Seré artillero, mamá

La valerosa participación de emigradas españolas en la resistencia francesa durante la guerra ha sido poco agradecida. Ni hablar del silencio que pesa sobre los campos de concentración donde fueron encerrados tantos republicanos en el exilio tras la victoria de Franco.

Basta ver las imágenes de este video y escuchar la letra de las canciones para entender cuán  natural es la valentía de la mujer, que siempre ha sido valiente, y qué natural es que en ejercicio de cualquier deber, se de por sentado que conserve siempre la misión de glorificarla memoria de un hombre, incluso si está en juego su vida. Y más, tiene que saber quién es el padre del niño. No hace falta estar en el frente para saber que la mujer es soldado, que está soldada como por la suela del zapato a lo que le toque hacer y sin esperar nada. Ni las gracias.

Decorativas, inspiradoras, las mujeres valientes a veces son las qué más sufren “violencia de género”. Cuanto más tiene más se le puede pedir. Parece ser una variante más humanitaria que el castigo y más conveniente para el amo, que tal vez no se anime a pegarles. Se dice que la mujer es más “sufrida”. Lo dicen los que saben que es más sufrida porque son quienes las hacen sufrir en el conocimiento de nadie sabrá nada de dolores ni habrá la menor queja. Eso es ser sufrido: acatar, aguantar, tolerar y seguir cultivando el jardín de quien no le dará ni una flor. Los animales que el hombre domesticó para que lo sirviera reciben al menos un trato que evita que los abusos le impidan cumplir con esos servicios. La otra domesticación, que lleva dos años y que coincide con la “historia” del mundo, ya que desde que hay registro escrito la mujer ha sido abiertamente excluída, tanto de la racionalidad como del bien y de la belleza, de la educación, de la ciudadanía, del canto, del ministerio religioso y de la libertad de reunión con sus semejantes. Esta domesticación es la primera y la más definitiva para cualquier otra de las que pueden pensarse. Engels pasa muy rápidamente de la breve queja por el triunfo del patriarcado a desarrollar asuntos más importantes. Y, sin embargo, no hay asuntos más importantes. No hay proletarios sin prole: sus mujeres sí tienen mucho que perder. La idea de que la prole signifique tan poco comparada con los beneficios materiales sólo puede ser concebida por un varón, que no tiene idea de lo que cuesta esa fabricación a quien pone su cuerpo, tiempo, salud y energía mientras el proletario aun sin prole pasa hambre, como ella, pero sin otra preocupación que la de cualquier otro proletario. Eso pasa también con el burgués y el duque. Someter a un igual, aunque no se lo considere igual, como atestigua el memorial de agravios bimilenario que nadie ha desmentido, asegura no poca sensación de poderío y de impunidad a quien tiene ese poder sobre algo humano. La igualdad recientemente postulada y exigida por la ley puede muy bien ser letra muerta. Una verdad hay y es la del mando. Nunca el perro mandará al amo. Herrshaft, el dominio, el señorío se poseen por nacimiento y costumbre y son masculinos. Para no ejercerlo hay que renunciar a él. Nadie baja del caballo para volverse hombre de a pie y no hay ninguna razón para que exista un hombre de a pie sino porque hay otro, que está a caballo. Razón por la cual el centauro es el único híbrido que lejos de ser un monstruo encarna la absoluta perfeccion y el poderío. Otros dirán que la belleza, pero eso presupone que el caballo es, como se pretende, tan feliz como el jinete. Por ahora no lo sabremos.

En todas partes se admite que en los relatos heroicos de la Resistencia Francesa se ha silenciado el valor de las mujeres españolas que debieron emigrar tras la victoria de Franco. Decorativas, inspiradoras, las mujeres valientes a veces son las qué más sufren la violencia. Tal vez no se animen a pegarles, no se conformen con domesticarlas “por las buenas”, exigiéndoles coraje, recursos, cuidados maternales y todo lo que cualquier hombre hace sin que, como un hombre hace, consiga que otro cante sus glorias o logre hacerse oír y aplaudir sus proezas. Se dice que la mujer es más “sufrida”. Lo dicen los que saben que es más sufrida porque son quienes las hacen sufrir en el conocimiento de nadie sabrá nada de dolores ni habrá la menor queja. Eso es ser sufrido: acatar, aguantar, tolerar y seguir cultivando el jardín de quien no le dará ni una flor. Los animales que el hombre domesticó para que lo sirviera reciben al menos un trato que evita que los abusos le impidan cumplir con esos servicios. La otra domesticación, que lleva dos años y que coincide con la “historia” del mundo, ya que desde que hay registro escrito la mujer ha sido abiertamente excluída, tanto de la racionalidad como del bien y de la belleza, de la educación, de la ciudadanía, del canto, del ministerio religioso y de la libertad de reunión con sus semejantes. Esta domesticación es la primera y la más definitiva para cualquier otra de las que pueden pensarse. Engels pasa muy rápidamente de la breve queja por el triunfo del patriarcado a desarrollar asuntos más importantes. Y, sin embargo, no hay asuntos más importantes. No hay proletarios sin prole: sus mujeres sí tienen mucho que perder. La idea de que la prole signifique tan poco comparada con los beneficios materiales sólo puede ser concebida por un varón, que no tiene idea de lo que cuesta esa fabricación a quien pone su cuerpo, tiempo, salud y energía mientras el proletario aun sin prole pasa hambre, como ella, pero sin otra preocupación que la de cualquier otro proletario. Eso pasa también con el burgués y el duque. Someter a un igual, aunque no se lo considere igual, como atestigua el memorial de agravios bimilenario que nadie ha desmentido, asegura no poca sensación de poderío y de impunidad a quien tiene ese poder sobre algo humano. La igualdad recientemente postulada y exigida por la ley puede muy bien ser letra muerta. Una verdad hay y es la del mando. Nunca el perro mandará al amo. Herrshaft, el dominio y el señorío se poseen por nacimiento y costumbre, por ahora. Para no ejercerlo hay que renunciar a él. No es frecuente. Se descuenta que la madre del futuro artillero tiene que saber quién es el padre.

Un dilema: el futuro llega pero el pasado no se cancela

En 1879, el autorizado catedrático y pensador Manuel de la Revilla se admiraba desde las páginas de una revista madrileña del altruísmo de su época: “Para todo ser que sufre y llora hay en esta época amor y simpatía; el niño, la mujer, el proletario, objeto son de su atención y sus desvelos, y no hay pensador ni estadista que se sienta tranquilo y satisfecho mientras el dolor y la desgracia existan en el mundo. La caridad se extiende a todo ser vivo y por todas partes surgen pensadores que de la suerte de los infelices y los desvalidos se preocupan, y hombres de acción que se asocian y trabajan para llevar a la práctica los humanitarios principios de los primeros. Pudiera decirse de este siglo, como de la Magdalena, que mucho le será perdonado, porque ha amado mucho; y pudiera afirmarse también que si el cristianismo es la religión de la caridad, y del amor, no hay siglo más cristiano que éste, que apenas cree en Cristo.” Es sorprendente que las reflexiones sobre la desigualdad o igualdad de la mujer estuvieran determinadas entonces por el interés en definir si debía o no penarse la prostitución. La mujer en general es mera excusa para atender a un tema de tanta mayor importancia. El sabio de la Revilla debe legitimar el derecho a servirse de meretrices en la desigualdad de los géneros, lo que le ocupa largas parrafadas en tres entregas sucesivas. Lentamente va llegando a su punto: ” Hablar, pues, de igualdad tratándose de hombres y mujeres, es dar prueba de desconocer por completo las leyes de la naturaleza. Fisiológicamente considerada, la mujer es un término medio entre el niño y el adulto; o lo que es igual, es siempre adolescente. Su inteligencia (salvo raras excepciones) es inferior a la del hombre…

La vida de la mujer se reconcentra en la familia y tiene por fin único la reproducción. Si prescindimos de esto, la existencia de la mujer es inútil e inexplicable. Por eso la mujer que renuncia a él voluntariamente, es un fenómeno que sólo merece aversión y desprecio. Por eso el monacato femenino, por más que se pretenda idealizarlo, es un atentado contra el destino de la mujer y contra las leyes de la humanidad. … En cambio, para él son los peligros y los afanes. Él ha de buscar con el sudor de su rostro el pan de sus hijos; él ha de defender su hogar amenazado; él ha de llevar sobre sus hombros la carga penosa de encaminar la humanidad por la senda del progreso. La mujer, en tanto, al abrigo de las tempestades, guarda en el hogar el fuego sagrado del amor, embellece y encanta la vida agitada del hombre y le espera en el santuario de la casa, después de la hora de la angustia y la fatiga, para enjugar su rostro sudoroso, restañar la sangre de sus heridas y recompensar sus afanes con el beso del amor. Si el hombre es soberano del mundo, ella es reina y señora del hombre; su misma flaqueza es escudo que la ampara de todo ataque y toda ofensa; y ante ella se postran, movidos, si no por el amor, por la galantería, el fiero guerrero como el legislador adusto, el apasionado artista como el filósofo severo. …

¡Ah! Si por desdicha llegase a existir un día la mujer sabia y emancipada que algunos sueñan, ¡qué inmensa sería la desventura del hombre! ¿Adónde volvería los ojos en busca de amor y de consuelo? ¿Cómo había de amar a su varonil consorte? ¿Cómo había de ver en el astuto político, el severo magistrado o el belicoso guerrero la madre de sus hijos, la dulce compañera de su existencia? El mundo acabaría entonces sin necesidad de cataclismo alguno, porque los hombres se condenarían a perpetua continencia antes que unirse con semejantes monstruos. Si las mujeres conocieran la inmensidad del horror y del desprecio que nos inspiran cuando pretenden equipararse a nosotros, si pudieran comprender todo lo que hay de odioso y de ridículo en la mujer varonil, ¡qué pronto renunciarían a sus pretensiones, y qué maldiciones lanzarían a los defensores de su emancipación! …

En su organización actual; la sociedad exige del bello sexo el tributo anual de un número inmenso de víctimas, que han de ser sacrificadas en los altares del libertinaje. Si este tributo faltara, si el vicio, la miseria, la seducción y el abandono no pusieran a disposición de la sociedad el número de víctimas necesario, es lo cierto que se produciría una perturbación terrible en el orden social, no menos grave que si un día se negasen todos los ciudadanos a prestar el servicio militar. Henos aquí otra vez enfrente de una de esas pavorosas antinomias que espantan a la razón y a la conciencia y llevan el desesperado pesimismo al ánimo del más creyente. A despecho de las incesantes predicaciones de la moral y de la religión, el instinto reproductor, más poderoso que todas las pasiones juntas, más fuerte que todas las leyes y todos los sistemas, se impone al hombre y exige de él, con impulso irresistible, su inmediata satisfacción. En abierta pugna las ciencias de la naturaleza y las del espíritu, declaran las primeras impulso legítimo y necesidad imperiosa lo que las segundas reputan torpe y grosero pecado; y más fuerte el instinto que la voluntad y la razón, todo lo atropella, todo prescinde y da la razón en el terreno de la práctica a las ciencias de la naturaleza. Con su benévola indulgencia, al menos con su tolerancia, consagran el hecho la opinión pública y la conciencia social, y poco atenta a proporcionar los individuos las condiciones necesarias para anudar temprano los santos lazos del matrimonio, la sociedad contribuye indirectamente a favorecer el libertinaje. Imposibilitada la satisfacción legal de sus instintos, benévola la opinión, muda o indiferente la conciencia, dudosa o remota la amenaza la religión, el individuo, por todas partes incitado y sólo por débiles trabas contenido, lánzase a satisfacer sus apetitos, sin que haya freno que le detenga, pues hasta el pavoroso fantasma del infierno ha sido impotente para lograrlo. El mal es evidente y contra él se estrella y se estrellará siempre toda previsión humana. Mientras el hombre no se halle en condiciones para contraer desde su primera juventud uniones lícitas, vano e ilusorio será cuanto se intente para pedir el desbordamiento de sus pasiones. Y si esto era imposible cuando le amenazaban la justicia de un Dios y la promesa de un infierno, ¿qué será en estos tiempos de incredulidad en que sólo espera tras de la terrestre vida el sueño eterno de la nada, la absorción en la sustancia infinita o una serie de peregrinaciones de ultratumba, en que no hay falta que no se lave, ni pena que no tenga término? El único remedio sería la universalización del matrimonio; pero a esto se oponen obstáculos gravísimos. Plantear esta cuestión vale tanto como evocar el siniestro espectro del problema social. ¿Cómo ha de fundar familia el que no tiene posición ni fortuna? ¿Cómo proporcionar ambas cosas al hombre desde la adolescencia? El problema no tiene solución, al menos en las actuales circunstancias, y acaso no lo tenga nunca. El problema, que revela una contradicción flagrante entre la naturaleza y la sociedad por una parte y la moral por otra, es en suma una de las mil fases siniestras del fantasma del mal que se enseñorea del mundo y a todas partes tiende su mano ensangrentada. Renunciando, pues, a resolverlo (al menos por ahora), resulta claro como la luz que la prostitución es una necesidad social. Si no existiera, cada año arrojaría sobre la sociedad una banda de mozos audaces y desenfrenados que no dejaría con honra a mujer alguna. La prostitución es al modo de compuerta de seguridad, que da fácil salida a estos desbordados apetitos, y atenúa, si no impide, sus estragos. Para que la doncella viva segura y tranquila, y la esposa esté al abrigo de reiterados ataques, es fuerza el sacrificio de una serie de mujeres infelices, destinadas a guardar, a costa de su honra, la de las demás.

Científicos, políticos, sacerdotes, filántropos y filósofos impiden, salvo que se prohíba por decreto el pasado, olvidar o sancionar tan confiadas argumentaciones y expresadas con total libertad ante pares que no formaron ejércitos para defender la causa de quienes salvo pocas excepciones han sido objeto de desprecio y sometimiento a lo largo de la supuesta evolución del homo sapiens. Ni experimentalmente se encararon proyectos para constatar empíricamente la inferioridad postulada. Las leyes incorporan la posibilidad de ejercer derechos nunca habidos pero no estipula que las costumbres tiendan a estimular ese ejercicio.

Gina Lombroso, la hija del conocido criminólogo que veía en los cuerpos las señales de peligrosidad de los individuos, advertía hace no mucho: “La mujer que estudia no vuelve a recuperar su auténtica inteligencia hasta que se le ofrece la ocasión de  olvidar lo aprendido o de aplicarlo a la vida”. Desde Aristóteles hasta Schopenhauer, para poner un ejemplo, se ha mantenido intacta la relación entre honor e ilusión viril. También que la mujer, contra lo que parece hacer creer la industria de los cosméticos, nunca fue linda. El autor de El mundo como voluntad y representación da por sentado que habla en nombre de muchos cuando afirma: “Preciso ha sido que el entendimiento del hombre se obscureciese por el amor para llamar bello a ese sexo de corta estatura, estrechos hombros, anchas caderas y piernas cortas. Toda su belleza reside en el instinto del amor que nos empuja a ellas. En vez de llamarle bello, hubiera sido más justo llamarle inestético”. Es totalmente lógico que un varón se subleve si lo obligan a escolarizar a su caballo.

Sin organización, no hay rebelión. Un hombre nunca está lo bastante domesticado como para no intentar una lucha. Un par de perros que apenas se conocen poco pueden hacer contra los que desde que tienen uso de razón, mandan y comparten un diccionario para entenderse y los recursos para hacer lo que quieren, al menos con los perros.

Leyes excelentes en espíritu que velan por la igualdad de derechos como velan contra los homicidios no pueden impedir que los actos ilícitos sigan existiendo. Puede penarlos. El problema con la ley burguesa no es que sea burguesa. La peor ley burguesa siempre será mejor que los que la incumplen. Desde Hammurabi a esta parte una gran línea de continuidad sugiere que ciertos delitos han superado la barrera de la discontinuidad histórica y refrendan una continuidad de la especie. Algunas expecies se extinguieron. Otras, al menos desde que han sido descriptas, mostraron cambios poco significativos en su evolución. La larga duración es maestra de maestras.

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