Archivo para Casa de las Américas

¿Post? ¿Fría? Revisen el diccionario o que alguien aclare dónde queda el mundo mundial

Posted in Historia Universal, Peer Review with tags , , , , , , , , , , , on 11 marzo, 2012 by Claudia Gilman

Cuando el mundo tembló

El Nuevo Mundo, Indias Occidentales y otras regiones parecen ser “extras” en el largo filme que ha dado nacimiento a los conceptos “mundial” “internacional” o “global”. La Internacional del conocimiento debería explicarse mejor. Es imprescindible limpiar el diccionario o reponer las representaciones ausentes.

Recordar, por ejemplo, 1949 , 1959, 1962…. Recordar Vietnam….

Falta para el fin de la Historia; ¿quién será el último de sus oradores o escribas? ¿Hara falta un avatar afinado históricamente que, cual Bartolomé de las Casas decida si tienen o no alma quienes viven en el hace no tanto llamado Tercer Mundo. Queridos filósofos como Jacques Derrida o Alan Badiou también derrapan en sus diagnósticos sobre el pasado reciente, el presente o las visiones de futuro… Desde acá, recordamos que estamos y que estábamos.

Cogito ergo sum ¿por qué era? o Nuevos combates por la historia

Posted in Esto es todo, amigos, Peer Review, Un cacho de cultura with tags , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , on 9 febrero, 2012 by Claudia Gilman

 

La conclusión de Descartes, igual que la línea final de la demostración de un teorema, no lleva consigo los razonamientos cuyo resultado se expresa con tamaña parquedad. Dado que se ha establecido un “conocimiento común” que, sin embargo, otros patentan con su nombre, sin aclarar ni cómo han unido los argumentos ni de dónde han obtenido los datos que, agradezco la confianza, no han intentado corroborar, intentaré reponer de una vez las premisas y faltantes, con el propósito de evitar que tantos esfuerzos terminen sepultados por la lava de la pereza mental y la mala fe de algunos colegas, especialmente los más cercanos y que no pueden alegar desconocimiento. A los otros, que han comprendido las secuencias y potenciado los aportes, gracias.  Es increíble lo mucho que uno puede pensar y avanzar cuando otras cabezas hacen sinergia con la propia. Lo contrario es penoso, no sólo para el que piensa e investiga sino para el que cree estar aprendiendo algo, ahí hundido en el último rincón de la caverna de Platón.

Sobre escritores y revolución en los años sesenta y setenta (fragmentos)

¿Cómo se llegó a la conformación de un frente tan poderoso? Como resultado de las innumerables coincidencias en torno a cuestiones estéticas e ideológicas, uno de los fenómenos más importantes del período fue la constitución de un campo intelectual latinoamericano, que atravesó las fronteras de la nacionalidad y que encontró en la revolución cubana un horizonte de aperturas y pertenencia. Me centraré, en lo que sigue, a analizar cómo, cuándo y en torno de qué se constituyó la ciudad letrada latinoamericana de este período, concentrándome en analizar lo que Zygmunt Bauman denomina, en Legisladores e intérpretes, el “toque de reunión”: la constitución deliberada, compleja y voluntariosa de una corporación o frente intelectual, en este caso latinoamericana, hacia comienzos de la década del sesenta. La convicción de una identidad común basada en América Latina fue correlativa de la constitución de un campo empírico de intervención a partir de la sociabilidad, sociabilidad concebida como parte operativa de la voluntad de transformar el mundo.

En el proceso mediante el cual el toque de reunión fue convocando un núcleo de intelectuales que se sintieron por él interpelados, se operó una dialéctica que al tiempo que constataba la existencia de vacíos, iba llenándolos, dado que parte de la agenda cultural suponía superar el desconocimiento recíproco entre los intelectuales latinoamericanos y por lo tanto, la creación e institucionalización de una comunidad intelectual.

Benedict Anderson define lo que une a los miembros de una nación como una comunidad creada en base a la imaginación (23-24). Los miembros de esa comunidad no se conocen entre sí pero en cada uno de ellos está presente la imagen de su comunión. Dado que se trata de desarrollar los fundamentos que hacen a una cohesión grupal de individuos cuya cantidad excede las posibilidades de conocimiento y vínculo personal (no tanto, claro, como la de la comunidad imaginada sobre la que se basa la nacionalidad), el concepto de “comunidad imaginada” parece acercarse a la imagen de la comunidad intelectual latinoamericana de los años sesenta y setenta. Pero también hay que destacar que la dinámica que se estableció entre las revistas culturales latinoamericanas y los encuentros personales entre críticos y escritores que colaboraban en ellas permite postular tanto la existencia de una comunidad intelectual que se operó sobre la base “imaginada” creando un sentimiento de pertenencia y afinidad, como la importancia de la comunidad más estrecha, surgida del contacto personal, que reforzó y objetivizó el carácter comunitario.

Se podría hablar incluso de una familia intelectual latinoamericana. El término “familia” está lejos de ser inapropiado. Recuérdese el título que puso Primera Plana a su nota sobre el premio que recibiera el novelista venezolano González León: no sólo usó la palabra familia sino que exageró los rasgos del campo de palabras (para no repetir aquí la “familia de palabras”) asociado: “Otro pariente para la familia”. De ese modo pretendo evitar el uso incorrecto de la noción de “campo intelectual” formulada por Pierre Bourdieu y que sólo es posible aplicar dentro de los límites de los estados nacionales: el campo intelectual no es una metáfora cualquiera, a menos que uno pretenda hablar “en difícil” sin decir nada. Se trata, según el sociólogo francés, de una fracción dominada de la clase dominante. Como veremos, las coyunturas que se desarrollarán, hacen más imprecisa la aplicación mecánica. La “familia” remite a los lazos de sociabilidad empíricos y llenos de consecuencias patrimoniales, matrimoniales y de filiación en general. Han pasado años y me he dado cuenta de que hubiera sido más correcto utilizar “cofradía”, “fratría” o “germanía”. Mujeres, no hay. O son lo que ha desaparecido de esta historia donde la vir y el heroísmo parecen predominar por sobre la de la existencia de no pocas mujeres valientes, escritoras, artistas y científicas. Errare humanum est. Más extraño es que otros reproduzcan errores ajenos y no citen siquiera las fuentes que los guiaron con impericia y que ni se detengan a pensar por qué razón (pese a que la explico) prefiero utilizar una palabra del vocabulario compartido a una que es de reciente “adquisición”. La idea de una “república de las letras” es peor metáfora: ¿cuál es su constitución? ¿quiénes sus representantes? El diccionario merece cierto cuidado. Otra cosa muy distinta es clasificar los elementos químicos en la tabla periódica.

Ese hallazgo da cuenta, en los mismos términos en que voy a  exponerlo, de la conformación de una comunidad vinculada por lazos casi filiales entre los escritores. Es cierto que también se habló de amiguismo y mafia, poniendo acentos críticos y negativos para caracterizar el poder de la trama de relaciones personales para fabricar inclusiones y exclusiones en el campo literario. El crítico venezolano Manuel Pedro González comentaba negativamente que los editores, narradores y críticos formaban una especie de “mafia” o alianza tácita para fomentar un cierto tipo de estética (36). Lo que me interesa, sin embargo, es la fuerte decisión de todos los miembros de ese campo por establecer relaciones institucionales a lo largo de la época.

Desde 1960 en adelante existieron varios intentos por organizar e institucionalizar una comunidad intelectual latinoamericana, en un sentido a la vez gremial y político. Desde el encuentro de escritores de América en Concepción,  Chile, 1960, pasando por el encuentro de Génova, en 1965, el proyecto de comunidad latinoamericana de escritores promulgado en el Primer Congreso Latinoamericano de escritores, en Arica, Chile, 1966, el Segundo Congreso Latinoamericano de escritores, en México, 1967, el XIII Congreso Interamericano de Literatura, Caracas, 1967, hasta las múltiples reuniones y encuentros en La Habana.

La comunidad intelectual se caracterizó por anudar una fuerte trama de relaciones personales entre escritores y críticos del continente, trama lo suficientemente poderosa como para producir efectos tanto sobre las modalidades de la crítica profesional como sobre las alianzas y divergencias e incluso consagraciones literarias. Algo comenta Rodríguez Monegal en su momento, sin sacar conclusiones muy significativas: “Las dos estrellas de la novela García Márquez y Vargas Llosa aún no se conocían pero se intercambiaban cartas. Mario ha sido uno de los promotores más constantes de Cien años” (1967:36).

Carlos Fuentes en un reportaje recordaba que “había ocurrido algo extraordinario en la vida de la literatura hispanoamericana: todas las personas prominentes del boom eran amigas entre sí” (en Macadam y Ruas: 134). No lo desmiente tampoco María Pilar, esposa de José Donoso, quien acentúa el perfil familiar al llamar a su evocación “doméstica”: “Sí, éramos todos muy amigos, realmente como primos, incluso los niños”. (1983:106).

Nuevas solidaridades y rechazos fundados además, en una posición donde la lógica de la amistad o de la intimidad se complementan con el crecimiento de la importancia institucional de la figura del escritor.

Las revistas subrayaron circuitos que estaban ya presentes en los libros y arraigados en el conocimiento personal: Carlos Fuentes dedicó a Wright Mills La muerte de Artemio Cruz, Cambio de piel a Cortázar y Aurora Bernárdez, a García Márquez su relato “Fortuna lo que ha querido” en la Revista de la Universidad de México. García Márquez sin duda agradeció los muchos favores recibidos por medio de las menciones a colegas y personajes de sus colegas que pueden leerse en Cien años de soledad. Benedetti dedicó su poema “Habanera” a Retamar; Donoso, El lugar sin límites a Rita y Carlos Fuentes; René Depestre sus “Memorias del geolibertinaje”- capítulo de Autobiografía en el Caribe– a Debray, David Viñas a Vargas Llosa, a Walsh y a del Peral sus Hombres de a caballo;  Gregorio Selser a Carlos Fuentes su libro sobre la Alianza para el Progreso como desagravio a uno de los primeros promotores del “partido cubano” a quien por entonces se le negó visado para entrar en los EE.UU. [1]Un encuentro profundamente emblemático ocurrió en París, en 1960, cuando se conocieron Carlos Quijano y Roberto Fernández Retamar. El ya sexagenario director de Marcha pasaba algo así como una antorcha olímpica al joven profesor cubano que muy pronto habría de convertirse en uno de los voceros principales de la familia intelectual. Rememorando ese encuentro Retamar subraya que fueron Quijano y su revista los destinatarios de la carta del Che conocida como “El socialismo y el hombre en Cuba” (en Sarusky: 140).


[1] Fuentes logró atravesar la frontera ya que asistió a las reuniones del PEN Club en 1966.

Que lo que el toque de reunión (con un faro indiscutible en la revolución cubana y otras que sobrevendrían) configuraba una preocupación de primer orden para la política norteamericana lo revela la preocupación que en su momento manifestara el Congreso por la Libertad de la Cultura, una institución surgida de la guerra fría, fundada en 1950 como un frente intelectual de apoyo a la política norteamericana y clara y definitivamente anticomunista. Los representantes de las Asociaciones Iberoamericanas de dicho Congreso se reunieron en París, los días 14, 15 y 16 de diciembre de ese año de 1960 para evaluar los potenciales peligros de la politización de los intelectuales del continente. También debatieron el “problema” cubano, presentado como el de una nueva amenaza “totalitaria” por parte de la revista Cuadernos, órgano del Congreso para América Latina.

La reunión parisina “fue dedicada esencialmente al examen de las diversas situaciones nacionales y al estudio de la evolución general del continente, en lo que se refiere a los derechos cívicos y al ejercicio de las libertades fundamentales” (“Suplemento” del Nº 47 de Cuadernos, marzo-abril de 1961). Rápidamente se buscó convencer a los intelectuales y  “poner a disposición de todos los sectores de la opinión informaciones objetivas” que evitaran el entusiasmo que la revolución había creado en las filas intelectuales. De las diversas deliberaciones y declaraciones, la elección del documento publicado como addenda al número mencionado de Cuadernos recayó, nada sorprendentemente, en el texto producido en torno a Cuba, único documento que la dirección de Cuadernos publicó en ese suplemento. En líneas generales, la llamada “Declaración sobre Cuba” deploraba que al año y medio de la victoria contra Batista, el anhelo de que el pueblo cubano estableciera el imperio de la ley y diera cima a la creación de una sociedad libre y democrática, no se viera satisfecho. Naturalmente, se informaba que Cuba se había convertido en satélite de la Rusia soviética y de la China roja y lo que era aún más preocupante, que se proponía lograr iguales propósitos en el resto de América Latina en donde, según los declarantes,  muchos se aferraban todavía “a la creencia de que el régimen castrista es sólo un nacionalismo más o menos radical que se encamina mediante reformas económicas y sociales profundas, a una eventual restauración democrática”.

En nombre de los intelectuales libres, los miembros de las asociaciones iberoamericanas del Congreso por la Libertad de la Cultura se dirigían a los hombres libres del mundo y en particular a los intelectuales para que movilizaran todas sus actitudes críticas para el examen serio y objetivo del hecho cubano, al cual en ningún momento se le daba el nombre de Revolución. Que la política pronorteamericana y promotora de lo que entonces se llamó diálogo o coexistencia pacífica no era del agrado de la mayoría de los miembros de la nueva familia intelectual latinoamericana queda probado por el hecho de que Cuadernos feneciera en junio de 1965 sin penas ni glorias. Basta observar los nombres de Cuadernos para obtener un álbum de familia fantasmática: ninguno de los nombres de sus colaboradores era ni volvería a verse en los años siguientes en ninguna posición importante. La revista pertenecía a la vieja guardia liberal y no tenía público ni buena reputación (Mudrovcic: 21).

Julián Gorkin, director de Cuadernos desde 1953 a 1963,  explicaba las razones por las que la empresa se había vuelto imposible y sostenía que la única manera de producir una revista intelectual confiable sería atacando constantemente a los Estados Unidos y cantando interminables loas a Sartre o a Pablo Neruda (Coleman:85). Además de apreciar la ironía, puede agregarse que las revistas “confiables” latinoamericanas dedicaron efectivamente espacios significativos a la persona y el pensamiento de Jean Paul Sartre (lo cual no implica que le cantaran interminables loas).  En cambio, la presencia de Neruda no fue ni tan frecuente ni tan querida. Gorkin no se habría imaginado los cuestionamientos que iría a tolerar el poeta chileno de parte de miembros de su propia “familia” en 1966, a raíz de su paso por el Perú de Belaúnde Terry y su presencia en los EE.UU.

El 17 de enero de 1960 se realizó el Primer encuentro de escritores americanos en Concepción, cuya Universidad aglutinó a la nueva izquierda chilena. En el artículo escrito para el suplemento literario del diario Clarín, el 14 de febrero de 1960, Ernesto Sábato, uno de los asistentes al encuentro, comentó la politización generalizada que animaba a los latinoamericanos: “la gran mayoría de los latinoamericanos se pronunciaban, en análisis teóricos, por una literatura comprometida, y en casi todos ellos, por una literatura comprometida en el sentido más estrictamente social y político”. Los pocos que defendieron lo que por entonces se daba en llamar arte puro (entre los cuales se destacó Enrique Anderson Imbert), se encontraron refutados con violencia por la gran mayoría. La particularidad del encuentro fue su tonalidad latinoamericana y la “intensa pasión que estaba mostrando a las claras que este inmenso continente de países hermanos tiene hoy una realidad urgente que los escritores no pueden ni deben olvidar”. La visita que los escritores presentes realizaron a las minas de Lota pareció constituirse en el símbolo de esa “patética unidad del continente, en aquellos seres que surgían de las entrañas de la tierra americana, en aquellos hombres embadurnados de negro como trágicos disfrazados, ante los ojos entristecidos de los escritores latinoamericanos, parecía verse a los testigos -es decir a los mártires- de este continente dominado por la mísera explotación”. Esa visión del panorama social del continente hizo que en el Encuentro se planteara, insistentemente, la tesis de que no se podía escribir nada importante si no era desde el lado de los escarnecidos y desamparados, como escribió Sábato. El escritor peruano Sebastián Salazar Bondy se preguntó incluso si no era más digno dejar de escribir poemas o novelas para lisa y llanamente unirse a la lucha por la liberación de la América Latina en una tarea militante.  Constátese que estas dudas preceden a la polémica entre Sartre y Claude Simon a propósito de la misma cuestión y escanden, a lo largo de toda la historia de los intelectuales, los ritmos de un movimiento pendular que reivindica o pone fuertemente en cuestión el oficio específico de la escritura (o cualquier otro) a partir del cual el oficiante se ubica en posición de intelectual. La autobiografía Las palabras revela una crisis de duda en Sartre que supone también una puesta en cuestión de la literatura. En sendos reportajes había afirmado que el escritor debía ponerse del lado de los hambrientos y escribir para ellos o dejar de escribir. Las posiciones de Sartre fueron atacadas por Jacques Houbart,Yves Berger y Claude Simon en L’Express.

En América Latina, Lucien Mercier hizo un sagaz análisis del debate para el público de Marcha: veía que Sartre cuestionaba no sólo la literatura en general sino también la literatura comprometida y concluía que una obra literaria no podía –y no debía pedírsele que lo hiciera– “contribuir  al progreso de la causa revolucionaria en el plano práctico”. Ello no desvirtuaba la necesidad moral de que el escritor, cuya tarea era luchar por la liberación de las conciencias, se comprometiera con su obra (1964,“Ser Mallarmé o Lenin”).

Por su parte, también Vargas Llosa opinó sobre el tema, afirmando que las opiniones de Sartre revelaban su alta noción de la responsabilidad histórica aunque el peruano no le daba la razón ya que creía que finalmente, aun convencido de la utilidad de la literatura, Sartre seguiría escribiendo (“Los otros contra Sartre”).

Un episodio regional del mismo tenor enfrentó a David Viñas con Noé Jitrik. El primero, en consonancia con Sartre había proclamado la necesidad de abandonar la literatura si se quería llevar a términos de acción los proyectos que habían dado lugar, justamente, a una obra literaria encarada en cierta dirección. Noé Jitrik expresó su disconformidad frente a esas posiciones afirmando que

(…) lo revolucionario de un escritor consiste en la iluminación crítica que del mundo hace mediante la palabra y no en el sistema de declaraciones que inventa para protegerse del aislamiento o de la falta de esperanzas en la revolución. Un escritor de izquierda que proyecte ante sí con fuerza una tarea marcada por estos imperativos, un escritor que confíe en su poder de acción específico, podrá resistir el presente (1966).

El escritor uruguayo Carlos Martínez Moreno, quien también estuvo presente en el encuentro de Chile al que asistió Ernesto Sábato,  comentó que aquella reunión había estado dominada por la insistente queja de los asistentes por la falta de conocimiento mutuo entre los escritores latinoamericanos, situación que ese tipo cada vez más frecuente de encuentros se estaba ocupando de revertir. Martínez Moreno coincidía con Sábato en la afirmación de que la reunión había estado dominada por la temática de la relación entre el arte y lo social, el compromiso en la literatura y los deberes del escritor en cuanto miembro de la sociedad (“Escritores de América en Concepción”,1960).

A finales de ese mismo año tuvo lugar en Buenos Aires un coloquio sobre la novela hispanoamericana, en donde se encontraron Ángel Rama, Carlos Real de Azúa, Miguel Ángel Asturias, Ciro Alegría, Augusto Roa Bastos, Bernardo Verbitsky  y Ernesto Sábato. Allí también se habló de la desconexión entre los autores latinoamericanos, pero pese a cierto pesimismo, se abría una esperanza de un porvenir diferente en el que también contaba la asistencia al coloquio de un público numeroso y entusiasta, que presagiaba la aparición de un nuevo público lector, que ese año de 1960 había respondido con interés al crecimiento de la producción editorial nacional, en casi todos los países del continente.

La queja por el desconocimiento mutuo entre autores y productos artísticos del continente obró como un llamamiento para que esa situación se revirtiera, fue el repique de la campana que llamaba al toque de reunión, que canalizaba la voluntad de un ideal asociativo. Tanto las revistas como el proyecto de creación de una sociedad latinoamericana de escritores hicieron posible la desaparición de las razones que motivaban ese lamento.

La frecuencia de los encuentros de escritores en innumerables coloquios, congresos, jornadas y conferencias permite comprender la importancia que se dio a la discusión, a la difusión y a la posibilidad de alcanzar consensos sobre aquellas cuestiones planteadas en torno a las obligaciones de los escritores para con la sociedad. La eficacia convocante del toque de reunión resulta afirmada por las palabras que no muchos años más tarde, anotara el escritor y diplomático chileno Jorge Edwards: “Los escritores, sobre todo en América Latina, formamos una especie de familia que se conoce de un país a otro” (1982:349).

Mientras el tópico del desconocimiento recíproco seguía desgranándose en múltiples quejas, la constelación familiar propiciada por los encuentros contribuía a ponerlo por escrito pero también a hacerlo menos verdadero. Poco a poco empezaban a conocerse. Entre el 15 y el 27 de enero de 1962 la Universidad de Concepción organizó en Chile el Congreso de Intelectuales, que formó parte del Ciclo “Imagen del hombre en América Latina”, realizado en el marco de la VII Escuela Internacional de Verano dirigida por Gonzalo Rojas.

Participaron, entre otros, Pablo Neruda, Arguedas, Roa Bastos, Carlos Fuentes, Claribel Alegría, Alejo Carpentier, José Miguel Oviedo, José Bianco, Emir Rodríguez Monegal, Roberto Fernández Retamar, Thiago de Mello, Gerardo Molina, Mario Benedetti, Héctor P. Agosti y Augusto Roa Bastos. José Donoso lo recuerda como “muy internacional y moderno –con intérpretes simultáneos y todo–, una especie de gran carnaval de intelectuales, con picnics, baños de mar, exposiciones, flirts y comida.” (1989:35).

En su conferencia Carlos Fuentes reivindicó el derecho de los escritores a intervenir en política, presentó en público un principio de fe tercermundista, refiriéndose a los intereses comunes entre los continentes de Asia, América y África y ratificó el principio de autodeterminación de los Estados, en clara referencia a Cuba (1962:4-8). Roa Bastos solicitó que se enviara el texto pronunciado por Fuentes a Punta del Este (donde se estaba llevando a cabo la conferencia de la Organización de los Estados Americanos –OEA-, de la que Cuba había sido expulsada) como manifiesto de los intelectuales americanos. De ese mismo congreso derivaron además, firmes amistades personales y admiraciones literarias. Allí tomaron contacto por primera vez  Fuentes y el crítico uruguayo Emir Rodríguez Monegal, como lo recordarían más tarde ambos en la primera entrega de la polémica revista Mundo Nuevo.

De los posibles deslizamientos de la memoria y los fraudes del recuerdo, una afirmación de Donoso parece atravesar incólume todos los datos de archivos y fuentes. Es la referencia a la relación entre la comunidad intelectual y la causa cubana. Cuenta Donoso que fueron Pablo Neruda y Carlos Fuentes los que le dieron el tono histórico al Congreso, por el modo ferviente en que concientizaron a los presentes y los ganaron para la revolución cubana (46). Lo cierto es que en ese congreso, un “torneo de envergadura”, como lo llamó Ariel Dorfman “quedó patente la necesidad de repetir ese tipo de reuniones”(201).

No tardó tanto en concretarse un nuevo encuentro. Entre el 21 y el 30 de enero de 1965, se realizó en Génova un coloquio auspiciado por el Columbianum, organismo cultural con sede en esa ciudad, que, preocupado por cuestiones latinoamericanas y producto del aggiornamiento eclesiástico, combinaba el cristianismo con la cuestión social. Rama describió el encuentro como un diálogo pluriideológico entre marxistas, católicos, conservadores e independientes de izquierda (con la ausencia de representantes de la derecha liberal). En la “Declaración de Génova” — publicada por Casa de las Américas Nº 30– se proclamó la existencia de América Latina como unidad más allá de la diversidad y se consideró la revolución cubana como el acontecimiento central de los tiempos. El manifiesto “Nuestra América”, emanado del encuentro, afirmaba que el intelectual latinoamericano había hecho suya, como “conciencia moral”, la posición antiimperialista (Rama, 1965a).

Los acuerdos de Génova, mediante los cuales se dio por creada la Asociación de Escritores Latinoamericanos (presidida por el poeta mexicano Carlos Pellicer) propulsaron un proyecto de unión más ambicioso: la Comunidad Latinoamericana de Escritores, cuyos estatutos se promulgarían en un siguiente encuentro, a realizarse en México. Refiriéndose a la reunión de Génova, Dorfman sostenía:

(…) lo que surgió en Génova no ha sido la conciencia latinoamericana ni la visión o el conocimiento de nuestra propia realidad. Eso existía antes y seguirá existiendo con o sin congresos de escritores. La novedad consiste en haber dado forma permanente e institucional a ese deseo de los autores del continente de actuar conjuntamente (210).

Ya no importaba que se declamara el propósito de crear la comunidad latinoamericana de escritores. De hecho, estaba funcionando a pleno. Y una de sus sedes neurálgicas era La Habana.

Cuba, la “Roma antillana”, como la denominó Halperín Donghi, fue el epicentro de la formación de la familia intelectual latinoamericana de los años 60, lo que dio sentimiento de unidad a la familia intelectual: la Isla, fue la gran anfitriona del mundo letrado. Cuba cumplió, además, una función de referencia obligada en las intervenciones de muchos intelectuales. No hay que olvidar que se convirtió también en el escenario aglutinante (imaginario y real) de gran cantidad de intelectuales que vivieron en Cuba, siguiendo el ejemplo del Che. Entre muchísimos otros, el uruguayo Mario Benedetti, el haitiano René Depestre, el salvadoreño Roque Dalton, el peruano Javier Heraud, el chileno Enrique Lihn.

Una razón político-cultural para el ritual del viaje a La Habana, viaje emblemático de la época, era la que llevaba a muchos a participar como jurados de los premios Casa de las Américas, el premio más prestigioso del continente. Tanto la participación en calidad de jurado como la recepción del premio (que en general servía también de prerrequisito para integrar un jurado en la siguiente edición) fortalecieron los vínculos de los visitantes con las instituciones culturales cubanas y con la defensa política de la revolución.

La intensa sociabilidad cuya sede fue La Habana produjo amistades y textos. Roberto Fernández Retamar, una personalidad cuyo peso para la historia intelectual del período es incalculable, contribuyó sin duda al forjamiento de la sociabilidad. El futuro director de Casa de las Américas había recibido en La Habana, en 1959, a Miguel Ángel Asturias. En 1960 conoció en París a Octavio Paz y a Pablo Neruda, a quien volvió a encontrar en La Habana a finales de 1960 y principios de 1962, volvió a encontrarse con ellos y conoció nuevos “parientes” en Génova. Antes de hacerse cargo de la revista, ya había anudado lazos (también en París, en 1965) con Cortázar y Debray.  Retamar fecha en La Habana, marzo-abril de 1962, tres poemas-cartas o cartas-poemas (que personalmente denomina “cartas”, haciendo fuerte referencia al género íntimo que se hace posible a partir de las relaciones personales de afecto). Una de ellas está dedicada a Juan Gelman “en Buenos Aires” y lleva un epígrafe de un poema de Gelman dedicado a Retamar: “¿alguien se llama juan? ¿quién se llama roberto todavía?”. Otra carta-poema está dedicada a su compatriota Fayad Jamís y otra al salvadoreño Roque Dalton, gran animador de la vida cubana de esos años y estrecho colaborador de Casa de las Américas. Gelman por su parte también escribe un poema-carta dedicado a “Fernández Retamar” y publicado en el mismo número junto con “Habana revisited”. (27-30)

A su paso por La Habana Ángel Rama organizó prácticamente toda la entrega 26 de la revista Casa de las Américas, dedicado a la nueva novela latinoamericana. Emmanuel Carballo (una de las voces más prestigiosas de la crítica mexicana, desde el suplemento de Siempre!), fechó en La Habana-México, febrero y marzo de 1963 su texto “Del costumbrismo al realismo crítico” que publicara Casa de las Américas número 19, de julio-agosto de 1963. Ese mismo año también estuvo en Cuba Julio Cortázar y allí pronunció una conferencia. El chileno Jorge Edwards, amigo del peruano Westphalen, director de Amaru, se encargaba de llevar a Cuba ejemplares de la revista peruana y por su intermedio Enrique Lihn enviaba saludos a Retamar, a Padilla y a Pablo Armando Fernández. El corno emplumado, la revista bilingüe editada en México por Margaret Randall, Sergio Mondragón y Harvey Wolin, se preocupaba especialmente por la acogida que pudiese tener en la Isla. Junto a la casi obligada antología de poesía cubana que todas las revistas del continente publicaron, El corno emplumado incluyó en su entrega de julio de 1963 un fragmento del discurso de Fidel Castro “Palabras a los intelectuales” y en su sección “Cartas letters cartas letters” publicó una de Marco Antonio Flores, fechada en “La Habana, Territorio Libre de América, Día Internacional del Trabajo”, en donde éste decía:  “respecto al trabajo del Corno, no te preocupes, todo va viento en popa, ha sido recibido con entusiasmo. Cada día hay más gente que pregunta y quiere colaborar, tengo cuentos y poemas que me han entregado…” (169).

Por otra parte, además de la intensa vida literaria que se desarrolló en Cuba, hubo una serie de importantes encuentros tercermundistas en la Isla. En su último viaje oficial a Africa el Che Guevara había obtenido apoyo para ampliar la Organización de solidaridad de los pueblos afroasiáticos e integrar a América Latina. Como resultado de ese intento, tuvo lugar la conferencia Tricontinental, que se reunió por primera vez en enero de 1966 en La Habana. Asistieron representantes de estados de filiación socialista, de movimientos de liberación como los de las colonias portuguesas de África,  miembros de las guerrillas de Venezuela y Guatemala y líderes del Frente de Liberación Nacional vietnamita. A instancias de esa conferencias se creó la  Organización de Solidaridad para Africa, Asia y América Latina (OSPAAL) cuya sede estaba en la Habana y un órgano bimensual, Tricontinental.

Pero no sólo asistieron delegaciones políticas, como lo prueba la cobertura de la conferencia realizada simultáneamente para Casa de las Américas y Marcha. Uno de los ejes de discusión que excedía las cuestiones de táctica y estrategia y se vinculaba más estrechamente con la problemática de los escritores, fue la definición de la función social de los intelectuales, más específicamente, su papel en las luchas de liberación nacional (Núñez, 196 ) LOS SOLICITOS SOCIOS PAISES ALIADOS DEL ESTE, NO ESTABAN DISPUESTOS A APOYAR LAS INICIATIVAS CUBANAS. EL “NO” A UNA NUEVA CUBA UNIA PARADOJICAMENTE A LAS DOS POTENCIAS QUE SE REPARTIAN EL MUNDO. UNA PROFETIZABA QUE EL CAPITALISMO SE CAERIA SOLO Y QUE EL DEBER DEL BUEN SOCIALISTA ERA NO HACER NADA. LA OTRA, IMPEDIRIA POR TODOS LOS MEDIOS ALGO PARECIDO: LOS INTELECTUALES, LAS REVISTAS Y LA NEUTRALIZACION NUNCA IMPIDIERON NI IMPEDIRIAN LA INTERVENCION DIRECTA Y SIN ANESTESIA, COMO LO DEMOSTRARON ANTES Y DESPUES. LO QUE QUEDA CLARO ES QUE LA CAUSA POR LA QUE LOS INTELECTUALES SE TORNAN IMPORTANTES EN TORNO A LA DEFENSA DE CUBA Y LA REVOLUCION ES PORQUE SUS GOBIERNOS OBEDECEN SERVILMENTE LAS ORDENES DE LOS PODERES ESTABLECIDOS Y LOS PARTIDOS TRADICIONALES DE IZQUIERDA SE HACEN ECO DEL DEBER DE COEXISTIR PACIFICAMENTE. EN OTRO SITIO SE ACLARA QUE EL “CAMPO SOCIALISTA” NO HA RESUELTO TAMPOCO SUS DIFERENCIAS. EL CONFLICTO CHINO-SOVIETICO MOSTRARIA QUE EL MARXISMO TAL COMO LO ENTENDIAN LOS JERARCAS, SE HABIA DESENTENDIDO DE UNA DE SUS PRINCIPALES DEFINICIONES ESENCIALES: EL INTERNACIONALISMO. SE TRATABA DE COLONIZAR EL CIELO, CON YURI GAGARIN, LA PERRA LAIKA Y LOS MISILES CAPACES DE RECORRER LAS MAYORES DISTANCIAS POSIBLES.

Entre el 5 y el 8 de enero de 1967 se llevó a cabo la primera reunión del comité de colaboración de Casa de las Américas, integrado por Emmanuel Carballo, Cortázar, Roque Dalton, René Depestre, Desnoes, Fernández Retamar, Manuel Galich, Lisandro Otero, Ambrosio Fornet, Graziela Pogolotti, Vargas Llosa, Angel Rama, David Viñas, Jorge Zalamea. De allí surgió la primera declaración de dicho comité, que por su importancia publicaron Casa de las Américas, Marcha y Siempre! (“Los escritores asumen su responsabilidad”).

BREVE EXCURSUS: LA IMPORTANCIA DE LA EDICION Y LA ACTIVIDAD CULTURAL MEXICANA PARECE NO TENERSE NUNCA EN CUENTA. Y SIN EMBARGO, ES UNO DE LOS PUNTALES IMPRESCINDIBLES DEL FENOMENO DE LA SOCIABILIDAD EMPIRICA Y DE LA IMAGINARIA. SIN LOS CONTACTOS ENTRE CARLOS FUENTES, JULIO CORTAZAR, MARIO VARGAS LLOSA Y GABRIEL GARCIA MARQUEZ, EN MUTUA COLABORACION QUE A LO MEJOR LOS CRITICOS E HISTORIADORES SUBESTIMAN, LA LLEGADA DE LOS MANUSCRITOS A LAS IMPRENTAS, LAS TRADUCCIONES, LAS EDITORIALES Y LOS PREMIOS, NO HABRIA TENIDO LUGAR.

Pocos días más tarde, entre el 16 y el 22 de enero 67 se realizó el  “Encuentro con Rubén Darío”, homenaje en el centenario de su nacimiento, al que asistieron Jean Cassou, Lumir Cvirny, Carlos Pellicer, Jaime Torres Bodet, Enrique Lihn, Ángel Rama, Manuel Pedro González, Ernesto Mejía Sánchez, José Portuondo, Rene Depestre, Mario Benedetti, Eliseo Diego. En la entrega número 42, mayo-junio 1967 de Casa de las Américas se publicaron poemas dedicados al modernista nicaragüense de Nicolás Guillén, Pita Rodríguez, Lezama Lima, Blas de Otero, Gonzalo Rojas, César Fernández Moreno, Benedetti, Eliseo Diego, Idea Vilariño, Ida Vitale, René Depestre, Pablo Armando Fernández, Roberto Fernández Retamar, Fayad Jamís, Paco Urondo, Heberto Padilla, Roque Dalton, Victor García Robles, Noé Jitrik, Margaret Randall, muchos de los cuales también asistieron al encuentro.

Se sugirió entonces que los presentes firmaran la declaración del comité de colaboración de la revista Casa de las Américas, que hacía eje sobre la problemática del intelectual y su inserción en la sociedad, siguiendo el hilo de una preocupación que ya había sido esbozada en la encuesta realizada a los intelectuales presentes en la Tricontinental. La evaluación de que era preciso y urgente redefinir la tarea intelectual también formó parte de las conclusiones del encuentro en homenaje a Darío realizado en Cuba, puesto que allí se decidió, entre otras cosas, convocar una conferencia de todos los intelectuales del continente. Por otra parte, de la Conferencia Tricontinental había surgido la idea de constituir, con las veintisiete delegaciones de América Latina una organización propia, la Organización Latinoamericana de Solidaridad (OLAS). Los cubanos estaban decepcionados por los resultados prácticos a largo plazo de esa tentativa de cooperación a escala de varios continentes y renunciaron, de hecho, al proyecto de una segunda conferencia de este tipo. Preferían concentrarse en los problemas de América Latina y atribuían, por tanto, una importancia incomparablemente más grande a la conferencia de la OLAS (Karol, nota 54: 397-398 y Tuttino, 1968a: 385,388).

Entre el 31 de julio y el 10 de agosto de 1967 tuvo lugar la Reunión de la Organización Latinoamericana de Solidaridad, presidida por Haydee Santamaría. El presidente Dorticós abrió formalmente la conferencia el 31 de julio de 1967 con un discurso de apertura. Como emblema de la conferencia, la frase “¿Qué es la historia de Cuba sino la historia de América Latina?” estaba escrita en letras luminosas sobre un inmenso cartel con los retratos de Bolívar, Máximo Gómez, Martí y el Che. Los documentos públicos de la polémica reunión establecieron dos puntos centrales de la agenda: primero, que la lucha armada era la única vía de la revolución y segundo, que Cuba debía considerarse vanguardia de la revolución latinoamericana. Así lo expresaba el punto 14 de la declaración general, afirmando que “la revolución cubana como símbolo del triunfo del movimiento revolucionario armado, constituye la vanguardia del movimiento antimperialista latinoamericano” (Karol: 399-423, Tuttino, 1968a: 403-408)

La conferencia de la OLAS fue contemporánea de otro gran evento organizado en Cuba y los actuales habitués a congresos hacen mal en equiparar el encuentro a sus regulares citas académicas: había un proyecto político, no un reparto de diplomas, que la justificaba. Fue el intento de Cuba de autonomizar su proyecto político y vigorizar la revolución continental prescindiendo y hasta contrariando la reverencia usual de los comités partidarios que funcionaban como sucursales “menores” del PCUS. Nada menos que el General Enrique Líster, el del Quinto Regimiento de la efímera República española comenta que las “revelaciones” sobre el personalismo de Stalin tuvieron lugar en ámbitos donde no todos los “iguales” tenían el mismo acceso. Además, para conmemorar el aniversario del 26 de julio, en el año 1967 se realizaron esplendorosas fiestas en las cuales se trasladó a La Habana el Salón de Mayo 67 de París, al que asistieron ciento cincuenta pintores, escultores, intelectuales, escritores y periodistas europeos. Se organizó también un encuentro de pintores cubanos y europeos, una reunión de la canción de protesta en Varadero. Noventa artistas y escritores pintaron un mural gigante titulado “Cuba colectiva”. La intensidad de la vida cultural llevó a afirmar que a pesar del bloqueo y del aislamiento, Cuba era entonces uno de los centros culturales más vivos y originales del mundo (“Cultura y revolución en Cuba”).

De toda esa efervescencia política y cultural da cuenta la creación, en diciembre de 1967, del Centro de Investigaciones Literarias, cuyo primer director fue Mario Benedetti, quien residía por entonces en Cuba.

En suma, a partir de esos encuentros y a raíz de nuevas coyunturas que se analizarán luego, buena parte de la familia intelectual latinoamericana, ya bastante sólidamente constituida, con los cubanos a la cabeza, decidió organizar un congreso internacional de reunión de intelectuales. La convocatoria a dicho congreso fue aprobada y firmada por los militantes, artistas e intelectuales europeos que asistieron a las fiestas del 26 de julio en La Habana y al congreso de la OLAS. Con la participación de casi quinientos intelectuales de América Latina, Asia y África, se realizó, entre el 5 y el 12 de enero de 1968 el Congreso Cultural de La Habana. Se intentaba romper el aislamiento al que estaban condenados los intelectuales cubanos y ponerlos en contacto con las corrientes de pensamiento más radicales del mundo y de las principales corrientes culturales de vanguardia. Desde el punto de vista ideológico, se trataba tejer relaciones entre los intelectuales extranjeros (en particular con los europeos) y el extraordinario radicalismo de la revolución cubana y para que informen de su existencia en sus países de origen. Desde el punto de vista político, se trataba de reunir, por primera vez desde 1936, un congreso mundial de intelectuales, apelando a todas las formas posibles de lucha contra el imperialismo, el colonialismo y el neocolonialismo. Después de la Tricontinental y la OLAS, el Congreso Cultural marcaba la tercera etapa de una acción a largo plazo para constituir un “frente mundial contra el imperialismo”. El temario del congreso subrayaba la pregunta implícita en la encuesta de Núñez, a propósito del papel de los intelectuales, pero también incluyó cuestiones relativas a las tradiciones estéticas, a la vanguardia y al arte revolucionario. En su discurso de clausura, Fidel Castro expresaba a los intelectuales allí presentes su confianza en las posibilidades de acción revolucionaria que podían ejercer, en carácter de vanguardia, manifestando también, tácitamente, su desaliento a raíz de las discusiones con partidos y organizaciones marxistas del continente, que no apoyaban con el debido entusiasmo la lucha armada. El Congreso coincidió además, con la novena entrega del premio Casa de las Américas. Todos esos acontecimientos motivaron una excepcional afluencia de intelectuales latinoamericanos y del mundo entero.

Para aprovechar la convergencia de esas figuras, se realizó, entre el 16 de enero y el 18 de febrero de 1968, un ciclo sobre literatura latinoamericana en el que veinticuatro críticos y escritores correspondientes a diecisiete países expusieron sus pareceres sobre el estado de la producción literaria en cada uno de sus países. Por Ecuador, Jorge Enrique Adoum, por Venezuela, Edmundo Aray, por Perú, José María Arguedas y Alejandro Romualdo, por México, Max Aub (que, aunque nacido en París, vivía en México desde 1942), José Revueltas y Emmanuel Carballo, por Panamá, Carlos Wong Broce, por Guatemala, Manuel Galich y Arqueles Morales, por Colombia, Jorge Zalamea, por El Salvador, Alvaro Menén Desleal, por Argentina, Rodolfo Walsh, Juan Carlos Portantiero y Francisco Urondo, por Uruguay, Mario Benedetti, por Chile, Jorge Edwards y Enrique Lihn, por Nicaragua, Edelberto Torres, por Brasil, Carlos Heitor Cony, por Cuba, Roberto Fernández Retamar, por Haití, René Depestre. También hablaron José María Castellet, crítico español y el francés Claude Couffon, grandes difusores de la literatura latinoamericana. Las conferencias fueron reunidas en el volumen Panorama de la actual literatura latinoamericana, editado por el Centro de investigaciones literarias Casa de las Américas, La Habana, 1968.

En síntesis, a lo largo de menos de una década, la isla se convirtió en el escenario de recepción y reclutamiento masivo de artistas e intelectuales, afianzando los vínculos comunitarios en torno a la defensa de la revolución y a la discusión sobre los modos de intervención intelectuales y estéticos adecuados para extender las posibilidades revolucionarias en todo el continente.

Fragmentos de Claudia Gilman: “Historias de familia” Tesis doctoral, capítulo 4, defendida en 1999 y dada a conocer a alumnos y colegas  a lo largo de años de asistencia a jornadas, congresos y coloquios. También, parcialmente en “El intelectual como problema”, Prismas, Revista de historia Intelectual, UNQUI, 1999. También en Entre la pluma y el fusil, Buenos Aires, Siglo XXI, 2003, pp. 106-120.

 

Casa de las Américas:

Posted in Esto es todo, amigos with tags , , , , , , , , , , , on 9 febrero, 2012 by Claudia Gilman

Casa de las Américas entre 1960 y 1971. Un esplendor en dos tiempos”

Revista bimestral aparecida en julio de 1960, Casa de las Américas, (1960- ) es el órgano de la institución cultural del mismo nombre, creada en 1959 y dirigida por Haydée Santamaría, esposa del Ministro de Educación, Armando Hart, heroína del Moncada y fidelista ferviente hasta su muerte. Actualmente y desde 1986, la dirige Roberto Fernández Retamar,  quien salvo un brevísimo período fue, desde 1965, también director de la revista.

La saludable existencia de que gozan institución, revista y premio (ver más adelante) impide una valoración o descripción definitiva. No sólo por la ley que impone la inconclusión de lo todavía vivo sino, muy especialmente, por la enorme cantidad de correspondencia aun inédita conservada en los archivos de la institución. Como los vínculos de muchos intelectuales entre sí y con la Casa de las Américas se tramitaron de manera epistolar y privada, será muy interesante el día que se conozca, como lo demuestran los casos en que la revista dio a conocer algunos fragmentos.

La institución Casa de las Américas surgió como una necesidad cultural de intercambio con los gobiernos de América Latina. Debido a que casi todos los gobiernos del continente habían roto relaciones diplomáticas con Cuba, la institución tuvo que crear los mecanismos para seguir existiendo pese al aislamiento. Debe reconocerse la velocidad de reflejos y la identificación de los intelectuales y artistas como interlocutores ideales (mucho mejores que los gobiernos) como promotores sinceros de lo que fue la Revolución Cubana en su momento.

Tanto la revista como el premio fueron extraordinarias armas contra el bloqueo: no sólo lo neutralizaron desde el punto de vista cultural; lo convirtieron en un argumento de legitimación para reclutar letrados con aspiraciones revolucionarias. Fue el más sonoro llamado de reunión para los intelectuales en un período en que éstos se consideraron actores principales de la política.

En ese contexto la institución convocó, en octubre de 1959, su primer concurso literario anual. Y la revista y el premio fueron realimentándose mutuamente. La casa como “sede” se fabricaba en el día a día del encuentro intelectual en La Habana, en la circulación de discursos diversos y en el entusiasmo que contagiaba a los presentes, que a su vez ampliaban ese entusiasmo por medio de artículos y arengas. Y desde la sede, por medio de la palabra de sus miembros dispersos, se configuraron las Américas que dan sentido al título.

La Casa de las Américas fue un centro gravitatorio crucial para la generación y consolidación de la red letrada latinoamericana de los años sesenta y setenta. El viaje a La Habana para participar como jurado del concurso trenzó fuertes relaciones entre los intelectuales invitados a la isla; soldó alianzas, discursos, programas y configuró un “nosotros” que transformó gradualmente la revista al tiempo que contribuyó a transformar, en un proceso dialéctico, la misma red que se constituía a partir de la sociabilidad y los encuentros en Cuba. Conforme se extendía el número de visitantes, invitados de invitados, Casa de las Américas fue convirtiéndose en una revista político-cultural modelo, por su mensaje revolucionario innovador, la modernidad de su diseño, el prestigio de sus colaboradores.

La mayoría de los autores que escribieron en un comienzo en Casa de las Américas procedían de las revistas Ciclón y Lunes de Revolución, suplemento semanal del diario Revolución, fundado por Carlos Franqui en 1959 y que dejaría de salir, no sin discusiones, en noviembre de 1961.  Las firmas más habituales de esa época eran  entre otras,  las de Antón Arrufat, José Triana, Calvert Casey, Pablo Armando Fernández, Virgilio Piñera, Edmundo Desnoes, Ambrosio Fornet, Rogelio Llopis.

En los comienzos, la revista no tenía, no lograba o no quería expresar un programa claro. Esa reticencia era lógica, teniendo en cuenta los vaivenes políticos del proceso revolucionario, en esa etapa inicial, de tanteo, de optimismo, en una coyuntura delicada, difícil y convulsa: la invasión a Bahía de Cochinos, la asunción del marxismo-leninismo como doctrina de gobierno, la crisis de los misiles, la crítica al sectarismo, los debates entre intelectuales y políticos, el primer congreso de escritores y artistas, entre otras vicisitudes. En la memoria reciente de Casa de las Américas, pesaba también el temor por el pésimo final de la relación entre artistas y gobiernos en los países socialistas. El optimismo era directamente proporcional a la incertidumbre de cómo se lograrían otros resultados: “Los cambios que la Revolución ha llevado a cabo en nuestra vida social y personal encontrarán en una forma u otra expresión a través de todo artista genuino: esperamos que nuestros creadores tengan la profundidad y la vitalidad de nuestra revolución. No sé cómo se expresará la Revolución: pero se expresará”. El tono era unánime aunque esta vez firmaba Edmundo Desnoes (136).

Por su mayor visibilidad, muchos estudiosos tienden a considerar a Casa de las Américas como representante de un discurso cultural cubano que sería “homogéneo”. Lejos de eso, Casa de las Américas es uno de los muchos actores y no la representación de su conjunto, por otra parte, nada armónico. Como explica Luisa Campuzano (2001: 39) la multiplicación de revistas y magazines literarios que se produce en Cuba durante los primeros años de la Revolución y el clima polémico, en gran medida heredado de polarizaciones y tomas de posición previas a 1959, en que se somete a revisión la cultura nacional prerrevolucionaria, la relación del escritor y el artista con la sociedad, las distintas corrientes del pensamiento marxista, arrastran a Casa de las Américas, en sus primeros números, a participar en el debate.

Casa de las Américas se esforzó por no ser oficial mientras pudo. Lo que la hizo tan atractiva no fue que canalizara el discurso revolucionario estatal (la revista oficial de expresión cultural de la dirigencia en la voz de los intelectuales fue La Gaceta de Cuba) sino que no lo hiciera en términos estatales o que durante buena parte de su existencia lo que la caracterizó fueron resistencias para hacerlo. Para decirlo de manera algo brutal: lo que parecía ser, más allá de las necesidades del gobierno, la razón de ser de Casa de las Américas era opuesta a la de muchos que, desde el gobierno o fuera de él, preferían que el estado se ocupara totalmente del arte.

Como un actor específico, se opuso a otros actores e instituciones del universo cultural estrictamente cubano que no lograron, a diferencia de Casa de las Américas, la adhesión generalizada de los intelectuales que despertarían el entusiasmo de la crítica y el público en el continente. Su posición puede resumirse en la defensa del arte moderno, la cualidad epistemológica de la crítica, la no necesariedad de vincular la posición revolucionaria con una determinada temática o técnica compositiva, el valor de un arte innovador y especialmente, su temor a que en Cuba se repitiera la historia del arte soviético.

La sede de la Casa fue escenario de la primera gran discusión sobre arte y revolución entre grupos antagónicos. Allí debatieron inicialmente los representantes de Lunes de Revolución y los del Instituto Cubano del Arte e Industria Cinematográficos (ICAIC). El ICAIC, que controlaba la exhibición de películas, incluso en las salas no pertenecientes al Estado, negó el permiso de exhibición al cortometraje P. M., (un ejercicio de free cinema que mostraba la noche habanera mientras Cuba se defendía de la invasión norteamericana) y las protestas por esa negativa condujeron a una reunión en la Casa de las Américas en la cual se enfrentaron ambos bandos. Tan difícil de dirimir se hizo la cuestión que terminó por recabar el juicio de las más altas autoridades políticas y la cita fue trasladada a la Biblioteca Nacional.

La revista no batalló de manera intolerante. Muchas veces encontró suficiente espacio como para transcribir opiniones con las que el lector deduce que no está de acuerdo, como el texto completo del discurso pronunciado por Nicolás Guillén en el Primer Congreso de Escritores, de clara impronta comunista, donde se sugiere que para escribir hay que ver y vivir “en una granja del pueblo, una cooperativa de consumo” o “tocar con nuestras manos la piel sudorosa de los trabajadores de las minas”.

La extrema amplitud temática de las primeras entregas también testimonia de su vocación mediadora: Thoreau, Cervantes, Shakespeare, Benjamin Péret, Esteban Echeverría, Ionesco, Macedonio Fernández, Shakespeare, Edward Albee, Scott Fitzgerald son autores que poco tienen que ver con su objetivo manifiesto en la contratapa del número 4 de “servir a todos los pueblos del continente en su lucha por la libertad”.

De buena voluntad parece ser su ambición de recuperar para lo americano autores, temas, obras y problemas de la América del Norte (la poesía beatnik, los novelistas, los negros, los escritores negros) y tal vez estratégica su decisión de que no era obligatorio responder a lo “actual”, excepto cuando los acontecimientos lo exigían (el número 6 estuvo dedicado completamente a la invasión norteamericana en Playa Girón, el número 8 al Congreso de Escritores y Artistas, por ejemplo). Estratégicos también pudieron ser sus silencios: en la nota panorámica sobre el cine realizada en 1961, no se menciona ni siquiera la existencia de P.M., la “peliculita culpable”, como llamó Cabrera Infante (1992a: 62) al corto que codirigió su hermano.

En ese contexto no debió ser fácil hacer prosperar una publicación cuyo propósito era representar, en el interior del mundo letrado nacional, una tendencia a favor de la autonomía del arte y los artistas y, hacia afuera, un discurso que mostrara lo que la mayoría de los intelectuales deseaba encontrar en una revista cubana.

Casa de las Américas: el factor Angel Rama

Posted in Esto es todo, amigos with tags , , , , , , , , on 9 febrero, 2012 by Claudia Gilman

El factor Rama

La revista fue convirtiéndose en la publicación “orgánica” de un frente letrado latinoamericano (que a la vez se creó en ella) que se nucleó en torno a Cuba para defender la Revolución. Eso significaba también apuntalar el ideal de que podía celebrarse una revolución que no se enfrentaría al arte y los artistas, como lo había hecho la de octubre de 1917.

Casa de las Américas se valió mucho de la colaboración de aliados no cubanos para sostener su prédica. Así, mientras Julio Cortázar (11-12) sostenía que en tanto acto libre dentro de la revolución, la decisión de escribir literatura fantástica o psicológica era un acto revolucionario, Mirta Aguirre, desde Cuba socialista, recomendaba a los artistas el dominio teórico del materialismo dialéctico e histórico para hacer del arte un verdadero instrumento marxista para la derrota del idealismo filosófico. La incorporación de nuevos colaboradores latinoamericanos (muchos de los cuales en ese momento estaban adquiriendo protagonismo propio (Cortázar, Fuentes, Rama, Viñas, Vargas Llosa, Carballo,  Dalton, Depestre, entre otros) y la de europeos consagrados (Calvino, Robbe-Grillet, Goytisolo, entre otros) contribuyó a legitimar el ideario estético y la condena al dirigismo que caracterizaba a Casa de las Américas. Al comentar Maestra voluntaria, la novela premiada en 1962, J. M. López Valdizón autorizaba su muy negativo juicio informando que Juan Goytisolo no había votado a favor de ese “reportaje de escasa calidad literaria” en el que el lector no encontraría “ni ficción ni belleza.”

Del mismo modo, el peso de los grandes nombres ayudó a explicar que se podía ser un gran artista de izquierda como Italo Calvino, cuya novela fantástica era, para Rogelio Llopis, “una prueba, entre las muchas existentes, de la eficacia total a que puede llegar un narrador marxista valido de medios expresivos que en nada se parecen a los preconizados por el realismo socialista”.

La campaña de Casa de las Américas tocó a reunión  a comienzos de 1962, cuando en el número 10, con un cambio de formato, llamó a “intensificar los vínculos y las relaciones con nuestros hermanos del Continente” y en el siguiente (11-12)  solicitó colaboraciones de todas partes del continente. La respuesta fue clamorosa. Para 1964 Casa era el lugar donde sacó patente de existencia la nueva novela latinoamericana. Una increíble y rápida transformación para una revista que apenas poco antes publicaba en sus páginas a uno de sus principales detractores, Manuel Pedro González.

Para haber logrado esa transformación en tan poco tiempo, Casa de las Américas contó con la laboriosidad de Ángel Rama, director de las páginas literarias del semanario uruguayo Marcha y fiel transcriptor en la cultura de las convicciones del fundador Carlos Quijano.

Rama tuvo una influencia capital entre 1961 (fecha de su primer viaje a Cuba) y 1964/65. Redactó el editorial del número 2 y el famoso número 26, un hito de la revista cubana –“donde se articula y consagra, simultáneamente, la aparición del hecho literario más importante del continente: la nueva novela latinoamericana” (Campuzano (2001:42)–  estuvo a su cargo.

Además de ser el principal difusor de Casa de las Américas fuera de Cuba, fue uno de sus principales hacedores.  Con justicia recuerda Fernández Retamar (1993: 49) que hasta 1965 fue Rama y no él quien “tenía estrechísimos nexos con la Casa de las Américas” y “mantenía ya con la institución una intensa correspondencia” que versaba sobre “graves cuestiones ideológicas, culturales y políticas, pero también sobre mil detalles prácticos… planes editoriales, ventas de libros y revistas, intelectuales que debía ser invitados”.

Rama estuvo muy presente desde los inicios de la revista, convirtiéndose, probablemente con el aval de la prestigiosa Marcha, en una autoridad para la concepción intelectual que sintonizaba muy bien con los lineamientos o expectativas representados en Casa de las Américas por los discursos terceristas en el campo del arte. Es más, Rama llegó a poner en paralelo Marcha y Casa. No publicó en ese tándem artículos sin importancia. Algunos de los que se publicaron entre 1961 y 1966 en ambas revistas fueron los de Paul Baran sobre el intelectual, los de Alain Robbe-Grillet y José Goytisolo sobre las relaciones entre literatura y política, los textos de José Pedro Díaz o la encuesta de Carlos Núñez sobre el papel de los intelectuales en los movimientos de liberación nacional.

Con su constante interés por Boris Pasternak, Isaac Babel, Josef Brodski, Iuli Daniel y Andrei Siniavski, Rama reivindicaba valores que eran una tradición de Marcha, una revista de izquierda que defendía la autonomía de los intelectuales y artistas, sin tener miedo de ser confundida con la “prensa imperialista”. El semanario denunció las posiciones de Moscú contra Prokofiev, Shostakovich y Kachaturian por sus perversiones formalistas, falta de orientación realista o influencias burguesas.  (Esto no está publicado en el libro de donde cito pero invito a comparar la importancia acordada a estos temas en simultáneo en Marcha y Mundo Nuevo. De paso, también subrayo que no es casual que los autores más leídos fueron, curiosamente, los que ambos críticos uruguayos recomendaron. Otra cosa: Mundo Nuevo fue también un obligatorio refugio para los escritores “gays”. En uno de los volúmenes de las cartas publicadas de Julio Cortázar hay una misiva dirigida a Anton Arrufat bastante compasiva y elocuente. Ese pequeño tema no es tan menor. Cabría tenerlo en cuenta. Lo mismo vale para la historia general. ¿Historia? ¿Es palabra que dice algo? Esta gente cree que la literatura vuela en el ciberespacio.

Es desde Marcha donde Rama opera sobre Casa: se inquieta o se alegra por lo mismo que los responsables de Casa (a diferencia de otros grupos del debate doméstico). Escribe que  Cuba es la verdadera promesa de futuro pero no deja de preocuparse por la falta de autonomía de las universidades (1961a), las acusaciones de decadentismo contra el nuevo cine occidental (1961b), el hecho de que, entre los libros que circulaban en Cuba hubiera una “pesada selección de literatura soviética” que iba “del tolerable Ostrovski a los muy prescindibles títulos de Polevoi” (1961c).

Y, tres meses después del cierre de Lunes de Revolución, por razones que Rama debía conocer, escribió: “La mejor literatura actual se conoce a través de las ediciones R que asegura el diario Revolución, reemplazando así en escasa parte el excelente suplemento literario Lunes de Revolución que dejara de aparecer, lamentablemente, hace unos tres meses. En torno a ese periódico los jóvenes novelistas y la vanguardia artística de Cuba correspondiente a esa generación iberoamericana del año 1950, comenzó a dar a conocer las primeras versiones de una literatura de tema revolucionario” (1961d).

Los responsables de entonces de Casa de las Américas (y puede que otros artistas también) probablemente pensaban igual que Rama en 1961. Pero en 1965, la nueva mención (y alabanza) del discutido suplemento y sus autores era casi un desafío a las nuevas y definitivas evaluaciones sobre el tema. Sí, en 1965 Rama se atrevió a afirmar nuevamente que el cierre de Lunes había sido un error. Verdad que lo juzgó razonable porque, como escribió, las revoluciones eran movimientos sociales que avanzaban en terra incognita.

Pero su apuesta era aún más riesgosa: el contexto de su mención a Lunes era una nota sobre el premio Biblioteca Breve otorgado a Guillermo Cabrera Infante. Para entonces, Cabrera Infante ya se había alejado de la Revolución aunque todavía no había roto estrepitosamente con ella.

El gesto era provocador. No sólo elogiaba a Cabrera Infante sino que extendía el elogio a  toda su generación de autores cubanos, crecidos bajo Batista “que tanto aportó a la revolución” realizando tareas tan importantes como la desprovincialización de la cultura (un verdadero ideal para el crítico uruguayo), la incorporación de la literatura “a la verdadera vida nacional dentro de coordenadas estéticas modernas”, la “culturalización del país, estableciendo contacto con las masas populares y  rompiendo con el estereotipo del realismo socialista”.

Y no podía alegar que era simplemente un “canal” de información ya que

a)     conocía secretos de la premiación  (“dos que votaron a favor del premio a Cabrera fueron Barral y Vargas Llosa”),

b)    publicaba en Marcha el fragmento de una obra cuyo manuscrito premiado en 1964 con el título Vista del amanecer en el trópico estaba en poder del editor desde 1962 y que nunca llegó a publicarse (lo que habla de su decisión periodística) y

c)     hasta parecía tener acceso a una hemeroteca o una buena colección de revistas viejas para citar, por ejemplo, la declaración del editorial de Lunes de Revolución cuando Playa Girón, unos años antes (“Puede que algún lunes, nuestro Lunes no llegue a nuestros lectores, porque todos nosotros estemos defendiendo la patria, la tierra, el honor, la vida…”)

Y remataba con un fuerte sermón: “no hay nada tan penoso como la incondicionalidad de los intelectuales respecto del régimen”.

También la apelación al despertar latinoamericano y el tono de esa apelación, que serían tan emblemáticos de Casa de las Américas se gestaría primero que en ninguna otra publicación en la Marcha de Rama. No se ha subrayado lo suficiente cuán cerca está, incluso, del ademán de Fidel Castro, la evocación martiana tanto en la gran imagen del Apóstol que ilustra el semanario como en el título del artículo consagrado a la nueva cultura en proceso de consolidación: “La siesta subtropical parece haber terminado. Nuevas fuerzas la están agitando. Latinoamérica entra en escena. Las transformaciones sociales, políticas o económicas que acechan, inminentes a Nuestra América son simultáneas con las que corresponden al orden de la cultura” (1961e).  Todo esto revela hasta qué punto la influencia de Rama caló en Casa de las Américas. Recién se podrá ponderar cabalmente su protagonismo cuando se conozca toda su correspondencia.

“Casa de las Américas. 1960-1971. Un esplendor en dos tiempos”. Claudia Gilman en Carlos Altamirano (ed) Historia de los intelectuales en América Latina. Volumen II. Buenos Aires, Katz, 2010.

Fraude y propagación del error con fondos públicos: el CONICET ¿no debería cumplir con su deber?

Posted in Esto es todo, amigos with tags , , , , , , , , , , , on 9 febrero, 2012 by Claudia Gilman

El “Centro de Redes Intelectuales Latinoamericanas”, en su sitio web Etopías, proclama con orgullo que se trata de un proyecto “financiado por  CONICET”  Lamentablemente, sus responsables no pueden ampararse en la ignorancia de lo todavía no conocido. Muy por el contrario, insisten en utilizar, con deliberación y mala fe, la patente de corso con la que se amparan gracias a los contralores deficientes. Tampoco pueden alegar ignorancia, puesto que copian (mal) trabajos preexistentes y los atribuyen a una extensa red que poco tiene de intelectual, salvo que el término señale algo totalmente opuesto a la definición del diccionario.

Dado que vengo trabajando desde 1988 en los temas en los que dicho centro y varios de sus integrantes se adjudican la autoría de los resultados publicados, conocidos y citados por la comunidad académica internacional y con gran pena constato que ni siquiera saben leer lo que presumen haber “descubierto”, me veo en la obligación de advertir que ni son autores ni especialistas en dichos temas, ni saben copiar correctamente lo que correctamente ha sido expuesto, lo que conduce a creer que es cierto lo que cuenta con el aval de un organismo científico. Sin embargo, no aportan nada a lo mucho que falta conocer y destruyen lo conocido. Las citas a mi trabajo son totalmente sacadas de contexto mientras que casi todo el resto, sin su lógica ni sus razonamientos, están calcados casi palabra por palabra.

Remito al enlace y advierto a quienes de buena fe entienden que Conicet cumple con sus deberes como manda a que otros los cumplan que el trabajo en donde se utilizan mis aportes de manera arbitraria, antojadiza y banal, está plagado de toda clase de errores cuya propagación debería evitarse como la automedicación, el incumplimiento de las normas de tránsito y la idea de que existe un día en particular, que el Doctor Maíz anunciará auspiciado quién sabe por qué institución, en el que todos los delitos podrán cometerse impunemente.

http://etopias.com.ar/index.php?option=com_contact&view=contact&id=1&Itemid=182

Laura E. Jara perpetra allí un artículo titulado “La construcción de la cultura de izquierda en Latinoamérica 1959 – 1971”

Afirma que: “La creación de casa de las Américas, en 1959, constituye el momento a partir del cual Cuba construye la institución faro para el desenvolvimiento de la cultura en América Latina. La cultura es tomada como producción de fenómenos que contribuyen, mediante la representación o reelaboración simbólica de las estructuras materiales a comprender, reproducir o transformar el sistema social. La revista institucional promovió  y difundió el nuevo ideario de la clase política dirigente así como diferentes expresiones artísticas: la literatura, el teatro, la música, la pintura, constituyeron como prácticas culturales, los puntos centrales del medio. Con la dirección de Haydeé Santamaría hasta 1965, la Casa de las Américas reunió y comprometió a las figuras de la cultura latinoamericana, cristalizando así la relación entre política y cultura. El móvil fundacional de la casa fue situar en y desde Cuba la unidad latinoamericana, abocándose a la tarea de promover y conseguir la ansiada unión de los pueblos oprimidos, con el objetivo de encender la llama revolucionaria en el continente. Al menos así lo expresa su número inicial:    Esta revista cree, tal vez ingenuamente, en la existencia de una concepción de vida hispanoamericana. Esta revista es una esperanza, incierta y riesgosa de la posibilidad  de cambiar la realidad. [2] La revista cumplió la función de vocero de la revolución, al mismo tiempo que legitimó la conformación de un campo intelectual relativamente autónomo dotado de una estructura y lógica específicas, por un lado, y la constitución  de un público atento a  las nuevas producciones de los escritores consagrados, así como también de los nuevos, por otro. En este sentido,  escritores y lectores conocieron, las expresiones artísticas a las que antes  no tenían acceso, además de los lúcidos  ensayos políticos del momento. No solo la revista institucional fue parte de una política cultural cubana, encuentros de escritores y congresos también fueron los elementos para el surgimiento  del campo intelectual. La  pertenencia de intelectuales  a este campo está dada en principio por un  mismo ideal asociativo: la revolución socialista, no obstante con el transcurrir de la década, las líneas de  fuerza dentro del campo cambian y se oponen en relación con la coyuntura. En 1961 se realizó en La Habana el Primer Congreso Nacional de Escritores y Artistas Cubanos (UNEAC) donde se reconoció la necesidad de intercambio, contacto y cooperación  entre los intelectuales y artistas cubanos con los de Latinoamérica y demás países del mundo, Nicolás Guillén  y Alejo Carpentier fueron los representantes más destacados del encuentro.

La autora, ansiosa de sumar encuentro tras encuentro como si todo fuera lo mismo y la misma agua llenara su molino, las razones por las que se convoca a ese encuentro, el hecho de que Cuba ha sido invadida en Playa Girón, expulsada de la OEA y que la revolución, que había alentado las expectativas de muchos militantes de izquierda “no comunistas” (y le recuerdo que “comunismo” no es el peligro rojo sino el claro conocimiento que la autora no tiene pero los contemporáneos de 1959 sí, de las historias del estalinismo y las clarísimas desilusiones que pese al llamado deshielo no sirvieron para sacar de la heladera a Kafka,  Joyce y a otros artistas “decadentes” o “degenerados”). No era lo mismo invocar a Martí que a Stalin ni a Jruschev. De modo que ese congreso que la autora pasa al libro del Haber, tan contenta, fue para muchos una decepción bastante grande.

Parece la autora ignorar también (pese a la bibliografía que podía y debía haber leído, ya que la cita), lo que los mismos colaboradores de Casa de las Américas dicen respecto de las políticas y los premios de la misma institución. Del mismo modo, podría comprender que los esfuerzos de los “intelectuales” y “artistas” por evitar verse obligados a practicar el “realismo socialista” y otros requisitos del arte dirigido, estaban siendo cuestionados. ¿Cree por ventura la autora que el proceso al sectarismo, el juicio a Escalante, los conflictos entre el movimiento 26 de julio y el PSP no significaron nada para la vida cubana? ¿Ignora que Angel Rama fue uno de los principales hacedores de la primera época de la Revista Casa de las Américas, como reconoce el propio Fernández Retamar, que se haría cargo en 1965? ¿Que el número donde le parece ver a los principales novelistas como colaboradores es obra precisamente de Rama?

Ásí nomás, tan tranquila en la idea de que le toca ahora proceder a sumar encuentro tras encuentro, no le interesa saber a qué obedeció tal encuentro. De la lectura que habrá hecho, imagino, de las revistas cubanas, de las que Casa de las Américas es simplemente una más y que, como no sabía antes y supe después y lo escribí, fue más una creación de Angel Rama que el centro gravitatorio que la especialista infiere. ¿Le suena en algo el nombre del suplemento Lunes de Revolución? ¿Ha leído acaso las notas del propio Angel Rama sobre la revolución cubana en esos años? ¿Acaso conoce la posición de  Carlos Quijano, director del semanario uruguayo  Marcha, en relación con su decepción sobre el giro tercermundista, no alineado, que tanto anhelaba y que conectaba la revolución de Castro no con Marx ni con Stalin sino con José Martí?

Es evidente que no ha leído un sólo número de las publicaciones que cita. Y dado que una de las autoridades a las que recurre es Germán Alburquerque Fuschini, quien la ha antecedido en la práctica de la investigación “ficcional”, afirmando y conjeturando premisas e hipótesis inverosímiles y contrarias a la verdad establecida, es natural que se equivoque. Que carezca de curiosidad y más hoy por hoy, cuando a diferencia de hace veinte años, las publicaciones están relativamente disponibles, que la avale un investigador que se supone competente y una institución aun más responsable es asombroso.

Por muy modernos que seamos, la “historia fáctica” no sólo es un baúl pesado de fechas y datos: pero ¿no saber en qué año murió el Che Guevara no es demasiado?

En el resto de su trabajo, resuenan palabras que escribí hace tiempo, atadas con otros nudos y tras asegurar que había fundamentos y proporcionarlos. No tiene desperdicio la tesis doctoral aprobada en la universidad de Alberta, si mal no recuerdo: pero no la pagamos nosotros de nuestros bolsillos. La pagamos de otros modos.

Escriban resúmenes Lerú: véndanlos a los estudiantes de secundaria. No le pidan a un organismo dedicado a las ciencias que les de dinero. !!!Salgan a robar a los caminos!!!

Germán Alburquerque: dudas sobre René Depestre

Posted in Esto es todo, amigos, Peer Review with tags , , , , , , , , on 29 octubre, 2011 by Claudia Gilman

Referatos espontáneos

Maud N. Mc’ Gill (PhD. Dresden University)

Germán Alburquerque, “René Depestre: Itinerario y rayuela”, en Claudia Wasserman y Eduardo Devés-Valdés, Organizadores, Pensamiento latino-americano. Além das fronteiras nacionais, Universidade Federal do Rio Grande do Sul, 2010.

Recomendación: NO PUBLICABLE

El autor del artículo ha realizado una rápida y descuidada búsqueda en Internet y no ha accedido a ninguna de las fuentes primarias, que tampoco cita. La obra y la trayectoria de René Depestre, al igual que las de otros autores que menciona, le resultan tan desconocidas como a Ptolomeo la sospecha de que la Tierra gira alrededor del sol.  Afirma que el Congreso Cultural de La Habana fue el correlato de la Conferencia Tricontinental de 1966, sostiene que Mario Benedetti es enviado especial de las “revistas” Marcha y Casa de las Américas, se sorprende (es obvio que desconoce el discurso de Ernesto Guevara ante las Naciones Unidas, en 1964, reproducido infinitamente con replay posible en YouTube)  de que exista un tercermundismo que, fuera de la retórica y en situación de necesidad, acepte la ayuda de la URSS y parece no reparar en que la Conferencia Tricontinental que menciona en su artículo, en los hechos, implicó una disputa con la URSS y su política de coexistencia pacífica, razón por la cual dicha conferencia tuvo lugar (la Tricontinental) y fue antecedente de la OLAS, de 1967 y que con ese mismo espíritu –aunque con resultados no tan exitosos– fue convocado el Congreso Cultural de La Habana, en el intento por discutir con los Partidos Comunistas, que retaceaban su apoyo a las posiciones cubanas y confiaban en la historia, que traería una revolución democrático-burguesa en el seno de cada Estado-Nación, porque así lo anunciaba el futuro.

Cito: “La visión que los intelectuales latinoamericanos tienen de Estados Unidos es lapidaria en la mayoría de los casos y la opinión de Depestre en ese sentido no es la excepción. Aunque data del siglo XIX, la aversión a Estados Unidos es especialmente aguda en el período de la Guerra Fría.”  ¿Qué opina Depestre? ¿La “aversión” es una suerte de fobia? ¿Alguna relación con la “aversión” que los humanos sienten al investigar la fisiología de los animales, según explica Aristóteles, que recomienda superar ese sentimiento natural de desagrado y dedicarse a profundizar las investigaciones biológicas?

El autor opina que seguramente “nuestro escritor — se refiere a Depestre, de quien sólo se mencionan algunas opiniones tomadas de reportajes accesibles a cualquiera o de fuentes que menciona pero no cita, existiendo, sin embargo, trabajos donde se mencionan y que el autor conoce pero finge no conocer–, nunca imaginó que unas palabras que pronunció “presumiblemente” en una “mesa sobre cultura y desarrollo”, lo “inmortalizarían en la historia del cine mundial”.  Tenemos un autor que es un narrador omnisciente pero un articulista que lo ignora todo y que no es el maestro ignorante del que habla Rancière. A continuación, el autor afirma que otro participante de la mesa “presumida”, “da la clave de todo”. No sabemos qué es ese todo ni qué clave da. Pero sí, en cambio, que el dador de la clave total es Edmundo Desnoes y que éste escribió la novela Memorias del subdesarrollo, de la que se nos dice que es “obra muy alabada”, que luego fue llevada al cine por Tomás Gutiérrez Alea, “película muy elogiada, a su vez”. (Sic).

El autor cita la revista Encuentros de la Cultura Cubana, que según nos informa es una revista “virtual”. Agrega, en una de las muchas conmovedoras confesiones de ignorancia: “no tengo mayores datos de esta revista, pero sin duda es cercana a la disidencia anticastrista fuera de Cuba”.  Del mismo modo, nos dirá, no sabe si Depestre abandonó Haití hacia el exilio porque “fue obligado a salir del país” o si se trató de un “auto-exilio”. Es una pena que el autor no nos explique claramente la diferencia: da a entender que lo que no sabe es si Depestre recibió una atenta carta de Duvalier invitándolo a desterrarse o si escapó antes de que le llegara la notificación fehaciente.

Se le escapa al autor lo que está en juego, mucho más que cuestiones “intelectuales” en el discurso con el que Fidel Castro clausuró dicho Congreso y a quiénes les hablaba y a quiénes criticaba. Un lector más atento podrá leer entre líneas lo que no está dicho en voz tan chica como para que haga falta ese “entre líneas”.

Cito, de la versión del discurso oficial, dada a conocer urbi et orbi:

“¿Podrá alguien considerar que no constituyó para nosotros una inolvidable experiencia la experiencia de la Crisis de Octubre?  No nos gusta hablar de aquel episodio, pero incuestionablemente que nuestro pueblo vivió momentos de grandes peligros.  Y nadie debe interpretar como una manifestación de orgullo el expresar aquí que nuestro pueblo se portó con dignidad, con entereza y con valor (APLAUSOS).  Pero sí expresar a la vez que desde hace mucho tiempo, desde que éramos casi adolescentes, veníamos oyendo hablar de la gran campaña en favor de la paz.  Y no critico con esto a los hombres que han luchado por la paz, a los hombres que honestamente de una manera o de otra han agarrado la bandera de la lucha por la paz y en la medida de sus fuerzas han enarbolado esa bandera.  Lo que nos llamó realmente la atención fue el hecho de que cuando verdaderamente la paz estuvo en peligro, de que cuando verdaderamente el mundo estuvo al borde de una guerra nuclear, no vimos en Europa —y es de suponer que en Europa habría guerra también si hay guerra nuclear; es de suponer que en un encuentro entre las grandes potencias nucleares Europa, atada por pactos militares a una de esas potencias, el imperialismo yanki, habría sufrido las consecuencias de esa guerra, habría estado dentro de la guerra— grandes movilizaciones de masa.  Y en verdad que si las hubo no nos enteramos; si las hubo grandes o pequeñas, no lo supimos.  Y tuvimos la real sensación, la impresión —que si resulta una falsa impresión agradeceríamos profundamente a quien borrara de nuestros ánimos esa profunda impresión— de que aquella consigna no había sido más que una consigna, un entretenimiento, y que aquella consigna no fue capaz de movilizar ninguna masa, que aquella consigna no fue capaz ni de despertar el instinto de conservación de las masas.  ¿Dónde estaban las vanguardias?  ¿Dónde estaban las vanguardias revolucionarias?”

¿Dónde estaban? ¿Qué fría fue la Guerra Fría para vietnamitas, coreanos, cubanos o para, pongamos, Salvador Allende?

El autor del artículo, de nacionalidad chilena, parece tener postura muy clara contra el peligro comunista y si menciona las posiciones de Depestre en relación con la cuestión de la “negritud” parece no tener la menor noción de que, más allá de sus simpatías o antipatías con el proceso cubano, los paladines de la democracia no habían tenido la amabilidad de conceder derechos ciudadanos a los muchísimos negros segregados “en el frente doméstico” que también luchaban entonces por sus derechos, como lo hacían en Sudáfrica las víctimas del muy vigente régimen de apartheid.

Dado que Depestre se fue de Cuba y dejó de apoyar a la Revolución, no ” le cuadra” al autor del artículo que se publicara en Cuba su obra Buenos días y adiós a la negritud en 1980. Se pregunta “¿Es que, acaso, Depestre sólo declaró su ruptura varios años después? ¿Se hizo en Cuba caso omiso del autor y sólo se pensó en el contenido de los escritos?”. Para alguien que tiene la pretensión de haber investigado los temas en los que se considera especialista, tal como señala una y otra vez tanto él mismo como otros colegas que hace años vienen considerándose “fundadores” del área de estudios sobre cultura y política o sobre sociabilidad intelectual o sobre intelectuales y cultura en los años veinte y en los años sesenta, es curioso no tener respuesta para esas preguntas.  A lo mejor el “especialista” logra encontrar alguna respuesta en la trayectoria de Jesús Díaz, la que lo llevará a desasnarse sobre sus presunciones sobre la revista Encuentros de la Cultura Cubana y tal vez se sorprenda bastante.  Mi colega, el profesor Claudio Maíz, director de la revista indexada Cuadernos del Cilha, de la Universidad Nacional de Cuyo, que dicta cursos sobre el tema valiéndose de los aportes de Germán Alburquerque y Eduardo Devés-Valdés en un circuito de amabilidades recíprocas en continua realimentación, podría indicarle en qué página de materiales muy conocidos por él, de primerísima mano, pero que insiste en no mencionar, se encuentra la respuesta. Son los mismos materiales de donde obtienen todos ellos las preguntas que luego no saben responder.

TODAS LAS PREGUNTAS Y TODAS LAS RESPUESTAS, AHORA EN GOOGLE… ALUMNOS: SEAN EXIGENTES CON LO QUE LES ENSEÑAN LOS QUE LES ENSEÑAN. UNA REVISTA INDEXADA NO DEJA DE SER UN FEUDO CUALQUIERA SI LO COPAN LA MALA FE, LA INCULTURA, LA PEREZA MENTAL Y LA INCONDUCTA CIENTIFICA.

Próximamente más referatos espontáneos de contribuciones en el mismo volumen.

SE CONSIDERARA PERIFERICA TODA CIENCIA FRAUDULENTA Y PERIFERICA TODA COMUNIDAD CIENTIFICA QUE PROPICIE Y TOLERE LA INCONDUCTA CIENTIFICA.