latinoamericanos en acción

Imperdibles comentarios de usuarios revelan la nostalgia del homo ergaster,  la xenofobia y la única verdad, que es la realidad: nada más fuerte que el odio al vecino.

¿Qué tienen en común leyes y mandamientos? Dicen mucho sobre la naturaleza humana. Se prohíbe aquello que se hace y, más, que suele hacerse: matar, por ejemplo. Amar al prójimo (al vecino) es un deber que señala lo inusual de ese amor.  En cambio, está permitido ir a la luna en bicicleta (hasta que sean demasiados los ciclistas en camino al satélite, para lo cual, creo, falta un rato).

Las compadradas contra la colonización cultural y el alineamiento de los “americanos” tras el meridiano intelectual madrileño fueron vanas. Al final, el non plus ultra de lo “propio” es ese latinoamericanismo retórico desmentido por el odio y la xenofobia entre “ciudadanos” de los países que integran la supuesta Patria Grande.

Finalmente, lo “nuestro” es ser latinoamericanos. Más o menos lo que proponía Guillermo de Torre cuando orgullosamente, en nombre de blasones superiores, la intelectualidad “latinoamericana” se negó a aceptar semejante mojada en la oreja de una España que había perdido todos sus “hijitos” hacía ya bastante tiempo.

Lo que no se ha perdido es la tendencia del español a hablar alto. Incluso disponiendo de micrófonos, que permiten un delicado susurro, la cosa es hablar alto.

Crítica porque sí, crítica vana, las guerrillas literarias impusieron absurdas categorías valorativas e inútiles búsquedas de una “identidad”, dando por sentado que no se la tiene.

Europa es historia, nosotros somos geografía, se lamentaba un crítico que podría representar a todos los críticos de la región en el género que más aman cultivar: la queja continua, el lamento patético, que sólo cesa cuando en nombre de categorías como “propio” y “ajeno” o en las cruzadas contra el “cosmopolitismo” consiguen formar capillas, facciones, clubes de fútbol y otras rivalidades. Me quejo y acuso: de la letanía a la injuria, mientras tanto, uno se pierde de ver que nadie nació siendo nada.

Antes de ser historia, Europa ni siquiera existía. Miembros del comité por la defensa de la recuperación de la Hispania Ulterior se acaban de adjudicar un atentado contra la sede de los Cántabros por siempre jamás, a su vez enemigos acérrimos de la Asociación de gladiadores culturales Ab urbe conditam, Roma o muerte.

“I am”: primera lección de Walt Whitman. Sin signos de interrogación.

Sospecho que todas estas categorías encubren nuevas inculturas y más deseos de guerras.

Regiones donde manadas humanas fueron importadas según una lógica de “criadero” biopolítico, donde hay más héroes que hombres de a pie y más bien sobran que faltan los sofistas rinden culto eterno al sauce llorón.

Serás lo que debas ser y si no no serás nada significa que uno siempre es lo que debe ser.

O, como acabo de oír por enésima vez en un velorio,  “no somos nada”.

Mis amigos, cartógrafos, trasladan su nostalgia dibujando mapas a escala natural del Imperio Otomano.

Personalmente confío en mis alelos y en mis genes ya que no sé de dónde soy originaria.

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