Susanne Lange: Don Quijote von der Mancha. Una nueva traducción (III)

Susanne Lange. “Don Quijote von der Mancha: una nueva traducción.” Traducción: Joan Parra.  (Fragmentos del epílogo de Susanne Lange a su versión alemana de Don Quijote von der Mancha, publicada por la editorial Carl Hanser en el 2008.

Esta vertiente burlesca del Quijote también asoma en la literatura alemana, por ejemplo cuando Lessing afirma que la obra de Cervantes seguirá teniendo lectores mientras quede en el mundo alguien con ganas de reírse (en su comentario al Teutscher Don Quichotte [Don Quijote alemán], 1753), para a continuación anunciar su propósito de escribir un poema épico en el que Gottsched, transfigurado en Don Quijote, saltaría a la palestra para combatir la poesía de Klopstock. Por su parte, Musäus, Nicolai y Wezel se inventaron sus propios Quijotes satíricos, titulados respectivamente Grandison, der Zweite (1760–1763), Sebaldus Nothanker (1779) y Tobias Knaut (1773–1776).

La traducción de Bertuch sirvió para que los románticos alemanes trabaran conocimiento con el Quijote y descubrieran, detrás de aquel lenguaje algo tosco, una obra que resultaría decisiva para todo el período romántico. En 1741, Johann Jacob Bodmer ya había abierto una nueva perspectiva sobre el personaje de Don Quijote, en el que, en contraste con la visión ilustrada, no veía un ejemplo de fanatismo delirante que la sátira permitía poner en la picota, sino un carácter que encerraba en su seno dos almas contradictorias (Critische Betrachtungen über die poetischen Gemählde der Dichter, Zürich 1741 [Observaciones críticas sobre los retratos poéticos de los escritores]). Por entonces, la reputación de España en Europa tenía tintes negativos, a causa de la Inquisición, el expansionismo agresivo de la Corona española en los siglos recientes y el trato dispensado a judíos, protestantes, moriscos e indios. En el siglo XIX adquirió carta de naturaleza la «leyenda negra», que en Alemania habían contribuido a forjar nada menos que Schiller y Goethe con su Don Carlos y su Egmont (ambos de 1787). Sin embargo, a finales del siglo XVIII Alemania redescubre la cultura española y la imagen de España empieza a cambiar. Herder, entusiasmado por la literatura popular [Volksdichtung], uno de cuyos máximos ejemplos ve en el Romancero, descubre en el Quijote una «novela popular» [Volksroman] que se nutre de la realidad y de los mitos del pueblo en cuyo seno surge. Una de las cosas que fascinan a los románticos en la obra de Cervantes es esa capacidad de crear una mitología propia, independiente de los mitos de la Antigüedad. La interpretación del Quijote como obra de arte romántica se debe principalmente a Friedrich Schlegel. Para él, la parodia y la sátira dejan paso a la «poesía universal progresiva», en la que los géneros se entrelazan y en la que surge una «atractiva simetría de contradicciones» (Rede über die Mythologie [Discurso sobre la mitología], 1800 ). Para los románticos, la ruda comicidad se transfigura en ironía sutil, y será Schelling quien en 1802 formule en su Philosophie der Kunst [Filosofía del arte] la idea que a su entender resume el fenómeno Don Quijote: «En conjunto, el tema de la obra es la lucha de lo real contra lo ideal».

De la mano del Wilhelm Meister de Goethe (1795) y de la obra de Shakespeare, Cervantes se convierte en piedra de toque de la concepción romántica del arte. Ya no se lo ve como al moralista que retrata a un insensato, sino como a un artista que ha sabido captar los dos extremos de la naturaleza humana y fusiona lo cómico con lo trágico y la prosa con la poesía. Y precisamente los episodios intercalados en el Quijote, a los que casi nadie había prestado atención, revelan ahora la estructura en que se funda la novela, pues son el elemento que le confiere unidad y trasunto de las aventuras de Don Quijote en otro nivel de discurso.

Inicialmente, Friedrich Schlegel se había propuesto traducir él mismo el Quijote, pero acabó traspasando esa responsabilidad a Ludwig Tieck, que se puso manos a la obra en 1799. Tieck, seguramente para jactarse de su don de lenguas, afirmaba saber muy poco español y contar con la única ayuda de un pequeño diccionario y algunas traducciones francesas. Pero su dominio de la lengua de Cervantes era muy superior a lo que admitía (lo cual, todo hay que decirlo, no le privó de incurrir en frecuentes errores de comprensión), y su texto adquirió un carácter canónico no solo durante el período romántico, sino hasta bien entrado el siglo XX. Thomas Mann lo ensalza así: «No tengo palabras para explicar hasta qué punto me deleita la traducción de Tieck, ese alemán gozoso y fecundo de la era clásica-romántica, que representa la etapa más feliz de nuestra lengua».

La nueva traducción invierte la tendencia de las anteriores. El 23 de diciembre de 1797, Tieck le escribe a August Wilhelm Schlegel: «la traducción de Bertuch no es el Quijote, sino otro libro completamente distinto, que casualmente narra los mismos sucesos» y fracasa con especial rotundidad en las «dulces descripciones del amor». El Don Quijote de Tieck pierde el acento grosero y burlesco y se convierte en paladín del idealismo, envuelto en una aureola que abraza incluso a Sancho, al que Tieck, a diferencia de Bertuch, hace hablar con «gracilidad», como observa August Wilhelm Schlegel en la revista Allgemeine Literatur-Zeitung (20 de julio de 1799) en su reseña del primer volumen de la nueva traducción. Sin embargo, en el cosmos del romanticismo alemán, Sancho nunca llegará a alcanzar del todo la vivacidad que le imprime Cervantes, ya que su figura queda encorsetada en el papel de contrapeso negativo del entusiasta romántico que es Don Quijote.

La larga sombra de la traducción de Tieck, encumbrada por el apoyo programático del romanticismo literario, deja casi a oscuras a otro traductor del Quijote que tuvo la mala suerte de emprender su tarea al mismo tiempo: Dietrich Wilhelm Soltau. Treinta años mayor que Tieck, Soltau bebe todavía de las fuentes de la Ilustración y en consecuencia sigue viendo en el Quijote una obra cómica con un claro propósito moralizante. En torno a estos dos conceptos de la traducción cervantina se crearían dos bandos enfrentados con un encarnizamiento poco usual. A. W. Schlegel escribe en Athenäum que Soltau «habrá estado en España, pero en Cervantes o en la poesía no ha puesto nunca los pies». Y añade, sin pelos en la lengua: «Pero no quiero hablar más de semejante inmundicia: me parece estar oyendo al terrenal Calibán graznar las dulces melodías del aéreo Ariel».

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