francisca Rojas, Medea bonaerense,  y el propio Vucetich, que no conoció en vida la gloria del reconocimiento al deber cumplido.

No hay un lugar particular para la periferia y el centro en el Universo. Hay quien emancipa su inteligencia y quien la embrutece. Hay Ignaz Semmelweis y hay detractores de todo.  Hay quienes producen una gran obra en mediocres arrabales sudamericanos, como Jorge Luis Borges, que además de reivindicar todas las tradiciones para la literatura argentina, ha leído autores de todas las literaturas y todas las épocas pero básicamente ha leído la literatura argentina (la rioplatense, para ser más precisos) como pocos autores argentinos. Más bien como ninguno. Hay investigadores que han obtenido incluso el Premio Nobel haciendo ciencia en la “periferia”. Hay hasta tres argentinos que han obtenido el Premio Nobel haciendo ciencia, como subraya, sorprendido, el historiador Eric Hobsbawm cuando menciona los tres galardonados argentinos: Bernardo Houssay, Luis Federico Leloir, César Milstein. Hay científicos como Carlos Monge Medrano, capaces de refutar científicamente las supuestas bases científicas que justificarían la inferioridad mental y fisiológica de los pobladores de las regiones andinas, resultado,  según el fisiólogo Joseph Barcroft, por la relación entre la altura y el déficit de oxígeno.

Describe, con amargura, Vucetich, cómo, en lugar de agradecer sus esfuerzos, se topó con la “periférica” resistencia epistemológica y moral que se alzó contra sus descubrimientos e investigaciones.  Sin embargo, lo peor de esa resistencia no fue tener que obligarse, para perfeccionar su sistema,  a “erogaciones que comprometían de una manera irreparable el mezquino emolumento de que gozaba.  Lo peor fue que sentí que en torno mío se sembraban espinas; y la murmuración implacable, prohijadora de la hipócrita calumnia, infundía sospechas respecto a mí y a mis trabajos, no economizándoseme ni la colérica burla ni el petulante agravio. Máxime cuando en 1893 la Superioridad dispuso la supresión de dicho servicio por considerarlo inútil; el que fue rehabilitado pocos meses después, siendo Jefe de Policía don Francisco P. Lozano.” Siempre las mismas periféricas razones: “Cuando puse de manifiesto dice por primera vez en el mundo los errores capitales e irremediables a que podía dar y daba margen el bertillonaje, y la perfección puesta a cubierto de toda duda que ofrecía el sistema dactiloscópico, mi afirmación dió motivo para que se me tachara de temerario y arrogante, porque me atrevía a lo que antes que yo no se habían atrevido otros”. Cuenta un biógrafo cuyo nombre no aparece en el sitio web del Gobierno de la Provincia de Buenos Aires, que “en vez de obtener apoyo y protección para sus trabajos, a causa de la sorda hostilidad que promovían contra él sus enemigos de su acción renovadora, se le restringían hasta los materiales de la oficina. Tenía pues, que costearse los diversos y costosos libros que necesitaba para sus estudios y los materiales para los experimentos. Cuando concibió la construcción del armario casillero como base necesaria de la aplicación de su sistema, para archivar las fichas clasificadas, tuvo que adquirir de su peculio los armarios usados, en una antigua casa de modas, y hacerlos transformar en casilleros para adaptarlos al nuevo uso a que estaban destinados”.

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mono con razor

Posted in Jorge Luis Borges con y sin máscaras with tags , , , , , , , , on 29 septiembre, 2011 by Claudia Gilman

Jorge Luis Borges: risa solitaria, fraudes parciales

Posted in Jorge Luis Borges con y sin máscaras with tags , , , , , , , , , , , , , , , , on 25 septiembre, 2011 by Claudia Gilman

“A mode of truth, not of truth coherent and central, but angular and splintered”.

Para los lectores encariñados con Buenos Aires, afirma Borges, ha agregado algunos capítulos suplementarios a Evaristo Carriego en la edición de su Obra Completa emprendida en 1969. Esa versión es la misma que entrega en 1955. Uno puede creer que está leyendo algo sobre el tango, el culto del coraje, los cuchillos y hasta una historia más de compadres y forajidos en escenarios rurales.  Sin embargo, invisible y suntuaria, se nos ofrece una reflexión sobre la obra completa de Richard Wagner, el leit motiv que debe servir de fondo musical a la indagación borgeana.  De los maestros cantores y la primitiva orquesta de flautas, violines y bandoneones, para la historia de Wenceslao Suárez ya debemos imaginar la atronadora cabalgata de las walkirias.

Como siempre, Borges avisa. Será tímido y, a diferencia de los extraviados hermanitos Hänsel und Gretel,  no pasará de las migas a las piedras pero avisa. Muchas son las referencias, algunas ya socorridas. Es casi seguro que no imagina el autor que se le dispensará otro trato después de años de acumular modos parciales de la verdad en todas las literaturas de todos los tiempos : los ríos, el Marne – y no el Rin–, Schopenhauer, Wilde, los wagnerianos, Hegel y el Estado, las herejías nacionalistas, la alusión y explicación del significado de Bildungsroman, la fe expresada por Sigmund (“creo en mi fuerza”), los lobos, los comentarios sobre resurrecciones de mitos heroicos, los nombres y sus cifras, las espadas, las sumas de las épicas, los deslindes entre las culturas agrícolas de latinos y griegos y las de los caballos y el culto del coraje, la dilatada espera entre afrenta y venganza, la historia de amor entre Brunilda y el niño cuyo destino protegió y que será quien la despierte, bastante luego.

Ya en 1922 se sorprendía Borges de la capitulación de la curiosidad de los lectores, que atribuía a una holgazana incapacidad para tantear las pruebas que el escritor aduce y también la muestra de borrosa confianza e la honradez del mismo. Lo escribió en un libro que no quiso reeditar. Presumo que en esos libros Borges todavía confiaba en soliviantar esa  supersticiosa ética de lectura, que sin dudas no compartía.

El lance de Wenceslao traspone muy cómicamente la historia del welsungo  Siegmund, cuya casa es incendiada, su madre asesinada y su hermana raptada por forajidos de otros clanes y designios de dioses. Hay una espada fabulosa que nadie ha podido arrancar del tronco del árbol donde la clavó un forastero. Está reservada a Sigmund. La historia requiere la inexistencia de espejos. El encuentro fraterno es primero enamoramiento a primera vista entre los mellizos que, tiempo ha pasado, no se reconocen. De ese amor sólo importará el fruto, el niño Siegfrid, aunque no ya para este drama cuyos protagonistas serán Wotan y su hija y que se cierra con la pérdida de la inmortalidad de Brunilda, sumida en largo sueño.

Como siempre, en los capítulos que no se  le olvida incluir en su Carriego y en los que contrabandea el excursus wagneriano, es significativo lo que manda a leer.  En este caso y entre otras lecturas, Dante, Inferno, XXVI.

Borges nos conduce, a través de Dante, al lugar donde se castiga a los fraudulentos. Precisamente allí  encontramos a Ulises, entre otras cosas, por una historia de engaño con caballos. No estaban advertidos los troyanos sobre limosnas grandes y desconfianzas de santos. Pese a lo inverosímil de la impostura, los troyanos se mantuvieron fieles al mandamiento que prohíbe revisar los dientes a caballos regalados.

De la lectura del florentino podríamos sacar más conclusiones. Ni Dante ni Virgilio conocían “La Odisea”. Fue más bien conjetural pero varia la imaginación que se consagró a imaginar posibles destinos para el astuto Ulises. Sabemos que a Roma le interesó más consagrarse a Troya. Al menos fue el caso de Virgilio, que encuentra allí el pasado legendario de Eneas necesario para la Roma imperial que construye, en calidad de poeta oficial y contemporáneo de la leyenda local.  Sobre el tema, escribirá un artículo en una revista uruguaya titulado “El enigma de Ulises”.

Arrabalero estoico que cita a Epicteto a Marco Aurelio y a Boecio, Borges comparte la espada de Cervantes, la de la risa, como explica Juan Montalvo, irreconocible como John Vincent Moon, que lejos de ocultar la marca de la espada, la ostenta en el más que climático desenlace.  Se rió, Borges, eterna e infinitamente de todos nosotros.  La cicatriz es la señal de Odiseo: podemos fingir que todavía no se había patentado en la Argentina la dactiloscopia. En feliz correspondencia, la marca también ingresa a la biografía de uno de sus personajes y autores citados: Sir Thomas Francis Browne. Más que el tosco realismo literario aburre a Borges la insípida biografía de sus contemporáneos: mucho más deslucida la transposición de historias pedestres en libros prescindibles. Borges nos recuerda, para bien, el tamaño de nuestra ignorancia, con la indicación de que podríamos esforzarnos por corresponderlo a la manera simbolista, con el tamaño de alguna esperanza. Nos recuerda que a menos que averigüemos, no sabemos nada de Juan Vucetich ni de Francisca Rojas, infame filicida de la patria, Medea de los pagos de Quequén.  De hecho, el Ulises dantesco no merece la espera de Penélope: sediento de aventura, ya no procura regresar a Itaca después de su demora con la maga Circe.

¿No hay regreso, no hay Itaca? Sin borrar del mapa ese deseo de regreso a la patria natal, Kavafis advierte en su bello y sabio poema que conviene no darse prisa en regresar, que lo que cuenta es el viaje. Tal vez lo que no hay, por suerte, es detectives astutos en mediocres arrabales sudamericanos. Invito a leer y releer todas las parciales magias: descubrir dónde se relata la historia del Santo Sepulcro, con Salomón y David, donde, por los siglos de los siglos, Cristo es hijo de Dios. En fin, nos basta con leer que Tarik es hijo de Zaid. Es fácil reconocer las sombras vivas de personajes, traductores, vidas inventadas y “vividas” de esa galería que parece de infames sólo muy exteriormente. En esas historias se duplican Santos Chocanos, pandilleros neoyorquinos, escritores, personajes de esos escritores, amigos, colegas, filósofos y, con harta frecuencia, hombres que fueron atravesados por alguna revelación religiosa y emprendieron alguna misión espiritual a partir de esas experiencias donde se constata, para algunos pocos, que la vida se juega en un instante. Que para muchos, existe realmente ese instante definitivo. Ramón Lull, León Bloy, Miguel de Cervantes, el General Quiroga, Marco Aurelio, Boecio, Godofredo Leibniz, entre otros, forman parte de esa romería de fieras, que Borges encuentra en la cultura con la misma facilidad que Roberto Arlt en los cafés de Buenos Aires. Inverosímiles impostores que vieron a la partera, se impusieron la vilificación de lo blanco o se desgraciaron en un lance. Si tuviera que elegir qué imágenes perdidas me gustaría rescatar del olvido, como un Fausto parcial al que se le concede un deseo, creo que le pediría a ese Dios, del que alguna vez Borges dijo que le rezaba, aun presuponiéndolo inexistente, ver a Borges jugar al truco.  Merece el Gran Premio en una final ganada por muchísimas cabezas.