Acerca de mí

Acerca de Mí

Por Maude N. Mc’ Gill (Ph.D).

 

 Soy historiadora: sigo los métodos de la microhistoria y la historia conjetural y me especializo en el tema “Antagonismos”, área que agrupa “Guerras” y “Querellas”. Mis primeros aportes significativos al campo versaron sobre las diversas “Querellas de las mujeres”. Mi tesis doctoral abordó el “Debate entre las armas y las letras en el pasado reciente” problematizando las nociones de pasado reciente y la naturaleza indicial de las fuentes del tipo I (Memoria) y tipo II (Documento). Integro la nómina de especialistas designados por la Academia de la Confederación de regiones y protectorados de Entre Ríos y esteros del Cono Sur para establecer las sustituciones periódicas de nuestra Enciclopedia Sudamericana. Irrevocablemente el proceso de autoreflexividad que se ha destacado como la invariante civilizatoria en la flecha del tiempo me sitúa de lleno en las querellas “entre las letras y las letras”. Lo que alguna vez fue Sócrates para Platón, Moro para Erasmo, Virgilio para Dante, una vez que la multiplicación abominable reprodujo los entes pero no el amor ni la necesidad recíproca para pensar, hizo posible parricidios, injurias, odios lacerantes y ejercidos sin piedad. Salidos los clérigos de las jerarquías empezó a tomar momentum la evidencia de que hay premio en los liderazgos y en competir y ganar los favores del que paga si, como sucede, el que toma los hábitos o la pluma del clérigo no es persona de fortuna o conoce que para heredar tierras, blasones, honores y rentas debe morir  el heredero más directo, representado en la sucesión dinástica por el mayorazgo. Y no por capricho: desde su nacimiento el heredero, si es esperado como sello de un pacto y se le avizora gran destino, recibe esmerada educación que a los siguientes hermanos se da con cierta reticencia, aunque sabiendo que los repuestos y reservas son de uso corriente. Quevedo y Góngora sin muchos espacios donde disimular, se trenzaron en descampado y con público. No hay mañana ni posteridad para ellos: ¿qué biografía de artistas conocen completas? El eschaton experimenta las inestabilidades que ya procesaran las creencias religiosas, chito y callando, que no se predica todo el día especulando con la llegada del Mesías ni con el Juicio Final, como cuando todo el tiempo parecía reducido a La tarea enciclopédica a que hemos sido llamados, no tiene caso disimularlo, es un eslabonamiento creciente de envidias, plagios y canalladas. Ni las grandes causas de la humanidad bastaron para alinear bajo la misma divisa a los cada vez más airados y vanidosos  poetas del idioma. Que hay que reconocer, son innumerables. En nuestras regiones el alfanje de Guillermo de Occam perdió una cita necesaria con el arte de simplificar.

Todos llevamos un candidato o varios in pectore y algunos hasta en las carteras y bolsillos una “preferencia” non sancta. Nuestras naderías, humanas, más que humanas, al igual que las magnitudes de los vates que habremos de certificar con normas sagradas de oficiantes, no hacen menguar el afán de  lo que llamamos “buena vida”, la que provee  placeres corporales y sensibles.  Como polo sufridor, la cama de clavos no ha crecido hacia lo incómodo como sí lo han hecho en sentido inverso las mieles de una prosperidad que no cesa de engendrar objetos de consumo y de placer. Nuestra satisfacción ya no conoce umbral. Entre el primer valiente que comandó la primera aeronave y nosotros, volar es un incordio sin aventura: el viaje en primera clase compensa el tiempo perdido en cruzar mares, desiertos y montañas.  

Explicaba, pues, que las jornadas venideras nos arrojarán a todos contra todos. Somos los autores de la enciclopedia quienes vamos a definir, esperemos que con justicia, victorias y derrotas que antes se dirimían en procesos menos artificiosos aunque no necesariamente libres de arbitrariedad y azares improbables. El nefando incendio que acabamos de vencer causó pérdidas irreparables que, al menos, mitigarán la saña de las deliberaciones, donde se permite incluso lo que la ley prohíbe fuera del ámbito donde se decide quién quedará anotado hasta la próxima centuria en el Libro Confederado. Nunca sabremos, a ciencia cierta, si lograremos pasar los mensajes de los autores de nuestra antología, que en las épocas de excesivo registro, antes del incendio, quedaba establecida como Summa sin descartes. A veces la memoria de los hombres retiene más de la cuenta y, contra toda lógica, retiene mensajes que han logrado pasar a través de largas duraciones (la duración total de la historia, a veces) o logra olvidar la innumerable evidencia de lo que todavía existe, de manera concreta y ostensible y que ni siquiera se ofrece como materia de olvido. Esas cosas suceden. Un colega de la comisión no conocía ni de nombre al ganador del Premio de Alfred Nobel de 1904. Y pensar que las “genuflexiones suecas”, antes cuchicheos y peregrinaciones mendicantes secretas, ahora son materia de opinión, alabanza o vituperio colectivo. Lo mismo se forma hoy un corrillo espontáneo y nutrido que disputa con fervor la formación de los equipos regionales de futbol, las jugadas ya pretéritas e irrevocables, los fallos arbitrales y otros que otros no menos nutridos que discurren sobre méritos, estrategias y pronósticos de emisarios y literatos. Esa gente ya no tiene nada que leer, lo que hace más inquietante y banal que el tema sea la literatura. El gusto de payar, disentir, llevarse la razón viene de antiguo. Tal vez se determine que es inherente a naturaleza humana. Este año nos costará memorar lo que ingresará al volumen y nuestro concilio se vislumbra menos espinoso que otros que me han sido referidos. La calma que precede al encuentro donde nos veremos las caras algunos que fuera de los ámbitos sagrados del conocimiento mantenemos guerras incesantes me ha permitido reunir material sobre los tres mosqueteros poetas que practicaron “todos contra uno y uno contra todos” en ese menage a trois del encono protagonizado por Ricardo Eliecer Neftalí Reyes Basoalto, Vicente Huidobro y Carlos Díaz Loyola. Si logro escribirlo: es una empresa inhumana ese volumen infinito.

Además, hechos que no dependen de mí han desencadenado una revelación que por lo obvia parece estrafalaria cuyo comienzo tuvo lugar en la Biblioteca de la actual capitanía que fuera Santiago de Chile a la que acudí en busca de las fuentes primarias y testimonios que me permitieran inteligir los pormenores bélicos de aquella Trinidad tan mal avenida. Completé la ficha en catalán y castellano, tal como exigía el uso – absurdo—motivado por la exacerbada polémica regional sobre el idioma. De un lado de la cordillera se ubicaban los partidarios de la tesis de que las variantes del castellano compartido habían dado nacimiento a dos idiomas totalmente diferentes. Según aquella premisa, estábamos en una situación análoga a la del castellano y el galaico portugués, poco menos. Del otro lado de la cadena andina, especialistas (entre los que me cuento) juzgábamos insignificantes esas supuestas diferencias. No nos atrevíamos a decir que la supuesta divergencia era un delirio de un académico que pretendía obtener la corona de laureles del Círculo Filológico con la mencionada teoría. Las Academias, cautas, han solicitado un laudo arbitral y estamos aguardando el veredicto.

Ignoro si se deslizó el error en mi pésimo catalán o fui víctima de una cachada libresca. Retiré los volúmenes sin revisar la gruesa pila. Me dirigí a investigar aquel tesoro hacia las mesas de lectura cuando el gran espejo del Hall me reveló que uno de los volúmenes no era el solicitado. No fue aquella una epifanía. Debo, sí, a la conjunción de  aquel libro equivocado y al espejo el redescubrimiento de Uqbar. Años de acostumbramiento a las interpretaciones canónicas y permitidas (cualquier atisbo de herejía conlleva la suspensión del derecho de ejercer la profesión según atenuantes y agravantes contemplados en el código), de capitulación de la curiosidad lectora, de haragana pereza y de confianza en la veracidad incontestable dela letra impresa, deben comprenderme, me hicieron sentir una pecadora en potencia y aun no había hecho sino descubrir (redescubrir) a Baruch. Por supuesto que me entregué, feliz, a la lectura. ¿Quién puede sortear la fascinación de pasearse por la telaraña concebida según el orden geométrico que lleva al infinito, la eternidad sin dejar de lado el tratamiento de la envidia humana? (Corolario II de la proposición XXXV de la tercera parte de la Ética).

Jorge Luis Borges, pensé, evocando desteñidamente unos palimpsestos y unos anagramas sistemáticos cuyo desciframiento esperaba compartir con colegas inútilmente entonces y que callé y olvidé hasta el espejo y Espinoza navegando idiomas, entre el hebreo, el castellano, el holandés, el latín y no se sabe bien si el italiano, desencadenaron una asociación de infinitas reverberaciones, como explica la teoría del número aleph y la serie de infinitos numéricos que lleva el nombre de la primera letra del alfabeto hebreo. 

Decidí proponer que Borges no debía faltar en nuestra Enciclopedia. Nadie lo objetará, no será un problema y, alimenté la esperanza, tal vez surja un payador para indagar esos acertijos.  Voy a consignarlos y a aprenderlos sin temor a nada. Aprovecharé la libertad de no practicar una ética supersticiosa de lectura, de no haraganear cuando me mandan a leer algo si no tengo la suerte de haberlo leído y de no tener que cargar con el un mandato viril. No tengo que responderme “Un hombre” a la pregunta  ¿Tú quién eres?  Tampoco tengo que librar a la tierra de monstruos porque no nací Hércules ni Teseo. Puedes imitarlos como el de Hipona librándome de los monstruos formidables que llevo en mí. En eso llevo gran ventaja.  Quien soy. Una mujer: el monstruo propiamente dicho. No soy racional, no soy humana, no soy ni siquiera bella. Nadie espera nada de mí y yo tampoco. Otro incendio se llevara estos rastros imprescindibles porque no conozco otro modo de pensar que en y con el lenguaje y en y con el diálogo.

Maud N. Mc’Gill

Ph.D Philosophy Doctor, Dresden University

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