Susanne Lange. Don Quijote von der Mancha: una nueva traducción (I)

Don Quijote von der mancha: una nueva traducción
Susanne Lange
Traducción: Joan Parra
(Fragmentos del epílogo de Susanne Lange a su versión alemana de Don Quijote von der Mancha, publicada por la editorial Carl Hanser en el 2008.

“En su prólogo de la primera parte del Quijote, Cervantes dice al lector: «lector carísimo (…) tienes tu alma en tu cuerpo y tu libre albedrío como el más pintado (…) y, así puedes decir de la historia todo aquello que te pareciere». Muchas han sido las opiniones sobre la historia de Don Quijote y no podrían ser más diversas. Y, en efecto, las tendencias de diferentes épocas y naciones se han reflejado a menudo en las opiniones acerca de la novela de Cervantes. Pero ¿cuál era la faz que veían sus contemporáneos? Los lectores de su tiempo interpretaron el Quijote al pie de la letra y no vieron en él otra cosa que una parodia de los libros de caballerías. Lo único que interesaba a los lectores de la obra eran las desventuras de sus caricaturescos personajes, que les hacían reír a carcajadas. El mismo Quijote nos permite hacernos una idea de esa impresión cómica a partir del momento en que ya ha introducido a sus propios lectores en la trama. El duque y la duquesa, lectores entusiastas de la primera parte, se ríen en la segunda a costa del héroe chamuscado tras la explosión de Clavileño y atacado por el gato que se le agarra con uñas y dientes a las narices. Pero el sentido del humor ha ido evolucionando a lo largo de los siglos. Nietzsche, por ejemplo, era incapaz de encontrar nada divertido en semejantes tormentos: «Pongamos por caso la estancia de Don Quijote en la corte de la duquesa», escribe en La genealogía de la moral, II, 7. «Hoy leemos todo el Quijote con un regusto amargo en el paladar, casi con dolor, cosa que al autor y a sus contemporáneos les parecería realmente extraña e incomprensible, ya que a ellos les parecía el libro más hilarante del mundo, y se morían de risa leyéndolo, con la conciencia bien tranquila.»
En el siglo XVIII, el Quijote despertó más interés en otras naciones que en los propios españoles, a quienes aparentemente transmitía una imagen negativa de su país. Los pioneros de la recepción internacional del Quijote fueron los ingleses. Ya en 1612 apareció la traducción de la primera parte por Thomas Shelton, que afirmaba haberla realizado en cuarenta días en 1607. Los ingleses volverían a avanzarse más tarde, ya que la primera biografía de Cervantes fue escrita por Gregorio Mayans en Inglaterra (1738), y allí apareció también la primera edición española comentada de la obra (1781). Al igual que los españoles, los ingleses empezaron leyendo el Quijote ante todo como sátira, y en sus traducciones, sea la de Shelton, la de John Philips (1687), la de Peter Motteux (1701) o la de Tobias Smollett (1755, basada en una versión anterior, más seria pero excesivamente artificiosa, publicada en 1742 por Charles Jarvis) abunda el humor de sal gruesa. John Philips llega al extremo de hacer que Don Quijote olvide a su Dulcinea y se enamore de la pastora Marcela. John Ormsby, que presentará su propia traducción del Quijote en 1885, califica la versión de Philips de travesty y no tiene palabras mucho mejores para la de Motteux: «un libro cómico que siempre quiere hacerse más cómico aun». También la traducción de Smollett es extremadamente imprecisa, pero al menos intenta plasmar la vivacidad del estilo cervantino, hasta el punto que llega a impregnar la obra del propio Smollett. En general, la novela de Cervantes halla terreno fértil en la literatura inglesa. Se admite comúnmente que Shakespeare utilizó el episodio de Cardenio, de la primera parte del Quijote, como asunto de un drama que luego se perdió. Con la History of the Adventures of Joseph Andrews and of His Friend Mr. Abraham, provista del subtítulo: «A la manera de Cervantes, el autor del Quijote», Henry Fielding logra en 1742 una interpretación del humor cervantino más profunda que las de las versiones anteriores, sensibles solo al aspecto satírico. En el Tristram Shandy (1759–69), Laurence Sterne retoma y profundiza el juego de Cervantes con la estructura de la novela y hace a Yorick citar en el lecho de muerte nada menos que a Sancho Panza. Por último, el Quijote arroja también su sombra, a través de Dickens, sobre Mr. Pickwick y su fiel Samuel Weller en Los papeles póstumos del club Pickwick (1836).
En 1614, César Oudin presentará la primera traducción francesa del Quijote (seguida en 1618 por la Segunda parte, a cargo de François Rosset), que se caracteriza por su exactitud, pero peca de excesiva literalidad. Las siguientes generaciones de traductores, en cambio, avanzarán en la dirección opuesta a Oudin, al dictado del gusto de la época; por ejemplo, en 1677 Filleau de Saint-Martin pasa por alto el rechazo categórico de Cervantes a cualquier clase de continuación, y al final de la novela hace sanar a Alonso Quijano para que pueda emprender nuevas aventuras. El texto de Filleau servirá de inspiración a los traductores cervantinos alemanes de los siglos XVIII y XIX. También Jean-Pierre de Florian, sobrino de Voltaire, publicará hacia 1790 una versión muy libre del Quijote. Para hacerse una idea del interés que despertaba la obra de Cervantes en Francia, basta con echar un vistazo a la Aprobación del Licenciado Márquez Torres que precede a la Segunda parte, en la que el censor relata el fervor con que los miembros de una delegación de la embajada francesa se deshacen en elogios sobre La Galatea y las Novelas ejemplares y se maravillan de que Cervantes no fuera en España un hombre «muy rico y sustentado del erario público».

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