Ciencia periférica y enfermedades olvidadas

¿Juramento hipocrático, declaración de Ginebra, amnesia moral, genocidio consentido?

Hace años que recibo casi a diario buenas noticias sobre innovaciones drásticas que pondrán fin al Chagas, la principal enfermedad endémica de la Argentina, donde se estima que hay dos millones de infectados: los nuevos hallazgos me invitan a imaginar pronto  pesticidas, trampas, nuevas drogas. Para los científicos, el Chagas es apasionante, un mundo de desafíos mentales, la fuente de recursos humanos y económicos que permite descubrir, por ejemplo,  un transportador de arginina en el Trypanosoma cruzi. “La arginina es una sustancia que el Trypanosoma cruzi extrae del organismo que parasita,  persona o animal,  para utilizarla como fuente de energía.  Mi correo electrónico anuncia con trompetas de alegría cada nueva información que pide albricias por los datos promisorios que los investigadores entregan a la sociedad toda: yo también espero que venzamos el desafío de encontrar un bloqueante para el transportador que, como un cerrojo en una puerta, impediría el paso de la arginina dejando al parásito sin energía y provocándole la muerte. También me intriga la naturaleza original de ese transportador singular del parásito, que no presenta similitudes con las moléculas de las células humanas razón por la que el futuro bloqueante  o cerrojo que detendrá al transportador no afectará negativamente nuestras células.

No hace mucho me alegró otra excelente noticia, de este año 2011: investigadores europeos descubrieron compuestos desconocidos hasta ahora que pueden ayudar a combatir el mal de Chagas evitando la toxicidad de los actuales fármacos y la resistencia con la que el parásito vence al fármaco. Espero que pronto los compuestos no folatos inhiban la actividad patógena del Tripanozoma.

La información que me ilustra sobre los vericuetos del mal de Chagas me explica que se trata de una enfermedad de la pobreza, que afecta a las poblaciones rurales y semirurales que habitan las tierras más cálidas de América Latina, desde México hasta Argentina. Que la infección se expande por nuestra región, donde las chinches o vinchucas entran a las viviendas más humildes, construidas con adobe, paja y otros materiales artesanales, por grietas y techos.  Que al picar a los seres humanos, estos insectos que se alimentan de sangre introducen en sus heces fecales el parásito Trypanosoma cruzi, que entra al torrente sanguíneo de las personas para quedarse ahí por años, hasta causar daño cardíaco y, muchas veces, la muerte. En la escuela primaria me enseñaban lo mismo. Si mal no recuerdo hasta me enseñaron a dibujar vinchucas y en algún cuaderno, con esmerada letra de colegiala, la maestra suscribió con un “Sobresaliente” una prolija y esmerada ilustración gráfica del ciclo completo de la enfermedad.

Sin embargo, es difícil hacerse esperanzas.  En “Las muertes evitables del mal de Chagas” (Mariana Carbajal, diario  Página/12 , del 12 de mayo de 2009)  Héctor Freilij, director del Programa Nacional de Chagas afirma que  no se realizan acciones para detectar la enfermedad en chicos. Que hay pobladores que no saben que el bicho, que habita fundamentalmente en sus ranchos de adobe y techo de paja, transmite una enfermedad. Que las condiciones de la vivienda son otro factor importante para combatir el Chagas. Que en Texas y Arizona hay vinchucas, pero como no pueden instalarse dentro de las viviendas porque son de buena calidad, no hay Chagas en humanos.

En el año 2009, se realizó un congreso conmemorativo del  Centenario del Descubrimiento de la Enfermedad de Chagas. El balance del doctor João Carlos Pinto Dias, de la Fundación Oswaldo Cruz de Brasil no era entusiasta: en cien años hubo logros, sí. Muchos más científicos se consagran al tema; se controlan mejor los  bancos de sangre para evitar el contagio a través de transfusiones. Pero es descorazonador enterarse de lo que queda por hacer. Más descorazonador es que el médico mismo diga que para combatir la enfermedad de Chagas debemos darle visibilidad. Yo me ocupo de eso, Doctor. Lo que espero de usted es que la cure. Que diga que para combatirla hay que curarla, que la cure.

Así, pienso, es la ciencia periférica, no la de la periferia en la que trabajaron Carlos Monge Medrano, Bernardo Houssay o Jorge Luis Borges, sin pensar si vivían en los centros o en las periferias. Haciendo lo que debían o creían que debían hacer.

Se llamará “periférica” una ciencia (que no tolera ser llamada ciencia) la que tolera incorporar el concepto de “enfermedades olvidadas” para, referirse. por ejemplo, el mal de Chagas. ¿Olvidadas por quién? ¿Qué lenguaje admite ese adjetivo? Sólo la ciencia periférica puede olvidar o llamar olvidada una enfermedad que mata diez personas por día, que hace más de cien años fue descripta y explicada, sin las nuevas herramientas, técnicas y conocimientos que las ciencias centrales y periféricas comparten actualmente, por el médico brasileño Carlos Chagas. Ese científico nada periférico produjo en la periferia un trabajo único en la historia de la medicina, puesto que fue el único investigador hasta ahora en describir completamente una nueva enfermedad infecciosa: su patógeno, su vector (miembros de la familia Triatominae), su hospedador, sus manifestaciones clínicas y su epidemiología.

No sé qué pensarán los enfermos de Chagas.  Ignoro qué recuerdan y qué olvidan. Me pregunto: ¿Quién olvida una enfermedad? No las que la padecen, aunque muchos ignoran que están enfermos y mueren súbitamente sin saberlo.  Tampoco la olvidan ni la vinchuca ni el parásito.

La noticia más reciente da ganas de llorar o de convocar ciudadanos para ir a fumigar y levantar paredes. 600 científicos se han reunido hace días. Su tema de discusión:  las  enfermedades olvidadas. Aceptar esa denominación es  capitulación periférica y una falta al juramento que ameritaría destitución e inhabilitación de quienes recibiern títulos habilitantes para los cuales se requirió el juramento hipocrático. Que Dios, la Patria, los Santos Evangelios o lo que fuere, os lo demanden.

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