La sottise, l’erreur, le péché, la lésine,

 

A ZENON, EL PASEADOR DE TORTUGAS

Bouvard y Pécuchet aprendían a fracasar en casi todas las disciplinas y saberes de su tiempo gracias al conocimiento de los libros que los resumían. Requisitoria contra la estupidez humana, las enciclopedias y las buenas intenciones, Flaubert no insinúa la posibilidad de que sus personajes hayan leído los libros incorrectos. Esos manuales y tratados son la suma de un saber que testimonia el triunfo de científicos y emprendedores, que los han hecho posibles y asegura el de quienes los sucederán, que habrán encontrado en esos libros el conocimiento necesario para aplicarlo o refutarlo. Bouvard y Pécuchet son contemporáneos de una cultura de lo impreso mediante la cual se establecen los estados de las cuestiones sobre los saberes y oficios más diversos. Destinados a durar, como habían durado en su momento las teorías científicas de Aristóteles, esas bibliotecas  que Flaubert les hace leer para que no entiendan, son el ejemplo de lo que hoy se denominaría el “estado de la cuestión.”

Reediciones y traducciones son la medida de esa pertinencia y garantía de su no arbitrariedad. A su manera, obran como la selección natural postulada por Darwin. Presuponen una biblioteca no infinita y un bibliotecario capaz de abarcarla tanto física como intelectivamente. La lista de los libros “equivocados” y las teorías “derrotadas” se recorta nítidamente de la que compone, como lo llamaría Thomas Khun, un “paradigma” científico. Contemporánea de Bouvard y Pécuchet es la difusión de las premisas del silogismo para un público culto de lengua castellana de la que se un divulgador montevideano a mediados de siglo XIX, contemporáneo de Flaubert.

Emma Bovary convierte en veneno la anestesia que proporciona la lectura. Su idealismo es de una naturaleza tan radical que desprecia el idealismo “burgués” al que se acusará de usar la cultura como consuelo para soportar y admitir lo existente,  como hará  Marcuse en su requisitoria contra la totalidad de la cultura, seguramente a causa de la guerra y no en la década del 30, que es un señalamiento que no representa lo que debe representar.

Bouvard y Pécuchet revisan TODOS los libros que traen indicaciones sobre hacer. Emma Bovary se equivoca al persistir en un único género que le inocula más insatisfacción y descontento porque cataloga sentimientos deseables pero improbables.  Deseables por improbables y viceversa: cualquier otredad puede ser más tolerable que la banalidad de una vida y, a veces, los pocos que no tienen tiempo de pensar tanto, tal vez dedican un segundo a desear una vida banal.

Marcel Proust destruirá sistemáticamente las ilusiones de Emma cuando revele los caminos del tiempo por el que una lejana y perfecta duquesa de Guermantes pueda reencarnar en una plebeya cursi como Madame de Verdurin. Haciendo de necesidad virtud, Emerson funda los comienzos de una literatura nacional en las ventajas de carecer de tradiciones de obligado respeto. La poesía de Walt Whitman se sirve de esa libertad. La literatura de Poe, que viene del monárquico Sur, no ignora tradiciones aunque carece de complejo ante todas aquellas de las que dispone. Se da el lujo de escribir una filosofía de la composición. Moby Dick, antes de ser la gran novela del gran autor Herman Melville, que había tenido su pequeño minuto casi desaparece de la consideración del público: la novela figuraba en  la sección sobre cetáceos de una biblioteca. Emily Dickinson ni siquiera se esforzó por ser autora édita.  Jorge Luis Borges fue muy pródigo recomendando a los jóvenes seguir su ejemplo y  abstenerse de publicar.

Con innecesaria opinión, T. S. Eliot, capta los beneficios de no estar en las redes de los cogollitos: “Hawthorne, Poe and Whitman are all pathetic creatures; they are none of them so great as they might have been. But the lack of intelligent literary society is not responsible for their shortcomings; it is much more certainly responsible for some of their merits. The originality, if not the full mental capability, of these men was brought out, forced out, by the starved environment. The originality gives them a distinction which some heavier-weight authors do not obtain.”

La inexistencia de cogollitos, capillas literarias, “campos intelectuales” o cosas parecidas, esos autores desconocieron la gloria y, en buena parte, la envidia y los juicios lapidarios de sus contemporáneos. William Faulkner, como casi todos los escritores estadounidenses que vivían de la venta de sus cuentos en revistas, se encontró inverosímilmente famoso en Francia. Charlotte Perkins Gilman, autora de cientos de relatos, poemas y lúcida cuestionadora del androcentrismo fundado en argumentaciones racionales y apoyos de teorías científicas, fue totalmente desconocida durante cien años, razón por la cual su obra completa y “visible” representa un porcentaje muy bajo de lo que de ella se ha perdido, por ahora.

Todos pertenecen al brevísimo período de la historia en que alguien pudo pensar que el mundo estaba  hecho para culminar en un libro, como postularía Mallarmé, cuando los libros existentes eran relativamente amables en cantidad con la conciencia de finitud de la vida humana. Las mujeres, los niños y los obreros que se alfabetizaron en el siglo XIX murieron sin saber ni imaginar que los libros competirían apenas unos años más tarde, con medios como el cine y la radio. Es difícil imaginar algunos estados irrevocables del silencio aunque recordar que esos estados existieron y fueron la norma y no la excepción es obligatorio para este cada vez más perezoso presente que tiende a dar el pasado por sentado cuanto más se aleja de él. Acá se cita lo último pero nunca se ha leído lo primero. D’Alembert et Cia no pueden haber pensado que pasarían a la historia como los enciclopedistas. Jesús murió ignorando que habría tras él algo llamado católico, apostólico y romano.

 

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