las versiones homéricas y los “libros” famosos

Comentarios a un fragmento de Jorge Luis Borges, “Las versiones homéricas”, Discusión.

“Con los libros famosos, (1 ) la primera vez ya es segunda, puesto que los abordamos sabiéndolos. La precavida frase común de releer a los clásicos (2) resulta de inocente veracidad. Ya no sé si el informe (3) : En un lugar de la Mancha, de cuyo nombre no quiero acordarme 4) no ha mucho tiempo que vivía un hidalgo de los de lanza en astillero, adarga antigua, rocín flaco y galgo corredor, es bueno para una divinidad, imparcial; sé únicamente que toda modificación es sacrílega y que no puedo concebir otra iniciación del Quijote . Cervantes, creo, prescindió de esa leve superstición, y tal vez no hubiera identificado ese párrafo (5). Yo, en cambio, no podré sino repudiar cualquier divergencia. El Quijote, debido a mi ejercicio congénito del español, es un monumento uniforme, sin otras variaciones que las deparadas por el editor, el encuadernador y el cajista; la Odisea, gracias a mi oportuno desconocimiento del griego, es una librería internacional de obras en prosa y verso, desde los pareados de Chapman hasta la Authorized Versión de Andrew Lang o el drama clásico francés de Bérard o la saga vigorosa de Morris o la irónica novela burguesa de Samuel Butler (6)”.

  • NOTAS

  • (1) libros famosos: obviedad sólo en apariencia, Borges sabe perfectamente que la Odisea y la Ilíada no son “libros”. Pero el lector no se da cuenta y los ordena en el estante como si eso que está encuadernado hubiera sido enviado a la imprenta por el inexistente autor que llamamos Homero.

  • (2) la precavida frase común: no es, por supuesto, la de Borges, que no tiene nada en común con lo común y menos con lo “precavido”. Jamás diría “releer a los clásicos”, un comentario que podría proferir cualquier Bibiloni de Bullrich o parvenu de la cultura.

  • (3) el informe: bastante irónico llamar “informe” a esa obra que renueva por completo la literatura europea y que habla de libros que hace un siglo que ya no existen para cuando el personaje de Quijote los “actúa” pero que son conocidísimos de sus lectores, aunque nosotros no hayamos leído ni uno.

  • (4) en algún lugar de la Mancha: frase complejísima que llamó la atención de Borges desde siempre, al punto que a elucidarla dedicó un largo artículo intitulado “Indagación de la palabra” en el que se interroga cómo comprende un lector la sintaxis de la frase escrita y se sorprende de que doce “ideas” de lugar culminen en “manchego”, siendo que primero hay: a) “en”, b) “un”, c) “lugar”, d) “de” y así siguiendo, que por otra parte es un lugar “de cuyo nombre”, explícitamente, el narrador dirá que no quiere acordarse. Borges refiere incontables veces la frase en diversas versiones.

  • (5) tal vez no hubiera identificado ese párrafo: la crítica cervantina  informa que no hay ninguna noticia directa sobre el autógrafo de ese “informe” y que el manuscrito sobre el que se trabajó (no se sabe ni quiénes ni cuántos) no era ni uniforme ni claro. El de 1605 contiene páginas escritas en épocas diversas que incluso pueden haber tenido vida “independiente”, difícil de interpretar para los que estaban a cargo de vertirlo en papel, que venía saturado de erratas,  que hubo una “segunda” edición también de 1605 desautorizada por Cervantes, que el Quijote conoce avatares editoriales vastos, ricos e irregulares y que incluso el nombre propio del autor estuvo sujeto a sacrílegas modificaciones, puesto que convivían Cerbantes, con Ceruantes o Cervantes. Borges lo sabe y no es un dislate insinuar que tal vez Cervantes no escribió lo que consideramos su “original” inmodificable y que pese a que las repudie, todo el texto es pura divergencia.

  • (6) variaciones deparadas por el cajista: que son bien pocas comparadas con el natural  modo variable de tantísimas escrituras en las que ni siquiera hubo manuscritos, de modo que fueron variables por definición, excepto el Corán que, como Borges sugiere passim, se presupone incorruptible e idéntico desde que fuera “compuesto” por Mahoma, sin traducirlo, sin copiarlo y sin escribirlo, a partir de la versión del Arcángel Gabriel, cosa que hicieron también, sin copiarlo, sin escribirlo y sin traducirlo, quienes lo pusieron por escrito.  Un lector común de un libro común como la Biblia tal vez haya tenido oportunidad de chequear la disparidad de las versiones, incluso dentro de una misma lengua.

Maude N. Mc’ Gill (Ph.D)

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