Casa de las Américas: el factor Angel Rama

El factor Rama

La revista fue convirtiéndose en la publicación “orgánica” de un frente letrado latinoamericano (que a la vez se creó en ella) que se nucleó en torno a Cuba para defender la Revolución. Eso significaba también apuntalar el ideal de que podía celebrarse una revolución que no se enfrentaría al arte y los artistas, como lo había hecho la de octubre de 1917.

Casa de las Américas se valió mucho de la colaboración de aliados no cubanos para sostener su prédica. Así, mientras Julio Cortázar (11-12) sostenía que en tanto acto libre dentro de la revolución, la decisión de escribir literatura fantástica o psicológica era un acto revolucionario, Mirta Aguirre, desde Cuba socialista, recomendaba a los artistas el dominio teórico del materialismo dialéctico e histórico para hacer del arte un verdadero instrumento marxista para la derrota del idealismo filosófico. La incorporación de nuevos colaboradores latinoamericanos (muchos de los cuales en ese momento estaban adquiriendo protagonismo propio (Cortázar, Fuentes, Rama, Viñas, Vargas Llosa, Carballo,  Dalton, Depestre, entre otros) y la de europeos consagrados (Calvino, Robbe-Grillet, Goytisolo, entre otros) contribuyó a legitimar el ideario estético y la condena al dirigismo que caracterizaba a Casa de las Américas. Al comentar Maestra voluntaria, la novela premiada en 1962, J. M. López Valdizón autorizaba su muy negativo juicio informando que Juan Goytisolo no había votado a favor de ese “reportaje de escasa calidad literaria” en el que el lector no encontraría “ni ficción ni belleza.”

Del mismo modo, el peso de los grandes nombres ayudó a explicar que se podía ser un gran artista de izquierda como Italo Calvino, cuya novela fantástica era, para Rogelio Llopis, “una prueba, entre las muchas existentes, de la eficacia total a que puede llegar un narrador marxista valido de medios expresivos que en nada se parecen a los preconizados por el realismo socialista”.

La campaña de Casa de las Américas tocó a reunión  a comienzos de 1962, cuando en el número 10, con un cambio de formato, llamó a “intensificar los vínculos y las relaciones con nuestros hermanos del Continente” y en el siguiente (11-12)  solicitó colaboraciones de todas partes del continente. La respuesta fue clamorosa. Para 1964 Casa era el lugar donde sacó patente de existencia la nueva novela latinoamericana. Una increíble y rápida transformación para una revista que apenas poco antes publicaba en sus páginas a uno de sus principales detractores, Manuel Pedro González.

Para haber logrado esa transformación en tan poco tiempo, Casa de las Américas contó con la laboriosidad de Ángel Rama, director de las páginas literarias del semanario uruguayo Marcha y fiel transcriptor en la cultura de las convicciones del fundador Carlos Quijano.

Rama tuvo una influencia capital entre 1961 (fecha de su primer viaje a Cuba) y 1964/65. Redactó el editorial del número 2 y el famoso número 26, un hito de la revista cubana –“donde se articula y consagra, simultáneamente, la aparición del hecho literario más importante del continente: la nueva novela latinoamericana” (Campuzano (2001:42)–  estuvo a su cargo.

Además de ser el principal difusor de Casa de las Américas fuera de Cuba, fue uno de sus principales hacedores.  Con justicia recuerda Fernández Retamar (1993: 49) que hasta 1965 fue Rama y no él quien “tenía estrechísimos nexos con la Casa de las Américas” y “mantenía ya con la institución una intensa correspondencia” que versaba sobre “graves cuestiones ideológicas, culturales y políticas, pero también sobre mil detalles prácticos… planes editoriales, ventas de libros y revistas, intelectuales que debía ser invitados”.

Rama estuvo muy presente desde los inicios de la revista, convirtiéndose, probablemente con el aval de la prestigiosa Marcha, en una autoridad para la concepción intelectual que sintonizaba muy bien con los lineamientos o expectativas representados en Casa de las Américas por los discursos terceristas en el campo del arte. Es más, Rama llegó a poner en paralelo Marcha y Casa. No publicó en ese tándem artículos sin importancia. Algunos de los que se publicaron entre 1961 y 1966 en ambas revistas fueron los de Paul Baran sobre el intelectual, los de Alain Robbe-Grillet y José Goytisolo sobre las relaciones entre literatura y política, los textos de José Pedro Díaz o la encuesta de Carlos Núñez sobre el papel de los intelectuales en los movimientos de liberación nacional.

Con su constante interés por Boris Pasternak, Isaac Babel, Josef Brodski, Iuli Daniel y Andrei Siniavski, Rama reivindicaba valores que eran una tradición de Marcha, una revista de izquierda que defendía la autonomía de los intelectuales y artistas, sin tener miedo de ser confundida con la “prensa imperialista”. El semanario denunció las posiciones de Moscú contra Prokofiev, Shostakovich y Kachaturian por sus perversiones formalistas, falta de orientación realista o influencias burguesas.  (Esto no está publicado en el libro de donde cito pero invito a comparar la importancia acordada a estos temas en simultáneo en Marcha y Mundo Nuevo. De paso, también subrayo que no es casual que los autores más leídos fueron, curiosamente, los que ambos críticos uruguayos recomendaron. Otra cosa: Mundo Nuevo fue también un obligatorio refugio para los escritores “gays”. En uno de los volúmenes de las cartas publicadas de Julio Cortázar hay una misiva dirigida a Anton Arrufat bastante compasiva y elocuente. Ese pequeño tema no es tan menor. Cabría tenerlo en cuenta. Lo mismo vale para la historia general. ¿Historia? ¿Es palabra que dice algo? Esta gente cree que la literatura vuela en el ciberespacio.

Es desde Marcha donde Rama opera sobre Casa: se inquieta o se alegra por lo mismo que los responsables de Casa (a diferencia de otros grupos del debate doméstico). Escribe que  Cuba es la verdadera promesa de futuro pero no deja de preocuparse por la falta de autonomía de las universidades (1961a), las acusaciones de decadentismo contra el nuevo cine occidental (1961b), el hecho de que, entre los libros que circulaban en Cuba hubiera una “pesada selección de literatura soviética” que iba “del tolerable Ostrovski a los muy prescindibles títulos de Polevoi” (1961c).

Y, tres meses después del cierre de Lunes de Revolución, por razones que Rama debía conocer, escribió: “La mejor literatura actual se conoce a través de las ediciones R que asegura el diario Revolución, reemplazando así en escasa parte el excelente suplemento literario Lunes de Revolución que dejara de aparecer, lamentablemente, hace unos tres meses. En torno a ese periódico los jóvenes novelistas y la vanguardia artística de Cuba correspondiente a esa generación iberoamericana del año 1950, comenzó a dar a conocer las primeras versiones de una literatura de tema revolucionario” (1961d).

Los responsables de entonces de Casa de las Américas (y puede que otros artistas también) probablemente pensaban igual que Rama en 1961. Pero en 1965, la nueva mención (y alabanza) del discutido suplemento y sus autores era casi un desafío a las nuevas y definitivas evaluaciones sobre el tema. Sí, en 1965 Rama se atrevió a afirmar nuevamente que el cierre de Lunes había sido un error. Verdad que lo juzgó razonable porque, como escribió, las revoluciones eran movimientos sociales que avanzaban en terra incognita.

Pero su apuesta era aún más riesgosa: el contexto de su mención a Lunes era una nota sobre el premio Biblioteca Breve otorgado a Guillermo Cabrera Infante. Para entonces, Cabrera Infante ya se había alejado de la Revolución aunque todavía no había roto estrepitosamente con ella.

El gesto era provocador. No sólo elogiaba a Cabrera Infante sino que extendía el elogio a  toda su generación de autores cubanos, crecidos bajo Batista “que tanto aportó a la revolución” realizando tareas tan importantes como la desprovincialización de la cultura (un verdadero ideal para el crítico uruguayo), la incorporación de la literatura “a la verdadera vida nacional dentro de coordenadas estéticas modernas”, la “culturalización del país, estableciendo contacto con las masas populares y  rompiendo con el estereotipo del realismo socialista”.

Y no podía alegar que era simplemente un “canal” de información ya que

a)     conocía secretos de la premiación  (“dos que votaron a favor del premio a Cabrera fueron Barral y Vargas Llosa”),

b)    publicaba en Marcha el fragmento de una obra cuyo manuscrito premiado en 1964 con el título Vista del amanecer en el trópico estaba en poder del editor desde 1962 y que nunca llegó a publicarse (lo que habla de su decisión periodística) y

c)     hasta parecía tener acceso a una hemeroteca o una buena colección de revistas viejas para citar, por ejemplo, la declaración del editorial de Lunes de Revolución cuando Playa Girón, unos años antes (“Puede que algún lunes, nuestro Lunes no llegue a nuestros lectores, porque todos nosotros estemos defendiendo la patria, la tierra, el honor, la vida…”)

Y remataba con un fuerte sermón: “no hay nada tan penoso como la incondicionalidad de los intelectuales respecto del régimen”.

También la apelación al despertar latinoamericano y el tono de esa apelación, que serían tan emblemáticos de Casa de las Américas se gestaría primero que en ninguna otra publicación en la Marcha de Rama. No se ha subrayado lo suficiente cuán cerca está, incluso, del ademán de Fidel Castro, la evocación martiana tanto en la gran imagen del Apóstol que ilustra el semanario como en el título del artículo consagrado a la nueva cultura en proceso de consolidación: “La siesta subtropical parece haber terminado. Nuevas fuerzas la están agitando. Latinoamérica entra en escena. Las transformaciones sociales, políticas o económicas que acechan, inminentes a Nuestra América son simultáneas con las que corresponden al orden de la cultura” (1961e).  Todo esto revela hasta qué punto la influencia de Rama caló en Casa de las Américas. Recién se podrá ponderar cabalmente su protagonismo cuando se conozca toda su correspondencia.

“Casa de las Américas. 1960-1971. Un esplendor en dos tiempos”. Claudia Gilman en Carlos Altamirano (ed) Historia de los intelectuales en América Latina. Volumen II. Buenos Aires, Katz, 2010.

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