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Cogito ergo sum ¿por qué era? o Nuevos combates por la historia

Posted in Esto es todo, amigos, Peer Review, Un cacho de cultura with tags , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , on 9 febrero, 2012 by Claudia Gilman

 

La conclusión de Descartes, igual que la línea final de la demostración de un teorema, no lleva consigo los razonamientos cuyo resultado se expresa con tamaña parquedad. Dado que se ha establecido un “conocimiento común” que, sin embargo, otros patentan con su nombre, sin aclarar ni cómo han unido los argumentos ni de dónde han obtenido los datos que, agradezco la confianza, no han intentado corroborar, intentaré reponer de una vez las premisas y faltantes, con el propósito de evitar que tantos esfuerzos terminen sepultados por la lava de la pereza mental y la mala fe de algunos colegas, especialmente los más cercanos y que no pueden alegar desconocimiento. A los otros, que han comprendido las secuencias y potenciado los aportes, gracias.  Es increíble lo mucho que uno puede pensar y avanzar cuando otras cabezas hacen sinergia con la propia. Lo contrario es penoso, no sólo para el que piensa e investiga sino para el que cree estar aprendiendo algo, ahí hundido en el último rincón de la caverna de Platón.

Sobre escritores y revolución en los años sesenta y setenta (fragmentos)

¿Cómo se llegó a la conformación de un frente tan poderoso? Como resultado de las innumerables coincidencias en torno a cuestiones estéticas e ideológicas, uno de los fenómenos más importantes del período fue la constitución de un campo intelectual latinoamericano, que atravesó las fronteras de la nacionalidad y que encontró en la revolución cubana un horizonte de aperturas y pertenencia. Me centraré, en lo que sigue, a analizar cómo, cuándo y en torno de qué se constituyó la ciudad letrada latinoamericana de este período, concentrándome en analizar lo que Zygmunt Bauman denomina, en Legisladores e intérpretes, el “toque de reunión”: la constitución deliberada, compleja y voluntariosa de una corporación o frente intelectual, en este caso latinoamericana, hacia comienzos de la década del sesenta. La convicción de una identidad común basada en América Latina fue correlativa de la constitución de un campo empírico de intervención a partir de la sociabilidad, sociabilidad concebida como parte operativa de la voluntad de transformar el mundo.

En el proceso mediante el cual el toque de reunión fue convocando un núcleo de intelectuales que se sintieron por él interpelados, se operó una dialéctica que al tiempo que constataba la existencia de vacíos, iba llenándolos, dado que parte de la agenda cultural suponía superar el desconocimiento recíproco entre los intelectuales latinoamericanos y por lo tanto, la creación e institucionalización de una comunidad intelectual.

Benedict Anderson define lo que une a los miembros de una nación como una comunidad creada en base a la imaginación (23-24). Los miembros de esa comunidad no se conocen entre sí pero en cada uno de ellos está presente la imagen de su comunión. Dado que se trata de desarrollar los fundamentos que hacen a una cohesión grupal de individuos cuya cantidad excede las posibilidades de conocimiento y vínculo personal (no tanto, claro, como la de la comunidad imaginada sobre la que se basa la nacionalidad), el concepto de “comunidad imaginada” parece acercarse a la imagen de la comunidad intelectual latinoamericana de los años sesenta y setenta. Pero también hay que destacar que la dinámica que se estableció entre las revistas culturales latinoamericanas y los encuentros personales entre críticos y escritores que colaboraban en ellas permite postular tanto la existencia de una comunidad intelectual que se operó sobre la base “imaginada” creando un sentimiento de pertenencia y afinidad, como la importancia de la comunidad más estrecha, surgida del contacto personal, que reforzó y objetivizó el carácter comunitario.

Se podría hablar incluso de una familia intelectual latinoamericana. El término “familia” está lejos de ser inapropiado. Recuérdese el título que puso Primera Plana a su nota sobre el premio que recibiera el novelista venezolano González León: no sólo usó la palabra familia sino que exageró los rasgos del campo de palabras (para no repetir aquí la “familia de palabras”) asociado: “Otro pariente para la familia”. De ese modo pretendo evitar el uso incorrecto de la noción de “campo intelectual” formulada por Pierre Bourdieu y que sólo es posible aplicar dentro de los límites de los estados nacionales: el campo intelectual no es una metáfora cualquiera, a menos que uno pretenda hablar “en difícil” sin decir nada. Se trata, según el sociólogo francés, de una fracción dominada de la clase dominante. Como veremos, las coyunturas que se desarrollarán, hacen más imprecisa la aplicación mecánica. La “familia” remite a los lazos de sociabilidad empíricos y llenos de consecuencias patrimoniales, matrimoniales y de filiación en general. Han pasado años y me he dado cuenta de que hubiera sido más correcto utilizar “cofradía”, “fratría” o “germanía”. Mujeres, no hay. O son lo que ha desaparecido de esta historia donde la vir y el heroísmo parecen predominar por sobre la de la existencia de no pocas mujeres valientes, escritoras, artistas y científicas. Errare humanum est. Más extraño es que otros reproduzcan errores ajenos y no citen siquiera las fuentes que los guiaron con impericia y que ni se detengan a pensar por qué razón (pese a que la explico) prefiero utilizar una palabra del vocabulario compartido a una que es de reciente “adquisición”. La idea de una “república de las letras” es peor metáfora: ¿cuál es su constitución? ¿quiénes sus representantes? El diccionario merece cierto cuidado. Otra cosa muy distinta es clasificar los elementos químicos en la tabla periódica.

Ese hallazgo da cuenta, en los mismos términos en que voy a  exponerlo, de la conformación de una comunidad vinculada por lazos casi filiales entre los escritores. Es cierto que también se habló de amiguismo y mafia, poniendo acentos críticos y negativos para caracterizar el poder de la trama de relaciones personales para fabricar inclusiones y exclusiones en el campo literario. El crítico venezolano Manuel Pedro González comentaba negativamente que los editores, narradores y críticos formaban una especie de “mafia” o alianza tácita para fomentar un cierto tipo de estética (36). Lo que me interesa, sin embargo, es la fuerte decisión de todos los miembros de ese campo por establecer relaciones institucionales a lo largo de la época.

Desde 1960 en adelante existieron varios intentos por organizar e institucionalizar una comunidad intelectual latinoamericana, en un sentido a la vez gremial y político. Desde el encuentro de escritores de América en Concepción,  Chile, 1960, pasando por el encuentro de Génova, en 1965, el proyecto de comunidad latinoamericana de escritores promulgado en el Primer Congreso Latinoamericano de escritores, en Arica, Chile, 1966, el Segundo Congreso Latinoamericano de escritores, en México, 1967, el XIII Congreso Interamericano de Literatura, Caracas, 1967, hasta las múltiples reuniones y encuentros en La Habana.

La comunidad intelectual se caracterizó por anudar una fuerte trama de relaciones personales entre escritores y críticos del continente, trama lo suficientemente poderosa como para producir efectos tanto sobre las modalidades de la crítica profesional como sobre las alianzas y divergencias e incluso consagraciones literarias. Algo comenta Rodríguez Monegal en su momento, sin sacar conclusiones muy significativas: “Las dos estrellas de la novela García Márquez y Vargas Llosa aún no se conocían pero se intercambiaban cartas. Mario ha sido uno de los promotores más constantes de Cien años” (1967:36).

Carlos Fuentes en un reportaje recordaba que “había ocurrido algo extraordinario en la vida de la literatura hispanoamericana: todas las personas prominentes del boom eran amigas entre sí” (en Macadam y Ruas: 134). No lo desmiente tampoco María Pilar, esposa de José Donoso, quien acentúa el perfil familiar al llamar a su evocación “doméstica”: “Sí, éramos todos muy amigos, realmente como primos, incluso los niños”. (1983:106).

Nuevas solidaridades y rechazos fundados además, en una posición donde la lógica de la amistad o de la intimidad se complementan con el crecimiento de la importancia institucional de la figura del escritor.

Las revistas subrayaron circuitos que estaban ya presentes en los libros y arraigados en el conocimiento personal: Carlos Fuentes dedicó a Wright Mills La muerte de Artemio Cruz, Cambio de piel a Cortázar y Aurora Bernárdez, a García Márquez su relato “Fortuna lo que ha querido” en la Revista de la Universidad de México. García Márquez sin duda agradeció los muchos favores recibidos por medio de las menciones a colegas y personajes de sus colegas que pueden leerse en Cien años de soledad. Benedetti dedicó su poema “Habanera” a Retamar; Donoso, El lugar sin límites a Rita y Carlos Fuentes; René Depestre sus “Memorias del geolibertinaje”- capítulo de Autobiografía en el Caribe– a Debray, David Viñas a Vargas Llosa, a Walsh y a del Peral sus Hombres de a caballo;  Gregorio Selser a Carlos Fuentes su libro sobre la Alianza para el Progreso como desagravio a uno de los primeros promotores del “partido cubano” a quien por entonces se le negó visado para entrar en los EE.UU. [1]Un encuentro profundamente emblemático ocurrió en París, en 1960, cuando se conocieron Carlos Quijano y Roberto Fernández Retamar. El ya sexagenario director de Marcha pasaba algo así como una antorcha olímpica al joven profesor cubano que muy pronto habría de convertirse en uno de los voceros principales de la familia intelectual. Rememorando ese encuentro Retamar subraya que fueron Quijano y su revista los destinatarios de la carta del Che conocida como “El socialismo y el hombre en Cuba” (en Sarusky: 140).


[1] Fuentes logró atravesar la frontera ya que asistió a las reuniones del PEN Club en 1966.

Que lo que el toque de reunión (con un faro indiscutible en la revolución cubana y otras que sobrevendrían) configuraba una preocupación de primer orden para la política norteamericana lo revela la preocupación que en su momento manifestara el Congreso por la Libertad de la Cultura, una institución surgida de la guerra fría, fundada en 1950 como un frente intelectual de apoyo a la política norteamericana y clara y definitivamente anticomunista. Los representantes de las Asociaciones Iberoamericanas de dicho Congreso se reunieron en París, los días 14, 15 y 16 de diciembre de ese año de 1960 para evaluar los potenciales peligros de la politización de los intelectuales del continente. También debatieron el “problema” cubano, presentado como el de una nueva amenaza “totalitaria” por parte de la revista Cuadernos, órgano del Congreso para América Latina.

La reunión parisina “fue dedicada esencialmente al examen de las diversas situaciones nacionales y al estudio de la evolución general del continente, en lo que se refiere a los derechos cívicos y al ejercicio de las libertades fundamentales” (“Suplemento” del Nº 47 de Cuadernos, marzo-abril de 1961). Rápidamente se buscó convencer a los intelectuales y  “poner a disposición de todos los sectores de la opinión informaciones objetivas” que evitaran el entusiasmo que la revolución había creado en las filas intelectuales. De las diversas deliberaciones y declaraciones, la elección del documento publicado como addenda al número mencionado de Cuadernos recayó, nada sorprendentemente, en el texto producido en torno a Cuba, único documento que la dirección de Cuadernos publicó en ese suplemento. En líneas generales, la llamada “Declaración sobre Cuba” deploraba que al año y medio de la victoria contra Batista, el anhelo de que el pueblo cubano estableciera el imperio de la ley y diera cima a la creación de una sociedad libre y democrática, no se viera satisfecho. Naturalmente, se informaba que Cuba se había convertido en satélite de la Rusia soviética y de la China roja y lo que era aún más preocupante, que se proponía lograr iguales propósitos en el resto de América Latina en donde, según los declarantes,  muchos se aferraban todavía “a la creencia de que el régimen castrista es sólo un nacionalismo más o menos radical que se encamina mediante reformas económicas y sociales profundas, a una eventual restauración democrática”.

En nombre de los intelectuales libres, los miembros de las asociaciones iberoamericanas del Congreso por la Libertad de la Cultura se dirigían a los hombres libres del mundo y en particular a los intelectuales para que movilizaran todas sus actitudes críticas para el examen serio y objetivo del hecho cubano, al cual en ningún momento se le daba el nombre de Revolución. Que la política pronorteamericana y promotora de lo que entonces se llamó diálogo o coexistencia pacífica no era del agrado de la mayoría de los miembros de la nueva familia intelectual latinoamericana queda probado por el hecho de que Cuadernos feneciera en junio de 1965 sin penas ni glorias. Basta observar los nombres de Cuadernos para obtener un álbum de familia fantasmática: ninguno de los nombres de sus colaboradores era ni volvería a verse en los años siguientes en ninguna posición importante. La revista pertenecía a la vieja guardia liberal y no tenía público ni buena reputación (Mudrovcic: 21).

Julián Gorkin, director de Cuadernos desde 1953 a 1963,  explicaba las razones por las que la empresa se había vuelto imposible y sostenía que la única manera de producir una revista intelectual confiable sería atacando constantemente a los Estados Unidos y cantando interminables loas a Sartre o a Pablo Neruda (Coleman:85). Además de apreciar la ironía, puede agregarse que las revistas “confiables” latinoamericanas dedicaron efectivamente espacios significativos a la persona y el pensamiento de Jean Paul Sartre (lo cual no implica que le cantaran interminables loas).  En cambio, la presencia de Neruda no fue ni tan frecuente ni tan querida. Gorkin no se habría imaginado los cuestionamientos que iría a tolerar el poeta chileno de parte de miembros de su propia “familia” en 1966, a raíz de su paso por el Perú de Belaúnde Terry y su presencia en los EE.UU.

El 17 de enero de 1960 se realizó el Primer encuentro de escritores americanos en Concepción, cuya Universidad aglutinó a la nueva izquierda chilena. En el artículo escrito para el suplemento literario del diario Clarín, el 14 de febrero de 1960, Ernesto Sábato, uno de los asistentes al encuentro, comentó la politización generalizada que animaba a los latinoamericanos: “la gran mayoría de los latinoamericanos se pronunciaban, en análisis teóricos, por una literatura comprometida, y en casi todos ellos, por una literatura comprometida en el sentido más estrictamente social y político”. Los pocos que defendieron lo que por entonces se daba en llamar arte puro (entre los cuales se destacó Enrique Anderson Imbert), se encontraron refutados con violencia por la gran mayoría. La particularidad del encuentro fue su tonalidad latinoamericana y la “intensa pasión que estaba mostrando a las claras que este inmenso continente de países hermanos tiene hoy una realidad urgente que los escritores no pueden ni deben olvidar”. La visita que los escritores presentes realizaron a las minas de Lota pareció constituirse en el símbolo de esa “patética unidad del continente, en aquellos seres que surgían de las entrañas de la tierra americana, en aquellos hombres embadurnados de negro como trágicos disfrazados, ante los ojos entristecidos de los escritores latinoamericanos, parecía verse a los testigos -es decir a los mártires- de este continente dominado por la mísera explotación”. Esa visión del panorama social del continente hizo que en el Encuentro se planteara, insistentemente, la tesis de que no se podía escribir nada importante si no era desde el lado de los escarnecidos y desamparados, como escribió Sábato. El escritor peruano Sebastián Salazar Bondy se preguntó incluso si no era más digno dejar de escribir poemas o novelas para lisa y llanamente unirse a la lucha por la liberación de la América Latina en una tarea militante.  Constátese que estas dudas preceden a la polémica entre Sartre y Claude Simon a propósito de la misma cuestión y escanden, a lo largo de toda la historia de los intelectuales, los ritmos de un movimiento pendular que reivindica o pone fuertemente en cuestión el oficio específico de la escritura (o cualquier otro) a partir del cual el oficiante se ubica en posición de intelectual. La autobiografía Las palabras revela una crisis de duda en Sartre que supone también una puesta en cuestión de la literatura. En sendos reportajes había afirmado que el escritor debía ponerse del lado de los hambrientos y escribir para ellos o dejar de escribir. Las posiciones de Sartre fueron atacadas por Jacques Houbart,Yves Berger y Claude Simon en L’Express.

En América Latina, Lucien Mercier hizo un sagaz análisis del debate para el público de Marcha: veía que Sartre cuestionaba no sólo la literatura en general sino también la literatura comprometida y concluía que una obra literaria no podía –y no debía pedírsele que lo hiciera– “contribuir  al progreso de la causa revolucionaria en el plano práctico”. Ello no desvirtuaba la necesidad moral de que el escritor, cuya tarea era luchar por la liberación de las conciencias, se comprometiera con su obra (1964,“Ser Mallarmé o Lenin”).

Por su parte, también Vargas Llosa opinó sobre el tema, afirmando que las opiniones de Sartre revelaban su alta noción de la responsabilidad histórica aunque el peruano no le daba la razón ya que creía que finalmente, aun convencido de la utilidad de la literatura, Sartre seguiría escribiendo (“Los otros contra Sartre”).

Un episodio regional del mismo tenor enfrentó a David Viñas con Noé Jitrik. El primero, en consonancia con Sartre había proclamado la necesidad de abandonar la literatura si se quería llevar a términos de acción los proyectos que habían dado lugar, justamente, a una obra literaria encarada en cierta dirección. Noé Jitrik expresó su disconformidad frente a esas posiciones afirmando que

(…) lo revolucionario de un escritor consiste en la iluminación crítica que del mundo hace mediante la palabra y no en el sistema de declaraciones que inventa para protegerse del aislamiento o de la falta de esperanzas en la revolución. Un escritor de izquierda que proyecte ante sí con fuerza una tarea marcada por estos imperativos, un escritor que confíe en su poder de acción específico, podrá resistir el presente (1966).

El escritor uruguayo Carlos Martínez Moreno, quien también estuvo presente en el encuentro de Chile al que asistió Ernesto Sábato,  comentó que aquella reunión había estado dominada por la insistente queja de los asistentes por la falta de conocimiento mutuo entre los escritores latinoamericanos, situación que ese tipo cada vez más frecuente de encuentros se estaba ocupando de revertir. Martínez Moreno coincidía con Sábato en la afirmación de que la reunión había estado dominada por la temática de la relación entre el arte y lo social, el compromiso en la literatura y los deberes del escritor en cuanto miembro de la sociedad (“Escritores de América en Concepción”,1960).

A finales de ese mismo año tuvo lugar en Buenos Aires un coloquio sobre la novela hispanoamericana, en donde se encontraron Ángel Rama, Carlos Real de Azúa, Miguel Ángel Asturias, Ciro Alegría, Augusto Roa Bastos, Bernardo Verbitsky  y Ernesto Sábato. Allí también se habló de la desconexión entre los autores latinoamericanos, pero pese a cierto pesimismo, se abría una esperanza de un porvenir diferente en el que también contaba la asistencia al coloquio de un público numeroso y entusiasta, que presagiaba la aparición de un nuevo público lector, que ese año de 1960 había respondido con interés al crecimiento de la producción editorial nacional, en casi todos los países del continente.

La queja por el desconocimiento mutuo entre autores y productos artísticos del continente obró como un llamamiento para que esa situación se revirtiera, fue el repique de la campana que llamaba al toque de reunión, que canalizaba la voluntad de un ideal asociativo. Tanto las revistas como el proyecto de creación de una sociedad latinoamericana de escritores hicieron posible la desaparición de las razones que motivaban ese lamento.

La frecuencia de los encuentros de escritores en innumerables coloquios, congresos, jornadas y conferencias permite comprender la importancia que se dio a la discusión, a la difusión y a la posibilidad de alcanzar consensos sobre aquellas cuestiones planteadas en torno a las obligaciones de los escritores para con la sociedad. La eficacia convocante del toque de reunión resulta afirmada por las palabras que no muchos años más tarde, anotara el escritor y diplomático chileno Jorge Edwards: “Los escritores, sobre todo en América Latina, formamos una especie de familia que se conoce de un país a otro” (1982:349).

Mientras el tópico del desconocimiento recíproco seguía desgranándose en múltiples quejas, la constelación familiar propiciada por los encuentros contribuía a ponerlo por escrito pero también a hacerlo menos verdadero. Poco a poco empezaban a conocerse. Entre el 15 y el 27 de enero de 1962 la Universidad de Concepción organizó en Chile el Congreso de Intelectuales, que formó parte del Ciclo “Imagen del hombre en América Latina”, realizado en el marco de la VII Escuela Internacional de Verano dirigida por Gonzalo Rojas.

Participaron, entre otros, Pablo Neruda, Arguedas, Roa Bastos, Carlos Fuentes, Claribel Alegría, Alejo Carpentier, José Miguel Oviedo, José Bianco, Emir Rodríguez Monegal, Roberto Fernández Retamar, Thiago de Mello, Gerardo Molina, Mario Benedetti, Héctor P. Agosti y Augusto Roa Bastos. José Donoso lo recuerda como “muy internacional y moderno –con intérpretes simultáneos y todo–, una especie de gran carnaval de intelectuales, con picnics, baños de mar, exposiciones, flirts y comida.” (1989:35).

En su conferencia Carlos Fuentes reivindicó el derecho de los escritores a intervenir en política, presentó en público un principio de fe tercermundista, refiriéndose a los intereses comunes entre los continentes de Asia, América y África y ratificó el principio de autodeterminación de los Estados, en clara referencia a Cuba (1962:4-8). Roa Bastos solicitó que se enviara el texto pronunciado por Fuentes a Punta del Este (donde se estaba llevando a cabo la conferencia de la Organización de los Estados Americanos –OEA-, de la que Cuba había sido expulsada) como manifiesto de los intelectuales americanos. De ese mismo congreso derivaron además, firmes amistades personales y admiraciones literarias. Allí tomaron contacto por primera vez  Fuentes y el crítico uruguayo Emir Rodríguez Monegal, como lo recordarían más tarde ambos en la primera entrega de la polémica revista Mundo Nuevo.

De los posibles deslizamientos de la memoria y los fraudes del recuerdo, una afirmación de Donoso parece atravesar incólume todos los datos de archivos y fuentes. Es la referencia a la relación entre la comunidad intelectual y la causa cubana. Cuenta Donoso que fueron Pablo Neruda y Carlos Fuentes los que le dieron el tono histórico al Congreso, por el modo ferviente en que concientizaron a los presentes y los ganaron para la revolución cubana (46). Lo cierto es que en ese congreso, un “torneo de envergadura”, como lo llamó Ariel Dorfman “quedó patente la necesidad de repetir ese tipo de reuniones”(201).

No tardó tanto en concretarse un nuevo encuentro. Entre el 21 y el 30 de enero de 1965, se realizó en Génova un coloquio auspiciado por el Columbianum, organismo cultural con sede en esa ciudad, que, preocupado por cuestiones latinoamericanas y producto del aggiornamiento eclesiástico, combinaba el cristianismo con la cuestión social. Rama describió el encuentro como un diálogo pluriideológico entre marxistas, católicos, conservadores e independientes de izquierda (con la ausencia de representantes de la derecha liberal). En la “Declaración de Génova” — publicada por Casa de las Américas Nº 30– se proclamó la existencia de América Latina como unidad más allá de la diversidad y se consideró la revolución cubana como el acontecimiento central de los tiempos. El manifiesto “Nuestra América”, emanado del encuentro, afirmaba que el intelectual latinoamericano había hecho suya, como “conciencia moral”, la posición antiimperialista (Rama, 1965a).

Los acuerdos de Génova, mediante los cuales se dio por creada la Asociación de Escritores Latinoamericanos (presidida por el poeta mexicano Carlos Pellicer) propulsaron un proyecto de unión más ambicioso: la Comunidad Latinoamericana de Escritores, cuyos estatutos se promulgarían en un siguiente encuentro, a realizarse en México. Refiriéndose a la reunión de Génova, Dorfman sostenía:

(…) lo que surgió en Génova no ha sido la conciencia latinoamericana ni la visión o el conocimiento de nuestra propia realidad. Eso existía antes y seguirá existiendo con o sin congresos de escritores. La novedad consiste en haber dado forma permanente e institucional a ese deseo de los autores del continente de actuar conjuntamente (210).

Ya no importaba que se declamara el propósito de crear la comunidad latinoamericana de escritores. De hecho, estaba funcionando a pleno. Y una de sus sedes neurálgicas era La Habana.

Cuba, la “Roma antillana”, como la denominó Halperín Donghi, fue el epicentro de la formación de la familia intelectual latinoamericana de los años 60, lo que dio sentimiento de unidad a la familia intelectual: la Isla, fue la gran anfitriona del mundo letrado. Cuba cumplió, además, una función de referencia obligada en las intervenciones de muchos intelectuales. No hay que olvidar que se convirtió también en el escenario aglutinante (imaginario y real) de gran cantidad de intelectuales que vivieron en Cuba, siguiendo el ejemplo del Che. Entre muchísimos otros, el uruguayo Mario Benedetti, el haitiano René Depestre, el salvadoreño Roque Dalton, el peruano Javier Heraud, el chileno Enrique Lihn.

Una razón político-cultural para el ritual del viaje a La Habana, viaje emblemático de la época, era la que llevaba a muchos a participar como jurados de los premios Casa de las Américas, el premio más prestigioso del continente. Tanto la participación en calidad de jurado como la recepción del premio (que en general servía también de prerrequisito para integrar un jurado en la siguiente edición) fortalecieron los vínculos de los visitantes con las instituciones culturales cubanas y con la defensa política de la revolución.

La intensa sociabilidad cuya sede fue La Habana produjo amistades y textos. Roberto Fernández Retamar, una personalidad cuyo peso para la historia intelectual del período es incalculable, contribuyó sin duda al forjamiento de la sociabilidad. El futuro director de Casa de las Américas había recibido en La Habana, en 1959, a Miguel Ángel Asturias. En 1960 conoció en París a Octavio Paz y a Pablo Neruda, a quien volvió a encontrar en La Habana a finales de 1960 y principios de 1962, volvió a encontrarse con ellos y conoció nuevos “parientes” en Génova. Antes de hacerse cargo de la revista, ya había anudado lazos (también en París, en 1965) con Cortázar y Debray.  Retamar fecha en La Habana, marzo-abril de 1962, tres poemas-cartas o cartas-poemas (que personalmente denomina “cartas”, haciendo fuerte referencia al género íntimo que se hace posible a partir de las relaciones personales de afecto). Una de ellas está dedicada a Juan Gelman “en Buenos Aires” y lleva un epígrafe de un poema de Gelman dedicado a Retamar: “¿alguien se llama juan? ¿quién se llama roberto todavía?”. Otra carta-poema está dedicada a su compatriota Fayad Jamís y otra al salvadoreño Roque Dalton, gran animador de la vida cubana de esos años y estrecho colaborador de Casa de las Américas. Gelman por su parte también escribe un poema-carta dedicado a “Fernández Retamar” y publicado en el mismo número junto con “Habana revisited”. (27-30)

A su paso por La Habana Ángel Rama organizó prácticamente toda la entrega 26 de la revista Casa de las Américas, dedicado a la nueva novela latinoamericana. Emmanuel Carballo (una de las voces más prestigiosas de la crítica mexicana, desde el suplemento de Siempre!), fechó en La Habana-México, febrero y marzo de 1963 su texto “Del costumbrismo al realismo crítico” que publicara Casa de las Américas número 19, de julio-agosto de 1963. Ese mismo año también estuvo en Cuba Julio Cortázar y allí pronunció una conferencia. El chileno Jorge Edwards, amigo del peruano Westphalen, director de Amaru, se encargaba de llevar a Cuba ejemplares de la revista peruana y por su intermedio Enrique Lihn enviaba saludos a Retamar, a Padilla y a Pablo Armando Fernández. El corno emplumado, la revista bilingüe editada en México por Margaret Randall, Sergio Mondragón y Harvey Wolin, se preocupaba especialmente por la acogida que pudiese tener en la Isla. Junto a la casi obligada antología de poesía cubana que todas las revistas del continente publicaron, El corno emplumado incluyó en su entrega de julio de 1963 un fragmento del discurso de Fidel Castro “Palabras a los intelectuales” y en su sección “Cartas letters cartas letters” publicó una de Marco Antonio Flores, fechada en “La Habana, Territorio Libre de América, Día Internacional del Trabajo”, en donde éste decía:  “respecto al trabajo del Corno, no te preocupes, todo va viento en popa, ha sido recibido con entusiasmo. Cada día hay más gente que pregunta y quiere colaborar, tengo cuentos y poemas que me han entregado…” (169).

Por otra parte, además de la intensa vida literaria que se desarrolló en Cuba, hubo una serie de importantes encuentros tercermundistas en la Isla. En su último viaje oficial a Africa el Che Guevara había obtenido apoyo para ampliar la Organización de solidaridad de los pueblos afroasiáticos e integrar a América Latina. Como resultado de ese intento, tuvo lugar la conferencia Tricontinental, que se reunió por primera vez en enero de 1966 en La Habana. Asistieron representantes de estados de filiación socialista, de movimientos de liberación como los de las colonias portuguesas de África,  miembros de las guerrillas de Venezuela y Guatemala y líderes del Frente de Liberación Nacional vietnamita. A instancias de esa conferencias se creó la  Organización de Solidaridad para Africa, Asia y América Latina (OSPAAL) cuya sede estaba en la Habana y un órgano bimensual, Tricontinental.

Pero no sólo asistieron delegaciones políticas, como lo prueba la cobertura de la conferencia realizada simultáneamente para Casa de las Américas y Marcha. Uno de los ejes de discusión que excedía las cuestiones de táctica y estrategia y se vinculaba más estrechamente con la problemática de los escritores, fue la definición de la función social de los intelectuales, más específicamente, su papel en las luchas de liberación nacional (Núñez, 196 ) LOS SOLICITOS SOCIOS PAISES ALIADOS DEL ESTE, NO ESTABAN DISPUESTOS A APOYAR LAS INICIATIVAS CUBANAS. EL “NO” A UNA NUEVA CUBA UNIA PARADOJICAMENTE A LAS DOS POTENCIAS QUE SE REPARTIAN EL MUNDO. UNA PROFETIZABA QUE EL CAPITALISMO SE CAERIA SOLO Y QUE EL DEBER DEL BUEN SOCIALISTA ERA NO HACER NADA. LA OTRA, IMPEDIRIA POR TODOS LOS MEDIOS ALGO PARECIDO: LOS INTELECTUALES, LAS REVISTAS Y LA NEUTRALIZACION NUNCA IMPIDIERON NI IMPEDIRIAN LA INTERVENCION DIRECTA Y SIN ANESTESIA, COMO LO DEMOSTRARON ANTES Y DESPUES. LO QUE QUEDA CLARO ES QUE LA CAUSA POR LA QUE LOS INTELECTUALES SE TORNAN IMPORTANTES EN TORNO A LA DEFENSA DE CUBA Y LA REVOLUCION ES PORQUE SUS GOBIERNOS OBEDECEN SERVILMENTE LAS ORDENES DE LOS PODERES ESTABLECIDOS Y LOS PARTIDOS TRADICIONALES DE IZQUIERDA SE HACEN ECO DEL DEBER DE COEXISTIR PACIFICAMENTE. EN OTRO SITIO SE ACLARA QUE EL “CAMPO SOCIALISTA” NO HA RESUELTO TAMPOCO SUS DIFERENCIAS. EL CONFLICTO CHINO-SOVIETICO MOSTRARIA QUE EL MARXISMO TAL COMO LO ENTENDIAN LOS JERARCAS, SE HABIA DESENTENDIDO DE UNA DE SUS PRINCIPALES DEFINICIONES ESENCIALES: EL INTERNACIONALISMO. SE TRATABA DE COLONIZAR EL CIELO, CON YURI GAGARIN, LA PERRA LAIKA Y LOS MISILES CAPACES DE RECORRER LAS MAYORES DISTANCIAS POSIBLES.

Entre el 5 y el 8 de enero de 1967 se llevó a cabo la primera reunión del comité de colaboración de Casa de las Américas, integrado por Emmanuel Carballo, Cortázar, Roque Dalton, René Depestre, Desnoes, Fernández Retamar, Manuel Galich, Lisandro Otero, Ambrosio Fornet, Graziela Pogolotti, Vargas Llosa, Angel Rama, David Viñas, Jorge Zalamea. De allí surgió la primera declaración de dicho comité, que por su importancia publicaron Casa de las Américas, Marcha y Siempre! (“Los escritores asumen su responsabilidad”).

BREVE EXCURSUS: LA IMPORTANCIA DE LA EDICION Y LA ACTIVIDAD CULTURAL MEXICANA PARECE NO TENERSE NUNCA EN CUENTA. Y SIN EMBARGO, ES UNO DE LOS PUNTALES IMPRESCINDIBLES DEL FENOMENO DE LA SOCIABILIDAD EMPIRICA Y DE LA IMAGINARIA. SIN LOS CONTACTOS ENTRE CARLOS FUENTES, JULIO CORTAZAR, MARIO VARGAS LLOSA Y GABRIEL GARCIA MARQUEZ, EN MUTUA COLABORACION QUE A LO MEJOR LOS CRITICOS E HISTORIADORES SUBESTIMAN, LA LLEGADA DE LOS MANUSCRITOS A LAS IMPRENTAS, LAS TRADUCCIONES, LAS EDITORIALES Y LOS PREMIOS, NO HABRIA TENIDO LUGAR.

Pocos días más tarde, entre el 16 y el 22 de enero 67 se realizó el  “Encuentro con Rubén Darío”, homenaje en el centenario de su nacimiento, al que asistieron Jean Cassou, Lumir Cvirny, Carlos Pellicer, Jaime Torres Bodet, Enrique Lihn, Ángel Rama, Manuel Pedro González, Ernesto Mejía Sánchez, José Portuondo, Rene Depestre, Mario Benedetti, Eliseo Diego. En la entrega número 42, mayo-junio 1967 de Casa de las Américas se publicaron poemas dedicados al modernista nicaragüense de Nicolás Guillén, Pita Rodríguez, Lezama Lima, Blas de Otero, Gonzalo Rojas, César Fernández Moreno, Benedetti, Eliseo Diego, Idea Vilariño, Ida Vitale, René Depestre, Pablo Armando Fernández, Roberto Fernández Retamar, Fayad Jamís, Paco Urondo, Heberto Padilla, Roque Dalton, Victor García Robles, Noé Jitrik, Margaret Randall, muchos de los cuales también asistieron al encuentro.

Se sugirió entonces que los presentes firmaran la declaración del comité de colaboración de la revista Casa de las Américas, que hacía eje sobre la problemática del intelectual y su inserción en la sociedad, siguiendo el hilo de una preocupación que ya había sido esbozada en la encuesta realizada a los intelectuales presentes en la Tricontinental. La evaluación de que era preciso y urgente redefinir la tarea intelectual también formó parte de las conclusiones del encuentro en homenaje a Darío realizado en Cuba, puesto que allí se decidió, entre otras cosas, convocar una conferencia de todos los intelectuales del continente. Por otra parte, de la Conferencia Tricontinental había surgido la idea de constituir, con las veintisiete delegaciones de América Latina una organización propia, la Organización Latinoamericana de Solidaridad (OLAS). Los cubanos estaban decepcionados por los resultados prácticos a largo plazo de esa tentativa de cooperación a escala de varios continentes y renunciaron, de hecho, al proyecto de una segunda conferencia de este tipo. Preferían concentrarse en los problemas de América Latina y atribuían, por tanto, una importancia incomparablemente más grande a la conferencia de la OLAS (Karol, nota 54: 397-398 y Tuttino, 1968a: 385,388).

Entre el 31 de julio y el 10 de agosto de 1967 tuvo lugar la Reunión de la Organización Latinoamericana de Solidaridad, presidida por Haydee Santamaría. El presidente Dorticós abrió formalmente la conferencia el 31 de julio de 1967 con un discurso de apertura. Como emblema de la conferencia, la frase “¿Qué es la historia de Cuba sino la historia de América Latina?” estaba escrita en letras luminosas sobre un inmenso cartel con los retratos de Bolívar, Máximo Gómez, Martí y el Che. Los documentos públicos de la polémica reunión establecieron dos puntos centrales de la agenda: primero, que la lucha armada era la única vía de la revolución y segundo, que Cuba debía considerarse vanguardia de la revolución latinoamericana. Así lo expresaba el punto 14 de la declaración general, afirmando que “la revolución cubana como símbolo del triunfo del movimiento revolucionario armado, constituye la vanguardia del movimiento antimperialista latinoamericano” (Karol: 399-423, Tuttino, 1968a: 403-408)

La conferencia de la OLAS fue contemporánea de otro gran evento organizado en Cuba y los actuales habitués a congresos hacen mal en equiparar el encuentro a sus regulares citas académicas: había un proyecto político, no un reparto de diplomas, que la justificaba. Fue el intento de Cuba de autonomizar su proyecto político y vigorizar la revolución continental prescindiendo y hasta contrariando la reverencia usual de los comités partidarios que funcionaban como sucursales “menores” del PCUS. Nada menos que el General Enrique Líster, el del Quinto Regimiento de la efímera República española comenta que las “revelaciones” sobre el personalismo de Stalin tuvieron lugar en ámbitos donde no todos los “iguales” tenían el mismo acceso. Además, para conmemorar el aniversario del 26 de julio, en el año 1967 se realizaron esplendorosas fiestas en las cuales se trasladó a La Habana el Salón de Mayo 67 de París, al que asistieron ciento cincuenta pintores, escultores, intelectuales, escritores y periodistas europeos. Se organizó también un encuentro de pintores cubanos y europeos, una reunión de la canción de protesta en Varadero. Noventa artistas y escritores pintaron un mural gigante titulado “Cuba colectiva”. La intensidad de la vida cultural llevó a afirmar que a pesar del bloqueo y del aislamiento, Cuba era entonces uno de los centros culturales más vivos y originales del mundo (“Cultura y revolución en Cuba”).

De toda esa efervescencia política y cultural da cuenta la creación, en diciembre de 1967, del Centro de Investigaciones Literarias, cuyo primer director fue Mario Benedetti, quien residía por entonces en Cuba.

En suma, a partir de esos encuentros y a raíz de nuevas coyunturas que se analizarán luego, buena parte de la familia intelectual latinoamericana, ya bastante sólidamente constituida, con los cubanos a la cabeza, decidió organizar un congreso internacional de reunión de intelectuales. La convocatoria a dicho congreso fue aprobada y firmada por los militantes, artistas e intelectuales europeos que asistieron a las fiestas del 26 de julio en La Habana y al congreso de la OLAS. Con la participación de casi quinientos intelectuales de América Latina, Asia y África, se realizó, entre el 5 y el 12 de enero de 1968 el Congreso Cultural de La Habana. Se intentaba romper el aislamiento al que estaban condenados los intelectuales cubanos y ponerlos en contacto con las corrientes de pensamiento más radicales del mundo y de las principales corrientes culturales de vanguardia. Desde el punto de vista ideológico, se trataba tejer relaciones entre los intelectuales extranjeros (en particular con los europeos) y el extraordinario radicalismo de la revolución cubana y para que informen de su existencia en sus países de origen. Desde el punto de vista político, se trataba de reunir, por primera vez desde 1936, un congreso mundial de intelectuales, apelando a todas las formas posibles de lucha contra el imperialismo, el colonialismo y el neocolonialismo. Después de la Tricontinental y la OLAS, el Congreso Cultural marcaba la tercera etapa de una acción a largo plazo para constituir un “frente mundial contra el imperialismo”. El temario del congreso subrayaba la pregunta implícita en la encuesta de Núñez, a propósito del papel de los intelectuales, pero también incluyó cuestiones relativas a las tradiciones estéticas, a la vanguardia y al arte revolucionario. En su discurso de clausura, Fidel Castro expresaba a los intelectuales allí presentes su confianza en las posibilidades de acción revolucionaria que podían ejercer, en carácter de vanguardia, manifestando también, tácitamente, su desaliento a raíz de las discusiones con partidos y organizaciones marxistas del continente, que no apoyaban con el debido entusiasmo la lucha armada. El Congreso coincidió además, con la novena entrega del premio Casa de las Américas. Todos esos acontecimientos motivaron una excepcional afluencia de intelectuales latinoamericanos y del mundo entero.

Para aprovechar la convergencia de esas figuras, se realizó, entre el 16 de enero y el 18 de febrero de 1968, un ciclo sobre literatura latinoamericana en el que veinticuatro críticos y escritores correspondientes a diecisiete países expusieron sus pareceres sobre el estado de la producción literaria en cada uno de sus países. Por Ecuador, Jorge Enrique Adoum, por Venezuela, Edmundo Aray, por Perú, José María Arguedas y Alejandro Romualdo, por México, Max Aub (que, aunque nacido en París, vivía en México desde 1942), José Revueltas y Emmanuel Carballo, por Panamá, Carlos Wong Broce, por Guatemala, Manuel Galich y Arqueles Morales, por Colombia, Jorge Zalamea, por El Salvador, Alvaro Menén Desleal, por Argentina, Rodolfo Walsh, Juan Carlos Portantiero y Francisco Urondo, por Uruguay, Mario Benedetti, por Chile, Jorge Edwards y Enrique Lihn, por Nicaragua, Edelberto Torres, por Brasil, Carlos Heitor Cony, por Cuba, Roberto Fernández Retamar, por Haití, René Depestre. También hablaron José María Castellet, crítico español y el francés Claude Couffon, grandes difusores de la literatura latinoamericana. Las conferencias fueron reunidas en el volumen Panorama de la actual literatura latinoamericana, editado por el Centro de investigaciones literarias Casa de las Américas, La Habana, 1968.

En síntesis, a lo largo de menos de una década, la isla se convirtió en el escenario de recepción y reclutamiento masivo de artistas e intelectuales, afianzando los vínculos comunitarios en torno a la defensa de la revolución y a la discusión sobre los modos de intervención intelectuales y estéticos adecuados para extender las posibilidades revolucionarias en todo el continente.

Fragmentos de Claudia Gilman: “Historias de familia” Tesis doctoral, capítulo 4, defendida en 1999 y dada a conocer a alumnos y colegas  a lo largo de años de asistencia a jornadas, congresos y coloquios. También, parcialmente en “El intelectual como problema”, Prismas, Revista de historia Intelectual, UNQUI, 1999. También en Entre la pluma y el fusil, Buenos Aires, Siglo XXI, 2003, pp. 106-120.

 

Mazorcas en los Andes

Posted in Peer Review with tags , , , , , , , , , on 12 noviembre, 2011 by Claudia Gilman

Epístolas non sanctas

San Martín, seguramente no cruzaste los Andes para esto. ¿Cómo era? ¿Serás lo que debas ser y si no no serás nada? Entre nos, era preferible nada.

Subject: seminario 2004

Aprovecho la oportunidad de tener tu nuevo correo para enviarte esta información sobre un Seminario Argentino-chileno y I del Cono Sur que realizamos el próximo año en Mendoza, junto con una red de universidades. Me interesaría que consideraras la posibilidad de asistir. Por ahora podemos ofrecerte el alojamiento. También mi interés se orienta al hecho de que conozco tu trabajo sobre los sesenta y tengo interés en el tema, sobre todo, desde el punto de vista de las redes intelectuales. En fin, espero que tengamos la oportunidad de abrir un diálogo. PD también te envío una convocatoria de la Universidad de Talca (Chile) donde se plantea una problemática de los sesenta. Cordiales saludos, Dr. Claudio Maíz Investigador de CONICET

Cordiales saludos,

Dr. Claudio Maíz

Investigador de CONICET