Caballito criollo

Escribe Emilio Solanet, veterinario argentino (de segunda generación), a quien se debe la “reconstrucción” del extinguido caballo criollo cuyas virtudes vislumbró en los ejemplares de las tropillas tehuelches : El Caballo Criollo fue el acompañante incondicional de nuestros soldados, en las batallas por la Independencia de nuestra patria, la que no hubiera sido posible sin la indispensable participación de estos valientes animales. En 1902, Juan Zorrilla de San Martín hace esta emocionada declaración al referirse al heroico cruce de los Treinta y Tres Orientales: “Al encontrarse los Treinta y Tres en las playas de la agraciada con sus caballos, se abrazaron al pescuezo de los animales besándolos como si fueran sus queridas. ¡Oh! y lo eran, señores; eran mucho más que eso, los generosos animales tenían que ser una parte integrante de aquellos hombres porque ellos eran los centauros de la patria, que debían dominar como señores la extensión de nuestras sagradas colinas; porque ellos eran la libertad americana, la libertad a caballo”.

“Andaluces de pura cepa, descendientes de la brava raza berberisca, los primeros especímenes llegaron a América el 24 de noviembre de 1493 y desembarcaron en la Isla la Española (hoy Haití) en el segundo viaje de Cristóbal Colón. En febrero de 1516, dieciséis de estos animales demostraron que su presencia sería esencial para la conquista. Hernán Cortés y sus hombres cruzaron de La Habana a México y, a pesar de ser inferiores en número, vencieron a las huestes del Imperio Azteca a quienes asustó lo que más teme un ser humano: el monstruo híbrido, ese fallido inesperado de la naturaleza. En el Río de la Plata también hubo bajas. De los 76 caballos que llegaron en 1536 con la expedición de Pedro de Mendoza para la primera fundación de Buenos Aires, algunos tuvieron que ser devorados por los propios españoles que morían de hambre y el resto librados a su suerte cuando la expedición abandonaba el asentamiento. Y fue este último grupo el que conquistó los amplios horizontes pampeanos. Tiempo más tarde, a estos animales y su descendencia, se les sumaron los venidos con las corrientes colonizadoras desde Asunción, Perú y Chile. En pocos años, miles de caballos salvajes coparon las llanuras Argentinas. Manadas que superaban los 2000 ejemplares cruzaban como un estampido la Pampa y el temblor del suelo que provocaban sus cascos se sentía kilómetros a la redonda. Muchas veces tropillas mansas que estaban siendo arreadas por criollos se les unían y desaparecían para siempre en la inmensidad a pesar del esfuerzo de sus dueños por retenerlas.

Los extranjeros acostumbrados al hecho de que en sus pagos tener un caballo era todo un lujo veían azorados como hasta los mendigos de la Gran Aldea andaban montados.

Los complejos sistemas de prohibiciones que mantenían a pie a los hombres de a pie y aseguraban que sólo los caballeros acuñaran metales y fuerza para garantizar esa prudente distancia, fuente de toda razón y justicia para la sociedad de cualquier tiempo si alguien manda y alguien obedece, fueron laxos en América. Tener un caballo y montarlo sin permiso o restricción emanada de cédulas reales ni a costa de multas en maravedíes era tan inimaginable para quienes veían que hasta los mendigos montaban como natural para quienes lo hacían, seguros de su derecho irrevocable y eterno, convencidos de que no hay otra manera de estar en el mundo que entre caballos. Gauchos, llaneros y charros y en el Sur también indios forman el paisaje de centauros de la extensa Pampa, cuya sola mención golpea zonas de la imaginación o la sensibilidad a casi todo el mundo que conoce la palabra. Esa criatura salida de un manual de zoología fantástica, mezcla de Valentino con Atila, de matrero malo y espíritu indómito y nómade, monótonamente masculina por razones de lógica elemental que requieren elucidación o al menos, que se interrogue con curiosidad esta reiterada anomalía genética a ver si es posible verificar que la gaucha, como la india, se subsumen en la “china”, madre de ambas especies e idealizada en el rol de la cautiva “blanca”, la madre imaginaria/ideológica de todo argentino cuya reflexión sobre el origen lo conduzca tan atrás en la historia. Ese niño al que se aferra desesperadamente, la razón de ser de su presencia mundana, procrear, alimentar la cadena productiva y darle “prole” al que no tiene nada, está impedido de reaparecer en las historias hasta la edad adulta: llega gaucho, guacho, indio, militar, juez de paz, caudillo, prócer o poeta. Los niños llegarán con los inmigrantes, también las familias, la madre querida… Figuras contemporáneas de la china son las valientes patriotas y las tuberculosas, prostitutas o algunas pocas chicas bien. ¿Y las chorras de los tangos de Gardel? Cuando se va el caballo y llega el tren, no hay más indios ni gauchos ni chinas: todo el decorado vital de la pampa desaparece en simultáneo. Eso será, tiempo después, lo que atraiga la atención de ensayistas que, uno a uno y por razones que valdría la pena pensar que no han sido investigadas entran en funcionamiento simultaneo en tiempo y tema y produzcan reflexiones que posterioremente se conocerían como ensayos de interpretación nacional. En un sentido, la común problaamtica americana se registra en la coordenada temporal. Desde fin de siglo, coetáneos del cine, la radio, los subtes, en algunos casos liderando el “mundo” en formación, promoviendo las tierras locales como auxilio y promesa para los 60 millones de cuerpos que dejan Europa y se van, para ser gente de pie, tras la travesía marítima del Atlántico, los habitantes de las tierras antes separadas del orden mundial por la metrópolis, organizados al mens nominalmente en repúblicas y capaces de producir un movimiento continental de características únicas gracias a la matrícula universitaria que desde antes del Manifiesto Liminar de Córdoba atesoraba caudales de doctores que hubieran humillado al resto del mundo de no haber estado éste concentrado en hacer la guerra a gran escala y sin mucho más fundamento que el deseo de alegría viril y el horror por la familia burguesa y la feminización.

El hombre de a caballo, el guerrero, firmó, en la Gran Guerra la partida de defunción del caballo como arma.

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