Claudio Maíz: exceso o deficiencia de imaginación (o de referato)

Claudio Maíz, Teoría y práctica de la ‘patria intelectual'”: la comunidad transatlántica en la conjunción de cartas, revistas y viajes en Claudia Wasserman y Eduardo Devés-Valdés,  Pensamento latino-americano. Além das fronteiras nacionais, URGSS editora, 2010, también en Revista Anos 90, Porto Alegre, volume 16, Número 29, julio 2009 y también en Revista Literatura y lingüística Nro 19 y tal vez también en otra parte..

por Maud N. Mc’Gill (PhD. Dresden University)

A confesión de parte relevo de pruebas, dicen abogados y en este caso el “paper” (?) vino con comentarios autorales que comparto: “falta la última puntada” y “todavía no me conforma”. Publicado no obstante y más de una vez corresponde dar por terminado la espera razonable de la puntada final faltante. Se abre el referato espontáneo con la pregunta “¿qué cobrás, referee?” mientras gritan muchos otros “es orsaí”, “es orsaí”.  Será nomás: de balon-pie no entiendo nada; transcribo aquí lo que se oye en el estadio.  Intenté excusarme de evaluar el “paper” (?)

Recomendación: No publicable.

Fundamentación:  Comienzo por lo más difícil, el comienzo. Espero que, como de costumbre, el espíritu de cooperación que anima a los lectores ayude a desentrañar el significado de este acelerado entimema que copio textualmente de las versiones recibida e impresas, dejando asentadas dudas sobre posible (pero imposible, lo estoy viendo más de una vez y sic sic sic) errata.

Cito el comienzo:   “Cuál es la incidencia que tienen las redes sobre la configuración de las comunidades imaginadas por los intelectuales. La pregunta es compleja puesto que envuelve otro problema, esto es, el magro intento de vincular las redes con la configuración de las comunidades imaginadas. Ahí habría una primera falencia que es preciso subsanar. Entre otras razones, porque mediante el entrecruzamiento de ambas dimensiones se obtienen, a nuestro juicio, novedosos frutos. El pensamiento relacional permite algunas revelaciones que, desde otras perspectivas, parecen poco satisfactorias.

Indagación: A ver si comprendemos. “Pregunta compleja”, “magro intento”, “vincular”.  Continuemos elucidando los términos:

la (A): incidencia que tienen

las (B): redes,

sobre la (C):  configuración

de las  ¿(D): comunidades?

o ¿(D y E): comunidades imaginadas –todo junto–

por los (F): los intelectuales.

Mmmmmmmmm. Ok. La era está pariendo una idea en indirecto libre. Un diálogo encriptado entre Sócrates y un interlocutor de cuyo nombre parecen no querer acordarse. Hay una falencia que hay que subsanar ¿dónde? ¿Por qué el intento es magro?

¿El autor escribe bajo amenaza y bajo protesta? ¿Cómo se definen los sustantivos que van de A a F? Y ¿dónde está X? ¿Cuál es la incógnita?

No puedo resolverlo. En cambio puedo entender con excelente voluntad que un poco después me aclaren D/E, en efecto, bien vislumbrado “comunidades imaginadas”, dado que luego, cito, dice: “La configuración de una comunidad imaginada alcanza dimensiones limitadas cuando se trata del paradigma nacional, en la línea de Benedict Anderson“. Benedict Anderson, ah… No figura en la bibliografía pero por suerte conozco su libro Comunidades imaginadas. Reflexiones sobre el origen y la difusión del nacionalismo, publicado en 1983 y revisado en la segunda edición de 1991 (versión castellana, México, Fondo de Cultura Económica) donde corrige algunos conceptos de la primera y que tiene como objeto definir operativamente el concepto de “nación” desde una perspectiva antropológica (del tipo “parentesco” o “religión”) antes que una política (del tipo “liberalismo” o “fascismo”).  La definición sería entonces: nación es una comunidad políticamente imaginada como inherentemente limitada y soberana. Es imaginada porque los miembros de la nación no conocen a la mayoría de sus compatriotas aunque en todos ellos existe una “representación” de su comunión. O sea, somos franceses, o somos argentinos, por ejemplo, aunque si soy de Santiago del Estero puede que nunca conozca a mi compatriota de La Pampa. O si soy de Marsella puede que nunca conozca a un bretón. O si soy catalán puede que nunca conozca a un vasco y sin embargo sepa que soy español. Y sin embargo sé dónde están las fronteras más allá de las cuales un alemán no es francés ni español.  Cuando juega la Copa del Mundo “nuestra” gloriosa selección de balon-pie todos festejamos cuando los de la camiseta tal hacen un gol. O todos nos entristecemos cuando nos hacen un gol y “nos” ponemos O-1. Claro, por una cuestión de tamaño de la naturaleza y finitud humana, “todas las comunidades mayores que las aldeas de contacto directo son imaginadas” (Anderson, p. 24). Las comunidades nacionales, me explica Anderson, a quien no veo alinearse con otro como para decir en qué línea debo pensar a Anderson o a los demás, me sugiere distinguir las comunidades  “por el estilo en que son imaginadas”. La abstracción “sociedad”, dice Anderson, puede que no sea obvia como tal vez no era obvia la de “aristocracia” o la de “monarca absoluto por derecho divino” o “régimen feudal” o “lacaniano-freudiano” o “socialismo real” o “ex marido” mientras todavía no se procesan esos conceptos en su desarrollo histórico para quienes sin embargo son los siervos de la gleba o los señores feudales o las ex esposas o los miembros de las asociaciones psicoanalíticas antes de acuñarse los conceptos o términos. La comunidad es limitada y no limitada porque de lo contrario no tendría nada en común entre sus miembros y nada que hiciera de los no miembros eventuales enemigos o vecinos o cualquier clase de otros no pertenecientes a nuestra comunidad. Se imagina soberana porque asume que desea ejercer su derecho a la autodeterminación si no le es dado: en ese sentido sería razonable afirmar que nación y Estado son categorías contemporáneas. “Nación, pueblos, lenguas” es el modo en que en el antiguo Testamento se convoca a todo el mundo a escuchar un mensaje. Equivale a vengan todos, agrupados según vuestras categorías vigentes cuando los llamo. Y, finalmente, la comunidad se imagina como comunidad y esto es lo central, porque pese a que en su interior los miembros se exploten unos a otros y reine entre ellos la más cruel desigualdad o la más salvaje indiferencia, se “aman” entre sí más de lo que aman a los extraños y, pese a todo, son en ese nosotros que imaginan, son iguales. El “pro patria mori” es un efecto de ese estilo de imaginación de conjunto. O sea que nuestro ejército es nuestro y podemos decir de otros que no están formados por miembros de una comunidad, por ejemplo, que son un ejército de mercenarios. Es decir que los soldados luchan a cambio de un pago. No luchan por amor a la patria. En definitiva: la comunidad imaginada, que simplemente vuelve operativo el concepto de nación que desarrollará Benedict Anderson y que no es el centro de su reflexión, como la manzana de Newton no lo era de la teoría de la gravedad, no puede ser pensada en una dimensión superior ni forma parte de diversos paradigmas, del cual uno sería el nacionalista y otro lo ignoro. Si fuera el internacionalista Anderson no se habría molestado tanto y lo llamaría clase o Estado o tories y whigs o vaya uno a saber. El modelo monárquico dinástico que precede al surgimiento de las naciones “modernas” impedía que uno fuera particularmente nacionalista si los mapas móviles y precarios definidos por las alianzas dinásticas entre casas reales de diversas familias, procedencias, creencias, rivalidades o amistades podía durar lo que duraban esas alianzas. Después de todo, Guillermo el Conquistador de Inglaterra (una entidad que no existía anteriormente) era normando y Napoleón, héroe de Francia, era corso. Y yendo para atrás, los españoles Séneca y Marcial habían llegado a Roma desde Hispania y sus antepasados habían combatido ferozmente y perdido contra los romanos en esa incansable usina transculturadora que llamamos historia. Y así comemos papa y tomate y tomamos café y en América hay vacas, caballos, gauchos y héroes y militares a montones y a montoneras y hasta malones y  cows boys y muchas veces parece que todo integra la “tradición” originaria porque se festejan las tradiciones de a caballo como si Colón y no los habitantes de las Indias Orientales (luego americanos) hubieran sido los centauros armados y no a la inversa. De modo que las preguntas que el autor del artículo se formulan a continuación ya tienen respuesta si es que pretendo utilizar la noción de “comunidad imaginada”, válida en este esquema sólo para el concepto de nación. Si, para trazar una analogía, me interesa la mermelada puedo discurrir sobre peras, pomelos y manzanas pero si me interesa la gravedad puedo prescindir de hacer distinciones entre frutas. Pensar el heliocentrismo en la línea de Ptolomeo no me será útil ni a corto ni a largo ni a mediano plazo.

El autor se formula las siguiente preguntas, que cito, que creo están respondidas en la explicación que acabo de proporcionar y que demuestran que dichas preguntas están mal formuladas o no son preguntas congruentes.

“¿La imaginación de una comunidad constituye un hecho aislado, individual, propio, o bien se forja en la intercomunicación con otros sujetos? La respuesta puede parecer obvia, sin embargo a poco de andar descubrimos que, pese a considerarse comunitaria, no hay análisis de la manera como la imaginación trabaja, en qué ámbitos se realiza y de qué medios se vale para tales fines y cuáles son los resultados. La configuración de una comunidad imaginada alcanza dimensiones limitadas cuando se trata del paradigma nacional, en la línea de Benedict Anderson, aunque también puede pensarse la comunidad imaginada en una dimensión superior, como la que presentan las elites intelectuales. ¿El sentido de pertenencia es siempre el mismo o varía de acuerdo a las redes y las condiciones en las que éstas se originan? Las redes intelectuales del siglo XIX, si se toma en cuenta la fuerte impronta política que anima a algunas de ellas, como por ejemplo la de los “proscriptos” durante el gobierno de Juan Manuel de Rosas en la Argentina, no parecen demasiado similares a las de comienzos del siglo XX, en momentos de la autonomía del arte, la especialización de la política y un intenso cosmopolitismo. Con todo, el principal punto común que poseen es haber trabajado por fuera de las fronteras nacionales”.

Sugiero se consulten los intentos fallidos por realizar un Congreso de Intelectuales Libres Hispanoamericanos y las polémicas suscitadas entonces, entre 1923 y 1925, aproximadamente. La muerte del principal promotor de la iniciativa, el peruano Edwin Elmer, asesinado por el intelectual José Santos Chocano en una pelea antecedida por una agria polémica que involucró también a José Vasconcelos y Leopoldo Lugones es clara ilustración de las discusiones sobre la cuestión “hispanoamericana”.

José Gervasio Artigas pensó “más allá” del Estado Nación. Lo hicieron muchos otros, como por ejemplo, todos aquellos que construyeron la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas, claro ejemplo de cómo los Estados no siempre son estados nacionales. La documentación sobre la historia de Yugoslavia, la entera historia de lo que alguna vez fue Yugoslavia  y ya no lo es más es ilustrativa de las muchas respuestas que pueden darse a la cuestión.  La americanidad de muchos americanos a comienzos del siglo XIX es menos patriótica que producto de la unión de factores contingentes y necesarios. Es complejo afirmar que Rubén Darío es nicaragüense cuando, básicamente, era más bien americano o, para los españoles, “indio divino”, incluso. La Argentina, si se estudia el caso, presenta algunos rasgos excepcionales en cuanto a la afirmación de su particularismo. La polémica en torno al meridiano intelectual de Madrid, de 1927, revela lo que está en juego y quiénes son principalmente los polemistas.  Es gracioso considerar también que para Ramón del Valle-Inclán, España ni siquiera forma parte de Europa (así lo afirma en 1926).

Estos errores de apreciación o productos del desconocimiento del tema que trata se comprenden todavía mejor en la siguiente afirmación. Cito: “Nuestra hipótesis de trabajo, en tal sentido, consiste en plantear que entre 1898-1920 aproximadamente se constituye una comunidad imaginada más allá de las fronteras nacionales de Hispanoamérica y más allá aun del obstáculo geográfico que representa el Océano Atlántico. Afirmamos que se trata de la primera comunidad imaginada intraamericana y trasatlántica con un fuerte anclaje en la lengua como nexo de unión y entendimiento. Este espacio ideal no está regimentado por una idea de unión continental hispanoamericana, cuyo origen se remonta a los tiempos de los libertadores (Simón Bolívar, el más destacado), y de los intelectuales republicanos (Andrés Bello, Simón Rodríguez), ni tampoco por un hispanismo hegemónico (con sentido regenerativo de una ideología monárquica y católica, como lo llegó a ser durante la era del franquismo). Tampoco se trata de acuerdos interestatales o acciones llevadas a cabo por actores de ese sector (económicos, diplomáticos, financieros, etc.), ni de clases, algo así  como una internacional hispana de obreros, campesinos o artesanos. Esta primera comunidad intelectual imaginada no fue sencillamente el resultado espontáneo de un conjunto de voluntades, sino la consecuencia de una labor precisa, como podrá observarse más adelante.”

Continúo: de modo que, puesto que la “comunidad” de la que habla no se construye sobre la base de la imaginación, no correspondería el uso de la categoría “comunidad imaginada”. Tampoco el de nación, que es la razón por la cual Anderson precisa crear esa noción.  De hecho, este error conceptual y categorial vuelve a hacerse visible en la siguiente afirmación del autor:

“Para hacer posible una comunidad intelectual de intereses y perspectivas comunes, de origen español e hispanoamericano, se contaba para la época con escasos recursos, si lo vemos desde nuestra propia contemporaneidad. Apenas la carta, los periódicos, las revistas y los libros. Medios que además presentaban enormes dificultades de circulación y distribución. A eso se debía sumar las distancias transatlánticas y también intracontinentales en Hispanoamérica, que dificultaban los viajes a punto de hacerlo una actividad excepcional. No obstante lo cual, los viajes existieron y contribuyeron al ensanchamiento imaginario. La comunidad, con todo, se hace realidad, gracias al uso intensivo de estos únicos recursos que tenía a mano.”

Como se ve, nada más alejado del concepto de “comunidad imaginada.”-

Sobre la base de esta incongruencia no es posible sugerir la reescritura del “paper” dado que es irreescribible.  Es que 2 más 2 es 4 y sigue siendo el estado de la cuestión. Si se alega que la suma debería dar 6 hace falta una metodología que lo demuestre.  Si, en cambio, lo que el autor busca es multiplicar y no sumar, se recomienda averiguar en qué consiste la operación y cómo son sus protocolos y métodos.

Sugerimos que los autores estudiados sean consultados en sus obras originales y no en antologías o compilaciones o reseñas de segunda o tercerísima mano.  Sugerimos que se incluyan en la bibliografía otros autores mencionados, como Benedict Anderson, por ejemplo. Las ausencias de las fuentes dificultan muchísimo las evaluaciones solicitadas. Se comprende que el colaborador rinda tributo a la obra de quien figura como uno de los “organizadores” del volumen en el que se incluye este “paper”. Sin embargo, no parece que Eduardo Devés-Valdés haya realizado aportes sustanciales (más bien es un gran autor de listados de nombres de autores y obras) con poca elaboración conceptual) y tal vez sea esa una causa de las deficiencias detectadas en varias colaboraciones incluidas en el volumen.

Resulta preocupante que el autor de este trabajo tan endeble dirija una revista académica indexada (Cuadernos del Cilha, UNCUYO).  La Argentina está condenándose a producir pensamiento y ciencia periféricas por su propia voluntad y desidia.

También hay críticas interesantes al concepto de comunidad imaginada en lo que concierne al tipo de comunidades indígenes que también fueron decisivas en la construcción de naciones en América del Sur, modelo sobre el cual se basa Anderson para la construcción de sus hipótesis sobre naciones y nacionalismos.  Véase el video sobre la Revolución mexicana a continuación:

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