Ni Ariel ni Calibán…

Por tu culpa, por tu culpa, por tu grandísima culpa

Eso de encontrar un culpable y dar por resuelto un problema no deja de ser un consuelo más bien pobre y de alivio poco duradero. Para acabar con el juicio y empezar a hacer justicia se puede dejar por un rato de despotricar contra Shakespeare.  La discriminación, la maldad o la injusticia no se eliminan por decreto ni por mucho que se acumulen expedientes contra los “malos” de la literatura. Es difícil hoy por hoy, salvo en la industria del cine, donde entre efectos especiales y bajas pasiones la lucha entre el bien y el mal sigue marcando el ritmo del entretenimiento y goza de autoridad para exigir al espectador que sepa quiénes son los héroes y quiénes los villanos y se alegre con el triunfo del bien sobre el mal. Lo que no es fácil es que otros toleren Raskolnicovs, insensibles torturados sin mejor argumento para justificar el asesinato desapasionado de un semejante que pasaba por ahí justo cuando el resplandor del sol se le hacía insoportable, como sucede con el protagonista anómico cuya historia se relata en El extranjero, de Albert Camus, conspiradores como los que cínicamente hacen planes criminales como en las novelas de Roberto Arlt, sin siquiera obligarse a convencer si el fin justifica los medios o dignificar de manera inequívoca el fin o los ideales sobre los que montan conjuras colectivas ni ambiciones narcisistas y megalómanas como las que animan los actos del Sorel de Stendhal. No es que haya desaparecido la maldad: cierto pudor exige que se la silencie aunque su ejercicio efectivo alcance niveles de gratuidad, violencia y variedad de métodos sorprendentemente enfáticos y originales en intensidad y frecuencia. Los malos permitido obedecen un protocolo de reglas definido por móviles y entre el protocolo cultural y los acontecimientos en lo real bruto se exige una relación inversamente proporcional. Los móviles se reducen a los básicos en los formatos detectivescos de la cultura. En la vida real, ya nada es suficientemente sorprendente por su novedad: allí pasa de todo y puede pasar de todo.

Espectadores, lectores, ciudadanos se han vuelto fiscales y jueces aficionados aunque no consulten ningún código ni comprendan en qué sentido o para qué se ha establecido el principio del “in dubio pro reo”. Nadie duda o tal vez ya no haya posibilidad de dudar. El padre se ha vuelto tan cierto como la madre, ADN mediante y la ciencia resuelve cualquier duda antes sometida a laberintos legales.  Lo principal, cuando surge un problema es encontrar el culpable y exigir que el castigo deje satisfacción y traduzca correctamente en sufrimiento el reconocible pero secreto talión que “la gente” ha creado, como un nuevo diccionario de términos por todos compartidos.

En cuanto a los responsables históricos de las desgracias del pasado, encabeza el “top ten” de los supervillanos algún imperialismo.  Siempre es fácil culpar a algún imperialismo de los males del mundo. Para la mayor parte del siglo XIX, por varias cabezas aventaja el Británico. La pérfida Albión no falta en las exégesis, incluso si existen explicaciones más convincentes. Cualquier cosa con tal de tercerizar  responsabilidades locales.  Un caso ejemplar es el de la guerra de la “Triple Alianza”, “Guerra del Paraguay”, “Guerra Grande” o “Guerra do Paraguai” (1865-1870), que todavía figura en los rankings universales en cuanto a su poder de destrucción demográfico. Ningún otro conflicto bélico logró superar la hazaña de aniquilar la casi totalidad de la población masculina del “enemigo” como sucedió en el Paraguay, que en 1811 se había independizado de España y emprendía una modernización tecnológica y productiva sin endeudamiento con prestamistas extranjeros. Conflictos limítrofes que se extendieron incluso hasta finales del siglo XX, cuyos recuerdos avivan odios intactos entre supuestos “hermanos latinoamericanos” deberían obligar a deponer las retóricas sin fundamento ostensiblemente desmentidas por las injurias que se prodigan recíprocamente y a diario bolivianos, chilenos, mexicanos, paraguayos, ecuatorianos, peruanos, argentinos, uruguayos, brasileños –sin pretensión de exhaustividad– y elaborar mejores justificaciones que las que cargan las tintas contra Solano López y sus tiránicas costumbres. ¿Lecciones democráticas del Brasil Imperial, que ni siquiera había abolido la esclavitud? ¿Defensa de los avasallados orientales, que solicitaron la intervención de los vecinos a cualquier precio sólo para medrar en sus guerras civiles sin la menor invocación soberana, cívica, patriótica o moral? ¿Sacrificio por el bien común de la también dividida y no existente todavía República Argentina? La historia no absolvió ni absolverá. No hubo un cheque en blanco de buena voluntad que haya podido entregarse como caución de una inexistente buena voluntad. El futuro ya llegó hace rato. Si no alcanza la evidencia que proporcionaron mas tarde los brutales repartos coloniales de toda Europa sobre África y de Portugal sobre Angola y Mozambique quiere decir que la historia sigue siendo un monstruo que ni siquiera engendra la razón.

Correlativamente, sigue vigente el Martín Pescador desatado por Shakespeare en su última pieza. ¿Calibán o Ariel? El tópico, desde Renan en adelante, exige siempre que se tribute alguna reflexión aunque a esta altura no esté tan claro que sea una obligación elegir ni que valga la pena. ¿Calibán o Ariel? ¿No hay manera de eludir el dilema shakesperiano? Desde Ernst Renan a Jean Guéheno, Rubén Darío y José Enrique RodóAimé Césaire, Leopold Stenghor, Roberto Fernández Retamar, Emir Rodríguez Monegal y muchísimos más parece ineludible optar por una o por otra alternativa y está fuera de discusión hacerse el distraído y no pagar ese diezmo universal cuyos recaudadores, ahora invisibles y desconocidos, están a salvo de las iras de los pueblos y los contribuyentes. El debate ha llegado a un punto donde no hay sino consenso. Es una lástima: yo elegiría, si no quedara más remedio que pasar por la obra de Shakespeare y dejar anotado quién es uno de entre esos dramatis personae, ser la tempestad. O Shakespeare. Ariel nunca me gustó: me sorprende que Rodó lo haya tomado como un modelo de intelectual o pensador: después de todo es un esclavo; me recuerda a la caprichosa, envidiosa y frustrada hada Campanita, que enamorada de Peter Pan sabe que la diferencia de especie le impide cualquier consumación de algo entre pares (ni amor “platónico” ni sexo) y no da el tipo que se espera de los  “viriles” jóvenes a los que Rodó convoca para la misión de  “fecundar” el pensamiento y encarnar mundanamente un Ideal.  ¿Acaso entonces sí o sí también tengo que definirme en relación con Shylock o con los barrabravas avant la lettre representados por Montescos y Capuletos?

Dejo estas inquietudes en espera de un convite dialogado para llegar, ahora sí, a Pierre  Menard, autor del Quijote que engendró a Shakespeare que engendró a Calibán pero que también engendró a Otelo, acá convocado. Estoy en 1603 o 1604, apenas un tiempo antes de la primera aparición de la primera parte del Quijote. Voy simplemente a la zona del relato de Borges donde se pide al lector que evoque a la “húmida y dolorosa Eco” (anagrama de Desdémona) ya que suscitó, una tarde, una conversación entre Menard, el poeta muerto y su albacea-narrador, a propósito de un verso de Shakespeare en el que también  (como sucede en la caracterización de la ninfa Eco) se produce la c0njunción “eficaz de un adjetivo moral y otro físico”: “Where a malignant and a turbaned Turk”. Allí el lector no está en cualquier lugar: está en Otelo, en la historia de un error que se paga caro, de la baja pasión, de la propia estupidez, de lo irrevocable. Y precisamente allí, el personaje que va a morir deja asentado cómo desea ser recordado…: “as I am”, ni peor, ni mejor. Sin disculparlo ni agravar su culpa. Insensato, desdichado, equivocado e insensato, como un indio capaz de echar al lodo una joya más valiosa que su tribu entera. Y que recuerden también  que cuando en la batalla de Alepo un turco maligno y con turbante puso su mano contra un veneciano, él mató al perro circunciso, así, así como se matará en ese momento preciso de la obra. Ni peor ni mejor. “Yo sé quién soy y sé que puedo ser, no sólo los que he dicho, sino todos los Doce Pares de Francia, y aun todos los nueve de la Fama, pues a todas las hazañas que ellos todos juntos y cada uno por sí hicieron se aventajarán las mías”.  Siempre hay tiempo para ser más, para ser menos o para estar equivocado.

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