Archivo para ciencia periférica

La mejor tela de araña la hace la araña

Posted in Reproducción sexuada with tags , , , , on 18 febrero, 2012 by Claudia Gilman

Si, la selección artificial se considera un gran paso adelante en la evolución humana es preciso advertir el riesgo gravísimo de no tener en cuenta que para su propia especie, el homo sapiens haya domesticado, en contra de la especie, a la mitad de su aporte genético. En eso, los animales corren con ventaja.

La episteme seudocientífica (II)

Posted in Peer Review, Reproducción sexuada with tags , , , , , on 14 febrero, 2012 by Claudia Gilman

De Galeno a monos, predestinados, extraterrestres: a bloody history of blood

Aprende, aprende, que algo queda. Impresiona lo rápido que del conocimiento se llega a la especulación fantástica…

Harvey y sus temores

Sólo roja, pero con matices, descubiertos de a poco

El médico austríaco Karl Landsteiner (1868-1943), profesor de anatomía patológica en la Universidad de Viena (donde Semmelweis y Freud confrontaron distintos modos de la creencia), investigó  la genética de la sangre humana y hacia 1901 descubrió tres diferencias en la sangre humana, que se expresaban en modalidades de aglutinación. Dos discípulos posteriormente detectaron un cuarto tipo que no aglutinaba. O, A, B y AB eran, entonces, la analítica más moderna de la sangre. En el proceso por el cual se desarrollaron las “transfusiones” sanguíneas entre seres humanos, se vio que existían casos de incompatibilidad y que no todo sirve igual a todos los cuerpos. En 1908 los conocimientos permiten establecer relaciones entre grupos sanguíneos y factores hereditarios. La investigación sigue proporcionando pistas, indicios, todos comprobables. Es bastante reciente el descubrimiento del llamado “factor Rh”

Argentina: centro de la periferia

Las transfusiones directas todavía se practicaban a comienzos del siglo XX porque era imposible conservar la sangre extraída inalterada para su posterior uso. Al cabo de pocos minutos (de seis a doce) comenzaba su coagulación, manifestada inicialmente en un aumento gradual de viscosidad que terminaba con su casi completa solidificación. La coagulación es una defensa del organismo para taponar las heridas y minimizar las hemorragias. Hoy se sabe que un coágulo está casi totalmente formado por eritrocitos sujetos por una red de filamentos de fibrina. La fibrina no existe normalmente en la sangre, se crea a partir de la proteína plasmática fibrinógeno por la acción de la enzima trombina. La trombina, a su vez, no está naturalmente presente en la sangre, se genera a partir de una sustancia precursora, la protrombina, en un proceso en que intervienen las plaquetas, algunas sales de calcio y sustancias producidas por los tejidos lesionados. Como los coágulos no se generan si falta cualquiera de estos elementos, la adición de citrato de sodio (que elimina de la sangre los iones de calcio) evita su formación.

La investigación de Agote

Luis Agote, preocupado por el problema de las hemorragias en pacientes hemofílicos, encaró el problema de la conservación prolongada de la sangre con la colaboración del laboratorista Lucio Imaz. Sus primeros intentos, como el uso de recipientes especiales y el mantenimiento de la sangre a temperatura constante, no dieron resultado. Buscó entonces alguna sustancia que, agregada a la sangre, evitara la coagulación. Luego de muchas pruebas de laboratorio in vitro y con animales, Agote, aunque sin conocer el origen bioquímico del comportamiento, encontró que el citrato de sodio (sal derivada del ácido cítrico) evitaba la formación de coágulos. Esta sustancia, además, era tolerada y eliminada por el organismo sin causar problemas ulteriores. La primera prueba con personas se hizo el 9 de noviembre de 1914, en un aula del Instituto Modelo de Clínica Médica, teniendo como testigos al Rector de la Universidad de Buenos Aires, Epifanio Uballes, el decano de la Facultad de Medicina, Luis Güemes, el Director General de la Asistencia Pública, Baldomero Sommer, y el intendente municipal, Enrique Palacio, además de numerosos académicos, profesores y médicos. Durante la misma un enfermo que había sufrido grandes pérdidas de sangre recibió la transfusión de 300 cm3 de sangre previamente donados por un empleado de la institución y conservados por la adición de citrato de sodio. Tres días después el enfermo, totalmente restablecido, fue dado de alta.

Luis Agote, lejos de los centros científicos más importantes y avanzados, logró resolver el problema de las transfusiones que angustiaba a los miles de médicos reclutados por los ejércitos europeos durante la Primera Guerra Mundial. Fue un gran aporte a la medicina mundial, que contaría desde entonces con un método de transfusión de sangre simple, inocuo y fácil de ejecutar por un profesional idóneo. El periódico estadounidense New York Herald publicó una síntesis del método de Agote y percibió sus proyecciones futuras, afirmando que tendría muchas otras aplicaciones además del tratamiento de hemorragias agudas.

Harvey, que tenía una buena idea, fue refutado por razones “científicas”. Por razones imaginativas y amor por las conspiraciones, muchos prefieren aventurar (ahora que alguien descubrió el factorRH, porque de lo contrario no habría ninguna de estas teorías) historias mucho más extraordinarias.

Sustituto de la “ideología” en sus significados althusserianos, ahora la idea es interpelar a cada quien en busca de su opinión: las demostraciones o teorías de Harvey, Semmelweis, Planck, Galileo y se puede seguir… en su momento no interesaban. La “libertad de opinar” y el valor de verdad de cada opinión, siempre garantizado por la bondad natural que anima toda empresa seudocientífica, son lo que cuenta.

Aunque no parezca tener mucho que ver, una semilla seudocientífica se aloja en la cotidiana apreciación subjetiva a la que  “meteorólogos”, que podrían medir en lugar de evaluar, someten al clima: agradable, desagradable, lindo, feo. Lluvia es feo. Calor es feo en verano, lindo en invierno. Frío es lindo en verano, feo en invierno. Nunca conectan como parte de una noticia las informaciones sobre sequías, incendios o inundaciones. Lo mensurable se disuelve. Lo inconmensurable, entonces, deja de ser inefable y está lleno de palabras: todo tiene que ver con todo pero la unión y las partes son el monopolio legítimo de los procesos mentales y emocionales del que habla. Y el que escucha, obligado a dejar de pensar porque todo eso es impensable, no recuerda más cuál era el surco del pensamiento.

ES VITAL TENER EN CUENTA EL FACTOR RHESUS EN CASO DE EMBARAZO SI LA MADRE ES RH NEGATIVO. LOS ANGELES PUEDEN ESPERAR UN RATO.

Lo que no conviene ser: subalterno

Posted in Peer Review, Reproducción sexuada with tags , , , , on 14 febrero, 2012 by Claudia Gilman

Zurdo:

Mujer:

“Y en efecto, escribir para las mujeres, es predicar en desiertos, porque no leen, ni quieren leer; y si llegan a leer, leen como oyen llover. Un periódico de damas sería un desierto aquí, porque para nuestras damas, toda literatura es un desierto. Decirles que deben darse a la lectura, al pensamiento; que no basta saber bordar y coser; que el piano, el canto, el baile, el dibujo, los idiomas no constituyen sino un preliminar a una educación completa; que sus destinos son más altos y dignos en la sociedad, es predicar en las montañas, pero no como Aquél que hace cerca de dos mil años predicó en un monte, y hasta ahora retumban sus palabras por toda la tierra. Por un oído les entra, y por otro les sale.” Juan Bautista Alberdi, La moda, 1833

“Pero educar a la mujer para la ciencia es empresa tan ardua a los ojos de casi todos los hombres, que aquellos en quienes tiene luz más viva la razón y más sana energía la voluntad, prefieren la tiniebla del error, prefieren la ociosidad de su energía, a la lucha que impone la tarea. Y no seréis vosotros los únicos, señores, que al llevar al silencio del hogar las congojas acerbas que en todo espíritu de hombre destila el espectáculo de la anarquía moral e intelectual de nuestro siglo, no seréis vosotros los únicos que os espantéis de concebir que allí, en el corazón afectuoso, en el cerebro ocioso, en el espíritu erial de la mujer, está probablemente el germen de la nueva vida social, del nuevo mundo moral que en vano reclamáis de los gobiernos, de las costumbres, de las leyes. No seréis los únicos que os espantéis de concebirlo. Educada exclusivamente como está por el corazón y para él, aislada sistemáticamente como vive en la esfera de la idealidad enfermiza, la mujer es una planta que vegeta, no una conciencia que conoce su existencia; es una mimosa sensitiva que lastima el contacto de los hechos, que las brutalidades de la realidad marchitan; no una entidad de razón y de conciencia que amparada por ellas en su vida, lucha para desarrollarlas, las desarrolla para vivirlas, las vive libremente, las realiza. Vegetación, no vida; desarrollo fatal, no desarrollo libre; instinto, no razón; haz de nervios irritables, no haz de facultades dirigibles; sístole-diástole fatal que dilata o contrae su existencia, no desenvolvimiento voluntario de su vida; eso han hecho de la mujer los errores que pesan sobre ella, las tradiciones sociales, intelectuales y morales que la abruman, y no es extraordinario que cuando concebimos en la rehabilitación total de la mujer la esperanza de un nuevo orden social, la esperanza de la armonía moral e intelectual, nos espantemos: entregar la dirección del porvenir a un ser a quien no hemos sabido todavía entregar la dirección de su propia vida, es un peligro pavoroso. Ley eterna de la naturaleza es igualdad moral del hombre y de la mujer, porque la mujer, como el hombre, es obrero de la vida; porque para desempeñar ese augusto ministerio, ella como él está dotada de las facultades creadoras que completan la formación física del hombre-bestia por la formación moral del hombre-dios. Nosotros violamos esa ley, cuando reduciendo el ministerio de la mujer a la simple cooperación de la formación física del animal, le arrebatamos el derecho de cooperar a la formación psíquica del ángel. Para acatar las leyes de la naturaleza, no basta que las nuestras reconozcan la personalidad de la mujer, es necesario que instituyan esa personalidad, y sólo hay personalidad en donde hay responsabilidad y en donde la responsabilidad es efectiva. Más lógicos en nuestras costumbres que solemos serlo en las especulaciones de nuestro entendimiento, aún no nos hemos atrevido a declarar responsable del desorden moral e intelectual a la mujer, porque, aún sabiendo que en ese desorden tiene ella una parte de la culpa, nos avergonzamos de hacerla responsable. ¿Por magnanimidad, por fortaleza? No; por estricta equidad, porque si la mujer es cómplice de nuestras faltas y copartícipe de nuestros males, lo es por ignorancia, por impotencia moral; porque la abandonamos cobardemente en las contiendas intelectuales que nosotros sostenemos con el error, porque la abandonamos impíamente a las congojas del cataclismo moral que atenebra la conciencia de este siglo. Reconstituyamos la personalidad de la mujer, instituyamos su responsabilidad ante sí misma, ante el hogar, ante la sociedad; y para hacerlo, restablezcamos la ley de la naturaleza, acatemos la igualdad moral de los dos sexos, devolvamos a la mujer el derecho de vivir racionalmente; hagámosle conocer este derecho, instruyámosla en todos sus deberes, eduquemos su conciencia para que ella sepa educar su corazón. Educada en su conciencia, será una personalidad responsable: educada en su corazón, responderá de su vida con las amables virtudes que hacen del vivir una satisfacción moral y corporal tanto como una resignación intelectual.

¿Cómo?

Ya lo sabéis: obedeciendo a la naturaleza. Más justa con el hombre que lo es él consigo mismo, la naturaleza previó que el ser a quien dotaba de la conciencia de su destino, no hubiera podido resignarse a tener por compañera a un simple mamífero; y al dar al hombre un colaborador de la vida en la mujer, dotó a ésta de las mismas facultades de razón y la hizo colaborador de su destino. Para que el hombre fuera hombre, es decir, digno de realizar los fines de su vida, la naturaleza le dio conciencia de ella, capacidad de conocer su origen, sus elementos favorables y contrarios, su trascendencia y relaciones, su deber y su derecho, su libertad y su responsabilidad; capacidad de sentir y de amar lo que sintiera; capacidad de querer y realizar lo que quisiera; capacidad de perfeccionarse y de mejorar por si mismo las condiciones de su ser y por sí mismo elevar el ideal de su existencia. Idealistas o sensualistas, materialistas o positivistas, describan las facultades del espíritu según orden de ideas innatas o preestablecidas, según desarrollo del alma por el desarrollo de los sentidos, ya como meras modificaciones de la materia, ya como categorías, todos los filósofos y todos los psicólogos se han visto forzados a reconocer tres órdenes de facultades que conjuntamente constituyen la conciencia del ser humano, y que funcionando aisladamente constituyen su facultad de conocer, su facultad de sentir, su facultad de querer. Si estas facultades están con diversa intensidad repartidas en el hombre y la mujer, es un problema; pero que están total y parcialmente determinando la vida moral de uno y otro sexo, es un axioma: que los positivistas refieran al instinto la mayor parte de los medios atribuidos por los idealistas a la facultad de sentir; que Spinoza y la escuela escocesa señalen en los sentidos la mejor de las aptitudes que los racionalistas declaran privativas de la razón; que Krause hiciera de la conciencia una como facultad de facultades; que Kant resumiera en la razón pura todas las facultades del conocimiento y en la razón práctica todas las determinaciones del juicio, importa poco, en tanto que no se haya demostrado que el conocer, el sentir y el querer se ejercen de un modo absolutamente diverso en cada sexo. No se demostrará jamás, y siempre será base de la educación científica de la mujer la igualdad moral del ser humano. Se debe educar a la mujer para que sea ser humano, para que cultive y desarrolle sus facultades para que practique su razón, para que viva su conciencia, no para que funcione en la vida social con las funciones privativas de mujer. Cuanto más ser humano se conozca y se sienta, más mujer querrá ser y sabrá ser.  Eugenio María de Hostos, Revista Sudamericana, Chile, junio de 1873.

“¡Justicia es lo que necesitamos, no galantería! Que la mujer tenga conciencia de sí misma; hacedla inteligente. Para que tenga inteligencia desarrollad su organismo con elementos iguales que aquellos que rigen la educación del varón; para atraer sobre ella estos elementos y no chocar de frente con las corrientes enervadoras que nos rodean, fundad el hogar campestre donde llevéis a reposar a la familia en largas temporadas; el hogar en el seno de la naturaleza en donde luz, aire, sol, espacio, ejercicio, meditación, sencillez y libertad se aúnan sobre la mujer predisponiéndola a saber pensar; el primer fundamento de todas las humanas dignidades. Para conseguir esto, sacrificadlo todo, galas, vanidades, felicidad, posición, intereses; cuanto sea sacrificable en el orden material de la existencia, y a la par que forméis estas futuras entidades femeninas, con arreglo a la ciencia, a la filosofía y a la moral, decid al oído de vuestras hijas estas palabras: “Toda libertad tiene sus víctimas; toda redención sus mártires; no se triunfa sin luchar; a la mayor altura del ideal corresponde la mayor elevación del calvario; preparaos a la batalla haciendo la renuncia voluntaria del vencimiento, y no levantéis jamás vuestros ojos al cielo cuando se os ofrezca el cáliz de la amargura; a la inmensidad de Dios no llega nunca la pequeñez del hombre, ni aún en su mayor grandeza, que es el dolor; profanar con una sola lágrima de pena el sereno ideal de la gloria es el más impío de los sacrilegios; la hiel no traspasa nunca los límites de nuestro propio corazón, y el secreto para convertir su acritud en dulzura de néctar, consiste solo en levantar nuestro amor más allá de nosotros mismos, más allá de la familia y de la patria, hasta el majestuoso cosmos universal donde se deslizan las humanidades.”

Habladles de este modo a vuestras hijas y entrarán en las nuevas generaciones como la Minerva de la mitología, armadas de todas armas.

Dispensadme que haya abusado de vuestra paciencia y llevaros en vuestro pensamiento la certidumbre de que, para testificar mis convicciones, no he vacilado un solo instante en entregar mi personalidad a los sacudimientos de la pública opinión, ¡tan inclinada a colocar en la picota del desprecio a toda alma que intenta evadirse del nivel admitido! ¡picota más abrasadora que las hogueras inquisitoriales! picota a la cual, si es preciso subir, ascenderé serena; de tal modo encuentro insignificante la felicidad, la vida y el nombre, ante la grandeza de ese ideal sublime que surge en los orientes del porvenir, levantando sobre apoteosis gloriosa al hombre y a la mujer, unidos por eterno abrazo de sus inteligencias y de sus corazones, para el solo fin de la ventura humana. He dicho.  Conferencia, Doña Rosario de Acuña en el Fomento de las Artes, la noche del 21 de Abril de 1888. Las Dominicales del Libre Pensamiento. Miércoles 25 de Abril de 1888 (Número extraordinario).

Ahora bien, ser mujer, zurda y rh negativo es ya una maldición.

La episteme seudocientífica (I)

Posted in Peer Review with tags , , , , , on 14 febrero, 2012 by Claudia Gilman

Estado actual de las condiciones de la verdad en la episteme seudocientífica

Por un lado, pretende obtener patente conceptual bajo la clasificación de “posmodernidad” pero dado que el prefijo “post” en sus diversas variantes no logra clausurar ni hacer caducar procesos cuyo fin supone pero no demuestra ni, de hecho, podría considerar terminados, dicha patente es denegada. Por otro y dicho sea de paso, nadie ha acercado a la oficina de patentes alguna prueba o evidencia de que la “modernidad” se haya acabado, tampoco cuándo comenzó. La existencia de un consenso “semántico” sobre un estado de cosas que pretende superar, mediante una denominación,  “dogmas” anacrónicos y al mismo tiempo negarse a integrar el campo de las llamadas “supersticiones” indica la condición de emergencia de la seudociencia y su aceptación en el interior de los sistemas “científicos”.

Resistencia a la falsación, resistencia a la verificación

Antes de conocerse el secreto de la circulación sanguínea y posteriormente los arcanos de los grupos sanguíneos y posteriormente el enigmático factor Rhesus, quienes hoy además de conocer el grupo y factor de su sangre se saben “RH negativos” recibieron transfusiones de sangre de “RH positivos” se perjudicaron por un desconocimiento del que no pueden culpar a la ciencia, cuyo “progreso” si acaso lo hay, transcurre en la larga duración. Algunos leprosos que fueron maltratados durante los muchos años en que las teorías de Bergel fueron rechazadas pese a que eran correctas, no pueden resucitar y reclamar. Las mujeres que murieron en las salas de partos donde las sugerencias de Semmelweis sobre el lavado de manos fueron desestimadas, no pueden resucitar para solicitar reparación. Si hoy se desconociera la asepsia a nivel hospitalario, naturalmente la mala praxis de los responsables sería un escándalo. El pasado es irrevocable por más retroactiva que sea la justicia. Y estamos hablando de “ciencia”. ¿Qué pretender entonces de la “seudociencias” si el mapa que divide una de otra es tan frágil y sujeto a revisiones? Supuestamente, los organismos científicos asumen la responsabilidad de autorizar o desautorizar lo que se presume es hoy, una “verdad”, parcial, precaria pero por lo menos la que hoy se comparte. Lo mismo hace, supuestamente, la dirección de bromatología o los responsables de verificar las habilitaciones de hoteles, restaurantes, planos de obra, supermercados e ingredientes que contiene tal marca de mayonesa o mostaza. La verdad será precaria pero confía en algo quien se lleva a la boca lo que le sirven en un restaurante. Presunción de inocencia en el plano social o caos. En la seudociencia, un problema grave es que el error puede durar indefinidamente y el perjuicio contra los que de buena fe creen lo que se les enseña a veces no puede ser corregido en el tiempo. Puede que la verdad sea precaria, débil, opinable, incluso. Pero hay falsedades totalmente demostrables. La seudociencia no se interesa por lo cierto ni por refutar lo falso puesto que proclama la inexistencia de esa distinción. Ese “relativismo” metodológico no alcanza sus conclusiones. No es suficientemente radical, cuando el seudocientífico habla, enseña, escribe o sentencia. Al fabricante de pulpa de tomate no le conviene que su producto intoxique a los consumidores. Los perjuicios de la seudociencia son menos mensurables. Su detección es difícil. Los organismos evaluadores de que lo que pasa por ser ciencia sea ciencia tampoco saben muy bien qué hacer con la proliferación de “papers” de los seudocientíficos a los que subsidia con fondos públicos. Por otra parte, los que “controlan” las áreas de las seudociencias son también seudocientíficos. Ya ni siquiera conservan las competencias para comprender el sentido de las oraciones. Es más: cuanto menos comprenden más convencidos están de que el otro debe tener razón. Si es difícil, seguramente es más avanzado y mejor. La seudociencia está mejor preparada que el cáncer más agresivo para hacer metástasis y a diferencia del cáncer, nadie parece preocuparse por identificar la seudociencia como una “enfermedad”. Quien se ríe de la actitud de la Iglesia por no recomendar el uso de los preservativos, tal vez sea un seudocientífico que, a su manera, está promoviendo la ignorancia y otorgando habilitación para que se difunda como un alto servicio humanitario. No se puede conocer todo. Ese todo es falso, porque jamás descarta. Cuando se conoce, incluso si se cita, el seudocientífico vocacional hace pensar que leyó lo que cita. Pero cuando se lee la producción seudocientífica y se tiene la desgracia de conocer lo citado o la desgracia aun mayor de haberlo escrito uno, es difícil no darse cuenta de que el que lo cita no lo entendió, lo plagia sin entenderlo, ignora que hay nuevas cuestiones sobre el tema que ameritan una reflexión y actualización. El seudocientífico hace su agosto propagando el error, deformando (si plagia todavía más) lo que escribe para ocultar el plagio, sin darse cuenta de que propaga doblemente el error, por fraudulento, por ignorante y la naturaleza misma de las acciones en las que se involucró. Conozco personalmente una gran cantidad de seudocientíficos orgullosos. Algunos hasta manifiestan su preocupación por la “ciencia periférica” a la que contribuyen, desde la periferia de sus deshonestidades. No hay domicilio para la periferia: es una cuestión de inteligencia y de ética. Si teniendo a mano los mismos instrumentos que le permitirían producir conocimiento, se niegan a utilizarlos no sin antes ocuparse de ocultar su existencia, quemarlos, negarlos, destrozarlos, deformarlos o asegurarse de que nadie pueda recurrir a ellos, ejercen una suerte de “selección artificial” cuyo propósito es contrariar cualquier evolución. No sólo obligan a cualquier Galileo a abjurar sino que establecen la prohibición de usar telescopios a cualquier astrónomo. Cuando legislan sobre los criterios de cientificidad de sus especialidades crean protocolos que garantizan el incremento de la inutilidad e irrelevancia del futuro seudocientífico, que incluyen el Índex de los trabajos prohibidos cualquier producto que acredite el uso de la lógica o una metodología de investigación que alguna vez pudo dar resultados relativamente útiles y no enteramente irrelevantes. Si pudieran, echarían lavandina sobre la Mona Lisa para poder predicar de algo que han vuelto inexistente, infinitos enunciados no sujetos jamás a constatación empírica. No procuran ningún otro beneficio que ejercer el poder sobre los enunciados de los otros. Obran igual que delincuentes lobotomizados: serían completamente capaces de planear asaltos a bancos sin el menor interés por asegurarse que haya fondos. Sólo les interesa que los guardianes no los identifiquen. Y eso sucede, ciertamente, porque ellos son los guardianes. Para un seudocientífico el robo y el botín no guardan relación dado que la seudociencia establece como primera premisa que la realidad no existe, no puede ser conocida ni debe ser conocida. La menor posibilidad de producir algún discurso que “toque” un real se opone a la seudociencia y es precisamente lo que la seudociencia debe evitar.

Sin embargo, alegando el concurso de la racionalidad, el enigma de la tan desigual población de Rh negativos, da pie a todo tipo de extraordinarias fantasías. Si el hombre desciende del mono y el mono es Rh positivo ¿de dónde procede la minoría de Rh negativos? Extraterrestres, predestinados, ángeles, malditos o candidatos a fenómenos de circo, los anómalos que ahora tienen la desgracia de portar una anomalía que antes era invisible y no detectable, están expuestos a la misma maldición que caía sobre otros desafortunados portadores de genes que desafían la estadística general: los zurdos.

Permanece el enigma de su permanencia en el universo de la selección natural: si es una condición negativa ¿Por qué no han desaparecido? Si al contrario, no lo es ¿Por qué no aumenta esa población? El derecho a la diferencia es altamente retórico: nadie quiere tener un hijo zurdo, a juzgar por las quejas de los padres y madres en la web. Nadie quiere, tampoco, pertenecer a la pequeña población a la que le falta el gen del mono. Todos quieren ser normales y todos quieren ser excepcionales, siempre y cuando la excepcionalidad les garantice ventajas para destacarse de entre la masa. El seudocientífico produce discursos que, minoritarios, son muy adecuados para reproducir diferencias. No estarán a la altura de los grandes descubridores de la ciencia, pero tampoco hablarán el mondo, lirondo y liso idioma de las mayorías cuya causa siempre afirman representar: voceros de las minorías, ventrílocuos de los subalternos, defensores de los que no tienen voz o de los que la tienen pero se supone que no vale la pena escucharlos o vale más la pena hablar de ellos que dejar de hablar y dejar que un sano silencio permita oír algo más que las propias enamoradas ficciones para las que hacen falta palabras “científicas” que aseguren que sólo los otros seudocientíficos comprenderán. O no. Comprender no es una operación mental que esté en la agenda de los Tartufos del “saber”.

¿Frío? ¿Post? Revisen el diccionario (II)

Posted in Esto es todo, amigos, Historia Universal with tags , , , on 10 febrero, 2012 by Claudia Gilman

Laika in the sky, no diamonds. Advertencia: vamos ganando…

¿Frío?¿Post? Revisen el diccionario (I)

Posted in Esto es todo, amigos, Historia Universal with tags , , , , on 10 febrero, 2012 by Claudia Gilman

Corea  Korea

El paralelo 38 sigue siendo una línea divisoria: ¿no es señal de que lo que damos por terminado sigue sin terminar?

Cogito ergo sum ¿por qué era? o Nuevos combates por la historia

Posted in Esto es todo, amigos, Peer Review, Un cacho de cultura with tags , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , on 9 febrero, 2012 by Claudia Gilman

 

La conclusión de Descartes, igual que la línea final de la demostración de un teorema, no lleva consigo los razonamientos cuyo resultado se expresa con tamaña parquedad. Dado que se ha establecido un “conocimiento común” que, sin embargo, otros patentan con su nombre, sin aclarar ni cómo han unido los argumentos ni de dónde han obtenido los datos que, agradezco la confianza, no han intentado corroborar, intentaré reponer de una vez las premisas y faltantes, con el propósito de evitar que tantos esfuerzos terminen sepultados por la lava de la pereza mental y la mala fe de algunos colegas, especialmente los más cercanos y que no pueden alegar desconocimiento. A los otros, que han comprendido las secuencias y potenciado los aportes, gracias.  Es increíble lo mucho que uno puede pensar y avanzar cuando otras cabezas hacen sinergia con la propia. Lo contrario es penoso, no sólo para el que piensa e investiga sino para el que cree estar aprendiendo algo, ahí hundido en el último rincón de la caverna de Platón.

Sobre escritores y revolución en los años sesenta y setenta (fragmentos)

¿Cómo se llegó a la conformación de un frente tan poderoso? Como resultado de las innumerables coincidencias en torno a cuestiones estéticas e ideológicas, uno de los fenómenos más importantes del período fue la constitución de un campo intelectual latinoamericano, que atravesó las fronteras de la nacionalidad y que encontró en la revolución cubana un horizonte de aperturas y pertenencia. Me centraré, en lo que sigue, a analizar cómo, cuándo y en torno de qué se constituyó la ciudad letrada latinoamericana de este período, concentrándome en analizar lo que Zygmunt Bauman denomina, en Legisladores e intérpretes, el “toque de reunión”: la constitución deliberada, compleja y voluntariosa de una corporación o frente intelectual, en este caso latinoamericana, hacia comienzos de la década del sesenta. La convicción de una identidad común basada en América Latina fue correlativa de la constitución de un campo empírico de intervención a partir de la sociabilidad, sociabilidad concebida como parte operativa de la voluntad de transformar el mundo.

En el proceso mediante el cual el toque de reunión fue convocando un núcleo de intelectuales que se sintieron por él interpelados, se operó una dialéctica que al tiempo que constataba la existencia de vacíos, iba llenándolos, dado que parte de la agenda cultural suponía superar el desconocimiento recíproco entre los intelectuales latinoamericanos y por lo tanto, la creación e institucionalización de una comunidad intelectual.

Benedict Anderson define lo que une a los miembros de una nación como una comunidad creada en base a la imaginación (23-24). Los miembros de esa comunidad no se conocen entre sí pero en cada uno de ellos está presente la imagen de su comunión. Dado que se trata de desarrollar los fundamentos que hacen a una cohesión grupal de individuos cuya cantidad excede las posibilidades de conocimiento y vínculo personal (no tanto, claro, como la de la comunidad imaginada sobre la que se basa la nacionalidad), el concepto de “comunidad imaginada” parece acercarse a la imagen de la comunidad intelectual latinoamericana de los años sesenta y setenta. Pero también hay que destacar que la dinámica que se estableció entre las revistas culturales latinoamericanas y los encuentros personales entre críticos y escritores que colaboraban en ellas permite postular tanto la existencia de una comunidad intelectual que se operó sobre la base “imaginada” creando un sentimiento de pertenencia y afinidad, como la importancia de la comunidad más estrecha, surgida del contacto personal, que reforzó y objetivizó el carácter comunitario.

Se podría hablar incluso de una familia intelectual latinoamericana. El término “familia” está lejos de ser inapropiado. Recuérdese el título que puso Primera Plana a su nota sobre el premio que recibiera el novelista venezolano González León: no sólo usó la palabra familia sino que exageró los rasgos del campo de palabras (para no repetir aquí la “familia de palabras”) asociado: “Otro pariente para la familia”. De ese modo pretendo evitar el uso incorrecto de la noción de “campo intelectual” formulada por Pierre Bourdieu y que sólo es posible aplicar dentro de los límites de los estados nacionales: el campo intelectual no es una metáfora cualquiera, a menos que uno pretenda hablar “en difícil” sin decir nada. Se trata, según el sociólogo francés, de una fracción dominada de la clase dominante. Como veremos, las coyunturas que se desarrollarán, hacen más imprecisa la aplicación mecánica. La “familia” remite a los lazos de sociabilidad empíricos y llenos de consecuencias patrimoniales, matrimoniales y de filiación en general. Han pasado años y me he dado cuenta de que hubiera sido más correcto utilizar “cofradía”, “fratría” o “germanía”. Mujeres, no hay. O son lo que ha desaparecido de esta historia donde la vir y el heroísmo parecen predominar por sobre la de la existencia de no pocas mujeres valientes, escritoras, artistas y científicas. Errare humanum est. Más extraño es que otros reproduzcan errores ajenos y no citen siquiera las fuentes que los guiaron con impericia y que ni se detengan a pensar por qué razón (pese a que la explico) prefiero utilizar una palabra del vocabulario compartido a una que es de reciente “adquisición”. La idea de una “república de las letras” es peor metáfora: ¿cuál es su constitución? ¿quiénes sus representantes? El diccionario merece cierto cuidado. Otra cosa muy distinta es clasificar los elementos químicos en la tabla periódica.

Ese hallazgo da cuenta, en los mismos términos en que voy a  exponerlo, de la conformación de una comunidad vinculada por lazos casi filiales entre los escritores. Es cierto que también se habló de amiguismo y mafia, poniendo acentos críticos y negativos para caracterizar el poder de la trama de relaciones personales para fabricar inclusiones y exclusiones en el campo literario. El crítico venezolano Manuel Pedro González comentaba negativamente que los editores, narradores y críticos formaban una especie de “mafia” o alianza tácita para fomentar un cierto tipo de estética (36). Lo que me interesa, sin embargo, es la fuerte decisión de todos los miembros de ese campo por establecer relaciones institucionales a lo largo de la época.

Desde 1960 en adelante existieron varios intentos por organizar e institucionalizar una comunidad intelectual latinoamericana, en un sentido a la vez gremial y político. Desde el encuentro de escritores de América en Concepción,  Chile, 1960, pasando por el encuentro de Génova, en 1965, el proyecto de comunidad latinoamericana de escritores promulgado en el Primer Congreso Latinoamericano de escritores, en Arica, Chile, 1966, el Segundo Congreso Latinoamericano de escritores, en México, 1967, el XIII Congreso Interamericano de Literatura, Caracas, 1967, hasta las múltiples reuniones y encuentros en La Habana.

La comunidad intelectual se caracterizó por anudar una fuerte trama de relaciones personales entre escritores y críticos del continente, trama lo suficientemente poderosa como para producir efectos tanto sobre las modalidades de la crítica profesional como sobre las alianzas y divergencias e incluso consagraciones literarias. Algo comenta Rodríguez Monegal en su momento, sin sacar conclusiones muy significativas: “Las dos estrellas de la novela García Márquez y Vargas Llosa aún no se conocían pero se intercambiaban cartas. Mario ha sido uno de los promotores más constantes de Cien años” (1967:36).

Carlos Fuentes en un reportaje recordaba que “había ocurrido algo extraordinario en la vida de la literatura hispanoamericana: todas las personas prominentes del boom eran amigas entre sí” (en Macadam y Ruas: 134). No lo desmiente tampoco María Pilar, esposa de José Donoso, quien acentúa el perfil familiar al llamar a su evocación “doméstica”: “Sí, éramos todos muy amigos, realmente como primos, incluso los niños”. (1983:106).

Nuevas solidaridades y rechazos fundados además, en una posición donde la lógica de la amistad o de la intimidad se complementan con el crecimiento de la importancia institucional de la figura del escritor.

Las revistas subrayaron circuitos que estaban ya presentes en los libros y arraigados en el conocimiento personal: Carlos Fuentes dedicó a Wright Mills La muerte de Artemio Cruz, Cambio de piel a Cortázar y Aurora Bernárdez, a García Márquez su relato “Fortuna lo que ha querido” en la Revista de la Universidad de México. García Márquez sin duda agradeció los muchos favores recibidos por medio de las menciones a colegas y personajes de sus colegas que pueden leerse en Cien años de soledad. Benedetti dedicó su poema “Habanera” a Retamar; Donoso, El lugar sin límites a Rita y Carlos Fuentes; René Depestre sus “Memorias del geolibertinaje”- capítulo de Autobiografía en el Caribe– a Debray, David Viñas a Vargas Llosa, a Walsh y a del Peral sus Hombres de a caballo;  Gregorio Selser a Carlos Fuentes su libro sobre la Alianza para el Progreso como desagravio a uno de los primeros promotores del “partido cubano” a quien por entonces se le negó visado para entrar en los EE.UU. [1]Un encuentro profundamente emblemático ocurrió en París, en 1960, cuando se conocieron Carlos Quijano y Roberto Fernández Retamar. El ya sexagenario director de Marcha pasaba algo así como una antorcha olímpica al joven profesor cubano que muy pronto habría de convertirse en uno de los voceros principales de la familia intelectual. Rememorando ese encuentro Retamar subraya que fueron Quijano y su revista los destinatarios de la carta del Che conocida como “El socialismo y el hombre en Cuba” (en Sarusky: 140).


[1] Fuentes logró atravesar la frontera ya que asistió a las reuniones del PEN Club en 1966.

Que lo que el toque de reunión (con un faro indiscutible en la revolución cubana y otras que sobrevendrían) configuraba una preocupación de primer orden para la política norteamericana lo revela la preocupación que en su momento manifestara el Congreso por la Libertad de la Cultura, una institución surgida de la guerra fría, fundada en 1950 como un frente intelectual de apoyo a la política norteamericana y clara y definitivamente anticomunista. Los representantes de las Asociaciones Iberoamericanas de dicho Congreso se reunieron en París, los días 14, 15 y 16 de diciembre de ese año de 1960 para evaluar los potenciales peligros de la politización de los intelectuales del continente. También debatieron el “problema” cubano, presentado como el de una nueva amenaza “totalitaria” por parte de la revista Cuadernos, órgano del Congreso para América Latina.

La reunión parisina “fue dedicada esencialmente al examen de las diversas situaciones nacionales y al estudio de la evolución general del continente, en lo que se refiere a los derechos cívicos y al ejercicio de las libertades fundamentales” (“Suplemento” del Nº 47 de Cuadernos, marzo-abril de 1961). Rápidamente se buscó convencer a los intelectuales y  “poner a disposición de todos los sectores de la opinión informaciones objetivas” que evitaran el entusiasmo que la revolución había creado en las filas intelectuales. De las diversas deliberaciones y declaraciones, la elección del documento publicado como addenda al número mencionado de Cuadernos recayó, nada sorprendentemente, en el texto producido en torno a Cuba, único documento que la dirección de Cuadernos publicó en ese suplemento. En líneas generales, la llamada “Declaración sobre Cuba” deploraba que al año y medio de la victoria contra Batista, el anhelo de que el pueblo cubano estableciera el imperio de la ley y diera cima a la creación de una sociedad libre y democrática, no se viera satisfecho. Naturalmente, se informaba que Cuba se había convertido en satélite de la Rusia soviética y de la China roja y lo que era aún más preocupante, que se proponía lograr iguales propósitos en el resto de América Latina en donde, según los declarantes,  muchos se aferraban todavía “a la creencia de que el régimen castrista es sólo un nacionalismo más o menos radical que se encamina mediante reformas económicas y sociales profundas, a una eventual restauración democrática”.

En nombre de los intelectuales libres, los miembros de las asociaciones iberoamericanas del Congreso por la Libertad de la Cultura se dirigían a los hombres libres del mundo y en particular a los intelectuales para que movilizaran todas sus actitudes críticas para el examen serio y objetivo del hecho cubano, al cual en ningún momento se le daba el nombre de Revolución. Que la política pronorteamericana y promotora de lo que entonces se llamó diálogo o coexistencia pacífica no era del agrado de la mayoría de los miembros de la nueva familia intelectual latinoamericana queda probado por el hecho de que Cuadernos feneciera en junio de 1965 sin penas ni glorias. Basta observar los nombres de Cuadernos para obtener un álbum de familia fantasmática: ninguno de los nombres de sus colaboradores era ni volvería a verse en los años siguientes en ninguna posición importante. La revista pertenecía a la vieja guardia liberal y no tenía público ni buena reputación (Mudrovcic: 21).

Julián Gorkin, director de Cuadernos desde 1953 a 1963,  explicaba las razones por las que la empresa se había vuelto imposible y sostenía que la única manera de producir una revista intelectual confiable sería atacando constantemente a los Estados Unidos y cantando interminables loas a Sartre o a Pablo Neruda (Coleman:85). Además de apreciar la ironía, puede agregarse que las revistas “confiables” latinoamericanas dedicaron efectivamente espacios significativos a la persona y el pensamiento de Jean Paul Sartre (lo cual no implica que le cantaran interminables loas).  En cambio, la presencia de Neruda no fue ni tan frecuente ni tan querida. Gorkin no se habría imaginado los cuestionamientos que iría a tolerar el poeta chileno de parte de miembros de su propia “familia” en 1966, a raíz de su paso por el Perú de Belaúnde Terry y su presencia en los EE.UU.

El 17 de enero de 1960 se realizó el Primer encuentro de escritores americanos en Concepción, cuya Universidad aglutinó a la nueva izquierda chilena. En el artículo escrito para el suplemento literario del diario Clarín, el 14 de febrero de 1960, Ernesto Sábato, uno de los asistentes al encuentro, comentó la politización generalizada que animaba a los latinoamericanos: “la gran mayoría de los latinoamericanos se pronunciaban, en análisis teóricos, por una literatura comprometida, y en casi todos ellos, por una literatura comprometida en el sentido más estrictamente social y político”. Los pocos que defendieron lo que por entonces se daba en llamar arte puro (entre los cuales se destacó Enrique Anderson Imbert), se encontraron refutados con violencia por la gran mayoría. La particularidad del encuentro fue su tonalidad latinoamericana y la “intensa pasión que estaba mostrando a las claras que este inmenso continente de países hermanos tiene hoy una realidad urgente que los escritores no pueden ni deben olvidar”. La visita que los escritores presentes realizaron a las minas de Lota pareció constituirse en el símbolo de esa “patética unidad del continente, en aquellos seres que surgían de las entrañas de la tierra americana, en aquellos hombres embadurnados de negro como trágicos disfrazados, ante los ojos entristecidos de los escritores latinoamericanos, parecía verse a los testigos -es decir a los mártires- de este continente dominado por la mísera explotación”. Esa visión del panorama social del continente hizo que en el Encuentro se planteara, insistentemente, la tesis de que no se podía escribir nada importante si no era desde el lado de los escarnecidos y desamparados, como escribió Sábato. El escritor peruano Sebastián Salazar Bondy se preguntó incluso si no era más digno dejar de escribir poemas o novelas para lisa y llanamente unirse a la lucha por la liberación de la América Latina en una tarea militante.  Constátese que estas dudas preceden a la polémica entre Sartre y Claude Simon a propósito de la misma cuestión y escanden, a lo largo de toda la historia de los intelectuales, los ritmos de un movimiento pendular que reivindica o pone fuertemente en cuestión el oficio específico de la escritura (o cualquier otro) a partir del cual el oficiante se ubica en posición de intelectual. La autobiografía Las palabras revela una crisis de duda en Sartre que supone también una puesta en cuestión de la literatura. En sendos reportajes había afirmado que el escritor debía ponerse del lado de los hambrientos y escribir para ellos o dejar de escribir. Las posiciones de Sartre fueron atacadas por Jacques Houbart,Yves Berger y Claude Simon en L’Express.

En América Latina, Lucien Mercier hizo un sagaz análisis del debate para el público de Marcha: veía que Sartre cuestionaba no sólo la literatura en general sino también la literatura comprometida y concluía que una obra literaria no podía –y no debía pedírsele que lo hiciera– “contribuir  al progreso de la causa revolucionaria en el plano práctico”. Ello no desvirtuaba la necesidad moral de que el escritor, cuya tarea era luchar por la liberación de las conciencias, se comprometiera con su obra (1964,“Ser Mallarmé o Lenin”).

Por su parte, también Vargas Llosa opinó sobre el tema, afirmando que las opiniones de Sartre revelaban su alta noción de la responsabilidad histórica aunque el peruano no le daba la razón ya que creía que finalmente, aun convencido de la utilidad de la literatura, Sartre seguiría escribiendo (“Los otros contra Sartre”).

Un episodio regional del mismo tenor enfrentó a David Viñas con Noé Jitrik. El primero, en consonancia con Sartre había proclamado la necesidad de abandonar la literatura si se quería llevar a términos de acción los proyectos que habían dado lugar, justamente, a una obra literaria encarada en cierta dirección. Noé Jitrik expresó su disconformidad frente a esas posiciones afirmando que

(…) lo revolucionario de un escritor consiste en la iluminación crítica que del mundo hace mediante la palabra y no en el sistema de declaraciones que inventa para protegerse del aislamiento o de la falta de esperanzas en la revolución. Un escritor de izquierda que proyecte ante sí con fuerza una tarea marcada por estos imperativos, un escritor que confíe en su poder de acción específico, podrá resistir el presente (1966).

El escritor uruguayo Carlos Martínez Moreno, quien también estuvo presente en el encuentro de Chile al que asistió Ernesto Sábato,  comentó que aquella reunión había estado dominada por la insistente queja de los asistentes por la falta de conocimiento mutuo entre los escritores latinoamericanos, situación que ese tipo cada vez más frecuente de encuentros se estaba ocupando de revertir. Martínez Moreno coincidía con Sábato en la afirmación de que la reunión había estado dominada por la temática de la relación entre el arte y lo social, el compromiso en la literatura y los deberes del escritor en cuanto miembro de la sociedad (“Escritores de América en Concepción”,1960).

A finales de ese mismo año tuvo lugar en Buenos Aires un coloquio sobre la novela hispanoamericana, en donde se encontraron Ángel Rama, Carlos Real de Azúa, Miguel Ángel Asturias, Ciro Alegría, Augusto Roa Bastos, Bernardo Verbitsky  y Ernesto Sábato. Allí también se habló de la desconexión entre los autores latinoamericanos, pero pese a cierto pesimismo, se abría una esperanza de un porvenir diferente en el que también contaba la asistencia al coloquio de un público numeroso y entusiasta, que presagiaba la aparición de un nuevo público lector, que ese año de 1960 había respondido con interés al crecimiento de la producción editorial nacional, en casi todos los países del continente.

La queja por el desconocimiento mutuo entre autores y productos artísticos del continente obró como un llamamiento para que esa situación se revirtiera, fue el repique de la campana que llamaba al toque de reunión, que canalizaba la voluntad de un ideal asociativo. Tanto las revistas como el proyecto de creación de una sociedad latinoamericana de escritores hicieron posible la desaparición de las razones que motivaban ese lamento.

La frecuencia de los encuentros de escritores en innumerables coloquios, congresos, jornadas y conferencias permite comprender la importancia que se dio a la discusión, a la difusión y a la posibilidad de alcanzar consensos sobre aquellas cuestiones planteadas en torno a las obligaciones de los escritores para con la sociedad. La eficacia convocante del toque de reunión resulta afirmada por las palabras que no muchos años más tarde, anotara el escritor y diplomático chileno Jorge Edwards: “Los escritores, sobre todo en América Latina, formamos una especie de familia que se conoce de un país a otro” (1982:349).

Mientras el tópico del desconocimiento recíproco seguía desgranándose en múltiples quejas, la constelación familiar propiciada por los encuentros contribuía a ponerlo por escrito pero también a hacerlo menos verdadero. Poco a poco empezaban a conocerse. Entre el 15 y el 27 de enero de 1962 la Universidad de Concepción organizó en Chile el Congreso de Intelectuales, que formó parte del Ciclo “Imagen del hombre en América Latina”, realizado en el marco de la VII Escuela Internacional de Verano dirigida por Gonzalo Rojas.

Participaron, entre otros, Pablo Neruda, Arguedas, Roa Bastos, Carlos Fuentes, Claribel Alegría, Alejo Carpentier, José Miguel Oviedo, José Bianco, Emir Rodríguez Monegal, Roberto Fernández Retamar, Thiago de Mello, Gerardo Molina, Mario Benedetti, Héctor P. Agosti y Augusto Roa Bastos. José Donoso lo recuerda como “muy internacional y moderno –con intérpretes simultáneos y todo–, una especie de gran carnaval de intelectuales, con picnics, baños de mar, exposiciones, flirts y comida.” (1989:35).

En su conferencia Carlos Fuentes reivindicó el derecho de los escritores a intervenir en política, presentó en público un principio de fe tercermundista, refiriéndose a los intereses comunes entre los continentes de Asia, América y África y ratificó el principio de autodeterminación de los Estados, en clara referencia a Cuba (1962:4-8). Roa Bastos solicitó que se enviara el texto pronunciado por Fuentes a Punta del Este (donde se estaba llevando a cabo la conferencia de la Organización de los Estados Americanos –OEA-, de la que Cuba había sido expulsada) como manifiesto de los intelectuales americanos. De ese mismo congreso derivaron además, firmes amistades personales y admiraciones literarias. Allí tomaron contacto por primera vez  Fuentes y el crítico uruguayo Emir Rodríguez Monegal, como lo recordarían más tarde ambos en la primera entrega de la polémica revista Mundo Nuevo.

De los posibles deslizamientos de la memoria y los fraudes del recuerdo, una afirmación de Donoso parece atravesar incólume todos los datos de archivos y fuentes. Es la referencia a la relación entre la comunidad intelectual y la causa cubana. Cuenta Donoso que fueron Pablo Neruda y Carlos Fuentes los que le dieron el tono histórico al Congreso, por el modo ferviente en que concientizaron a los presentes y los ganaron para la revolución cubana (46). Lo cierto es que en ese congreso, un “torneo de envergadura”, como lo llamó Ariel Dorfman “quedó patente la necesidad de repetir ese tipo de reuniones”(201).

No tardó tanto en concretarse un nuevo encuentro. Entre el 21 y el 30 de enero de 1965, se realizó en Génova un coloquio auspiciado por el Columbianum, organismo cultural con sede en esa ciudad, que, preocupado por cuestiones latinoamericanas y producto del aggiornamiento eclesiástico, combinaba el cristianismo con la cuestión social. Rama describió el encuentro como un diálogo pluriideológico entre marxistas, católicos, conservadores e independientes de izquierda (con la ausencia de representantes de la derecha liberal). En la “Declaración de Génova” — publicada por Casa de las Américas Nº 30– se proclamó la existencia de América Latina como unidad más allá de la diversidad y se consideró la revolución cubana como el acontecimiento central de los tiempos. El manifiesto “Nuestra América”, emanado del encuentro, afirmaba que el intelectual latinoamericano había hecho suya, como “conciencia moral”, la posición antiimperialista (Rama, 1965a).

Los acuerdos de Génova, mediante los cuales se dio por creada la Asociación de Escritores Latinoamericanos (presidida por el poeta mexicano Carlos Pellicer) propulsaron un proyecto de unión más ambicioso: la Comunidad Latinoamericana de Escritores, cuyos estatutos se promulgarían en un siguiente encuentro, a realizarse en México. Refiriéndose a la reunión de Génova, Dorfman sostenía:

(…) lo que surgió en Génova no ha sido la conciencia latinoamericana ni la visión o el conocimiento de nuestra propia realidad. Eso existía antes y seguirá existiendo con o sin congresos de escritores. La novedad consiste en haber dado forma permanente e institucional a ese deseo de los autores del continente de actuar conjuntamente (210).

Ya no importaba que se declamara el propósito de crear la comunidad latinoamericana de escritores. De hecho, estaba funcionando a pleno. Y una de sus sedes neurálgicas era La Habana.

Cuba, la “Roma antillana”, como la denominó Halperín Donghi, fue el epicentro de la formación de la familia intelectual latinoamericana de los años 60, lo que dio sentimiento de unidad a la familia intelectual: la Isla, fue la gran anfitriona del mundo letrado. Cuba cumplió, además, una función de referencia obligada en las intervenciones de muchos intelectuales. No hay que olvidar que se convirtió también en el escenario aglutinante (imaginario y real) de gran cantidad de intelectuales que vivieron en Cuba, siguiendo el ejemplo del Che. Entre muchísimos otros, el uruguayo Mario Benedetti, el haitiano René Depestre, el salvadoreño Roque Dalton, el peruano Javier Heraud, el chileno Enrique Lihn.

Una razón político-cultural para el ritual del viaje a La Habana, viaje emblemático de la época, era la que llevaba a muchos a participar como jurados de los premios Casa de las Américas, el premio más prestigioso del continente. Tanto la participación en calidad de jurado como la recepción del premio (que en general servía también de prerrequisito para integrar un jurado en la siguiente edición) fortalecieron los vínculos de los visitantes con las instituciones culturales cubanas y con la defensa política de la revolución.

La intensa sociabilidad cuya sede fue La Habana produjo amistades y textos. Roberto Fernández Retamar, una personalidad cuyo peso para la historia intelectual del período es incalculable, contribuyó sin duda al forjamiento de la sociabilidad. El futuro director de Casa de las Américas había recibido en La Habana, en 1959, a Miguel Ángel Asturias. En 1960 conoció en París a Octavio Paz y a Pablo Neruda, a quien volvió a encontrar en La Habana a finales de 1960 y principios de 1962, volvió a encontrarse con ellos y conoció nuevos “parientes” en Génova. Antes de hacerse cargo de la revista, ya había anudado lazos (también en París, en 1965) con Cortázar y Debray.  Retamar fecha en La Habana, marzo-abril de 1962, tres poemas-cartas o cartas-poemas (que personalmente denomina “cartas”, haciendo fuerte referencia al género íntimo que se hace posible a partir de las relaciones personales de afecto). Una de ellas está dedicada a Juan Gelman “en Buenos Aires” y lleva un epígrafe de un poema de Gelman dedicado a Retamar: “¿alguien se llama juan? ¿quién se llama roberto todavía?”. Otra carta-poema está dedicada a su compatriota Fayad Jamís y otra al salvadoreño Roque Dalton, gran animador de la vida cubana de esos años y estrecho colaborador de Casa de las Américas. Gelman por su parte también escribe un poema-carta dedicado a “Fernández Retamar” y publicado en el mismo número junto con “Habana revisited”. (27-30)

A su paso por La Habana Ángel Rama organizó prácticamente toda la entrega 26 de la revista Casa de las Américas, dedicado a la nueva novela latinoamericana. Emmanuel Carballo (una de las voces más prestigiosas de la crítica mexicana, desde el suplemento de Siempre!), fechó en La Habana-México, febrero y marzo de 1963 su texto “Del costumbrismo al realismo crítico” que publicara Casa de las Américas número 19, de julio-agosto de 1963. Ese mismo año también estuvo en Cuba Julio Cortázar y allí pronunció una conferencia. El chileno Jorge Edwards, amigo del peruano Westphalen, director de Amaru, se encargaba de llevar a Cuba ejemplares de la revista peruana y por su intermedio Enrique Lihn enviaba saludos a Retamar, a Padilla y a Pablo Armando Fernández. El corno emplumado, la revista bilingüe editada en México por Margaret Randall, Sergio Mondragón y Harvey Wolin, se preocupaba especialmente por la acogida que pudiese tener en la Isla. Junto a la casi obligada antología de poesía cubana que todas las revistas del continente publicaron, El corno emplumado incluyó en su entrega de julio de 1963 un fragmento del discurso de Fidel Castro “Palabras a los intelectuales” y en su sección “Cartas letters cartas letters” publicó una de Marco Antonio Flores, fechada en “La Habana, Territorio Libre de América, Día Internacional del Trabajo”, en donde éste decía:  “respecto al trabajo del Corno, no te preocupes, todo va viento en popa, ha sido recibido con entusiasmo. Cada día hay más gente que pregunta y quiere colaborar, tengo cuentos y poemas que me han entregado…” (169).

Por otra parte, además de la intensa vida literaria que se desarrolló en Cuba, hubo una serie de importantes encuentros tercermundistas en la Isla. En su último viaje oficial a Africa el Che Guevara había obtenido apoyo para ampliar la Organización de solidaridad de los pueblos afroasiáticos e integrar a América Latina. Como resultado de ese intento, tuvo lugar la conferencia Tricontinental, que se reunió por primera vez en enero de 1966 en La Habana. Asistieron representantes de estados de filiación socialista, de movimientos de liberación como los de las colonias portuguesas de África,  miembros de las guerrillas de Venezuela y Guatemala y líderes del Frente de Liberación Nacional vietnamita. A instancias de esa conferencias se creó la  Organización de Solidaridad para Africa, Asia y América Latina (OSPAAL) cuya sede estaba en la Habana y un órgano bimensual, Tricontinental.

Pero no sólo asistieron delegaciones políticas, como lo prueba la cobertura de la conferencia realizada simultáneamente para Casa de las Américas y Marcha. Uno de los ejes de discusión que excedía las cuestiones de táctica y estrategia y se vinculaba más estrechamente con la problemática de los escritores, fue la definición de la función social de los intelectuales, más específicamente, su papel en las luchas de liberación nacional (Núñez, 196 ) LOS SOLICITOS SOCIOS PAISES ALIADOS DEL ESTE, NO ESTABAN DISPUESTOS A APOYAR LAS INICIATIVAS CUBANAS. EL “NO” A UNA NUEVA CUBA UNIA PARADOJICAMENTE A LAS DOS POTENCIAS QUE SE REPARTIAN EL MUNDO. UNA PROFETIZABA QUE EL CAPITALISMO SE CAERIA SOLO Y QUE EL DEBER DEL BUEN SOCIALISTA ERA NO HACER NADA. LA OTRA, IMPEDIRIA POR TODOS LOS MEDIOS ALGO PARECIDO: LOS INTELECTUALES, LAS REVISTAS Y LA NEUTRALIZACION NUNCA IMPIDIERON NI IMPEDIRIAN LA INTERVENCION DIRECTA Y SIN ANESTESIA, COMO LO DEMOSTRARON ANTES Y DESPUES. LO QUE QUEDA CLARO ES QUE LA CAUSA POR LA QUE LOS INTELECTUALES SE TORNAN IMPORTANTES EN TORNO A LA DEFENSA DE CUBA Y LA REVOLUCION ES PORQUE SUS GOBIERNOS OBEDECEN SERVILMENTE LAS ORDENES DE LOS PODERES ESTABLECIDOS Y LOS PARTIDOS TRADICIONALES DE IZQUIERDA SE HACEN ECO DEL DEBER DE COEXISTIR PACIFICAMENTE. EN OTRO SITIO SE ACLARA QUE EL “CAMPO SOCIALISTA” NO HA RESUELTO TAMPOCO SUS DIFERENCIAS. EL CONFLICTO CHINO-SOVIETICO MOSTRARIA QUE EL MARXISMO TAL COMO LO ENTENDIAN LOS JERARCAS, SE HABIA DESENTENDIDO DE UNA DE SUS PRINCIPALES DEFINICIONES ESENCIALES: EL INTERNACIONALISMO. SE TRATABA DE COLONIZAR EL CIELO, CON YURI GAGARIN, LA PERRA LAIKA Y LOS MISILES CAPACES DE RECORRER LAS MAYORES DISTANCIAS POSIBLES.

Entre el 5 y el 8 de enero de 1967 se llevó a cabo la primera reunión del comité de colaboración de Casa de las Américas, integrado por Emmanuel Carballo, Cortázar, Roque Dalton, René Depestre, Desnoes, Fernández Retamar, Manuel Galich, Lisandro Otero, Ambrosio Fornet, Graziela Pogolotti, Vargas Llosa, Angel Rama, David Viñas, Jorge Zalamea. De allí surgió la primera declaración de dicho comité, que por su importancia publicaron Casa de las Américas, Marcha y Siempre! (“Los escritores asumen su responsabilidad”).

BREVE EXCURSUS: LA IMPORTANCIA DE LA EDICION Y LA ACTIVIDAD CULTURAL MEXICANA PARECE NO TENERSE NUNCA EN CUENTA. Y SIN EMBARGO, ES UNO DE LOS PUNTALES IMPRESCINDIBLES DEL FENOMENO DE LA SOCIABILIDAD EMPIRICA Y DE LA IMAGINARIA. SIN LOS CONTACTOS ENTRE CARLOS FUENTES, JULIO CORTAZAR, MARIO VARGAS LLOSA Y GABRIEL GARCIA MARQUEZ, EN MUTUA COLABORACION QUE A LO MEJOR LOS CRITICOS E HISTORIADORES SUBESTIMAN, LA LLEGADA DE LOS MANUSCRITOS A LAS IMPRENTAS, LAS TRADUCCIONES, LAS EDITORIALES Y LOS PREMIOS, NO HABRIA TENIDO LUGAR.

Pocos días más tarde, entre el 16 y el 22 de enero 67 se realizó el  “Encuentro con Rubén Darío”, homenaje en el centenario de su nacimiento, al que asistieron Jean Cassou, Lumir Cvirny, Carlos Pellicer, Jaime Torres Bodet, Enrique Lihn, Ángel Rama, Manuel Pedro González, Ernesto Mejía Sánchez, José Portuondo, Rene Depestre, Mario Benedetti, Eliseo Diego. En la entrega número 42, mayo-junio 1967 de Casa de las Américas se publicaron poemas dedicados al modernista nicaragüense de Nicolás Guillén, Pita Rodríguez, Lezama Lima, Blas de Otero, Gonzalo Rojas, César Fernández Moreno, Benedetti, Eliseo Diego, Idea Vilariño, Ida Vitale, René Depestre, Pablo Armando Fernández, Roberto Fernández Retamar, Fayad Jamís, Paco Urondo, Heberto Padilla, Roque Dalton, Victor García Robles, Noé Jitrik, Margaret Randall, muchos de los cuales también asistieron al encuentro.

Se sugirió entonces que los presentes firmaran la declaración del comité de colaboración de la revista Casa de las Américas, que hacía eje sobre la problemática del intelectual y su inserción en la sociedad, siguiendo el hilo de una preocupación que ya había sido esbozada en la encuesta realizada a los intelectuales presentes en la Tricontinental. La evaluación de que era preciso y urgente redefinir la tarea intelectual también formó parte de las conclusiones del encuentro en homenaje a Darío realizado en Cuba, puesto que allí se decidió, entre otras cosas, convocar una conferencia de todos los intelectuales del continente. Por otra parte, de la Conferencia Tricontinental había surgido la idea de constituir, con las veintisiete delegaciones de América Latina una organización propia, la Organización Latinoamericana de Solidaridad (OLAS). Los cubanos estaban decepcionados por los resultados prácticos a largo plazo de esa tentativa de cooperación a escala de varios continentes y renunciaron, de hecho, al proyecto de una segunda conferencia de este tipo. Preferían concentrarse en los problemas de América Latina y atribuían, por tanto, una importancia incomparablemente más grande a la conferencia de la OLAS (Karol, nota 54: 397-398 y Tuttino, 1968a: 385,388).

Entre el 31 de julio y el 10 de agosto de 1967 tuvo lugar la Reunión de la Organización Latinoamericana de Solidaridad, presidida por Haydee Santamaría. El presidente Dorticós abrió formalmente la conferencia el 31 de julio de 1967 con un discurso de apertura. Como emblema de la conferencia, la frase “¿Qué es la historia de Cuba sino la historia de América Latina?” estaba escrita en letras luminosas sobre un inmenso cartel con los retratos de Bolívar, Máximo Gómez, Martí y el Che. Los documentos públicos de la polémica reunión establecieron dos puntos centrales de la agenda: primero, que la lucha armada era la única vía de la revolución y segundo, que Cuba debía considerarse vanguardia de la revolución latinoamericana. Así lo expresaba el punto 14 de la declaración general, afirmando que “la revolución cubana como símbolo del triunfo del movimiento revolucionario armado, constituye la vanguardia del movimiento antimperialista latinoamericano” (Karol: 399-423, Tuttino, 1968a: 403-408)

La conferencia de la OLAS fue contemporánea de otro gran evento organizado en Cuba y los actuales habitués a congresos hacen mal en equiparar el encuentro a sus regulares citas académicas: había un proyecto político, no un reparto de diplomas, que la justificaba. Fue el intento de Cuba de autonomizar su proyecto político y vigorizar la revolución continental prescindiendo y hasta contrariando la reverencia usual de los comités partidarios que funcionaban como sucursales “menores” del PCUS. Nada menos que el General Enrique Líster, el del Quinto Regimiento de la efímera República española comenta que las “revelaciones” sobre el personalismo de Stalin tuvieron lugar en ámbitos donde no todos los “iguales” tenían el mismo acceso. Además, para conmemorar el aniversario del 26 de julio, en el año 1967 se realizaron esplendorosas fiestas en las cuales se trasladó a La Habana el Salón de Mayo 67 de París, al que asistieron ciento cincuenta pintores, escultores, intelectuales, escritores y periodistas europeos. Se organizó también un encuentro de pintores cubanos y europeos, una reunión de la canción de protesta en Varadero. Noventa artistas y escritores pintaron un mural gigante titulado “Cuba colectiva”. La intensidad de la vida cultural llevó a afirmar que a pesar del bloqueo y del aislamiento, Cuba era entonces uno de los centros culturales más vivos y originales del mundo (“Cultura y revolución en Cuba”).

De toda esa efervescencia política y cultural da cuenta la creación, en diciembre de 1967, del Centro de Investigaciones Literarias, cuyo primer director fue Mario Benedetti, quien residía por entonces en Cuba.

En suma, a partir de esos encuentros y a raíz de nuevas coyunturas que se analizarán luego, buena parte de la familia intelectual latinoamericana, ya bastante sólidamente constituida, con los cubanos a la cabeza, decidió organizar un congreso internacional de reunión de intelectuales. La convocatoria a dicho congreso fue aprobada y firmada por los militantes, artistas e intelectuales europeos que asistieron a las fiestas del 26 de julio en La Habana y al congreso de la OLAS. Con la participación de casi quinientos intelectuales de América Latina, Asia y África, se realizó, entre el 5 y el 12 de enero de 1968 el Congreso Cultural de La Habana. Se intentaba romper el aislamiento al que estaban condenados los intelectuales cubanos y ponerlos en contacto con las corrientes de pensamiento más radicales del mundo y de las principales corrientes culturales de vanguardia. Desde el punto de vista ideológico, se trataba tejer relaciones entre los intelectuales extranjeros (en particular con los europeos) y el extraordinario radicalismo de la revolución cubana y para que informen de su existencia en sus países de origen. Desde el punto de vista político, se trataba de reunir, por primera vez desde 1936, un congreso mundial de intelectuales, apelando a todas las formas posibles de lucha contra el imperialismo, el colonialismo y el neocolonialismo. Después de la Tricontinental y la OLAS, el Congreso Cultural marcaba la tercera etapa de una acción a largo plazo para constituir un “frente mundial contra el imperialismo”. El temario del congreso subrayaba la pregunta implícita en la encuesta de Núñez, a propósito del papel de los intelectuales, pero también incluyó cuestiones relativas a las tradiciones estéticas, a la vanguardia y al arte revolucionario. En su discurso de clausura, Fidel Castro expresaba a los intelectuales allí presentes su confianza en las posibilidades de acción revolucionaria que podían ejercer, en carácter de vanguardia, manifestando también, tácitamente, su desaliento a raíz de las discusiones con partidos y organizaciones marxistas del continente, que no apoyaban con el debido entusiasmo la lucha armada. El Congreso coincidió además, con la novena entrega del premio Casa de las Américas. Todos esos acontecimientos motivaron una excepcional afluencia de intelectuales latinoamericanos y del mundo entero.

Para aprovechar la convergencia de esas figuras, se realizó, entre el 16 de enero y el 18 de febrero de 1968, un ciclo sobre literatura latinoamericana en el que veinticuatro críticos y escritores correspondientes a diecisiete países expusieron sus pareceres sobre el estado de la producción literaria en cada uno de sus países. Por Ecuador, Jorge Enrique Adoum, por Venezuela, Edmundo Aray, por Perú, José María Arguedas y Alejandro Romualdo, por México, Max Aub (que, aunque nacido en París, vivía en México desde 1942), José Revueltas y Emmanuel Carballo, por Panamá, Carlos Wong Broce, por Guatemala, Manuel Galich y Arqueles Morales, por Colombia, Jorge Zalamea, por El Salvador, Alvaro Menén Desleal, por Argentina, Rodolfo Walsh, Juan Carlos Portantiero y Francisco Urondo, por Uruguay, Mario Benedetti, por Chile, Jorge Edwards y Enrique Lihn, por Nicaragua, Edelberto Torres, por Brasil, Carlos Heitor Cony, por Cuba, Roberto Fernández Retamar, por Haití, René Depestre. También hablaron José María Castellet, crítico español y el francés Claude Couffon, grandes difusores de la literatura latinoamericana. Las conferencias fueron reunidas en el volumen Panorama de la actual literatura latinoamericana, editado por el Centro de investigaciones literarias Casa de las Américas, La Habana, 1968.

En síntesis, a lo largo de menos de una década, la isla se convirtió en el escenario de recepción y reclutamiento masivo de artistas e intelectuales, afianzando los vínculos comunitarios en torno a la defensa de la revolución y a la discusión sobre los modos de intervención intelectuales y estéticos adecuados para extender las posibilidades revolucionarias en todo el continente.

Fragmentos de Claudia Gilman: “Historias de familia” Tesis doctoral, capítulo 4, defendida en 1999 y dada a conocer a alumnos y colegas  a lo largo de años de asistencia a jornadas, congresos y coloquios. También, parcialmente en “El intelectual como problema”, Prismas, Revista de historia Intelectual, UNQUI, 1999. También en Entre la pluma y el fusil, Buenos Aires, Siglo XXI, 2003, pp. 106-120.